17. Tuve que hacerme cargo
Harper
Vuelvo a revisar la dirección en su ficha y, o es aquí, o hay dos direcciones exactamente iguales. De modo que avanzo hasta la puerta delantera y llamo al timbre antes de arrepentirme.
Mientras espero, observo el espacio a mi alrededor mientras me arrebujo con el abrigo. El sol empieza a ponerse, por lo que las temperaturas caen en picado y el olor a humedad se intensifica a esta hora del día, más aún en un lugar con tanta vegetación y tierra húmeda.
Tras varios segundos, un chaval de unos quince o dieciséis años me abre la puerta y frunce el ceño al darse cuenta de que no me conoce en absoluto. Yo también lo observo a él bastante confusa, pues cada vez empiezo a tener más claro que me he equivocado.
—Hola, ¿vive aquí Brady Lennox? —balbuceo. Parezco idiota. Está claro que no.
—No, lo siento.
El chico se dispone a cerrar la puerta, por lo que me apresuro a responder.
—Disculpa, es que en su ficha sale esta dirección y está claro que se ha mudado y no ha actualizado tal información en el club…
—Ahora parece interesado en lo que le hablo, sorprendido de que una estrella a la que probablemente admira vivió en la misma casa que él—.
Solo había venido a traerle la mochila, que se la ha dejado y quizá lleve algo importante…
—¿Trabajas en los Phantoms? —me interrumpe. Parece curioso.
—Sí. Estoy en el equipo médico.
Me muerdo la lengua porque no tengo muy claro cuánta información puedo dar al respecto. Las lesiones son algo que suelen llevarse con bastante discreción y se sintetiza mucho lo que se cuenta a la prensa.
—¿Eres su fisioterapeuta? —pregunta, ahora con una expresión similar a la emoción.
No respondo, pues no quiero empezar a dar detalles a gente ajena al club.
—Pasa, está dentro. Lo siento, te he mentido, pero no sabía si serías alguna de esas locas que buscan un poco de fama.
Alzo las cejas, pues no esperaba nada de lo que acaba de decir.
—¿Quién es, Ryan? —pregunta Brady mientras se asoma, y se queda igual de paralizado que yo al verme—. ¿Harper? ¿Qué haces aquí?
—Yo… he venido porque… —carraspeo y levanto la mochila para que la vea—. Te la has dejado antes. No sabía si tenías algo que pudieras necesitar y como mañana estaré en Pittsburg… Bueno, que si hay algo importante nadie podría abrirte.
—¿Has venido hasta aquí para traerme la mochila? —pregunta, aún incapaz de creer que estoy en el portal de su casa.
Me encojo de hombros.
—Pasa. Te invitaré a un café, por las molestias.
—No hace falta. De hecho, tengo algo de prisa, el avión sale a las ocho y todavía debo pasar por casa a cambiarme…
—Es solo un café —me interrumpe—. Prometo no entretenerte para que puedas irte a tu hora como la Cenicienta —comenta con una sonrisa demasiado tentadora.
Sonrío porque sus palabras me causan cierta gracia y asiento con la cabeza.
—De acuerdo. Solo cinco minutos, ¿vale?
Entro en casa y me anima a dejar las cosas en elperchero que hay justo al lado de la puerta, incluida su mochila.
Camino tras él sin dejar de observar todo a mi paso.
Es una casa reformada con muy buen gusto, colores neutros y mucha luz.
Hay algunas fotografías colgadas de la pared y una decoración minimalista y moderna.
El recibidor da a un gran espacio en el que el salón, el comedor y la cocina no tienen ninguna barrera.
Hay una chimenea encendida que me recuerda a la de mi casa en East Harbor y una calidez que te invita a sentarte en el sofá, taparte con una manta y leer un libro con música instrumental de fondo.
La mesa de comedor es grande y de una madera oscura y robusta, el sofá es espacioso y aparentemente cómodo.
