La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 16. Nos conocimos hace tres años
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16. Nos conocimos hace tres años

Brady

Llego a la sala de fisioterapia con el humor justo para no arrancarle la cabeza a nadie, pero creo con absoluta firmeza que, si ella me dedicara una mirada como la de la última sesión, por breve que esta fuera, todo este malestar que siento se evaporaría en cuestión de segundos.

Estoy sentado en la camilla mientras Harper termina de revisar unas cosas con Grant.

Apenas ha levantado la vista para saludarme cuando he entrado, pero me ha parecido demasiado fría y profesional.

Como si el ambiente tan relajado que logramos la última vez se hubiera esfumado.

Yo la observo mientras me quito el cabestrillo y me desvisto de cintura para arriba.

Su pelo recogido en esa coleta despeinada me atrae como no pensé que podría hacerlo algo tan simple.

Yo, acostumbrado a estar con tías que claramente pasan horas frente al espejo, ahora babeo por una que no le ha dedicado ni dos minutos a recogerse el pelo, no lleva ni una gota de maquillaje y no parece ni remotamente interesada en mí. Hay que joderse.

—Te dejo en buenas manos, Lennox —comenta Grant colocando una de las suyas sobre mi hombro bueno.

—Lo sé, Harper es genial —admito sin ser consciente de lo extrañas que les resultan a ambos mis palabras, pues hasta hace nada seguía pataleando porque no confiaba en ella.

Grant alza las cejas y parece a punto de decir algo, pero parece como si no quisiera tentar a la suerte y hacerme cambiar de parecer, así que se despide de nosotros y nos deja solos.

Harper respira hondo, de esa manera en que lo hace alguien a punto de enfrentarse a algo que le da mucha pereza y que no sabe cómo evitar.

—¿Qué tal el hombro?

—Bien. Mejora cuando lo tocas.

No dice nada y no la veo porque sigue a mi espalda, pero seguro que está poniendo los ojos en blanco o algo similar.

Rodea la camilla y ajusta la altura. Cuando quedamos tan cerca que nuestros alientos se mezclan y nuestros ojos conectan de una forma tan especial que acojona, se aparta y se centra en mi hombro.

Si he sentido alguna chispa, me la habré imaginado.

Es imposible que la Reina de Hielo tenga alguna clase de sentimientos.

—Empezamos con la movilidad pasiva —anuncia con aparente firmeza, aunque me ha sonado un poco a balbuceo—. Relaja los músculos, ¿de acuerdo?

Debería ser fácil hacerle caso. Relajar es lo fácil.

Pero no cuando sus suaves y delicadas manos están tocándome de esa manera, explorando cada pulgada de piel.

Sé que es su trabajo. Sé que no hay nada erótico en lo que está haciendo.

Pero, joder, mi cuerpo no lo siente para nada como algo profesional y temo volver a cometer un error como el de la otra vez.

Me eleva el brazo despacio. Su aliento baña mi hombro, su pulgar presiona donde la articulación parece tener más sensibilidad. Me recorre un escalofrío y ella lo nota, aunque decide ignorarlo. Pero percibo cómo cambia el rimo de su respiración.

—¿Qué tal la fiesta de Halloween? —me obligo a preguntar, porque el silencio me ahoga y necesito distraer la mente con algo.

—La verdad es que no puedo quejarme. Una excelente lista de reproducción, cervezas frías, risas…, lo que viene siendo una buena fiesta.

—¿Había chicos?

Harper sonríe y me dirige una mirada que no sé cómo tomarme. Parece dispuesta a hacerme sufrir.

—Sí.

Alzo las cejas.

—¿Alguno interesante?

—Sí.

—¿Y vas a contarme algo?

—¿Por qué quieres saberlo? —cuestiona, ahora más seria.

—Estaría bien saber si este buen humor y esa sonrisilla es porque pasaste una noche memorable o es por otra cosa.

Harper se ríe. Es una risa natural y despreocupada. Ojalá pudiera oírla más veces.

—De modo que quieres asegurarte de que no pague contigo mis fracasos amorosos.

—Empiezo a esbozar una sonrisa porque, de alguna manera, que confirme que su vida amorosa es una mierda me alegra y no sé por qué—.

Pues tranquilo. Como ya te mencioné, Lennox —no me gusta nada la manera en que acaba de pronunciar mi apellido—, no necesito este trabajo para ver hombres desnudos.

Trago saliva haciendo un gran esfuerzo y me tenso sin darme cuenta.

—Relaja los músculos —me pide de nuevo.

Frunzo los labios. Relajo. No lo logro del todo.

—Está bien, túmbate, vamos a trabajar la cicatriz.

—¿Eso es lo que duele tanto? —pregunto, tratando de recordar la última sesión.

—Sí, lo siento, sé que resulta algo duro. Es para evitar que haya rigidez en el futuro. Las cicatrices son un poco especialitas y hay que trabajarlas bien. Pero tú avísame si no puedes soportar el dolor.

