4. Aquí no se viene a ligar
Brady
El silbato de Tully corta el murmullo en la pista. El disco cae al hielo y la jugada arranca otra vez. Me lanzo en sprint, esquivando a Duncan con un giro cerrado. El aire frío me golpea en la cara, la adrenalina arde en los músculos.
El scrimmage está siendo más exigente de lo normal.
Choques en la valla, stick levantado, empujones que en un partido real serían sanción.
El entrenador nos echa la bronca de manera constante porque no puede ser que nos arriesguemos así en un entrenamiento.
Pero todos queremos demostrar que tenemos hambre de temporada, que no nos hemos oxidado en verano y, especialmente, que queremos ser titulares.
Me sorprendo a mí mismo mirándola de reojo otra vez.
«La nueva» sigue allí, iPad en mano, con los ojos pegados a cada uno de nuestros movimientos.
No sonríe, no se distrae. Los estudia como si pudiera sacar alguna clase de información en ellos.
No puedo negar que es aplicada y disciplinada.
No obstante, sigo sin fiarme de ella. Grant se acerca y le señala algo en el hielo.
La becaria mira en esa dirección y asiente rápido, anotando algo como si fueran las respuestas de un examen.
Paso el puck a Connor y me coloco frente a Leif. El choque es duro, hombro contra hombro. Me río entre dientes y sigo la jugada, pero, cuando me giro, la veo de nuevo. «La nueva» sigue ahí, observando, tomando notas. ¿Qué coño escribe?
El ritmo del scrimmage sube. Tully nos deja jugar más tiempo del normal en un entrenamiento de este tipo, aunque los asistentes no parecen estar muy de acuerdo con él.
Uno de los veteranos intercepta un pase y me lanza un disco limpio.
Lo recibo, avanzo un poco y disparo. El puck golpea la red y Connor levanta el stick en señal de celebración.
Es un gol que no tiene ningún valor, pero la sensación de marcar siempre me da un chute enorme de energía.
Miro hacia la banda, como si algo dentro de mí no fuera capaz de ignorar su presencia.
«La nueva» sigue con los ojos fijos en el hielo.
Lo ha visto. Ha presenciado el gol con esa mirada tan analista y técnica que tiene.
Como si no estuviera presenciando un partido de hockey, sino que viera cómo se mueven los músculos, los huesos, los tendones.
Como si fuera capaz de ver el momento exacto en que algo falla.
No sonríe, no celebra, no me dedica ni un segundo de su atención.
Y eso me jode. Porque las chicas me admiran y ella, no.
Ella me ignora. Eso me incomoda, me distrae.
Es demasiado peligrosa y yo debo mantenerme concentrado en la pista.
Me juego mi salud y mi carrera cada vez que salgo al hielo, y esa tía de ahí puede acabar con mi futuro en el hockey.
Tengo que dejar de buscarla con la mirada.
El silbato suena de nuevo y la jugada arranca otra vez.
En este momento, Zee intenta impresionar con un sprint demasiado rápido y, de repente, cae.
El duro golpe hace retumbar el hielo bajo nuestros patines y el puck resbala sin dueño hasta chocar con la valla.
Todo se congela, hasta nuestra respiración.
Nos acercamos a él cuando un rugido nos alerta de que algo no va bien.
Dalton se lleva la mano al muslo, lo que hace que Grant y la becaria entren de inmediato.
Se arrodillan a su lado, hablan rápido con él y comprueban que pueda mover la pierna, algo que logra hacer sin mucha dificultad.
Creo que todos volvemos a respirar de alivio.
Entre ambos fisioterapeutas lo ayudan a levantarse y se lo llevan al banquillo.
El hielo queda en silencio y nosotros seguimos pendientes de lo que ocurre fuera de la pista.
Para algunos es puro cotilleo y la posibilidad de perder un poco de tiempo.
O incluso de descansar unos minutos. Yo siento que soy el único que se preocupa de verdad por él.
Zee me considera un referente, así me lo ha expresado alguna vez, y yo lo trato como si fuera su mentor.
Me gusta esa sensación de ser importante para alguien.
Tully hace sonar el silbato y nos ordena volver a nuestras posiciones, pero soy incapaz de apartar la vista de «la nueva».
