La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 12. La peor jugada de toda mi carrera
25%

12. La peor jugada de toda mi carrera

Brady

El sofá de Connor huele a pizza y a cerveza, como de costumbre. Es el fiestero del grupo y se nota. Siempre tiene algún jaleo montado en su casa, asegurándose de que haya chicas suficientes. Y, aun así, el que tiene la fama de mujeriego soy yo, que casi nunca salgo de fiesta.

Algunas tardes, cuando no tenemos nada que hacer, solemos vernos en casa de alguien, encendemos la consola y hablamos de nuestras cosas.

Nunca coincidimos todos, cada uno tiene sus planes y su vida, pero es una tradición del equipo.

De mucho antes de que yo entrara. El capitán es el encargado de mantener al equipo unido, siempre, tanto dentro como fuera del hielo.

No solo propone planes, sino que resuelve cualquier enfrentamiento con maestría.

Por eso elegimos a Leif. La persona más leal que he conocido nunca.

El amigo divertido, aunque responsable, que nunca te dejará en la estacada.

El que deja de beber cuando te emborrachas demasiado para asegurarse de que no te ocurra nada.

También, el que te regaña como a un crío pequeño cuando tiene que hacerlo.

Sin embargo, hoy no estamos aquí para algunos de esos team buildings, sino para celebrar la victoria del equipo.

Los chicos han ganado a los Philadelphia Flyers en el Cavendish Arena, frente a nuestra afición, y nos hemos reunido en casa de Connor.

Hay comida, alcohol y música. Y, ahora que los casados y emparejados se han largado a seguir la celebración con sus familias, seguramente también habrá chicas.

Quizá eso es lo que necesito, que alguna de sus amiguitas me coma el rabo para dejar de pensar tanto en una chica que no me conviene en absoluto.

Porque cuando es un rostro cualquiera que voy a borrar mañana mismo de mi cabeza no hay problema alguno.

En cambio, acostarme con alguien a quien voy a seguir viendo todos los días y a quien le estoy confiando mi carrera no es una buena idea, lo mires por donde lo mires.

Y como Ryan se encuentra en Washington con el instituto, puedo celebrar la victoria con mis colegas sin prestar atención a la hora ni comportarme como un adulto responsable. Revisar el móvil, sí. Porque sigue siendo mi hermano y me preocupo.

La mesa frente al sofá está llena de latas de cerveza, pero yo me relleno el vaso con ron por segunda vez. No queda ninguno de mis compañeros más sensatos para echarme la bronca por mezclar el alcohol con la medicación, por lo que sonrío y levanto el vaso al aire, como si brindara con alguien.

—Relaja, Lennox. Si te ocurre algo nos la vamos a cargar todos —me pide Alexander.

—Connor, a este no lo invites la próxima vez —le pido a mi amigo—. Aguafiestas, no.

—Déjalo en paz, Al. Un día que no está amargado por el dolor… —le reprocha el dueño de la casa—. Pero que sea la última copa —me susurra sentándose a mi lado.

Pongo los ojos en blanco. Sé que tienen razón. Quizá les haga caso. O quizá no. Porque lo cierto es que necesito olvidar el dolor del hombro, olvidar que estoy muy jodido y borrar de mi mente todo lo que tiene que ver con el equipo médico y mi recuperación.

—Por cierto, ¿cómo va la rehabilitación? Ayer tuviste sesión, ¿no? —pregunta Zee a mi otro lado, con un porro entre los dedos.

Este sí que se la está jugando. Si un día nos hacen un examen sin avisar, cae fijo. Estoy cansado de echarle la bronca y sigue sin hacerme caso.

—Mejor —sintetizo. Paso de darles más carnaza a estos buitres.

—¿Y con Harper? —insiste con un alzamiento de cejas nada sutil—. ¿Sabes cuántas pelis porno empiezan así?

—¿Así, cómo, gilipollas? —mascullo.

—Pues con un deportista lesionado que se desnuda y se tumba en una camilla mientras la fisio le hace un masaje con final feliz —comenta jocoso, y Connor se descojona.

—Deja de ver porno —sugiero—. Esto es la vida real. Y deja los porros si quieres llegar lejos en el hockey.