—Lo entiendo, no te preocupes.

Me corrige la postura por enésima vez y empieza a frotar el hombro como si quisiera castigarme por algo.

El dolor es tan intenso que solo puedo pensar en este momento.

Ni en el hockey, ni en la recuperación, ni en chicas, ni en Harper.

Solo este puto hombro que necesito que vuelva a funcionar como debería.

—¿Hacemos un descanso? —sugiere.

—No —niego con la mandíbula tan tensa que Harper decide detenerse igualmente.

Desaparece de mi vista y mis ojos me traicionan buscándola. La encuentro anotando cosas en su iPad. Cuando termina, su mirada se fija en mí y recorre mi torso con una fingida indiferencia. No puedo evitar sonreír ante ese pequeño rubor que se instala en sus mejillas al sentirse cazada.

—¿De qué te disfrazaste? —pregunto.

—De Uma Thurman en Kill Bill.

—¿Con el mono amarillo?

Ella debate unos segundos consigo misma sobre si responder o no.

—Ajá.

—Vaya… Qué lástima habérmelo perdido. Seguro que captaste la atención de todos los solteros de la fiesta.

Se sonroja ligeramente y se muerde el labio para evitar sonreír.

—Brady, Brady… —canturrea con retintín.

—Harper, Harper… —digo en el mismo tonito.

—No te conviene seguir por ahí —señala, y su voz ahora suena más amenazante.

—¿Por qué no?

Niega con la cabeza, pero su sonrisa la delata.

—¿No puedo coquetear contigo? —pregunto, con voz seductora, mientras me siento para observar bien su reacción.

—No.

—¿Por qué? A Connor le dejas. ¿Te gusta?

Entrecierra los ojos y cruza los brazos.

—Lennox, no sé a qué estás jugando, pero será mejor que pares.

Abro la boca, aunque no sé qué decir. Debería ser fácil. «Lo siento». «Me he pasado». «Tienes razón, eres mi fisioterapeuta».

Ella se cansa de esperar alguna clase de disculpa y niega con la cabeza.

—Será mejor que vaya a buscar a Grant.

—No, espera. Lo siento, ¿vale? Soy gilipollas. Te vi el otro día con él y me jode un poco que a mí me trates como a la tarea más odiosa de tu trabajo y con él seas todo sonrisas, cuando está claro que sus intenciones no son nada buenas.

Sigue observándome con la misma postura defensiva y siento que el corazón me late a excesiva velocidad, a la espera de unas palabras que pueden cambiarlo todo entre nosotros. O quizá no. Quizá regrese a su actitud esquiva y fría.

—No debería importarte si sonrío de más o de menos con Connor, tiene cero opciones conmigo. Si soy simpática con él es porque es gracioso y no me trata como si me fuera a cargar su carrera.

—Pero deberías tener en cuenta que quizá él si piensa que tiene esas opciones contigo —rebato.

—¿Por qué? ¿Si soy amable significa que quiero rollo?

—No. Pero algunos creen que sí.

—¿En qué te afecta eso?

«Eso mismo me pregunto yo».

—No me afecta. Solo me gustaría saber qué tengo que hacer yo para lograr que seas así conmigo.

Harper se ha quedado tan impactada por lo que acabo de decir que no puede replicar. Y yo no sé dónde meterme, por lo que decido recoger mi camiseta, ponérmela y salir de aquí.

—No hemos terminado, Lennox. Faltan los ejercicios.

—Los haré en casa, no te preocupes.

—Pero tengo que ver cómo los estás haciendo e introducir algunos más si es necesario…

—Hablaré con Grant.

—Espera. —Al bajarme de la camilla, sus manos me detienen a garrando mi braz o, y el chispazo que me recorre me obliga a obedecer. Sus ojos buscan los míos y su mano me suelta en cuanto ha logrado mi atención—. Hay un motivo detrás de mi actitud contigo.

Baja la mirada hacia el suelo y yo vuelvo a sentarme en la camilla. Sus manos se frotan entre ellas e intuyo que está algo nerviosa.

—Tú y yo ya nos conocimos. Demasiado bien, además.

Ahora soy yo el que se queda en shock. Vale que he conocido a mucha gente, pero es imposible que olvide a alguien como ella.

—Mientes.

—Hace tres años. En el pub de East Harbor. Estabas de despedida de soltero con dos idiotas.

Joder, sí, recuerdo esa noche. Ligué con una chica y les di plantón a mis colegas. Jamás me lo perdonaron.

—No puede ser.

—¿Ves? ¡Es que ni siquiera te acuerdas! —me reprocha bastante molesta y… juraría que dolida—. Te diría sus nombres, pero de ellos solo recuerdo que eran unos capullos que seguramente les ponían los cuernos a sus novias.

—Lo hacían.

—¿Qué?

—Les ponían los cuernos. Zach y Owen. Hace tiempo que no hablo con ellos.

