11. Muy mala idea
Brady
Por fin, alza la mirada y parece recordar que sigo aquí. Su expresión es seria y profesional, como siempre.
—Lo siento, estaba revisando las últimas actualizaciones de tu ficha. Podemos empezar —comenta mientras se pone en pie y se acerca a mí.
—O podrías revisar eso antes y así no me haces esperar tontamente —mascullo.
—Estás de baja —me recuerda—. No tienes trabajo, yo sí. Porque, por si no te habías dado cuenta, hay más jugadores en este equipo aparte de ti.
Otro bofetón que me llevo por su parte. Tiene razón; sin embargo, no lo admitiré.
Me indica que me siente en la camilla y eso hago, aunque me muera de ganas de jugar con ella para hacerla rabiar. Se acerca a mí, comprueba el ajuste del cabestrillo y me pide que lo retire.
—¿Va a venir Grant?
Harper resopla.
—Sí. Camiseta.
—¿Quieres que me la quite? —pregunto con una sonrisa seductora. Ella me taladra con la mirada.
—En realidad, no. Pero no puedo revisar bien el hombro si no lo haces.
—¿Dónde están tus modales? ¿Tus padres no te enseñaron a pedir las cosas «por favor»?
—¿Y los tuyos no te enseñaron a respetar a los demás? Porque insinuar que estoy aquí por haberme acostado con alguien no es de muy buena educación tampoco.
Me encantaría seguir rebatiendo porque es alucinante encontrar una tía que no quiera decirme que sí a todo. Pero tengo que admitir que ahí me pasé. Me quito la camiseta y aparco las bromas a un lado.
Harper me examina el hombro derecho, palpando con precisión. Su contacto es firme, metódico, pero la cercanía me hace sentir incómodo.
—Dime si te duele —indica regresando a su actitud seria, esa que me desquicia. No obstante, algo en su respiración me indica que no está tan tranquila como hace ver.
—¿Antes o después de tocarme? —pregunto con una sonrisa provocadora.
Ella no se inmuta. Sigue trabajando, ignorando todos mis intentos de llamar su atención con mis frases absurdas. La Reina de Hielo simplemente mueve mi brazo de manera lenta en varias direcciones y, aunque me molesta, no quiero que lo note.
—¡Ahh! ¿Lo has hecho adrede? —vocifero. Estoy viendo las estrellas.
—Mi trabajo es valorar tu evolución y ayudarte a que te recuperes lo más pronto posible, no hacerte daño —comenta sin levantar su mirada de mi brazo, el cual está dejando de nuevo pegado a mi costado con una suavidad que me cuesta pasar por alto.
Hace una pausa y luego sus ojos buscan los míos—.
Necesito saber si el rango de movimiento es más amplio que la vez anterior, si el dolor mengua…
Si no me indicas nada, seguiré hasta que lo hagas, ¿lo entiendes?
Es preciso que me pidas que pare cuando empiezas a sentir una molestia.
No tienes que hacerte el valiente conmigo, no soy el enemigo.
—Lo que tú digas —gruño.
Harper va en busca de ese iPad que lleva a todas partes para anotar algo.
—Has mejorado un poco desde la última sesión —confirma, y respiro aliviado.
Unos golpes suenan sobre la madera de la puerta y Grant asoma la cabeza.
—Pasa, justo acabo de revisarlo hace un minuto.
Él entra y examina lo que su residente ha anotado en el iPad. Asiente satisfecho. Empiezan a hablar de algunas cosas demasiado técnicas y se despide de nosotros.
—¿Grant? —lo llamo antes de que salga.
—¿Sí?
—¿Está todo bien?
Oigo resoplar a Harper a mi espalda y el hombre que tengo frente a mí me mira como si estuviera decepcionado conmigo.
—Puedes preguntárselo a ella.
—Me gustaría saber qué opinas tú.
—Lo mismo. Exactamente lo mismo. Si confías en tu fisioterapeuta, volverás al hielo.
—Ella ha dicho que estaba mejorando.
—Y lo haces. Pero para volver ahí —señala en dirección a donde queda la pista— necesitas algo más que mejorar. Y eso empieza por confiar en el proceso, en el personal que te está tratando y no sabotearte como estás haciendo.
—Hablas como Olivia —mascullo.
Grant no me permite protestar más y sale de la sala, dejándome de nuevo a solas con la Reina de Hielo, quien me mira con una sonrisa, como si mi último comentario le hubiera hecho gracia.
—Olivia me asegura cada vez que nos vemos que lo que hablamos es confidencial —suelto con un tono amenazante.
Ella me mira con una condescendencia que no soporto. Me trata como si fuera un niño pequeño, cuando es ella la que hace nada seguía en el instituto.