La cocina me deja sin palabras. Lo que más me llama la atención es una gran isla llena de tápers a medio llenar, varias ollas en el fuego y el horno encendido.
—Él es Ryan, mi hermano —me explica, para luego girarse hacia él—. Como ya has podido deducir, ella es Harper, la fisioterapeuta que se encarga de mi rehabilitación y con la que pago toda mi frustración.
—¡Qué bien! Tenía ganas de conocerte —comenta Ryan acercándose a mí para saludarme con un apretón de manos. Aunque yo me quedo dándole vueltas a sus palabras, pues implican que había oído hablar de mí, y eso me inquieta—. Siento haberte confundido con una fan.
Hago un gesto para restarle importancia. Lo entiendo. Tengo hermanos que también son estrellas del deporte, sé a lo que se refiere.
—¿Vais a abrir un restaurante? —pregunto, tratando de sacar alguna conversación.
Ryan se ríe y va a remover el contenido de alguna de las ollas. Mientras, Brady se mueve cual pavo real seduciendo a su hembra hasta una máquina de café que no tiene nada que envidiar a las de cualquier bar.
—¿Cómo lo tomas?
—Mi preferido es el caramel latte. Aunque si no tienes caramelo…
—Sí que tengo —me interrumpe mientras trastea por cajones y armarios.
Sigo observando a mi alrededor. Esta casa es increíble.
Es grande y elegante, pero sin ser una mansión ni una casa de revista.
Está limpia, aunque hay cierto desorden que la hace real.
La tele tiene un tamaño normal, nada de pantallas de cine.
Se ve alguna consola y una lata de refresco sobre la mesita del salón.
Cuando regreso la vista a la cocina, me encuentro con dos ojos que me observan con bastante intensidad, que me examinan intentando descifrar lo que mi mente está pensando ahora mismo.
—¿No es como te esperabas que fuera? —tantea Brady.
—¿El qué?
—La casa. ¿Esperabas que fuera de otra manera?
«Desde luego que sí».
—Nunca le dediqué ni un segundo a pensar en cómo sería la casa en la que vive el jugador estrella del equipo.
La sonrisa que me dedica me hace darme cuenta del error que acabo de cometer al referirme a él como «la estrella del equipo».
—¿Ni siquiera mientras conducías hasta aquí? —insiste alzando una ceja.
—No —aseguro añadiendo un movimiento exagerado con la cabeza. No pienso admitirlo en voz alta.
Brady se ríe. Una risa ronca demasiado sexy, como es todo él. Y como es el hecho de imaginármelo cocinando.
—Ya.
Su respuesta me deja claro que no me ha creído en absoluto.
—¿Todo eso lo has cocinado tú? —pregunto, buscando algo de lo que hablar.
Lo veo echarle un chorrito de caramelo al latte y me lo deja en una zona de la isla que no está ocupada por mil cacharros, justo frente a un taburete. Me siento mientras Brady echa una ojeada a todo y le pregunta a Ryan si va bien, a lo que él responde levantando el pulgar.
—¿Tan extraño te resulta que «la estrella del equipo» —pronuncia con orgullo— sepa cocinar?
Pongo los ojos en blanco.
—Tengo hermanos. Todos hombres. Y son bastante negados en la cocina. No es porque seas «la estrella del equipo» —pronuncio con retintín haciendo el gesto de las comillas.
—Porque seguramente vivían en una casa en la que no tuvieron que aprender a hacerlo siendo tan solo unos niños debido a que su madre se pasaba el día fuera, trabajando, a fin de poder mantenerlos.
Sus ojos ahora buscan alguna clase de compasión, pues no dejo de juzgarlo, cuando empieza a estar bastante claro que este Brady que tengo frente a mí no tiene nada que ver con lo que había imaginado que era.
—Yo…
«Lo siento».
Eso debería de decir. Porque se refiere a él mismo ¿no?
—Mi padre nos abandonó al poco de que yo naciera.