Harper alza tanto las cejas que temo que se le vayan a salir de la cara y llegar hasta el techo. Pero me centro en ella, la chica que tengo frente a mí. La miro de arriba abajo porque me parece alucinante que haya olvidado esa cara y ese cuerpo.

—¿Eras tú?

Chasquea la lengua.

—Sí, capullo. Puto deportista flipado —masculla esto último para sí misma, aunque la oigo igual—. Por eso no importa lo que hagas, jamás vas a conseguir que te vea como a otra cosa que un mujeriego, un ligón de manual con un histórico tan grande que no puede ni recordar a sus víctimas.

Suelto un silbido.

—Te has quedado a gusto, ¿eh? —No se ríe—. Vale. —Me quiero acercar a ella, aunque me lo impide extendiendo sus brazos al frente—. Mira, sé que no me vas a creer, pero el Brady de hace tres años no tiene nada que ver con el de ahora.

—¿Qué eres? ¿Un cliché? —bufa. Debe de estar harta de tíos como yo y sus excusas de mierda.

—Te pedí que te abrieras a conocerme y no lo estás haciendo. No soy el personaje que los demás creen que soy —aseguro con toda la calma del mundo—. No voy a mentirte, no soy célibe, me acuesto con chicas, aunque quizá sean muchas menos de las que imaginas.

—Vale.

—¿Vale?

—¿En vez de una cada día es una cada semana?

Niego a la vez que mis labios dibujan una sonrisa triste. Ella me observa con esa mirada llena de juicios que tanto odio. No sé por qué llegué a pensar que Harper podría ser diferente, pues está claro que no lo es.

—No me refiero a eso. Ojalá te atrevas a conocerme de verdad durante estos meses que vamos a trabajar juntos. Pero para eso tendrías que dejar de verme como lo haces y no lo harás porque significaría pensar que quizá, solo quizá, soy un buen tío.

La veo tragar saliva, incapaz de despegar sus ojos de los míos, y luego carraspea para apartarse. Vuelve al iPad y anota algo, aunque no sé si lo hace con la intención de prepararse para una conversación que creo que nos hace falta.

—Me dolió tu reacción al verme —admite sin mirarme—. Pensé que al menos recordarías mi cara, no sé. He conocido a muchos deportistas y soy muy consciente de que no todos son unos capullos, aunque parece que para estos tengo algún tipo de imán.

Suelta una risita nerviosa.

—¿Lo siento? Disculpa, no sé si acabas de llamarme «capullo» o no.

Ahora sí se ríe con más energía.

—Sé lo que hubo entre nosotros, no soy idiota.

—Ahora sí se atreve a mirarme, y ya no puedo despegar los ojos de los suyos—.

Quizá alguna de tus amiguitas se haya tragado el cuento de que si se ligan a un deportista es suyo para siempre, pero yo no.

Lo nuestro empezó y acabó esa noche. —Me desinflo al oír la palabra «terminó» y solo espero que mi cara no refleje esa desilusión momentánea—.

Así que no es un dolor de…, bueno, ya me entiendes.

Me dolió simplemente ser así de insignificante.

—Entiendo.

Me acerco a ella.

—Pero eres la estrella del equipo, tenías una actitud de mierda conmigo y no parecías recordar nada de aquello, así que… ¿qué imagen querías que me hiciera de ti?

—Supongo que mi «actitud de mierda» —parafraseo sus palabras— no ayudó mucho a que me vieras de otra manera.

—Pues no, la verdad.

La pillo observando mi cuerpo de reojo y saco a relucir mi sonrisa más canalla a la vez que me acerco un poco más a ella.

—Puedes vestirte para los ejercicios —sugiere, deteniendo mis pasos—. Tenías unas dudas, ¿no?

—Eh, sí, bueno. Quería asegurarme de estar haciéndolo bien.

—¿Eso era la urgencia de un domingo a las nueve?

Me río.

—En realidad, era una excusa. Buscaba la manera de hablar contigo sin sonar desesperado.

—Ah, ¿sí? —cuestiona, canturrea, lo que sea, pero me suena demasiado seductor para la Reina de Hielo.

—Sí.

Se muerde el labio para evitar sonreír, algo que solo me hace desear acercarme más a ella y morderlos yo también.

—Venga, vístete y a la camilla, que todavía nos queda un rato y yo tengo más jugadores a los que ver.

—¿Intentas ponerme celoso? —bromeo con esa sonrisa que parece causar algún tipo de efecto en ella.

—Solo hago mi trabajo.

—Que sepas que descubrir que tú y yo —nos señalo— ya hemos estado juntos solo me hace querer repetirlo.

Harper esquiva mi mirada para disimular ese tono rosado que están adquiriendo sus mejillas.

Sé que me ha dejado claro por activa y por pasiva que no quiere nada conmigo y entiendo que tenga esa actitud tan a la defensiva.

Pero no puede negar que se siente atraída por mí y que no va a tardar en caer. Voy a ganar esta apuesta.