La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 14. No estás preparado
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14. No estás preparado

Brady

El aroma de tomate y albahaca me da la bienvenida incluso antes de cruzar el umbral.

Holly siempre consigue que esta casa huela a hogar y Duncan es un manitas, por lo que hay muebles hechos por él.

Las paredes están llenas de fotografías de su pueblo, de su familia y de sus amigos.

Y muchas más de ellos dos juntos. Holly y Duncan no son como cualquier pareja joven a punto de casarse.

Se nota que se conocen desde niños, que tienen mucho en común y que el amor que siente el uno por el otro puede superar cualquier revés.

—¿Eso que huelo es pasta? —pregunta Ryan.

—Sí, cariño —responde Holly, enfrascada en la cocina.

Llegamos hasta ella y la saludamos. Como ya dije, esta parejita es mi familia.

Ellos y Ryan. Y me enternece que ellos también traten a Ryan como si fuera un hermano suyo.

Aprovecho la distracción momentánea para meter un dedo en la salsa a fin de probarla.

Lo cual me hace llevarme un manotazo de parte de la cocinera por la guarrada que acabo de hacer.

A veces estoy tan a gusto con ellos que se me olvida que esto no es mi casa.

Duncan va hacia la nevera y saca bebidas para todos. Las deja sobre la encimera de la isla mientras nosotros nos acomodamos alrededor de esta para hablar de todo un poco hasta que esté la cena.

—¿Qué tal tu recuperación? —pregunta Holly desde la vitro.

—Mejor. O eso dicen —bromeo para aflojar un poco la tensión.

—Me alegro.

—Ya no está tan gruñón —se burla Ryan.

—¡Eh!

Duncan se ríe y yo finjo que me siento ofendido por ese comentario, pero no engaño a nadie. Mi hermano tiene razón. Hasta hace nada era un ogro.

—¿Qué tal vuestros planes para la boda? —pregunto.

Poco antes de empezar la pretemporada, mi compañero vino a mi casa para darme la noticia y pedirme que fuera su padrino. Casi lloré ese día. Algo bueno he tenido que hacer en mi vida anterior para merecer un amigo así en esta.

—Bueno, cuando quieres una celebración sencilla con pocos invitados y en un lugar en el que todo el mundo desea ayudar de algún modo…, la planificación se vuelve menos tediosa —explica Holly.

—Lo haréis en East Harbor, ¿verdad?

—Exacto. Nunca hemos contemplado otra opción —confirma Duncan.

—Pues yo tengo ganas de conocer ese pueblo —tercia Ryan.

—Te encantará —asegura Holly. Aunque su tono suena como un «más vale que te guste o dejo de hablarte».

Todos nos reímos.

—Eso ha sonado un poco amenazante, cariño —advierte mi compañero, amigo, hermano.

—Bah. —Hace un gesto muy gracioso—. Me ha comentado Duncan que te han puesto con la residente. ¿Qué tal?

Tres pares de ojos me observan con demasiada atención.

—Una tortura.

—¿Es guapa? —le pregunta mi hermano a Duncan—. Di la verdad, tengo una teoría.

—Uuuuuh, ¿te gusta, Brady? —inquiere Holly.

—No.

—Creo que es su tipo —apunta Duncan.

—Para nada.

—Totalmente —asevera mi hermano.

—No me gusta.

—O sea, que si te la encontraras de fiesta no llamaría tu atención «para nada».

Duncan me mira con las cejas alzadas y me siento acorralado. Mi hermano y Holly no se quedan atrás y esperan algún tipo de declaración suficientemente jugosa.

—Eso es distinto.

Creo que he ganado, hasta que veo la sonrisilla de Holly.

«Mierda».

—Harris, pon la mesa, a esto le queda poco —le pide su novia. Prometida.

Él obedece. No me gusta venir a aquí a dar trabajo, así que voy con Duncan y le ayudo mientras Ryan termina de preparar lo que nosotros hemos traído.

—Entonces, ¿mejor con Harper o sigues poniéndole las cosas difíciles? —pregunta ahora Duncan para que solo yo lo oiga.

Me tenso al oír su nombre y creo que él lo nota.

—Bien.

Dunca alza una ceja.

—¿Bien?

—Ya sabes lo que quiero decir. Harper es muy profesional y tengo que empezar a confiar en ella.

