7. Inmune a mis encantos
Brady
Poco se habla de las sensaciones que te produce entrar al estadio estando lesionado.
Es como entrar en un sitio que no conoces o, peor, en un sitio que conoces demasiado, pero al que no quieres volver.
¿Tiene sentido? Probablemente no. Nosotros, los jugadores, venimos aquí a entrenar o a jugar.
Las rehabilitaciones son una puta mierda.
Y la comida de tarro de la psicóloga, una mierda aún más grande.
Ella no ha competido en su vida, de modo que no es capaz de entender lo que siento, por más que diga que se especializó en psicología deportiva y no soy el primero con el que trabaja.
Llevo dos semanas y media reviviendo ese maldito golpe. Lo veo una y otra vez en mi cabeza: el defensa de Boston llegando tarde, el impacto, el hombro saliéndose de sitio, el sonido hueco del cuerpo contra el hielo. El dolor. El miedo a no volver a jugar.
Ryan, mi hermano, dice que estoy de un humor de perros.
Me paso el día en casa, en el sofá o en la cama, viendo vídeos ridículos o, peor, las noticias deportivas.
Mis compañeros han jugado cinco partidos sin mí, de los cuales han perdido cuatro.
¿Cómo cojones vamos a llegar a los play-off?
Este año iba a ser EL AÑO. Se supone que teníamos un equipo de puta madre.
Según Duncan, los ánimos no están como deberían, todos siguen preocupados por mí y, por eso, no rinden.
Las visitas de compañeros son diarias. Menos mal que, al menos, demuestran ser el equipo que creía que éramos y no me han decepcionado en ese aspecto.
Ninguno de ellos. Los cabrones hacen turnos para no venir todos y que pueda sentirme agobiado.
Traen comida que no debería comer y me animan con sus anécdotas domésticas.
Connor y Zee me hablan de sus conquistas y juro que cambiaría no volver a follar nunca más por poder regresar al hielo. Esto es insufrible.
Colin asegura que la cirugía ha sido impecable. Que es normal que aún sienta dolor y que me va a mantener la medicación. Me explica que todo evoluciona según lo previsto y que, si sigo el plan y colaboro, volveré a jugar antes de que termine la temporada.
«Todavía no vas a retirarte, tranquilo», me repite una y otra vez.
Pero él no entiende lo que significa ver a tus compañeros salir al hielo desde el sofá.
Hoy, Grant me ha citado para evaluar mi estado e iniciar la rehabilitación.
Compañeros que han pasado por esto dicen que es muy lento y frustrante.
Aún duele mucho, pero tengo ganas de empezar.
Lo que peor llevo es pasarme el día sin hacer nada, así que venir aquí y empezar a trabajar en mi recuperación seguramente me ayude a ganar un poco del optimismo que he perdido desde la operación.
De camino al área médica, me llega el ruido producido por los sticks y los gritos de Tully. Están entrenando en la pista. Mi estómago se encoge y paso de largo, no quiero llegar tarde.
Voy directo a la sala C1, donde Grant ya me espera. Su lugar de trabajo siempre está impoluto y se esfuerza por que no huela a hospital. Me gusta este hombre, es muy profesional y se hace fácil trabajar con él.
—Bienvenido de nuevo, Lennox. ¿Cómo va ese hombro?
—Sigue doliendo a veces, pero ya no me despierta por las noches.
—Eso es bueno —confirma, y da unos golpecitos en la camilla para que me siente—. Me reuní ayer con Colin y comentó que todo evoluciona bien.
—Eso me dice a mí también.
—Pues ahora veremos si tiene razón o no y si podemos empezar la rehabilitación, ¿de acuerdo?
—Genial, estoy deseando volver al hielo.
Grant se ríe de manera disimulada.
—No corras tanto. Tenemos unos meses de trabajo por delante.
—Sí, y me alegro de que sean contigo —admito.
No es que no confíe en Wesley, es muy bueno en su trabajo, pero me parece un tanto serio, no habla de nada y las sesiones se hacen eternas. Con Grant siempre charlamos de cualquier cosa y el tiempo pasa volando.
—Ya, sobre eso…
—¿Wesley? Pensé que como me habías citado tú…
—Tampoco. Será con Harper, muchacho —responde, como si lo que acaba de decir no tuviera ninguna importancia.
—No. —Niego con la cabeza y Grant me pide que esté quieto sujetándola con sus manos a ambos lados—. Ni de puta broma.
El hombre que tengo enfrente arquea una ceja y se muestra serio, conciliador.
—¿Algún problema?
—Muchos —gruño—. No pienso dejar que una estudiante recién llegada y a la que no conozco de nada toque mi hombro. ¿Te das cuenta de lo importante que es esto? ¿Qué piensa Colin?
—No la conoces porque te negaste a trabajar con ella.
—Y sigo haciéndolo —me reafirmo—. ¿Qué experiencia tiene?
—No te preocupes por ello, Harper está bajo mi supervisión de manera constante y no va a ser menos en este caso.
Te aseguro que tiene un expediente impecable y que somos muy afortunados de que aceptara realizar su residencia en los Phantoms. No es una «estudiante» cualquiera —explica con cierto tono de reproche.
