15. Kill Bill #2
Abro los ojos de par en par, pues ignoraba que ella tuviera una de esas agendas, ni mucho menos que la siguiera guardando.
Por mi reacción y porque Madison tiene un timbre de voz imposible de silenciar, parece que todos se han enterado, aun con el empeño que le ha puesto nuestra amiga en que no pasara.
Duncan mira a su chica alzando las cejas y, al contrario de lo que harían muchos, él se mantiene expectante, aunque bastante relajado.
—Sí, tengo una agenda donde guardo muchos contactos de chicos guapos. Pero si aún la conservo, a pesar de no necesitarla —puntualiza, poniendo una mano sobre el pecho de Duncan—, es porque una no sabe qué amiga la va a necesitar —concluye guiñándome un ojo.
—¡Qué grande eres, Holly! —exclamo.
—¡Bah! —Hace un movimiento con la mano para restarle importancia.
Jake, Duncan y Caleb van a buscar bebidas a la cocina mientras nosotras intercambiamos impresiones sobre los chicos de la famosa agenda.
La puerta se abre y Hiedra Venenosa, digo…, Charlotte, se pone a llorar al vernos mientras corre a abrazarnos.
—¡Chicas! Os echo muchísimo de menos.
—¿Estás bien? —me intereso, pues me parece una reacción exagerada, cuando nos reunimos bastante a menudo.
—No. Odio estar embarazada. Es una mierda. Me paso el día llorando por todo.
Me río porque me siento aliviada. «Solo» son las malditas hormonas. Mis cuñadas también han pasado por eso.
—Bueno, sí, eso es un asco —coincide Beth—. Te doy toda la razón.
—¿No viene un «pero» ahora? —cuestiona sorbiéndose la nariz.
—¿Te va a hacer sentir mejor?
—No lo sé.
—Bueno, quizá no ayude, pero piensa que podría ser peor. Podrías ser la solterona del grupo y dar tanta lástima que las demás te busquen un ligue. O varios.
Me mira con compasión, claro, si yo misma lo acabo de decir.
—O podrías ser la hija desagradecida que abandonó a sus padres y a Dios por un hombre que solo le traerá desgracia.
Charlotte mira a su cuñada con mucha ternura.
Jay, reencarnando al mismísimo Enigma, pasa el brazo sobre los hombros de Beth y le da un beso en la sien.
Tras eso, se larga hacia la cocina para guardar los tacos y saluda a los chicos.
Creo que también están teniendo su propia charla, porque no se tarda tanto en traer un par de bebidas.
—O podrías ser la oveja negra del pueblo.
Madison abraza a su amiga del alma y a mí se me escapa una lágrima porque es muy injusto el modo en que esta gente ha tratado a Holly todos estos años. Yo también me he acostado con muchos chicos, pero estaba en la ciudad y mi vida sexual no formaba parte del tablón de anuncios del barrio.
—O podrías ser la que no puede quedarse embarazada y obligarte a responder con sarcasmo cada vez que alguien pregunte: «¿Para cuándo los niños? Este pueblo necesita más niños».
Todas nos quedamos de piedra mirando a Madison, sin saber cómo reaccionar. Nunca nos hemos preguntado por qué ella y Caleb no tenían hijos y suponíamos que estaban demasiado entretenidos con sus negocios y todos sus animalitos.
—¿Qué…? —Las palabras mueren en mi boca porque no soy capaz de pronunciarlas.
—Joder, Madison. ¿Por qué nunca nos lo has contado? —pregunta Charlotte, completamente impactada—. Solo espero no haber sido de esas personas bocazas…
—No te preocupes por eso. Se lo conté a Jay y Holly hace un tiempo porque necesitaba hablarlo. No me veía preparada para compartirlo con nadie más aún, espero que lo entendáis. No es por falta de confianza, es…
—Lo sabemos —la tranquilizo, a la vez que le agarro la mano con firmeza.
—Caleb y yo vamos a terapia. Estamos haciendo planes alternativos, trabajando el duelo.
No es que lo dejemos de intentar —añade, y el tomo rojizo de sus mejillas deja bastante claro que le dan al tema desde todos los ángulos y posturas posibles—, simplemente nos enfocamos en nuestros negocios, nuestros animales, nuestros amigos, nuestra vida en pareja…
y, si un día nos llevamos una sorpresa, pues bienvenida sea.
Pero no queremos desgastarnos. Además, ya os encargaréis las demás de darme muchos sobrinos —bromea, y nos reímos, nos abrazamos y lloramos todas juntas.
Cuando los chicos regresan, nos encuentran de esta guisa y se miran entre ellos sin entender qué está pasando.
—¿Interrumpimos algo? —pregunta Jake.
—Pues anda, lo que tardáis en traer unas bebidas —suelta Holly sin ningún filtro. Se acerca a Duncan, le arrebata la cerveza, le da un trago y dejo de mirar porque van a ponerse mimosos. Lo sé.
Yo acepto el botellín que me tiende Jay —gracias a Dios alguien se ha acordado de mí— y decido escaparme a la cocina, pues, cuando devuelvo la vista al resto del grupo, cada cual está con su pareja y me dan un poco de envidia.
Espero que no tarden en aparecer chicos guapos y solteros, porque, si no, vaya muermo de fiesta.
Siento que me vibra el reloj y veo que me entra un mensaje de un número que no tengo registrado.
Número desconocido:
¡Hola! Soy Brady. Tengo algunas dudas sobre los ejercicios que me mandaste.
No me lo puedo creer. Me guardo el número de tal forma que la próxima vez ya sepa que debo ignorarlo. Aunque en esta ocasión decido responder para dejarle claro que no tiene que escribirme.
Yo:
Te dije que dentro del horario laboral.
Niñato consentido:
Pero has respondido igualmente. ¿Es tu número personal?
Yo:
No.
Niñato consentido:
Pues yo creo que sí. ¿Qué haces?
Yo:
No tengo tiempo para esto ahora. Mírate el PDF y lo hablamos en nuestra próxima sesión.
Niñato consentido:
Dijiste que podía preguntarte.
Yo:
Lennox, tengo vida fuera de ese estadio y es Halloween. No puedo atenderte ahora.
Niñato consentido:
¿Estás en una fiesta? ¿Te has disfrazado?
Yo:
Sí.
Niñato consentido:
Ojalá pudiera estar en esa fiesta.
«Ni de coña, vamos».
Yo:
Bueno, piensa que no puedes beber y una fiesta sin alcohol es un muermazo. ¿A que ya no tienes tantas ganas?
Niñato consentido:
Sí, porque estarías tú.
Yo:
Lennox, déjame en paz en mi tiempo libre. Por favor.
Niñato consentido:
¿Te puedo llamar mañana?
Yo:
No me llames nunca.
Gruño y vuelvo a meter el móvil en el bolso. No pienso seguirle el juego, sea cual sea. Doy un trago a la cerveza que tengo en la mano en un inútil intento de olvidar a cierto jugador y sus músculos, algo imposible.
—Tú debes de ser Harper. Holly me ha dicho que te encontraría por aquí.
Me giro hacia la procedencia de esa voz y examino al espécimen que tengo frente a mí. Hay que tener en cuenta que lleva un disfraz, pero yo diría que no está nada mal.
—Así es. ¿Y tú eres…?
—Soy Miles.
Media hora después, su lengua me llega casi hasta la campanilla y, por fin, dejo de pensar en un deportista lesionado, consentido e insoportable.