Jamás lo he conocido. Tampoco he tenido abuelos ni otra familia.
El padre de Ryan también se piró cuando él apenas tenía unos meses.
Así que nuestra madre enlazaba varios trabajos mal pagados para traer dinero a casa con el que pagar el alquiler, las facturas y la comida.
Apenas nos llegaba para lo básico. Pero, si yo no cocinaba, nadie lo hacía. De manera que tuve que aprender.
»Había épocas en las que tenía algún novio y, al haber más dinero en casa, ella se permitía trabajar menos y ocuparse de nosotros, en vez de pagarle a una vecina para que nos echara un ojo.
En cuanto tuve edad para trabajar, empecé a aportar dinero en la economía doméstica y aun así la situación no mejoró.
Entrar en el equipo de hockey fue mi salvación.
Me suponía sacrificar aún más tiempo libre, pero encontré algo que me dio esperanza.
Gracias a ello logré una beca y pude ir a la universidad.
Doy algún sorbo al café, que está delicioso, mientras sigo absorta en el relato de Brady. Jamás me habría imaginado que hubiera tenido un pasado como ese. Siempre me pareció un malcriado. He sido tan idiota juzgándolo así…
—Lo que más me dolió fue dejar a Ryan solo, que tuvo que aprender a sobrevivir como lo hice yo.
Mi tiempo se iba en los estudios, los entrenos, los partidos y un trabajo para pagar algunos de los gastos que la beca no cubría, y lo que sobraba se lo mandaba todo a Ry para que se comprara unas deportivas o cualquier cosa.
«Joder».
Estoy a punto de llorar. ¿No os parece tierno? ¿Cómo puede lanzar esa imagen de sí mismo de hombre egocéntrico y mujeriego, cuando es la persona más familiar y protectora con los suyos que he conocido en mi vida? ¿Por qué no quiere que el mundo lo vea así?
De repente, algo empieza a chirriarme en la historia. ¿Qué pasa con la madre? ¿Vive aquí? ¿Sigue viva?
—¿Ella…? —dejo la pregunta en el aire porque no me atrevo a continuar al ver sus rostros. Creo que es demasiado duro o que lo que sea que haya ocurrido es reciente. Y no soy quién para inmiscuirme. ¿Qué clase de chismosa soy?
—Cuando fiché por los Phantoms, me llamó. Me dijo que no podía seguir haciéndose cargo de Ryan. —Niega con la cabeza y hay dolor en su mirada, pero no tanto como en la de su hermano.
—No tienes que contármelo.
—Resumiendo mucho, me pintó las cosas tan feas que me ofrecí a ocuparme de él porque, al parecer, no era dinero lo que quería, sino quitárselo de en medio.
—¿Qué?
Por favor, que aclare esto porque no soy capaz de entender que una madre quiera deshacerse de su hijo.
—Pues que descubrí que su novio no quería mantener a ningún hijo anterior y ella eligió a ese hombre, al que no conocía de nada, antes que a su propia sangre. Por lo visto tenía bastante dinero, aunque nada legal, pero le prometió la vida de lujo que siempre deseó.
»Al enterarme, fui directo a servicios sociales y solicité convertirme en su tutor legal.
—Exhala un montón de aire y lo veo aliviado de soltar una carga tan pesada—.
Nuestra madre ni siquiera se opuso, me cedió la custodia y hasta que él cumpla los dieciocho años yo soy la única persona responsable de mi hermano.
Menos mal que estoy sentada, porque me habría caído de culo. No doy crédito. Estoy tan alucinada que no me salen las palabras.
—Yo… no sé qué decir. Creo que esto está bastante lejos de cualquier cosa que pudiera haberme imaginado —admito, balbuceando.
—Te lo dije, Reina de Hielo, pero no me escuchas. No soy como crees que soy.
—Pero ¿por qué nadie sabe que eres el tutor de tu hermano? ¿Por qué la prensa no lo sabe? ¿Por qué te empeñas en mostrar al público otra imagen?
