18. Pittsburgh
Harper
Este abre la puerta en cuanto el coche desaparece de nuestra vista. Corre hacia mí para envolverme en un abrazo que me eleva un pie del suelo y me estruja hasta dejarme casi sin aire.
—Harp, por fin. —Me deja en el suelo y pasa un brazo por mis hombros—. Vamos, que hace puto frío.
—Es que has salido de casa en pantalón corto y camiseta.
Se encoje de hombros, pero pasa de responder. Me río.
Cuando entro en la vivienda, Riley, su novia, se acerca a darme un abrazo.
—Bienvenida a tu segunda casa. —Sonrío. La verdad es que tengo varias «segundas casas»—. Te he comprado tu helado preferido y tus cereales para desayunar mañana.
Adoro a esta chica. En el momento en que Calvin me empezó a hablar de ella supe que iba a convertirse en mi cuñada. Algún día.
Sonrío y me cuesta contener las lágrimas de emoción.
—Muchas gracias. No tenías por qué hacerlo.
Ella inclina la cabeza y toma una de mis manos con la suya.
—Quería que te sintieras como en casa.
Calvin me da otro abrazo, como si fuera incapaz de creerse que estoy aquí, y oigo una risita.
—Chicos, yo me voy a dormir. Os conozco, sé que vais a estar de charla hasta las tantas y yo mañana madrugo para ir a trabajar.
—No creo que aguantemos tanto, estoy molida —comento separándome un poco de mi hermano.
—Aun así, prefiero daros intimidad para que habléis de lo que necesitéis y no os sintáis cohibidos.
—Lo que quiere decir Riley —murmura mi hermano cerca de mi oído— es que ella ya estaría en la cama porque tiene horarios de abuelita y que, si sigue despierta, es por esperarte.
La aludida se cruza de brazos y ladea la cabeza, fingiendo sentirse ofendida, aunque su sonrisa la delata.
—Algunas personas tenemos trabajos normales y madrugamos —se queja subiendo por las escaleras.
Mi hermano ríe muy fuerte y pone rumbo hacia el interior de la casa.
—Puedes dejar tus cosas en el sofá o en el armario de la entrada. Luego te subo la maleta a la habitación.
—No hace falta —comento dejando el abrigo y el bolso bien colocaditos sobre el reposabrazos.
Calvin está trasteando en la cocina, por lo que decido sentarme sobre uno de los taburetes de la enorme isla. Desde aquí, vislumbro dos tarrinas de helado y se me hace la boca agua al reconocer mi favorito: caramelo salado.
—¿Qué tal es trabajar con Matt? —pregunta de manera distraída mientras sirve dos cuencos hasta los topes, uno para mí y otro de chocolate con galletas para él.
—Tampoco te creas que coincidimos mucho. Los despachos no están precisamente al lado del área médica y casi todo lo trato con Grant.
Calvin asiente, termina de servir el helado y trae los cuencos donde estoy yo.
Gimo al sentir el frío contra mi paladar y mi hermano me mira divertido mientras empieza a comer, de pie, frente a mí.
Hay cierto clima de nostalgia en este momento que me traslada a nuestra adolescencia, a cuando regresábamos de alguna fiesta y saqueábamos la nevera antes de irnos a la cama mientras comentábamos con quién habíamos ligado esa noche.
—Deberías casarte con ella —le digo tras varias cucharadas.
Calvin sonríe y parece ponerse nervioso.
—Dices eso porque te compra helado y cereales.
—Cualquiera puede comprar eso. Pero ella sabe cuáles son mis favoritos.
—Sabe a qué Queen tiene que camelarse.
—¿Y bien? —insisto.
Cavila unos segundos mientras mira alrededor comprobando que Riley no haya bajado y va a abrir un armario para sacar un bote de proteína en polvo. Frunzo el ceño, pero luego veo que saca una cajita de Tiffany & Co. Entonces abro mucho los ojos y me tapo la boca con ambas manos.
—Hace unos días que lo tengo. Lo escondí donde no fuera a encontrárselo ni por error.
—¿No pensabas decirme nada?
—Sí. Pero como ibas a venir a casa, preferí esperar y que lo vieras en persona.
Abre la cajita y me emociono como si fuera para mí. Es precioso.
—¿Cuándo vas a pedírselo?