—Pues sí, deberías.

—Ya. Es buena.

Ahora sí que se detiene y me analiza como si fuera un poli interrogando a un detenido.

—¿Ha pasado algo? —cuestiona.

—¿Algo como qué?

—No lo sé, dímelo tú.

Pongo los ojos en blanco y sigo con mi tarea, a pesar de que Duncan no continúa.

—Ven un momento —me pide, dejando la mesa a medias y arrastrándome hacia el porche—. ¿Qué ocurre?

—Nada —rujo.

—¿Lo tengo que adivinar?

—No, vale —carraspeo—. ¿Te ha ocurrido alguna vez…? —Él alza las cejas. Yo me acerco hacia él, como si alguien pudiera oírnos—. Ya sabes, en un masaje terapéutico, que… te empalmes.

—¿Te has puesto cachondo con Harper? —inquiere con una sonrisa divertida.

—¡No! ¡Fue un reflejo! Ya sabes cómo funciona esto, ¿no? No siempre podemos controlarlo. Me estaba dando un masaje en el hombro, con esas manos tan suaves… y esa música de fondo…

Duncan intenta no reírse, algo que solo aumenta mi irritabilidad.

—¿Estás seguro de que no hay algo más? —cuestiona.

—¿Algo más como qué?

—Te gusta Harper. —Voy a negarlo, pero lo impide—. Acabas de decir que si te la encontraras en una fiesta le entrarías.

Rebufo.

—Y pasáis mucho tiempo a solas…

—Para —lo interrumpo—. No quiero nada con ella. Y ella no me soporta a mí. Créeme, me lo deja clarísimo en cada sesión.

—Ajá —suelta, como si fuera alguien conocedor de la verdad absoluta—. ¿Y entonces? ¿Cuál es el problema?

—Solo quería saber si crees que es normal, si a ti también te ha pasado alguna vez. Tan solo eso.

Duncan se endereza, cruzando los brazos sobre el pecho, con esa mirada de sospecha que no soporto.

—Harper parece una buena chica. Está ahí para ayudarte a volver al hielo, no para distraerte.

—Pongo los ojos en blanco. Todo esto me saca de quicio—.

Una cosa es que te parezca atractiva, otra muy distinta es creer que puede haber algo.

Si te encaprichas, es muy probable que acabe mal. Para ti, para ella y para el equipo.

Tiene razón. Sus palabras me irritan y trago saliva como si eso fuera a hacer desaparecer este nudo de culpabilidad que me raspa la garganta. Por supuesto, no puedo contarle lo de la apuesta. Jamás lo aprobaría. Y creo que hasta perdería su amistad.

—No es ningún capricho —gruño—. Y no vayas por ahí porque no me interesa de ese modo.

—¿Por qué no? —cuestiona.

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

Rebufo de nuevo y estoy a punto de volver a entrar para zanjar esta conversación.

—Porque es parte del staff, no una chica cualquiera que acabo de conocer estando de fiesta. Y eso, como tú bien has dicho, es sinónimo de problemas.

—Eso tampoco responde lo que te he preguntado. —Niega con la cabeza—. Mira, te conozco, sé cómo eres en realidad y, por lo que sé de ella, creo que Harper podría ser estupenda para ti. Pero creo que no estás preparado para ese tipo de relación y que acabarás cagándola.

—A lo mejor no quiero «ese tipo de relación» —mascullo.

—Pues entonces sal por ahí con Connor y Zee. Acuéstate con esas tías que hacen cola para estar contigo y deja de obsesionarte con Harper. Ella es tu fisio, no se merece que la trates como a una de esas a las que luego ni recuerdas —me reprocha.

—Eso hago —suelto, sintiéndome juzgado nuevamente.

Duncan vuelve a cruzarse de brazos y me mira con algo similar a la lástima.

Odio eso. Y tiene tanta razón en todo que me odio a mí mismo por no ser capaz de deshacerme de este personaje que he ido creando poco a poco.

Porque es este personaje el que está hablando con mi amigo ahora mismo, no yo. Y él lo sabe, por eso me mira así.

Tras unos segundos de nuestro duelo de miradas, mi amigo decide rendirse y pone una mano sobre mi hombro izquierdo.

—¿Entramos?

