19. Otra victoria
Brady
El sonido del puck contra la valla retumba en mi salón como si yo también estuviera allí. Estoy sentado al borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la mandíbula apretada.
Ryan está a mi lado, aunque de vez en cuando le echa una mirada a su libro de historia. Se habría ido a su habitación, pero no ha querido dejarme solo viendo el partido.
—Vamos, vamos, vamos… —murmuro mientras el disco cruza la zona neutral.
Leif avanza por la izquierda, potente, sólido, con ese equilibrio que siempre he envidiado. Lo veo inclinar el tronco de la forma exacta que los entrenadores le insisten en practicar. Yo debería estar ahí, dándole una salida de pase.
Mi pierna se mueve de manera involuntaria, siguiendo la presión del patinaje.
Los Penguins llevan todo el partido jugando de forma salvaje. He contado varios golpes que deberían haber sido expulsiones. Pero mis compañeros aguantan como unos campeones.
El puck llega a Duncan. Aguanta. Amaga un pase. Dispara. Pero el portero de Pittsburgh lo detiene con la punta del guante.
—Joder —gruño, dejándome caer contra el respaldo del sofá—. Qué parada de mierda más buena.
La repetición muestra la jugada desde un ángulo perfecto. Siento que me sudan las manos.
—Ha sido alucinante —comenta Ryan.
—Lo ha sido. Menuda potra. El tío aún no sabe cómo lo ha parado —mascullo.
No soporto ver los partidos desde el sofá. Es como ver a tu familia tratando de escapar de un incendio y no poder hacer nada por ayudarles.
El comentarista suelta un «los Phantoms insisten en mantener la posición en el ataque a pesar de la ausencia de Lennox, quien sigue de baja tras el golpe en el partido inaugural» y mi mandíbula se tensa. Odio que me mencionen así, como una nota al pie. Como si fuera un fantasma en mi propio equipo.
El cronómetro avanza. Último minuto del tercer periodo. Ganamos 3-2.
—Vamos, chicos —susurro, como si fueran capaces de oírme—. Asegurad la puta victoria ya.
Los Penguins recuperan el puck y entran en nuestro terreno. Connor retrocede demasiado rápido y casi pierde el marcaje, pero Zee se cruza y golpea el disco contra la pared.
—¡Bien, chaval! —exclamo con un deje de orgullo.
El puck queda muerto unos instantes, encajonado en la esquina. En cuestión de segundos, cuatro jugadores se amontonan allí, chocando cuerpos, presionando con los sticks y empujando contra la valla para hacerse con el control.
Me inclino hacia delante, con el corazón bombeando como si estuviera ahí dentro.
El disco sale disparado. Duncan lo intercepta y lo manda a la otra punta de la pista.
—¡Vamos!
Últimos diez segundos.
Pittsburgh se reorganiza. Intentan una última entrada, desesperada, sin estructura. Sin embargo, Leif mete el stick justo a tiempo. Roba. Asegura.
Su despeje suena como música celestial mientras el cronómetro llega a cero y la bocina final suena.
—¡Sí! —grito eufórico levantándome de un salto—. Vamos, coño. ¡Así se hace!
Me duele el hombro por el movimiento brusco, pero no me importa. Me abrazo con mi hermano y la celebración me sabe a poco. Ojalá pudiera estar ahí con ellos.
La cámara enfoca el banquillo. Tully se abraza al resto de entrenadores y jugadores. El preparador físico choca los cinco con Wesley y mi estómago se encoge cuando veo a Harper. Sujeta su preciado iPad contra su pecho y comenta algo con Grant.
De repente, veo que Connor se acerca a ella y la abraza, levantándola del suelo.
Ella parece sorprendida, pero se deja llevar por la alegría de la victoria y acaba sonriendo.
En el momento en que él se separa y saluda a Grant de una manera más comedida, me fijo más en ella mientras el cámara decida seguir mostrándomela.
La veo algo incómoda por el gesto de Connor, nerviosa, con ganas de salir de ahí.
Aunque lo disimula con una sonrisa mientras choca la mano con el resto de los jugadores.
Ojalá pudiera ser yo quien la abrazara tras una victoria.
No, imposible. Eso no va a ocurrir.
—¡Habéis ganado! Alegra esa cara —me pide mi hermano.
—Ellos han ganado, no yo —murmuro.
—También te incluye a ti.
—Yo no he jugado.
Mi hermano me mira con cara de lástima y parece que se rinde.
—Por cierto, ¿qué pasa con Harper? —tantea, a fin de cambiar el rumbo de la conversación. Su mirada apagada da paso a una más divertida.
—¿Qué ocurre con ella?
—Eso espero que me respondas. Porque lo último que sabía era que no la soportabas y ayer le confiaste una parte de ti que nadie sabe.
—No tenía pensado contarle nada aún, pero apareció aquí… y estaba harto de que me juzgara como lo que no soy —replico encogiéndome de hombros.
—¿Y a ti qué más te da si no te gusta? —insiste con una sonrisilla que me pone peor.
—Y no me gusta —me reafirmo.
Ryan se cruza de brazos y su expresión se vuelve más divertida. Se lo está pasando genial con esto.
—No debería. Es complicado y no quiero fastidiarlo todo —aclaro.
—Pero te atrae y parece bastante mutuo.
—Ella jamás querrá nada conmigo.
—¿Y tú con ella?
—No.
Sé que no me ha creído. No obstante, Ryan opta por dejar esta conversación y abandonamos el sofá para ir a la cocina y ponernos con la cena.
Otra victoria, otra celebración con los chicos.
Aunque en esta ocasión es Leif, en calidad de capitán, quien pone la casa.