—Lo es. Ni Grant ni yo ni Tully ni nadie sabe lo que se trata en su consulta. Ni respecto a ti ni a ningún otro jugador. Puedes quedarte tranquilo.
Su tono es algo borde, como si se hubiera hartado de mostrarse cordial conmigo, lo cual me da cierta sensación de victoria. He logrado incomodarla lo suficiente como para que deje de ser la Harper perfecta que está empeñada en ser.
—Vamos a hacer una serie de movimientos asistidos. No tendría que doler, pero, si me salgo del rango, házmelo saber, ¿de acuerdo?
—¿Porque si no volverás a destrozarme el hombro como antes? —gruño.
—Sí, y porque necesitamos avanzar.
—¿Es lo que dice Grant que hay que hacer? —cuestiono, llevando al límite su paciencia conmigo.
Su mirada refleja hastío, pero es tan profesional que no va a rendirse conmigo. No aún.
—¿Sabes una cosa, Lennox? A mí me pagan por hacer mi trabajo, de manera independiente a si los jugadores colaboráis o no.
No me van a pagar ningún plus por lograr que vuelvas a jugar, así como tampoco me van a echar si al final tienes que retirarte.
—Ahora su expresión es desafiante, mostrándome quién manda y quién va a ganar sí o sí—.
Si lo prefieres, puedes irte a casa y vienes cuando te apetezca.
Pero no lo harás porque sé cómo sois los deportistas como tú, os conozco de sobra.
—Hace una pausa para coger aire y aprovecha para humedecerse los labios, algo que me deja completamente hipnotizado—.
Sois ambiciosos, competitivos y vivís para esto.
Crees que estás a punto de levantar la Stanley y eres muy joven todavía para retirarte y despedirte de tu sueño.
No imaginas tu vida fuera del deporte, te ahoga pensar que ya no corearán tu nombre en el estadio y que algún día dejen de reconocerte en la calle.
Acabar siendo un jugador de muchos que nunca logró nada.
Mi corazón se detiene ante la dureza de sus palabras, tan acertadas que asusta. ¿Cómo cojones es posible que sepa cómo me siento?
—Y dices que es confidencial —escupo. Es la única explicación que encuentro. La psicóloga se lo ha largado todo.
—No necesito que ninguna psicóloga me explique eso. Lo sé, lo he vivido de cerca, créeme.
Sus ojos reflejan tanta verdad que me obligo a creer sus palabras. Quizá ella estuviera en algún equipo y se lesionó. Se despidió de su sueño. Y por eso ahora es fisioterapeuta. Tiene sentido.
Relajo la postura y vuelve a poner sus dedos en mi brazo.
—Voy a moverlo muy despacio, ¿de acuerdo? Avísame a la mínima molestia, confía en mí.
Hago lo que me pide y gruño cuando siento algo de dolor.
Me hace preguntas sobre cómo lo llevo en casa, si he logrado encontrar una manera de dormir, de ducharme y de hacer las tareas cotidianas.
Le respondo que me cuesta estar tumbado en la cama, pero lo demás lo llevo bien.
Creo que es la primera vez que me siento un poco a gusto con ella.
Por eso, me atrevo a hacer una pregunta que me quema en la garganta:
—Antes, cuando hablabas de que has vivido algo así…, ¿te referías a ti? ¿Por eso quisiste convertirte en fisioterapeuta deportiva?
Se produce un silencio eterno e incómodo. Me arrepiento enseguida porque no tenemos confianza y dudo que ella vaya a compartir algo de su vida conmigo. Hasta que suspira y abre la boca para hablar.
—No me refería a mí. Pero sé cómo te sientes, aunque no me creas. —Chasquea la lengua—. Y no, no lo estudié por eso.
—¿Entonces? —insisto.
—¿De verdad crees que te mereces que te cuente algo de mí? —me reprocha.
—Yo no sé nada de ti, pero parece que tú sabes mucho de mi vida.
—Eres muy predecible —simplifica.
Es obvio que no tiene ni puta idea de nada.
Pero se ha tragado la imagen que he proyectado.
La del deportista mujeriego y juerguista.
El soltero de oro imposible de cazar. El que solo vive para el hockey, ajeno a cualquier responsabilidad.
Y, por un lado, me alegro de que así sea, porque esa es la imagen que he construido para proteger el anonimato de Ryan.
Él se merece una vida tranquila y normal.
Sin embargo, por otro lado, desearía que supiera lo que hay detrás de todo eso que se ve a simple vista. Desearía que fuera capaz de ver más allá.
Cuando salgo de la sala, Connor me espera a la salida.
No hace ninguna pregunta estúpida que sabe que no soporto y se limita a un simple «¿un café?
