La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 8. Los jugadores no son inmunes al amor
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8. Los jugadores no son inmunes al amor

Harper

Cierro el informe de sesión con Brady Lennox con las manos todavía temblándome. No por miedo. No por rabia. Por pura frustración.

He escrito todo lo que debía: observaciones clínicas, rango de movimiento pasivo, evaluación de la cicatriz, respuesta muscular…

, todo impecable, sin una palabra de más, pero tampoco de menos.

Sin embargo, cada vez que repaso el texto, mi cabeza me lleva de vuelta al mismo instante.

A su voz, su tono cargado de desprecio, al formular esa pregunta tan cruel:

«¿A quién te has tirado para que te dieran este caso?».

Respiro hondo. Otra vez. Otra. No va a conseguir hundirme.

Solo es un niñato mimado teniendo una pataleta porque no le dan lo que quiere. Porque es la estrella del equipo y está acostumbrado a tener todo lo que pide chasqueando los dedos.

Subo el informe al sistema, apago el ordenador y salgo de mi sala de trabajo porque necesito desconectar un poco.

Me coloco los AirPods y busco mi playlist favorita, la que me pongo a todas horas.

La primera canción que suena — thank u, next , de Ariana Grande— me saca una sonrisa y se me quita una parte del malestar que esta primera sesión me ha generado.

Camino hasta la cafetería y sonrío al descubrir que está bastante vacía.

—¿Lo de siempre, Harper? —pregunta la chica de la barra, que ya me conoce.

—Sí, por favor —confirmo con una sonrisa mientras guardo los AirPods en su estuche y me dejo caer en una mesa junto a la ventana.

Saco el móvil para entrar en alguna de las mil redes sociales a chismear un poco, aunque deslizo sin prestar atención a nada.

Me avisan de que ya está mi café y voy a buscarlo.

A la vuelta, descubro una notificación que me indica que hay movimiento en el grupo de East Harbor, por lo que entro a ver qué están hablando.

Beth:

¿Qué tal llevas las náuseas, @Charlotte?

Charlotte:

Empiezo a ver la luz.

Beth:

¡Qué bien! Me alegro. Ahora vienen los meses buenos. Aprovechad para comprar y hacer lo que tengáis que hacer. Más tarde no podrás moverte del sofá.

Charlotte:

Me encanta lo rápido que me chafas la ilusión.

Beth:

Míralo por el lado positivo. Tendrás excusa para no hacer nada.

Charlotte:

¿Has leído eso, @Jay?

Jay:

Estoy deseando que descanses y te dejes cuidar.

Beth:

Ohh…

Madison:

Ohh…

Holly:

Me está subiendo el azúcar por vuestra culpa.

Yo:

Qué romántica eres, Holly.

Holly:

¡Eh! Soy muy romántica cuando quiero. ¿Qué tal tú con los gladiadores del hielo? ¿Algo que contar?

Madison:

¡Eso!

Charlotte:

Harper es superprofesional. No se enredaría con ningún jugador.

Holly:

Ya.

Duncan:

Cariño, deja de intentar hacer de celestina, por favor.

Holly:

Ya habéis visto todos lo bien que se me da.

Yo:

Tranquilos. No hay nadie que merezca la pena en ese equipo.

Duncan:

Gracias.

Yo:

Hablo de los solteros.

Beth:

¡Un momento! Me ha venido una idea para un sports romance. @Charlotte, ¿Cuándo te va bien que nos reunamos?

Jay:

Charlotte va a darse de baja ya mismo.

Charlotte:

En tus sueños.

Jay:

No vas a parir en la librería.

Holly:

¿Esa idea va de una fisioterapeuta y un jugador de hockey lesionado?

Yo:

Ni de coña.

Beth:

¡Sí! Ja, ja, ja.

Duncan:

Se viene drama.

Madison:

¿Estamos pensando todos en el mismo?

—¿Puedo? —pregunta Olivia, con una ligera sonrisa, señalándome la silla que queda frente a mí.

—Claro —respondo, bastante aliviada de abandonar la conversación con mis amigos, y guardo el móvil.

—¿Qué tal?

—Hoy era la primera sesión con Lennox.

—Lo sé. Programé la mía después de la tuya para ahorrarle un viaje. Pero creo que no ha sido muy buena idea.

—Como tampoco lo fue nombrarme a mí como la encargada de su rehabilitación —bufo.

Olivia inclina la cabeza hacia un lado.

