9. No la soporto
Brady
Olivia me recomendó no ver los partidos hasta que me recupere un poco, pero me resulta imposible.
Son mis compañeros. Es mi equipo. No puedo evitar tensarme cada vez que uno recibe un golpe y se me corta la respiración cuando otro necesita unos segundos para seguir jugando. No podemos permitirnos más bajas.
—¿Siguen perdiendo? —pregunta Ryan, sentándose a mi lado con un cuenco de palomitas.
Gruño.
—Eso parece.
—¿Quieres? —Me tiende el bol y rehúso con un movimiento del brazo izquierdo. El único que puedo mover.
Él abre una lata que también ha traído y da varios sorbos. Tiene el pelo ligeramente húmedo y viste con la sudadera del equipo del instituto. Empiezo a sentirme el peor hermano del mundo porque no recordaba que tenía entrenamiento y no me he enterado ni de cuándo ha llegado.
—Lo siento, Enano —me disculpo—. Últimamente tengo la cabeza en otro lado.
—No pasa nada.
Le resta importancia con ese gesto tan suyo de encogerse de hombros.
—Sí pasa. Prometí cuidar de ti —le recuerdo.
—Ya lo haces. Vivo en una buena casa, voy a un buen instituto, tengo todo lo que necesito, los profesores no te llaman la atención porque descuidas tus obligaciones…
—Pero me juré a mí mismo que haría algo más que eso —me lamento.
—Y lo haces, eres el mejor hermano del mundo. Pero estás recién operado, permítete descansar un poco.
Cabeceo. No puedo sentirme como «el mejor hermano» ahora mismo. Pero tampoco puedo tener tan mala opinión de mí. Ryan está bien aquí, mucho mejor que en otro lado. Le estoy dando una vida mejor de la que tuve yo a su edad.
—¿Qué tal el examen de matemáticas? ¿Era… ayer? —pregunto, tratando de hacer memoria.
—Hace dos días —confirma con una medio sonrisa.
—Lo siento.
—Me fue genial. Creo.
—Claro que sí, Enano. Eres un genio. Seguro que podrás estudiar lo que te propongas —aseguro muy convencido.
—Me gustaría matricularme en alguna ingeniería.
Lo miro con las cejas alzadas hasta el infinito.
—Eso son palabras mayores. ¿Crees que vas a poder compatibilizarlo con el hockey?
—Creo que para mí no es tan importante como para ti. No me veo en la NHL.
—Yo estaré igual de orgulloso hagas lo que hagas, recuérdalo siempre.
Le doy un golpe con el hombro en su brazo y él hace lo mismo conmigo. Nos reímos y me siento bien al saber que no está cabreado conmigo por cómo gestiono mis sentimientos desde la lesión. Seguimos siendo tan amigos como siempre.
—¿Tú qué tal lo llevas? —se interesa, señalando el hombro con la cabeza.
—El equipo médico dice que se recupera según lo previsto y que todo es normal. Pero no puedo mover el brazo todavía y me sigue doliendo.
—Tu cuerpo necesita tiempo —expone.
—Pero no lo tengo.
Ryan resopla. Está harto de oírme decir lo mismo.
—¿Vendrás a verme jugar este fin de semana? —pregunta, unos segundos después, buscando cambiar de tema—. Tenemos partido contra los Yorkfield Hawks.
—¿Los que os aplastaron la otra vez? —me burlo, y disfruto con la mueca que hace—. Claro que sí, Enano. Allí estaré.
Lo despeino y él protesta. Me río mientras él intenta recolocarse el pelo.
Encargarme de él fue una responsabilidad que no esperaba, no entraba en mis planes y al principio no tenía ni idea de si iba a ser capaz de hacerlo bien.
Pero ahora no me imagino la vida sin él y espero poder darle todo lo que necesite.
Si quiere estudiar ingeniería, no le faltará dinero para ello.
En el momento en el que los Titans nos meten otro gol, decido que es momento de apagar el televisor. Ryan me mira con una ceja levantada.
—No soporto esto —mascullo.
—Creo que te irá bien desconectar un poco.
—Supongo, eso mismo dice Olivia.
—¿La psicóloga?
—La misma —confirmo.
Cabecea.
—Quizá tenga razón —manifiesta—. Y quizá deberías empezar a cambiar esa actitud de mierda y colaborar. ¿Qué te dice el fisio?
Gruño.
—Me han puesto a la becaria —refunfuño.
—¿En serio? ¿No deberían ponerte al mejor?
Frunzo los labios un segundo.
—Se supone que está supervisada todo el tiempo y, aunque me joda, tengo que admitir que es muy disciplinada.
Ryan me observa atento a cualquier mensaje que mis palabras no están diciendo.
—¿Cuál es el problema entonces?
—No la soporto —zanjo demasiado rápido.
—¿Por qué?
Gruño de nuevo.
—Porque…
Ryan alza una ceja.
—¿Sí?
—No la soporto —repito—. Y no puedo confiarle mi carrera.
—¿Es guapa?
Toso porque casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Qué?
—Que si es guapa —repite con una sonrisilla, porque es más que evidente que lo pienso y disimulo fatal con él.
—No.
—Claro. —Se ríe—. Entonces lo que no soportas de ella es que te ponga que te toque. Interesante…
—¿Qué sabrás tú de eso? Eres muy joven.
—Tengo quince años. ¿Qué sabías tú a mi edad sobre eso?
— Touché.
—Sobre lo de tu fisio… —vuelve a la carga, pero se lo impido.
—Se acabó hablar de Harper por hoy —sentencio.
—Uy, ahora es «Harper».
—Ry.
—Vale, me callo.
Mi hermano se levanta del sofá riéndose entre dientes porque sabe que tiene razón, aunque yo no esté dispuesto a dársela aún.
Sube al piso de arriba y a mí me deja con un nubarrón en la cabeza tras nuestra conversación.
Porque esa resistencia que pongo con «la nueva» tiene más que ver con cómo me hace sentir y con mis miedos que con su inexperiencia.
Se nota que sabe lo que hace y, si no estuviera preparada para ello, Grant no le hubiera dado esa responsabilidad.
Pero es la chica más natural con la que me he topado, después de la novia de mi colega Duncan, y no sé cómo actuar con ella.
Que sea así de atractiva no ayuda. La Reina de Hielo huele a limpio y la envuelve una suave fragancia que no empalaga pero que te hace querer perderte en ella.
Con la cara lavada y el pelo peinado de cualquier manera.
Con esos dedos tan suaves sobre la piel de mi brazo y de mi hombro.
Con esa actitud de «me importa una mierda que seas la estrella del equipo».
Porque, sí, es una putada que lo que más me atraiga de ella sea esa indiferencia hacia mí. Y por eso no la soporto.