La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 5. El último pensamiento
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5. El último pensamiento

Brady

Partido inaugural

Portland Phantoms vs. Boston Bruins

Cavendish Arena - Portland, ME

El rugido del público es distinto cuando empieza. No solo es barullo, es electricidad. Promesa. Hambre. Y, esta noche, el aire del estadio parece vibrar con cada golpe de stick contra el hielo.

Los focos barren la pista y los altavoces hacen retumbar nuestros nombres por todo el espacio.

«Con el dorsal número 91, ¡Brady Lennox!».

El público hace tanto ruido que parece que el estadio se vaya a derrumbar.

Esta gente me idolatra y no tengo claro que lo merezca.

No de esta manera. Son increíbles. Alzo la vista hacia las gradas y levanto un brazo para agradecerles todo este apoyo.

Frente a mí, miles de personas que esperan lo mismo que yo: una victoria, un inicio fuerte, un año que deje huella.

Ha sido una pretemporada increíble. Jugamos con hambre, con ritmo, con unión.

Los jóvenes respondieron, los veteranos mantuvieron el liderazgo, y yo…

me sentí más fuerte, más rápido, más centrado.

Todo eso me hace creer que, tras varias temporadas quedándonos a las puertas, este puede ser el año que lo logremos.

El año que levantemos la Stanley y hagamos historia.

El puck cae.

El silbato suena.

La temporada arranca.

Todo se desvanece. Solo queda el hielo, el sonido de las cuchillas, los choques y el aire gélido en la cara. Me muevo en automático y con los sentidos aguzados. Oigo a Leif gritar algunas instrucciones desde atrás. Paso el disco, recibo de vuelta y esquivo en una perfecta sincronía.

El ritmo es brutal. Boston se muestra fuerte, ha venido a ganar y lo está dejando claro, pero nosotros respondemos con velocidad.

Esto ya no tiene nada que ver con la pretemporada, todos quieren llegar a los play-off, todos quieren levantar la copa.

La tensión se nota en cada choque, en cada cambio.

El público vibra. Buscamos huecos de manera constante, pero su defensa es brillante y no deja que nadie se cuele.

El tiempo pasa y el cansancio aprieta. Leif grita. Tully grita. La afición grita.

El reloj marca el minuto diecisiete del primer periodo y seguimos empatados a cero, cuando a estas alturas solemos contar con dos goles a nuestro favor. Uno, por lo menos. Pero hoy no, hoy tenemos que jugar como auténticos campeones. Y eso haremos.

Por el rabillo del ojo distingo a «la nueva» levantándose de su sitio. No dejo de jugar, no pierdo el foco de mis compañeros. No obstante, me noto más atento a sus movimientos de lo que debiera.

No sé qué me ocurre con ella, pero no la quiero aquí.

No la quiero cerca ni lejos, la quiero fuera del equipo.

Es demasiado guapa para poder contenerme durante mucho tiempo y lleva las palabras «novia perfecta» tatuadas en la frente.

No creo que las relaciones serias sean para mí, ni mucho menos el matrimonio.

Estoy bien con mis relaciones sin compromiso.

Aunque hace un tiempo que no follo tan a diario como antes.

Por eso envidio a compañeros como Leif o Duncan.

El primero está casado y con niños. Cuando tenemos algún partido fuera y habla con su familia se le cae la baba.

Nosotros nos burlamos de él, aunque no dejo de pensar en lo afortunado que es de haber encontrado a alguien que saque lo mejor de él.

El segundo, en cambio, se acaba de comprometer con el amor de su vida.

Ahora son una de esas parejas empalagosas que sabes que durarán para siempre.

Una vez me contó su historia y logró emocionarme.

¿Eso es lo que busco? ¿Una pareja para toda la vida?

No sabría qué responder. El Brady público, el que todo el mundo conoce, aborrece eso.

En cambio, el Brady que se mantiene oculto sueña con tener algo así.

Ninguna mujer que haya conocido me aceptaría con todas mis cargas y, quizá por eso, decido ceñirme a este papel que cada vez me asfixia más.

Porque es mejor ser un ligón despreocupado que un hombre al que ni su propia madre quiere.

De ahí que, cuando Connor o Zee o algún otro jugador me pregunta por la nueva fisio, mi respuesta suela ser: «Está buena».

Es verdad y es algo en lo que todos coinciden.

Pero la realidad es: «está buena y no me hace ni puto caso».

Y eso jode tanto al Brady de verdad que tiene que salir el Brady público y ponerse fanfarrón haciendo ver que esta chica que está buena no merece mi atención.

Pero la tiene, y mucho.

Recibo un pase de Duncan y me decido a acabar con este maldito empate.