Fuera de la pista, se mueve con seguridad.
Dalton ya está tumbado, con la hombrera aflojada y sin pantalón, dejando a la vista las mallas de compresión.
Ella le pregunta algo —supongo que dónde siente la molestia— y coloca las manos sobre el muslo, presionando con firmeza.
Zee respira hondo, confiando en sus instrucciones.
Grant observa de cerca, asintiendo cuando su residente sigue el protocolo correcto.
Ella trabaja con calma, estirando la pierna, masajeando el músculo con movimientos cortos y firmes.
Como si llevara toda la vida haciéndolo.
Me sorprende la facilidad con la que todos parecen aceptarla. Ni una duda, ni una pizca de recelo.
—Míralo al cabrón —murmura Connor pasando por mi lado, atento a donde tengo fija la vista, con una sonrisa macarra—. Seguro que se ha tirado al hielo adrede para que Harper le meta mano.
El comentario arranca varias carcajadas de los compañeros que están a nuestro alrededor. Tully lo oye y lo reprende. A todos, en realidad. Porque nuestra actitud de hoy no le está gustando en absoluto.
—¿Habéis visto eso? —pregunta señalando a Zee, quien parece sentir alivio debido a las caricias de la becaria.
«Masaje. Masaje, no caricias». —No puede ser que en un entrenamiento hagáis tonterías como esa.
¿Queréis lesionaros antes de empezar la temporada?
—«La nueva» está diciéndole algo y él sonríe.
Ella también. ¿La Reina de Hielo sabe sonreír? —. Lennox, ¿estás atendiendo?
—Sí, señor. No podemos lesionarnos antes de empezar.
Me observa con una ceja levantada y quiero aguantarle la mirada, pero mis ojos me traicionan y buscan a la becaria. Está revisando algo en el iPad, ajena al escaneo de Zee, mientras Grant habla con Jeremy y con Wesley.
Tully carraspea y dirijo la vista de nuevo hacia él. No parece nada contento ahora mismo.
—Como te veo tan interesado en el banquillo, quizá deberías descansar un poco.
—Voy a protestar, pero me lo impide alzando la mano—.
Aquí venís a entrenar, panda de estrellitas.
Lo de ligar —imprime un tono de reprimenda en sus palabras— lo dejáis para cuando salgáis de fiesta.
Pensé que nunca tendría que deciros esto, pero más os vale que no le echéis el ojo a nadie del staff.
Saldrá mal y habrá consecuencias. ¿Queda claro?
Se oye un murmullo generalizado. Hay miradas hacia todos lados, aunque la del entrenador se centra en Connor y en mí.
—El ojo, no. Yo lo que pensaba echarle era otra cosa —bromea el cabrón a mi lado, y Tully parece oírlo.
—Hale, tú puedes acompañar a tu compañero un rato al banquillo.
Resopla, pero obedece sin protestar y yo lo sigo.
Se oye el silbato y nuestros compañeros continúan con el entrenamiento.
Zee se ríe descaradamente porque está claro que las palabras del entrenador se han oído demasiado bien.
Yo me giro hacia él, pero me encuentro con la mirada esquiva de la Reina de Hielo.
—¿Podrá jugar? —pregunto, tratando de captar su atención. Necesito que me mire.
—Sí. No ha sido nada.
—¿Seguro?
—Sí, pero puedes preguntárselo a Grant para que te quedes más tranquilo, ya que parece que lo que yo diga no te va a servir.
—Bum —se burla Connor, y Zee se descojona. La Reina de Hielo se levanta y se va. La sigo con la mirada, veo que habla un minuto con el fisioterapeuta jefe y luego desaparece de mi vista—. No sé de qué está tan preocupado Tully, está claro que no tienes nada que hacer con ella.
—Ni quiero —gruño.
—¿Estás seguro? —me pincha el otro.
—No es mi tipo.
—Todas son tu tipo.
Más risas. Rebufo. Me reclino hacia atrás y me concentro en el scrimmage.
No puedo permitir que la becaria me distraiga de mi objetivo.
Estos ejercicios no parecen importantes, pero el entrenador se fija en todo a la hora de confeccionar la lista de titulares.
Y yo debo estar ahí. Porque no tengo otra cosa que el hockey.