—Lo que tú digas —farfullo.
Parece que Grant va a hablar, pero unos golpes en la puerta se lo impiden. «La nueva» asoma la cabeza y su mirada cambia al verme.
—Ah, ya habéis empezado. Buenos días, Lennox —comenta terminando de entrar. Su calma al acercarse a mí me resulta ofensiva.
Mis ojos no pierden detalle de cómo coge una goma de pelo de su muñeca y se hace una coleta rápida y bastante despeinada, aunque poco parece importarle.
No me extraña, porque está igual de guapa.
Por un instante, todo lo que tenía preparado —protestas, orgullo, sarcasmo— se me queda atascado en la garganta.
«¿Qué ha sido eso?».
«Mierda».
Ella escucha algunas cosas que le comenta Grant y asiente. No hay ni un rastro de duda ni de nervios en su expresión. Solo profesionalidad. Pero yo creo que empiezo a temblar y no quiero que ellos lo noten.
La Reina de Hielo ajusta la camilla para que mi hombro quede a una altura que le resulte cómoda.
El ruido del motor es lo único que suena en la sala.
Revisa la sujeción del cabestrillo para comprobar el ángulo del codo y chorradas que no podía esperar que fueran a tener ninguna clase de importancia.
Pero ella es minuciosa y lo examina todo.
Grant está cerca y simplemente observa mientras toma notas en el iPad.
De vez en cuando le pregunta o le comenta algo, pero nada más.
—Voy a hacer una valoración inicial —comenta con la voz firme—. ¿Preparado?
—Resulta genial servir de experimento para que puedan ponerte mejor nota en la universidad —escupo con mucho sarcasmo.
—Lennox —me regaña Grant, y me manda callar con una sola mirada.
—Ya acabé la universidad y con bastante buena nota —me reprocha sin devolverme la mirada, y se coloca a mi lado derecho—. Voy a quitarte el cabestrillo despacio, ¿vale?
Asiento, resignado. Este artilugio es una especie de escudo; cuando me lo quito, el hombro queda expuesto a cualquier roce o movimiento involuntario. O lo que es lo mismo, el dolor regresa.
—Haz tu trabajo.
Ella se inclina un poco, desabrocha los velcros, aparta el cabestrillo y lo deja sobre la camilla. Su perfume —suave, sutil, pero imposible de obviar— flota a su alrededor.
—¿Puedes mover los dedos?
Obedezco y hago lo que me pide.
—¿Duele? —Niego con la cabeza, lo cual la obliga a mirarme—. Perfecto. —Grant anota algo—. Ahora la mano.
Sujeta mi muñeca y hago un par de rotaciones lentas. Después me guía en un par de movimientos hacia ambos lados, o hacia delante y hacia atrás. Me pide que abra y cierre y yo obedezco como un enano. La Reina de Hielo comenta algo sobre la rigidez con Grant, quien toma nota de ello.
—Bien, voy a echar un vistazo a la zona de la cirugía, ¿de acuerdo?
Asiento y me indica que me quite la camiseta. Mis labios esbozan una sonrisa canalla, a lo que ella resopla.
—¿Necesitas ayuda? —me pregunta, ignorando mi actitud.
—No, llevo haciéndolo solo todo este tiempo —miento.
Al principio Ryan me ayudaba en casi todo. Algo que me jode, porque debería ser al revés. Se supone que soy yo quien lo cuida a él. Yo soy el mayor.
Pero a ella no le importan esos detalles.
Levanto la camiseta con la mano izquierda y la saco por la cabeza con cierta torpeza. Luego la paso por el brazo malo intentando no rozar nada. Aun así, no puedo evitar una mueca de dolor. Ella se da cuenta, aunque no dice nada, por ahora.
Se coloca frente a mí para observar el hombro y la cicatriz. Grant también se acerca y le explica algunas cosas técnicas sobre las que no entiendo demasiado.
—Está cicatrizando bien —confirma, acercándose un poco más—. ¿Molestias?
—Cuando lo muevo.
—Intenta no moverlo aún. Es pronto, ¿vale? —Chasqueo la lengua. ¿Se cree que lo hago aposta?—. Sé que es difícil, sobre todo cuanto te cambias de ropa, te duchas o duermes.
—¿Lo sabes porque lo has vivido?
—No necesito experimentarlo. Sé que duele y sé que algunas tareas cotidianas se complican.
—¿Porque te lo han explicado en la universidad?
—Porque tengo hermanos que… —Se muerde el carrillo, como si no quisiera hablarme de ello—. Digamos que en casa ha habido lesiones de todo tipo.
La observo alzando las cejas, sorprendido por descubrir algo, un mínimo detalle de su vida. Tiene hermanos y son unos brutos. ¿Por esto se hizo fisioterapeuta?
Sus dedos se acercan, pero sin posarse sobre mi piel.
Se dedica a trazar una línea invisible sobre el recorrido de la cicatriz, hasta que, por fin, apoya las yemas con suavidad, palpando el deltoides, el trapecio y el pectoral superior.