—Estoy valorando diferentes escenarios. Me gustaría que fuera algo especial e íntimo, pero que tampoco sea un cliché como meterlo dentro de una copa de champán.
—Por favor, no hagas eso. Hay riesgo de atragantamiento y es cutre de la hostia.
—Nunca lo contemplé —asegura bastante serio.
—Si necesitas ideas, tengo una amiga que escribe novela romántica.
Se ríe y vuelve a guardar el anillo en su sitio.
—Quizá me iría bien alguna idea, ya que lo comentas.
—Hablaré con ella.
Seguimos comiendo en silencio, como si tuviéramos miedo de romper este momento mágico. No puedo creerme que mi hermano se vaya a casar. Eso solo significa que mi madre va a ponerse muy pesada conmigo. Voy a tener que pedirle la agenda a Holly, quizá el padre de mis hijos se encuentre ahí.
—Suéltalo —me pide mi hermano, viéndome cavilar.
—¿El qué?
—Lo que sea. Lo que estás pensando. Lo que ha ocurrido con Lennox…
—¡No ha ocurrido nada con él!
Calvin sonríe con cierto aire triunfal, como si mi respuesta fuera exactamente la que buscaba.
—Y ya que estamos hablando de él… —Gruño—. ¿Sigue siendo igual, más o menos idiota que la última vez?
Suelto un montón de aire.
—Menos.
—Ajá. Entonces ha ocurrido algo para que haya cambiado de estatus.
Lo miro fijamente. Sus ojos son curiosos y no juzgan. Doy una cucharada más al helado y me enderezo en mi asiento.
—He visto su casa.
Calvin empieza a toser.
—¿Perdón? ¿Has estado en su casa?
—Esta mañana teníamos sesión y se ha dejado la mochila. Solo se la he llevado al salir del trabajo.
—Joder, Harp, empieza por ahí.
Me río.
—Tiene un hermano pequeño del que es su tutor legal porque la madre lo abandonó. ¿Te lo puedes creer?
—Pues no. Me cuesta creer que Lennox sea responsable de alguien que no sea él mismo.
—Me refería a lo de la madre, pero… ¡exacto! —Lo señalo—. ¿No te parece que ese Brady no tiene nada que ver con el que creíamos que era? Dice que vende ese personaje a la prensa para que su hermano tenga una vida normal.
Me muerdo el labio para dejar de hablar. Sigo en shock por todo eso que he descubierto y no sé cómo enfrentarme al nuevo Brady. A ese que tiene un corazón tan grande que pone a su hermano en el centro de su universo. A ese del que cualquiera podría enamorarse, incluida yo.
Calvin rodea la isla y se coloca a mi lado.
—Te estás colando por Lennox —expone con sobrada seguridad.
—No.
—Harp.
—Solo he dicho que es «menos idiota», no que no lo sea en absoluto.
—Puedes seguir mintiéndote a ti misma todo el tiempo que quieras.
Pongo los ojos en blanco.
—Puede que me guste «un poco».
—«Un poco» —repite burlándose.
—Pero sigo pensando que no puedo fiarme de él.
—Haces bien. —Alzo una ceja—. No me mires así. Solo espero que toda esa historia del hermano y la madre sea verdad, porque me parecería muy rastrero usar eso para ligar.
—¿Crees que puede habérselo inventado? ¿Por qué haría algo así?
—Te lo acabo de decir, para acostarse contigo.
—¿Para qué? Ya lo hizo.
—Pero no lo sabe —me recuerda.
—En realidad, se lo he dicho esta mañana —rebato.
Ahora es mi hermano el que parece estar alucinando.
—¿Y?
—Nada, hemos hablado. Ha quedado claro que entre nosotros no habrá nada porque empezó y terminó hace tres años. Es mi paciente y ese es el único vínculo que vamos a tener. Es de agradecer que haya abandonado su actitud de mierda y empiece a tomarse la recuperación en serio.
Calvin asiente y yo me termino el helado. Luego, voy al sofá con mi hermano.
—Entonces…, ¿no te gusta nada?
—Es deportista y está bueno —comento dando a entender que algo sí me gusta, porque no estoy ciega.
—Harp.
—Vale… —arrastro las letras y levanto las manos en señal de rendición—. Empieza a gustarme «en serio» y estoy acojonada por ello. Admito que descubrir lo del hermano me está haciendo caer muy deprisa, demasiado. Creo que ha estado a punto de besarme.