—Porque, siendo ese personaje que todos creen que soy, nadie lo busca a él y tiene la vida normal que un chaval de quince años debería tener.
He hecho firmar contratos de confidencialidad a mucha gente y lo de la prensa es más complejo, pero digamos que ningún medio puede publicar nada sobre él.
Y como les doy su espectáculo, no se meten.
Con cada detalle que me cuenta de su vida, se elimina una capa más de esta barrera que nos separa, de lo que oculta, de lo que me resisto.
El muro se fragmenta y me cuesta luchar contra él.
Porque esta versión de Brady, tan humana, familiar, capaz de cualquier cosa para proteger a los suyos, es la antítesis de lo que creía que era y que no soportaba. ¿Cómo debería comportarme con él ahora?
Brady se aparta y echa un vistazo a todo.
Se pone una manopla y saca una cosa del horno que me hace salivar.
Con el brazo bueno, ¡ojo!, que yo no puedo ni con las dos manos porque siempre me quemo.
Pero él no, él y su brazo musculoso te sacan una fuente del horno que no parece nada liviana sin apenas esfuerzo.
Me estoy derritiendo ahora mismo. Me estoy derritiendo y no debería. No puedo colarme por Brady, aunque esta versión me encante y sea lo más perfecto que encuentre en un hombre. Porque aún no sé si puedo fiarme de él. Este cambio de actitud tan repentina me escama un poco.
Me termino el café de un trago y me levanto del taburete a toda prisa.
—Muchas gracias por el latte, estaba delicioso. Creo que debería irme ya —comento para llamar su atención.
No espero a que responda y voy hacia la entrada, pero él me alcanza en varias zancadas.
—¿No te despides?
Está demasiado cerca, por lo que me giro hacia elperchero para recuperar mi abrigo y mi bolso; no obstante, él me detiene agarrando mi muñeca con su mano grande y ruda. Un escalofrío me recorre entera y me obliga a cerrar los párpados de manera momentánea.
—¿Te he hecho sentir incómoda?
Niego con la cabeza.
«Todo lo contrario».
—¿Entonces?
—Ya te lo he dicho. Vuelo a Pittsburg esta noche con el equipo.
—¿Tan impactada te ha dejado conocer al verdadero Brady?
Estamos tan cerca como antes, en la sesión de fisioterapia, cuando nuestros alientos se mezclaban y la intensidad de nuestras miradas me obligaba a desviar la vista. Sus ojos me suplican algo que no puedo darle.
—¿Por qué ese empeño en que te conozca? ¿Por qué yo?
Sus ojos se desvían un segundo a mis labios y eso eleva mi tensión arterial por las nubes. Como sigamos así, acabaré ingresada en el hospital por taquicardia.
—Confío en ti.
Y esas tres palabras terminan de desarmarme.
Me humedezco los labios, algo que no le pasa desapercibido, a juzgar por la intensidad de su mirada.
Sus ojos me recorren de abajo arriba hasta detenerse de nuevo en mi boca.
Siento que tiemblo y me obligo a ponerle fin a este momento antes de que sea tarde.
—Nos vemos el viernes. No te olvides de hacer los ejercicios.
Brady tarda un segundo en reaccionar, pero finalmente me suelta y aprovecho para ponerme el abrigo ante su atenta mirada. Él me tiende el bolso con cierta resignación.
—Si tengo alguna duda… —empieza a preguntar. Su tono es serio, pero termina con una sonrisa que indica «peligro».
—No me llames en mi tiempo libre, Lennox.
—Mañana trabajas —rebate.
Pongo los ojos en blanco y me río.
—Adiós, Brady.
—Adiós, Harper.
Pronuncia mi nombre de tal manera que se carga otra capa más. Salgo de esta casa y no me permito soltar el aire hasta que llego al coche y lo arranco.
¿Qué acaba de pasar?
O peor:
¿Qué va a ocurrir de ahora en adelante?