10. No lo soporto
Harper
Sonrío al abrir la puerta de casa de mi madre.
Oigo las risas de mis sobrinos, que juegan en el jardín trasero, y el olor a lasaña con triple de queso inunda toda la estancia.
Otherside, de Red Hot Chili Peppers, suena por el altavoz que le regalamos hace dos años y se mezcla con las voces de mi cuñada y mi progenitora, que están charlando mientras se toman un refresco.
—Parece que todo sigue como la última vez que vine —comento a modo de saludo. Ambas se detienen y vienen a darme un abrazo. Una de manera suave, la otra casi me ahoga.
—¡Por fin te dignas a venir! Vivimos en la misma ciudad y no te veo el pelo desde el verano.
—Hablamos casi todos los días.
—Tu hermano viene casi todas las semanas.
—Porque le das de comer y cuidas a sus hijos.
—A ti también te daría de comer —me reprocha.
—Estoy muy ocupada —me excuso—. Tengo mucho trabajo.
—Y demasiados amigos.
Me río.
—Es posible, sí.
Oímos un llanto y Abby sale disparada hacia el jardín. Seguramente Mason, el pequeño, se ha hecho daño porque mi hermano es un bruto que pretende que sus hijos de ocho y cuatro años ya sean superestrellas del deporte. Lo del deporte en esta familia es enfermizo, en serio.
Aprovecho para dejar mi bolso y la chaqueta en la entrada y regreso con mi madre.
—¿Alguna novedad? —pregunta.
Parece inocente, pero es bastante intencionada.
—No sé a qué te refieres.
Lo mejor es hacerse la loca.
Ella sonríe con cierta malicia.
—¿Ninguno de esos chicos ha llamado tu atención?
—Mamá…
—Solo pregunto. Pasas muchas horas con ellos y el roce hace el cariño.
—Es trabajo —zanjo.
—Bueno, pasarte el día masajeando chicos guapos y desnudos, ¡eso sí es un buen trabajo!
Intento disimular lo roja que me pongo yendo a buscar un vaso de agua.
—No están desnudos. No del todo —puntualizo—, y —enfatizo girándome hacia ella— no solo doy masajes. Lo que más hago es tomar notas, inventariar el stock…
—Pero sí que «a veces» pones tus manos sobre sus músculos. ¿Algún cuerpo interesante? —canturrea alzando los ojos varias veces.
—Son deportistas —bufo en un intento de finalizar esta conversación—. Y los deportistas son idiotas.
Ella arquea una ceja.
—Tu padre lo era. Y tus hermanos aún lo son—me recuerda con cierto reproche.
—Precisamente. No pienso ser la mujer de ningún deportista. Pasan mucho tiempo fuera de casa, viven pegados a su carrera, a sus patrocinadores y a sus negocios secundarios, mientras sus esposas se quedan en casa cuidando a los hijos y haciendo todo el trabajo hasta que llega el divorcio.
Mi madre me observa en silencio durante unos segundos. Luego suspira, con esa mezcla de tristeza y cariño a la que recurre cuando no quiere discutir.
—No considero que los hijos debáis saber los motivos de divorcio de los padres, pero no fue por eso. No solo.
—Pero influyó —rebato.
—Si ese hubiera sido el único problema, seguiríamos juntos.
Me quedo con las ganas de seguir indagando porque me parece injusto que me deje así, pero la conozco y no soltará prenda. De modo que decido dejarlo estar, ya me hablará de ello cuando quiera.
—En cualquier caso, no estoy interesada en ninguno —mascullo, intentando dar por finalizada esta conversación absurda.
—¿Interesada en qué? —pregunta mi hermano, que acaba de entrar en la cocina por la puerta que da al jardín.
—En nada.
—Tu hermana jura y perjura que ninguno de tus chicos le llama la atención —comenta mi madre con un tonito que no soporto.
—¡Qué gran noticia! —exclama. Casi me ofende el suspiro que acaba de soltar, como si mi madre le acabara de quitar un peso de encima. Alzo las cejas hasta el infinito y me cruzo de brazos—. No me mires así; con tu historial, estaba realmente preocupado.
—Y, aun así, insistías en que entrara en tu equipo.
—Eso fue antes de que Lennox y Hale ficharan con nosotros —admite. Es verdad que hace un tiempo que dejó de machacarme con eso.
—Se acabaron los deportistas —afirmo antes de responder algo sobre uno de ellos en concreto—. Son idiotas.
—Eh…, ¿gracias?
—Tú, no. Ni ninguno de vosotros. Y pondría la mano en el fuego por Harris porque cuando lo veo con Holly me sube el azúcar. —Pongo los ojos en blanco, bueno, quizá me muero un poco de envidia—. Pero he conocido a los suficientes para saber que no me interesan para un plan de futuro.
Ambos me miran un poco asombrados por mi discurso.
—¿Cuántos son «los suficientes»? —inquiere mi hermano.
—No te importa. No me vengas con el rollo ese del body count. Al menos no son tantos como para no recordarlos a todos. No es algo que tus chicos puedan decir.