Hay vasos vacíos en cualquier superficie y Water, de Tyla, suena de fondo a un volumen que nos permite hablar.
Las cervezas se agotan, las bromas van subiendo de tono y algunos jugadores se despiden.
El ambiente se relaja a medida que vamos quedando menos y estamos más agotados.
—¿Y qué sabéis de Harper? ¿Alguno ha averiguado dónde pasó la noche? —pregunta Tyson, uno de los defensas suplentes.
La consulta me golpea el estómago.
—¿No estuvo con el resto del equipo? —inquiero tratando de sonar despreocupado.
—Se separó de nosotros tras bajar del avión y no la volvimos a ver —explica Connor—. Al llegar al hotel, le pregunté a Grant y me confirmó que ni siquiera tenía habitación asignada.
Arrugo el ceño sin darme cuenta.
—Quizá tenga familia allí —comenta Duncan, echándome una mirada de reojo.
—O un novio —responde Zee.
—Harper no tiene novio —respondo a la defensiva, delatándome por completo.
Duncan y Leif me echan una miradita que pasa inadvertida a los demás.
—¿Cómo lo sabes? —me reta Connor.
—Porque en Halloween salió de fiesta y ligó con un tío.
Duncan me observa con el ceño fruncido. Seguramente se preguntará cómo hemos llegado a ese nivel de confianza.
—Vaya, vaya… Sí que dan para mucho esas sesiones de rehabilitación —canturrea Connor.
—En nada la tiene en su cama —comenta Zee, como si estuviera orgulloso por algo.
Duncan empieza a toser. Muy fuerte. Creo que se acaba de atragantar con su propia saliva.
—A ver, a ver. —Leif trata de reconducir la conversación—. Yo creo que Harper tiene familia en Pittsburgh, quizá sus padres, y decidió quedarse ahí.
Por lo que sea, decide ignorar a Zee. Menos mal.
—Eso mismo pienso yo —responde Duncan—. Y, ya que estamos, dudo que sea asunto nuestro que tenga novio o no, ¿verdad?
—Yo tampoco creo que tenga novio —coincide Connor con una expresión que no me mola nada—. ¿Qué clase de tío permitiría que su novia trabajara de fisio en un equipo lleno de tipos como nosotros?
Leif niega con la cabeza y Duncan lo mira estupefacto, pero sin atreverse a responderle nada. Cuando Connor se pone en ese plan, no tiene sentido discutir con él. Y, aun así, lo hago.
—Yo.
—¿Qué?
—Has preguntado qué clase de tío permitiría eso. Yo lo haría. Es un trabajo y creo que la confianza es clave en una pareja.
—Primero deberías tener dicha pareja, ¿no crees, donjuán? —se burla, haciendo que me arrepienta de haberle respondido.
—Solo digo que, de ser esa clase de chicos que se… empareja…, no me importaría.
—Claro, porque te encantaría que se pasara el día tocando a otros. Otros que querrían ligársela —ironiza.
Aprieto la mandíbula y él se ríe.
—Si estuviera conmigo, no tendría necesidad de ir con otros, te lo aseguro.
A él le queda clarísimo que sé de qué está hablando. Esto ya no va de ninguna hipótesis. Esto va de que Harper me mola y trabaja tocando a otros tíos, como Connor, que querrían ligársela. Y que, si estuviera con ella, tendría que lidiar con esos celos. Celos que ya siento.
Se oyen risas desde distintos bandos, pero Duncan y Leif me miran con cierta preocupación en sus rostros. Como si adivinaran que Harper ha dejado de ser esa chica a la que no soporto, pero por la que no estoy seguro de qué siento ni con la que tampoco sé cómo comportarme.
—Tranquilo, fiera, solo estábamos hablando de si nuestra fisio favorita tiene novio o no. No debería afectarte tanto. ¿O es que tienes algo que contarnos?
Resoplo.
—No tienes remedio, Hale. Tu machismo no te deja ver más allá, pero te aseguro que muchos estarían encantados de salir con una tía como ella y su profesión no supondría ningún problema.
—En eso te doy la razón, hermano —coincide Duncan, y agradezco su apoyo—.
Hay mujeres que valen demasiado como para ponerse así de trogloditas.
¿Qué más da su trabajo o el número de chicos con los que haya estado?
¿Es que Harper se acuesta con vosotros o qué?
No, ¿verdad? Hace su trabajo y encima tiene que aguantar a algunos babosos que no paran de inventarse lesiones para verla.
—¡Yo no me invento nada! —se defiende Connor—. Tengo problemas recurrentes en la muñeca.
—Solo te juegas que te denuncie al club por acoso —señala Leif.
—¿Acoso? ¿Yo? Si está encantada con mis atenciones —masculla.
—Simplemente está siendo profesional, Con. No te sonríe porque le gustes —le recrimino.
—Dices eso porque te jode que yo le guste y tú no.
Niego con la cabeza conteniendo una sonrisa que me delataría más de la cuenta.
—Sí, exacto. Me jode que te haga caso y a mí no —comento encogiéndome de hombros y fingiendo sentirme ofendido.
—Qué cabrón —murmura—. Al final sí que va a caer.
Me tenso al pensar que se vaya de la lengua y saque el tema de la apuesta.
Es algo que no quiero que Duncan sepa, pues es como un hermano para mí y lo voy a decepcionar.
Y, desde luego, Leif no debería saber nada.
Como capitán, no lo aprobaría y temo que hable con Tully, Grant o, peor, aún, con Harper. Si ella se entera, estoy acabado.
Pero Connor me sorprende y no dice nada más al respecto. No obstante, sé que esto me va a explotar en la cara tarde o temprano.