—Puede. O puede que haya sido una genialidad —comenta tras darle vueltas a algo en su cabeza.

—Ahí has patinado.

Se ríe.

—¿Tú crees?

Pongo los ojos en blanco.

—Es insufrible. Debería ser el primer interesado en recuperarse.

—¿Qué te hace pensar que no lo está?

—¿Su actitud?

—Está a la defensiva, ¿verdad? Conmigo también. Pero es normal.

—Lo sé… —Miro alrededor y compruebo que estamos solas—. Mis hermanos son deportistas y uno de ellos se retiró antes de empezar. Mi padre fue deportista y ahora se dedica a representar a otros.

—Sí, me consta.

Olivia me dedica una sonrisa sincera. No está nada molesta conmigo por ocultarle esta información. Entiende mis motivos y no me guarda rencor.

—Dime una cosa —me pide acercándose a mí y bajando la voz, como si fuera a contarme alguna confidencia—. ¿Qué pasa entre vosotros?

Debería responder algo rápido y que suene creíble. Pero no se me ocurre nada y el silencio le está dando una respuesta que no es ni de lejos la correcta, a juzgar por esa sonrisilla que se le está formando.

—Quiero saberlo todo —suplica con los ojos bien abiertos.

Alzo las cejas hasta el infinito y no sé si me pongo blanca o roja, pero empiezo a agitar la cabeza de un lado para otro.

—Creo que te equivocas.

—Pues acláramelo. Porque es evidente que hay algo.

—No es nada de lo que te imaginas. —Rebufo y vuelvo a comprobar que no haya nadie más antes de seguir hablando—. Lo conocí hace tres años, un día que estaba de fiesta con unas amigas.

—Oh, joder. —Se cubre la boca con ambas manos. Parece que vaya a correrse de la emoción.

—Pero él «no me conoce de nada».

—¿Será cabrón? ¿Se lo has dicho?

—¡Claro que no!

Olivia asiente, procesando la nueva información, y yo doy un sorbo al café, que ya se me ha enfriado. Ella va a buscar el suyo a la barra y regresa.

—¿Y tú estás segura de que no sientes nada por él?

Chasqueo la lengua.

—Fue solo un polvo. —Me dedica una sonrisilla de medio lado y pongo los ojos en blanco—. Vale, fue una gran noche. Hay que reconocerle que sabe lo que hace. Pero fue solo una y nunca más supe de él.

—¿Y cómo te hace sentir el hecho de que para él no haya sido tan memorable?

Trago saliva.

—Está claro que no es lo que una quiere oír, ¿sabes?

—Ella asiente y muestra una expresión comprensiva muy de psicóloga—.

Duele. Y no porque sienta algo por él. Duele ser una más de los miles de chicas que habrá catado.

Porque tiene que haber muchas para que no reconozca una cara.

Y me da rabia seguir atascada en este bucle de acostarme con tíos a los que nunca les voy a importar.

Me gustaría… empiezo a sentir envidia de mis amigas, ¿sabes?

Casadas, con hijos… Obviamente no quiero que les ocurra nada malo, pero sí me gustaría encontrar a alguien a mí también.

—Te entiendo. La envidia no es mala. Ninguna emoción lo es. Lo malo es hacer daño a alguien cuando no sabemos gestionarlas.

Respiro y casi lloro de puro alivio por que alguien me diga unas palabras tan simples, pero tan reconfortantes.

—¿Crees que algún día lograré dejar de fijarme en los deportistas y buscar a alguien con quien pueda construir algo de verdad?

Se queda mirándome unos segundos, dándole vueltas a algo que no sé si quiero que diga.

—¿Qué te hace pensar que ese alguien no puede ser un deportista?

Mira a nuestros chicos —añade cuando ve que voy a responder—.

Muchos están casados y con hijos. Tus hermanos tienen familia.

—Asiento con una sonrisa muy grande porque mis sobrinos son lo mejor de este mundo—. Los jugadores no son inmunes al amor.

—No, pero los deportistas solteros, guapos y millonarios, la gran mayoría de las veces —especifico—, son unos cabrones de cuidado que te bajan las bragas con un par de sonrisas y luego ni se acuerdan de ti. Además, soy su fisioterapeuta, soy parte del staff y no necesito más problemas.

Olivia me dedica una mirada comprensiva y deja estar el tema, algo que agradezco, y enseguida empieza a hablarme de una serie que ha empezado a ver. Pero no hace falta decir que mi cabeza está en cierto jugador de ojos verdosos.