Esquivo al defensa y avanzo por el lateral.

Veo el hueco, no es óptimo, pero ningún otro compañero está mejor posicionado que yo.

De modo que me lanzo a por él del mismo modo que un guepardo se lanza a por su presa.

Estoy a un segundo de marcar, ya puedo ver el disco encajado en el fondo de la red y el estadio estallando en vítores.

Me preparo para lanzar, medio segundo. «La nueva» regresa a su sitio.

El stick golpea el puck, pero no llego a ver si marco gol.

El rival me alcanza de lado, demasiado tarde, con todo el peso del cuerpo. Siento el impacto seco sobre el hombro derecho. El stick se me escapa.

El dolor es inmediato. Agudo. Cortante.

Intento mantenerme en pie, pero pierdo el equilibrio y me desplomo. El aire se me escapa del pecho. Gruño, grito.

El pitido del árbitro detiene el juego. Hay voces y murmullos.

Zee se encara al defensa que me ha derribado, pero Leif intenta llevárselo para evitar males mayores.

Mis compañeros se acercan para comprobar mi estado.

Uno de ellos me pregunta si puedo incorporarme y se ofrece a ayudarme.

Lo intento, un gemido se escapa de lo más hondo de mi garganta.

El brazo cuelga inerte y estoy al borde de perder el conocimiento. El dolor me desgarra.

Duncan levanta la mano para llamar al staff. El chico que me ha tumbado se acerca a pedirme disculpas, aunque ahora mismo no puedo responder, no soy capaz de hablar. Trato de centrarme en respirar y mantenerme consciente.

Los segundos se alargan en exceso. El público se ha quedado mudo. Siento el hielo derretirse bajo mi espalda y el dolor late en mi hombro como si me hubieran arrancado el hueso.

Wesley es el primero en llegar y se arrodilla a mi lado.

—Tranquilo, Lennox, no te muevas. ¿Es el hombro?

—Sí —gimo con la voz rota, y cierro fuerte los ojos.

Colin Abrams, el médico del equipo, aparece justo detrás y me evalúa de manera rápida.

—Parece una luxación —comenta Wesley. Colin asiente.

—¿Crees que te puedes levantar o pedimos la camilla? —pregunta este último.

Me llevo la mano izquierda al otro brazo, tratando de mantenerlo apretado a mi cuerpo, pues parece que vaya a salirse y caer al suelo, como si pendiera de un hilo que pudiera romperse en cualquier momento.

¿Sabéis cuando un diente de leche está punto de caer?

Pues así siento mi brazo derecho ahora mismo.

Entre varios, me ayudan a levantarme y el grito de dolor enmudece aún más al público.

Ya de pie, empiezo a deslizarme para salir de la pista y, ahora sí, el estadio vuelve a rugir.

Me acompaña una ovación tan grande que se me clava en el pecho.

Entiendo sus intenciones, pero no quiero aplausos ahora mismo, no lo soporto.

Quiero estar bien, quiero jugar y quiero ganar.

No obstante, no puedo evitar una lágrima por el apoyo que recibo de parte de los aficionados.

De camino al túnel, miro hacia la banda.

«La nueva» está ahí, junto a Grant. Sujeta su iPad con manos temblorosas y sus ojos están fijos en mí.

Los de todos, en realidad. La expresión le cambia en el instante en que nuestras miradas se cruzan: preocupación, lástima, algo que no quiero ver.

Aparto la vista, no busco compasión, y menos de su parte.

El pasillo hacia la zona médica se vuelve más largo que nunca. El murmullo del público se desvanece detrás de nosotros. El dolor, sin el frío del hielo, se intensifica.

Colin cierra la puerta de la consulta y Wesley rompe la ropa que obstaculiza su tarea.

Tengo escalofríos y temo perder el conocimiento en cualquier momento.

El médico examina el hombro con sumo cuidado.

No obstante, cualquier mínimo roce me hace chillar como un cerdo en el matadero. Aquí ya no tengo que hacerme el fuerte.

—Está fuera —confirma en voz baja—. Pero necesito una radiografía para comprobar la gravedad. ¿Puedes pedir una ambulancia? Hay que llevarlo al hospital.

Mis ojos se cierran y sus voces suenan cada vez más distorsionadas y lejanas. El dolor me vence y yo me abandono. Así, quizá, deje de sentirlo.

Sin embargo, lo que más me duele ahora mismo no es el hombro. Y me duele que te cagas. Lo que más me duele es la idea que me atraviesa el pecho, el miedo a no recuperarme pronto, a no terminar la temporada o, lo que es peor, no volver a jugar.

Eso, justo eso, es lo último que pienso antes de sentir que el dolor desaparece.