Siento un pinchazo en el pecho cuando me acerco a la pista casi un mes después de la lesión. El aire, sin el calor humano de los espectadores, es gélido. Tully me llamó y me pidió que me dejara caer por los entrenos porque a los muchachos les vendría bien si me veían ahí.

No es la primera vez que me lo dice, aunque siempre me negaba. No me encontraba listo. Y no creo estarlo aún, pero parece obvio que me necesitan.

Me siento en las gradas, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Saben que estoy aquí, me han visto, me han saludado. Pero prefiero mantener una cierta distancia porque aún duele no estar ahí abajo con ellos.

Los chicos patinan por la pista, trabajando la velocidad y el control del puck. Y, de repente, la veo a ella.

Harper entra por el túnel y va a su ubicación habitual cerca del banquillo.

Lleva su típica coleta despeinada y se ha puesto el abrigo con el escudo del equipo.

No quita los ojos de la pista salvo para anotar cosas que ve en los movimientos de los chicos.

Y yo haciéndola de menos por ser la residente, cuando es capaz de adelantarse a cualquier jugada y lesión.

Al final tendrá razón Grant cuando dice que somos unos afortunados por tenerla con nosotros.

Se gira hacia mi ubicación y me pilla observándola. Seguramente piense que sigo odiándola, cuando cada vez se hace más evidente que eso ya no es así. Ojalá la odiara, todo sería más fácil. Desvío la vista de nuevo al hielo, donde los jugadores siguen dando vueltas por la pista.

Connor cae al suelo. No parece grave, pues es capaz de incorporarse por sí solo antes de que Harper llegue hasta él. Le hace algunas preguntas, lo evalúa allí mismo y lo guía hasta el banquillo. Ella pone su mano en la espalda de mi compañero y él sonríe como si estuviera en una primera cita.

Ya en el banquillo, ella sigue evaluándolo, quitando para ello lo que le estorba. Harper pregunta, Connor responde con una sonrisa lobuna. Ella toca, como hace conmigo, seria y profesional, mientras sonríe a lo que sea que él le esté contando.

Le sonríe.

De manera cordial, pero le sonríe.

Ya es más simpatía de la que muestra conmigo. Y me jode. Por alguna razón que no soy capaz de entender, me jode que se comporte así con ese idiota.

Me inclino hacia delante para no perder detalle.

No oigo nada desde aquí. Y, si me llegaran sus voces, los gritos de Tully impedirían que me enterara de lo que hablan.

No obstante, he salido tantas veces de fiesta con Connor que reconozco perfectamente todas sus maniobras.

Y esa de ahí es una de las más eficaces.

«Qué hijo de…».

—El hielo está en otra dirección —dice una voz a mi espalda. Acto seguido, Olivia se sienta a mi lado sin esperar invitación.

Su mirada me analiza entre divertida y cautelosa. Cruza las piernas y apoya ambas manos sobre la rodilla que queda arriba.

—Me consta. Pero lo están haciendo de pena. Prefiero no verlo.

—Claro. Entiendo que las chicas guapas son mucho más interesantes que el entrenamiento.

Chasqueo la lengua.

Connor intenta levantarse solo, pero Harper niega con la cabeza y le pide que espere. A continuación, va a buscar a Grant. Profesional. Seria.

Olivia se inclina hacia mí y me tapa la vista. La asesino con la mirada y ella parece querer reírse por mi actitud, pero algo se lo impide.

—Harper es una chica excepcional. Quien logre colarse en su corazón será muy afortunado —comenta de manera distraída, aunque siendo muy consciente de lo que dice.

—Probablemente —murmuro, y me echo para atrás de nuevo—. Pero ¿qué tiene esto que ver conmigo?

Olivia sonríe de esa manera condescendiente tan propia de alguien que sabe algo que no piensa contarte.

—Harper tiene mucha gente que la quiere y que no va a permitir que sufra. No lo olvides.

A mí me ha dejado completamente mudo y, antes de que sea capaz de responder, se levanta y se va. Como si lo que acaba de soltar no me hubiera dejado en shock.

Debería dar marcha atrás a la apuesta mientras aún esté a tiempo.

No puedo jugar con ella ni buscarme problemas.

Porque no sé a qué clase de gente se refiere Olivia ni qué encierra ese «no van a permitir que sufra», pero me interesa saberlo.

No puedo arriesgarme cuando lo que está en juego es mi carrera.