—Parece que alguien necesita echar un polvo con urgencia —murmura Zee, a la defensiva.

—Pues con la becaria matarías dos pájaros de un tiro. Me da que ella también está bastante necesitada —expone Connor con una sonrisa ladeada y alzando las cejas varias veces.

«¿Podéis dejar de hablar de Harper de una puta vez?».

—¿Por eso intentas ligártela? ¿Porque crees que necesita follar? —lo reprendo.

—¿Tú no lo crees?

Chasqueo la lengua y doy otro trago al ron.

—Creo que es profesional. Además, Tully fue bastante claro al respecto. Harper es parte del staff.

No sé por qué he dicho eso. El Brady de antes le habría dado la razón. No me extraña que todos me miren como si en la operación me hubieran cambiado el cerebro. Luego se miran entre ellos y se descojonan.

—«Profesional», dice. Lo que te ocurre a ti es que te jode que no te soporte y sabes que no serías capaz de ligártela —me provoca Con.

—Por favor, si estuviera interesado en ella ya habría caído. Pero no querría nada con ella ni aunque fuera la última mujer que quedara en la tierra —rebato, viniéndome muy arriba por el efecto del alcohol mezclado con los analgésicos.

Los demás se ríen de nuevo y no me extraña, porque lo que acabo de decir es raro de la hostia. Harper es un bellezón natural al que le habría entrado si las circunstancias hubieran sido otras. En una fiesta no la habría dejado escapar.

—Pues yo creo que no serías capaz de hacerla caer rendida a tus encantos y por eso haces ver que no estás interesado en ella—arguye.

Este tío me conoce demasiado.

—Claro que podría hacerlo —mascullo. Connor puede tener razón, pero no estoy dispuesto a dársela.

—Muy bien, hazlo —me reta.

—¿Para qué? —cuestiono.

—¿Qué tal si animamos esto, chavales? —pregunta observando al resto—. Diez mil a que no te la ligas antes del día de Navidad.

Zee se ríe tanto que casi se atraganta.

—Por favor, es Brady Lennox. Si se lo propone, la tiene en su cama en menos de una semana.

«No lo tengo yo tan claro, chaval».

—No necesito dinero, gano más que tú —zanjo.

—¿Qué tal treinta? Mismo plazo, pero tienes que lograr que se enamore —insiste.

El silencio se hace presente. Las miradas se posan en mí. La cabeza empieza a dolerme y alargo la tensión del momento terminándome la copa.

—El plus de llegar a los play-off —contraataco, y algunos contienen la respiración, como si acabara de volverme loco del todo.

—Eso es mucha pasta —apunta Con, ya menos seguro de sí mismo.

—Harper se enamorará de mí antes de Navidad y la dejaré cuando vuelva a jugar.

—¡Qué cabrón! —murmura Alexander.

Connor sonríe con malicia.

—Estás dando por hecho que vamos a llegar a los play-off.

Le sostengo la mirada.

—No he dicho tal cosa. Vamos a llegar, por supuesto, porque vais a jugar de puta madre. Es más, me recuperaré a tiempo y vamos a levantar la Stanley, todos juntos. Pero, si por un casual —continúo—, jugáis de pena y no llegamos, y yo gano la apuesta, tendrás que ver de dónde sacas ese dinero, Hale.

Lo veo tragar saliva y su expresión pierde fuerza, aunque no está dispuesto a ceder.

—Entiendo que para que ganes la apuesta no solo vale con que se enamore, sino que vais a ser pareja hasta que te recuperes —tantea recobrando la seguridad de antes.

«Mierda».

No voy a volver a beber mientras esté tomando esta medicación. La estoy cagando a lo grande, pero es tarde para dar marcha atrás y empiezo a notar la boca pastosa.

¿De verdad he dicho eso? ¿Tengo que salir con ella? En plan «salir»… ¿como novios?

¿Por qué sería tan horrible estar con ella?

Es guapa.

No me trata como a un dios.

Voy a perder esta apuesta porque no va a caer en la vida. La peor jugada de toda mi carrera.

—¿Trato? —pregunto con hastío. No quiero que empiece a añadir cláusulas.

—Despídete del plus. Esa chica te odia.

—Ni de puta coña voy a perder.

Voy a perder.