» porque no se necesitan más palabras que esas.
Asiento y creo que hasta soy capaz de esbozar algo similar a una sonrisa.
Quizá me venga bien retomar algunas costumbres.
Entramos y me siento junto a Leif y Harris mientras Connor va a pedir a la barra. Ambos hablan sobre sus parejas y no puedo evitar reírme de ellos.
—Ya caerás —se burla nuestro capitán. Duncan asiente muy seguro de que eso va a ocurrir, aunque con un deje de preocupación en su mirada que no me termina de cuadrar.
—Ni de coña.
Leif se descojona y pongo los ojos en blanco.
—¿Qué tal con Harper? —se interesa Duncan.
—Es irritante. No la soporto —bramo. Él arquea una ceja y parece estar pensando lo mismo que mi hermano.
—Deberías dejar de luchar contra ella, no es el enemigo —sugiere Leif—. Creo que, si de verdad quieres volver a jugar, es mejor que empieces a demostrarlo. Quizá si tu actitud cambia, los chicos lo noten y es posible que empecemos a ganar algún partido.
—¿Ahora es culpa mía? —escupo.
—Ey, calma —me pide Duncan—. Cada uno es responsable de sí mismo, ¿vale?
Nosotros de nuestros resultados y tú de tu recuperación.
—Pongo los ojos en blanco—. Pero no está de más decir que en el vestuario reina el desánimo y verte así de derrotado y de mal humor no ayuda.
Me gustaría verte luchar por regresar antes de que termine la temporada.
Me quedo dándole vueltas a lo que mi amigo me acaba de decir. Leif parece coincidir y Connor también asiente desde su posición. Pero ellos no tienen ni idea de lo que significa estar así, por lo que hablar resulta muy fácil.
Mis compañeros esperan una respuesta que no puedo darles y, cuando voy a decir algo para cambiar la conversación, unas voces femeninas me distraen y me giro hacia su procedencia.
Error, porque mis ojos chocan de lleno con los de la Reina de Hielo, quien decide que lo mejor es pasar de mi culo y mirar hacia otro lado.
Como si yo no existiera. No soporto esa puta indiferencia.
Olivia, que camina a su lado, me dedica una breve mirada y me da la impresión de que se está divirtiendo.
Connor se endereza y nos observa con la diversión de un niño a punto de hacer una travesura.
—Perfecto —murmura esbozando una sonrisa de tiburón—. Hora de poner a prueba mis encantos.
—No lo hagas —le advierte Leif.
Pero Connor no está dispuesto a hacerle caso y se acerca con mucha seguridad a las chicas, quienes se acaban de sentar en la mesa que está más alejada de la nuestra.
Llega hasta ellas y las saluda de manera encantadora, como si estuviéramos en una discoteca y fueran sus próximas presas.
Le comenta algo a Harper y esta sonríe con educación.
Se acerca más a ella y no parece incómoda por esa invasión de su espacio personal, aunque tampoco interesada.
Connor le ofrece su mano y ella examina la muñeca.
No me puedo creer que recurra a una falsa lesión para ligar con la fisio.
Mi compañero finge una mueca, ella le comenta algo y él sonríe como si hubiera ganado algo.
Me quedo observando la escena desde mi posición y he dejado de escuchar a mis otros compañeros porque lo único a lo que puedo prestar atención es a la facilidad con la que la Reina de Hielo sonríe con cualquiera, menos conmigo. Es absolutamente desesperante.
Cuando Connor regresa, pasa a recoger los cafés a la barra y me pone uno delante.
—La tengo en el bote —comenta con una sonrisa que no augura nada bueno.
Leif pone los ojos en blanco y Duncan levanta las manos al aire mientras comenta que no quiere saber nada. Yo no respondo. Me esfuerzo en mostrar una expresión neutra, como si por dentro no estuviera librando una batalla entre sentimientos que no reconozco del todo.
Regreso mi vista al fondo de la cafetería. Harper está de espaldas, gesticulando mientras le cuenta algo a la psicóloga, quien me pilla observándola y sonríe al ser consciente de que no puedo apartar los ojos de mi fisioterapeuta.
—Ni se te ocurra, Lennox —susurra Leif, inclinándose hacia mí.
Connor conversa animado con Duncan, ajeno a nosotros.
—No sé de qué hablas —murmuro, en un intento de salir airoso.
—Lo sabes. Y es muy mala idea.
No respondo. Nuestro capitán es un buen líder. Sabe ganarse nuestro respeto tanto dentro como fuera del hielo. Pero ahora no habla desde la experiencia como jugador, sino desde la experiencia de la vida. Lo miro y me sorprende ver la amenaza velada en sus ojos.
—Tranquilo, no tienes de qué preocuparte.