Me arrepiento enseguida de lo que acabo de decir y, en vez de disimular y hacer ver que es una frase inocente que podría estar inventándome, dejándome llevar por clichés sobre deportistas, tengo que delatarme tapándome la boca con ambas manos.
De modo que decido salir corriendo de la cocina cuando veo cómo cambian sus expresiones y subo las escaleras para encerrarme en mi antigua habitación.
—Harp, abre —me pide Matt.
Silencio. Si no digo nada ni hago ningún ruido, ¿es posible que crea que no estoy aquí?
—Harp, joder. —Más silencio—. Solo quiero que hablemos. Prometo no soltarte ningún rollo de hermano mayor ni poner en riesgo tu trabajo.
Suspiro. Voy hasta la puerta y deslizo el pestillo. Doy un paso hacia atrás y mi hermano abre despacio.
—¿Hay algo que quieras contarme? —pregunta.
—En realidad, no. —Rebufa—. Matt, es mi vida.
—¿Es Lennox o Hale?
—¿Qué?
—El chico que no te recuerda.
Lo reto con la mirada.
—Ninguno de ellos.
No me cree y busca la respuesta correcta en mis ojos. Por eso concentro todos mis esfuerzos en que estos no me traicionen y no le digan nada. Tras unos segundos, afloja la postura.
—No quiero dramas en el equipo. Así que espero que esto no influya en tu trabajo y, por ende, en el rendimiento de mis chicos.
Me dedica una última mirada y yo creo estar a punto de derrumbarme, pero cierra la puerta y baja las escaleras de nuevo.
Respiro profundamente varias veces, aun así, sigo sin lograr recuperar mis pulsaciones habituales.
No entiendo por qué me tenso de este modo.
Que me acostara con Brady hace tres años no cambia nada.
Soy su fisioterapeuta, estoy a cargo de su rehabilitación.
Es un jugador más y no siento nada por él.
Quizá me repugna lo misógino que es y me repatea que sea un niñato malcriado.
Pero nada más. Así que no habrá ningún drama —al menos, no por mi parte— y el rendimiento de los jugadores no está en riesgo.
Entonces, ¿por qué siento como si las palabras de mi hermano me asfixiaran?
Saco mi teléfono del bolsillo trasero y escribo a Calvin. Ahora no tiene ningún partido ni entrenamiento. Los demás los tengo que mirar en la agenda familiar, pero los suyos me los sé de memoria. Siempre me he sentido más unida a él que a al resto de hermanos.
Yo:
¿Le has contado a Matt algo de lo que te dije sobre Lennox?
Calvin:
¿Por qué iba a hacerlo?
Yo:
¿Seguro?
Calvin:
¿Qué ha ocurrido?
Yo:
Nada.
Calvin:
Deberías dejar que otra persona se encargue de él.
Yo:
Ni hablar. Es una gran oportunidad para mi carrera.
Calvin:
O quizá lo que la destroce.
Yo:
No sé para qué te cuento nada.
Calvin:
Mientras no sientas nada por él, todo estará bien.
Yo:
Eso no ocurrirá. Es un chulo, no lo soporto. Estoy harta de que todos le laman el culo. Incluso Matt, que tampoco puede con él.
Calvin:
Porque es el mejor del equipo.
Yo:
Le vendría bien una cura de humildad.
Calvin:
Creo que la lesión lo está siendo. Suele serlo para todos.
Yo:
No creo que funcione con él.
Calvin:
Funcione o no, limítate a hacer tu trabajo y no te involucres, ¿vale?
Yo:
No te preocupes por eso.
Calvin:
No lo hago. Pero avísame si eso cambia.
Yo:
Te he dicho que no te preocupes por eso.
Calvin:
Ajá. Dice Matt que la lasaña ya está, que bajes.
Resoplo. Esta familia es increíble. Voy a abrir la puerta y me encuentro a mi hermano esperándome.
—Sabía que estarías hablando con él —comenta encogiéndose de hombros.
Me río y parece cambiarle la cara.
—No voy a preguntar sobre qué estabais hablando, pero me gustaría que supieras que puedes contar conmigo, pase lo que pase, en el equipo o fuera —asevera—.
Sé que con Cal tienes un vínculo especial por la menor diferencia de edad.
Pero yo estoy aquí, en la misma ciudad que tú y en tu mismo centro de trabajo.
—Gracias. Lo tendré en cuenta —respondo, tratando de cerrar este tema de una vez por todas, mientras voy camino de las escaleras.
—Lo digo en serio, Harp —insiste.
—¡Vale!
Llego hasta la cocina y ayudo a mi madre a poner la mesa. Cuando Matt me alcanza, creo que va a seguir con su discurso, pero mi madre lo amenaza con la mirada y cambia de opinión.
—No vais a hablar de trabajo en la mesa, ¿de acuerdo? —nos pide.
—Por mí, perfecto.
En ese momento, entra Abby con los niños, quien busca a mi hermano para que se los lleve a lavarse las manos mientras los demás nos sentamos y empezamos a servirnos la increíble lasaña de mi madre.
La comida se desenvuelve sin incidentes. Bueno, lo normal cuando niños pequeños comen pasta, salsa de tomate y carne picada. Pero nadie más vuelve a hablar de ningún jugador, aunque yo no deje de pensar en uno.