Calvin alza mucho las cejas. Mucho mucho.
—Pero tenía prisa y me he ido —aclaro.
—Y miedo —puntualiza él señalándome.
—Mogollón.
—Porque crees que vas a sufrir —conjetura.
—Estoy segura de ello.
—Nada que merezca la pena llega sin arriesgarse ni luchar.
No sé qué le lleva a soltar esa frase tan filosófica, pero me remueve demasiado. Y tiene razón. Este trabajo no me ha caído del cielo, he trabajado mucho para conseguirlo.
—Matt te matará por lo que acabas de decir. Y papá.
—Si fuera por ellos, estarías en un internado en Europa y lo sabes. Y no te creas que me hace feliz que estés colada por ese tío —aclara—. Si sufres, la ha cagado para siempre.
—Sé defenderme sola.
—Lo sé. Eres una Queen.
Cuando me despierto por la mañana, bajo a la cocina y me encuentro a Calvin preparándose un café. Al verme, me sirve un tazón de leche con mis cereales y me lo pone enfrente.
—Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
—Meee…
Me encojo de hombros y voy a seguir hablando, pero me llega una notificación y, al ver el emisor, no puedo resistirme a ver qué dice.
Niñato consentido:
Tengo una duda con los ejercicios.
Sonrío como una adolescente mensajeándose con su crush.
Yo:
¿No me digas?
Niñato consentido:
Hoy trabajas, ¿no? Es horario laboral.
Yo:
Sí. Pero aún no ha empezado mi jornada.
Niñato consentido:
Lástima.
Niñato consentido:
¿Puedo llamarte?
Yo:
No.
Niñato consentido:
Vale. ¿A qué hora empieza tu jornada?
Yo:
Nos vemos el viernes, Lennox.
Calvin me mira con una ceja levantada y una sonrisa que quisiera borrarle a manotazos.
—Es él —adivina. Lo tiene clarísimo.
Pongo los ojos en blanco.
—Solo quería confirmar cuándo empieza mi jornada para resolver unas dudas con los ejercicios que le mandé.
—¡Ah! Que ahora se llama así —ironiza.
—Le he dicho que nos vemos el viernes.
—Ya.
—Pues sí. Lo veo dos veces por semana.
—¿Y lo recibes con esa sonrisa? —pregunta mientras dibuja un círculo que rodea mi cara.
Pongo los ojos en blanco nuevamente y voy a responder. Sin embargo, el timbre me interrumpe y aprovecho para empezar a comer antes de que los cereales se ablanden y se conviertan en una pasta bastante repulsiva.
No es que disfrute de mucho tiempo de tranquilidad, pues mi hermano Matt entra en la cocina y creo que viene a buscarme.
—Buenos días, Harp.
—Ya termino. Me ducho y nos vamos.
—Tranquila, yo también quería saludar a nuestro hermano.
Calvin le sirve un café mientras Matt se quita el abrigo Chesterfield gris oscuro, el cual sujeta sobre su propio brazo, y se afloja un par de botones de la chaqueta del traje.
—Gracias —dice al recibir la taza—. Por cierto, me comenta Grant que Hale le preguntó por ti ayer. ¿Debería preocuparme?
—No.
—¿Y por qué quería verte?
Me encojo de hombros.
—Ni idea.
—¿Seguro?
Calvin no pude aguantarse más la risa y nuestro hermano mayor desvía sus ojos de mí hacia él. Se tensa enseguida.
—¿Qué sabes?
—¡Eh! —protesto.
—No voy a contarte nada, pero está controlado.
—Júrame que no tengo de qué preocuparme. —Lo señala con el dedo—. De verdad que no me temblará el pulso si tengo que deshacerme de algún jugador.
—No puedes hacer eso por motivos personales —le advierto.
—¿Qué hay entre tú y Hale?
—Nada, puedes quedarte tranquilo. Es un poco insistente, pero puedo quitármelo de encima yo sola, ¿de acuerdo?
Matt me escudriña en busca de algún vestigio de duda, algo que no encuentra.
—Júrame que…
—Sí, Matt, si tengo algún problema lo sabrás.
Sigue sin apartar los ojos de mí, a punto de replicar y seguir enfrascado en esta discusión sin sentido. Hasta que finalmente cede, se toma su café y empieza a hablar de deportes, en general, como siempre hacemos en familia. Como un día cualquiera de nuestra infancia.