No hay nada sensual en sus movimientos, es tan solo su trabajo.
Sin embargo, mi cuerpo no lo siente así.
Y eso me incomoda. Me irrita. Porque ella no es una chica guapa cualquiera que acabo de conocer en la zona vip de una discoteca. Es mi fisioterapeuta y no la soporto.
—Hay algo de tensión muscular, lo normal —comenta mirando a Grant—. Voy a evaluar el rango pasivo de movimiento. Quiero que estés completamente relajado, ¿de acuerdo? —me pide ahora a mí.
—¿Tengo otra opción? —mascullo.
Ella ignora mis malas respuestas con tanta maestría que hiere mi ego. Mucho. ¿Cómo puede ser que no provoque nada en ella y que trabaje como si fuera un robot sin sentimientos?
Rodea la camilla y se sitúa detrás de mí. Sus manos sujetan mi antebrazo, guiando el movimiento del hombro hacia una rotación mínima. La presión es controlada y sabe lo que hace, pero cada milímetro duele.
Aprieto los dientes, en un esfuerzo inútil para que no se note. Pero lo ve. Y dirige la vista hacia mí. Sus ojos están muy cerca de los míos. No lleva ni una gota de maquillaje, ni máscara de pestañas, ni sombra de ojos, ni pintalabios. Posee una belleza natural arrolladora.
—No te hagas el héroe. Necesito que me indiques si duele.
—Ya lo estás viendo.
—Es más fácil si me lo dices; como ves, mis ojos están puestos en tu hombro.
—Y, aun así, te has dado cuenta.
Rebufa.
—Harper, sigue así, ahora vengo. Anótalo todo y avísame si necesitas algo.
—Vale.
¿Qué? Ni de coña. No me jodas.
—¿Te vas? ¿No se supone que ibas a supervisarla?
«La nueva» pone los ojos en blanco.
—Y eso hago.
—Pero no estarás aquí.
—Tranquilo, Harper está capacitada para revisar esto sola. Solo me voy a ausentar cinco minutos —termina de decir mientras sale por la puerta.
No me lo puedo creer.
La Reina de Hielo sigue moviendo el brazo, concentrada en lo suyo, decidida a no prestarle ni un poquito de atención a mis quejas. Hasta que rompo el silencio.
—Dime la verdad —murmuro.
—Tu rango de movilidad pasiva es limitado, pero mejor de lo esperado. Tu hombro está respondiendo muy bien —responde sin mirarme.
—No me refería a la lesión, sino a ti. —Inclino un poco la cabeza, buscando su mirada—. ¿A quién te has tirado para que te dieran este caso?
Sus manos se detienen en algún punto del brazo y, ahora sí, sus ojos conectan con los míos. No hay sobresalto ni enfado. Regresa a su trabajo con una calma envidiable, mientras mi corazón late desbocado por la ira que me produce toda esta situación.
—Relaja el brazo, por favor. Así va a doler más. —Alzo las cejas. Qué barbaridad de autocontrol tiene. Niega con la cabeza—. Sé lo que pretendes con esto y no lo vas a conseguir.
Me suelta, se coloca frente a mí a una distancia prudencial y se cruza de brazos en una postura claramente defensiva.
—Mira, Lennox. Te guste o no, yo soy la encargada de tu recuperación y eso es algo que no va a cambiar —explica con calma y sin ningún atisbo de duda en su voz—.
Yo no estoy aquí para fastidiarte. Mi trabajo es lograr que vuelvas al hielo lo antes posible y evitar recaídas.
Pero no tengo una varita mágica. Esto es un trabajo en equipo y necesito que pongas de tu parte.
Si no lo haces, te arriesgas a quedarte fuera toda la temporada o, incluso, a no volver a jugar nunca más. ¿Eso es lo que quieres?
No soy capaz de hablar después de este bofetón que me acaba de dar. Pero agacho la cabeza y ella lo entiende como alguna especie de rendición o de tregua, porque vuelve a colocarse detrás de mí y prosigue con su exploración. Como si nada hubiera pasado.
Unos larguísimos y silenciosos minutos después, Grant reaparece por la puerta y parece asombrado de encontrarse tanta paz. Lo que no sabe es que la tensión en la sala es tan grande que cualquier chispa podría volar esto por los aires.
—¿Cómo va eso? —pregunta colocándose a mi lado.
—Bien —responde su residente—. Rango pasivo limitado, pero sin signos de rigidez capsular.
Grant asiente satisfecho.
—Perfecto, buen trabajo.
—Gracias.
Ahora sí se permite sonreír un poco, aunque sigue en modo profesional. Se aparta de mí y me indica que ya puedo vestirme de nuevo y colocarme el cabestrillo mientras ella va a por su iPad.
Sin dirigirme una sola mirada.
Se despide de Grant y sale de la sala. Pero el aire sigue sin pasar por mi tráquea, ya que mi carrera queda en manos de la única persona del club que no me mira como si fuera intocable, de la única chica que parece inmune a mis encantos, de la persona que acaba de ponerme en mi sitio sin levantar ni un poco la voz.
Y no debería, pero a mi polla le ha encantado.