La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 3. No se acuerda de mí
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3. No se acuerda de mí

Harper

Apago el coche y suelto una bocanada de aire.

Esto está siendo más duro de lo que imaginé.

Solo espero poder ganarme la confianza de los chicos más pronto que tarde y empezar a trabajar «de verdad».

Sé que aquí aprenderé mucho, pero si van con el freno de mano puesto y no me permiten que los trate, será imposible.

«No te conozco de nada».

Pensé que Brady intentaba poner una distancia para que no fuera incómodo que trabajáramos juntos.

¡Qué ingenua! El muy cabrón se acuesta con tantas que ni las recuerda.

Y yo solo soy una más. Para haber crecido entre deportistas no parece que haya aprendido nada.

Voy de moderna y de liberal y sí, esta clase de chicos me pirran.

Follan bien y están buenos. ¿Qué tiene de malo darle una alegría al cuerpo de vez en cuando?

Tampoco espero casarme con ellos, pero que retengan la cara de alguien a quien le han comido lo más íntimo no es mucho pedir, ¿o sí?

Entrar en casa siempre me da paz. Pongo en marcha la calefacción y enciendo una vela con olor a vainilla y caramelo.

El ritual de todos los días. Cuando llego al dormitorio, cojo el pijama y unas bragas y entro en el baño.

Messy, de Lola Young, suena por el minúsculo altavoz de mi iPhone mientras abro el grifo del agua caliente.

El pequeño habitáculo se llena enseguida de vaho y la música se interrumpe de manera constante por la entrada de varios mensajes.

Seguro que son mis hermanos en el chat familiar o alguna conversación absurda en el grupo que comparto con mis amigos de East Harbor.

O quizá en ambos, porque ni unos ni otros saben estar sin enviar mensajes.

Cierro el grifo, cojo la toalla y me enrollo en ella. Me miro en el espejo, aunque ha quedado tan empañado que solo veo una sombra. Apago la música y veo que hay dos conversaciones que están on fire.

Voy primero a la de mis hermanos, pues creo que acabaré antes.

Matt:

¿Qué ha pasado con Lennox, Harp?

Calvin:

¿Qué ha pasado?

Matt:

Que le ha pedido al fisioterapeuta jefe que no lo ponga con ella porque «su carrera es demasiado importante». Palabras textuales.

Dean:

Siempre me ha parecido un flipado.

Matt:

Lo es. Pero el año pasado nos llevó a los play-off. Para eso lo traje a los Phantoms, había que levantarlo.

Ethan:

Es un deporte de equipo. Lo lograron entre todos.

Matt:

Sí. Cuéntaselo a nuestro analista.

Dean:

¿Puede hacer eso? Quiero decir… ¿Puede elegir quién lo atiende?

Matt:

En teoría, no. Grant es quien decide cómo gestionar a su equipo. Pero algunos jugadores se creen dioses.

Dean:

¿Y qué va a hacer Grant?

Matt:

Va a apartarla de él durante un tiempo para no generar un conflicto innecesario. Confía en que se gane la confianza del equipo y, entonces, será más fácil que acepte trabajar con ella.

Calvin:

Harp, ¿estás bien?

Yo:

Es un capullo.

Calvin:

Eres buena, Harp. Nadie está dudando de tu profesionalidad.

Yo:

Claramente, sí. Lennox no confía en mí.

Sé lo afortunada que soy, pero, a veces, me asfixian. La mayoría de las conversaciones giran en torno a un exceso de paternalismo conmigo. Y ahora Matt es el jefe del jefe de mi jefe. Se va a pasar la residencia controlando todos mis movimientos. Por eso no quería realizarla en los Phantoms.

Podría haber ido a otro equipo. Debería haberlo hecho.

Y me da miedo pensar que quizá, en el fondo, me moría de ganas de reencontrarme con Lennox.

Es un capullo, estamos de acuerdo. Pero folla bien, y es un candidato bastante válido para tener a mano en un momento de necesidad.

Como ahora, por ejemplo, que arrastro una sequía un tanto preocupante.

Aunque no contaba con que el cabrón no me recordara y, encima, estuviera tan a la defensiva conmigo.

Termino de ponerme el pijama y caliento las sobras de un guiso en el microondas mientras regreso a la conversación.

Ethan:

¿Desde cuándo importa lo que piense ese capullo?

Yo:

Lo que piense él, no. Pero su actitud puede extenderse por el vestuario. Muchos lo admiran y, si él no confía, quizá los demás empiecen a desconfiar también.

Calvin:

Él no es el capitán. No tiene ese poder.

Yo:

¡Oh! ¿Tú crees?

Calvin:

Lo que quiero decir es que te centres en los que sí te respetan y ve ganando terreno.

Yo:

Da igual. Él y su ego de mierda me importan muy poco ahora mismo.

Dean:

¿Ha pasado algo más que no sabemos?

Yo:

No.

Cierro la conversación. Ninguno sabe que ocurrió algo con él en el pasado. Ni siquiera Calvin. Creo que debería contárselo por privado.

Yo:

Me acosté con Lennox hace tres años y ha dicho que «no me conoce de nada». No se acuerda de mí.

Calvin:

¿Me lo estás diciendo en serio?

Yo:

No les digas nada.

Calvin:

Joder.

Suelto el móvil, pues mis hermanos empezarán a sospechar y no estoy lista para enfrentarme a ellos aún.

Llevo el plato a la mesa y me pongo el nuevo capítulo de la serie que estoy viendo ahora.

Aunque hoy me cuesta mantener la atención porque, por supuesto, no puedo dejar de pensar en un deportista en concreto.

Volver a East Harbor siempre sienta bien.

Tiene algo mágico que hace que el estrés y las preocupaciones se desvanezcan en cuanto pones un pie en sus calles.

Duncan conduce y yo me he acomodado en el asiento de atrás, disfrutando del paisaje que hay al otro lado de la ventanilla.

Mañana es el cumpleaños de Holly, de modo que hoy, al terminar nuestras jornadas laborales, nos hemos desplazado hasta el pueblo donde nos esperan nuestros amigos.

Compartir coche en un viaje tan largo se vuelve necesario.

—Todavía no has soltado prenda sobre qué te parecen los chicos —me pincha Holly cuando pasamos el letrero de «Bienvenidos a East Harbor».

En nuestro chat grupal me preguntan constantemente por ello, pero yo siempre me hago la loca para evitar responder. Supongo que, en persona, hacer eso será más difícil.

Duncan me mira por el retrovisor y me siento comprendida.

Él sabe por qué no quiero hablar de ello.

Uno no para de tontear conmigo, otro ha pedido que no lo atienda nunca más y la mayoría suelen mostrarse bastante escépticos en general.

Ganarme su confianza es imprescindible para que pueda aprender y desempeñar mi trabajo.

—Son… deportistas —sintetizo—. Ya sabes, mucha testosterona suelta.

—¡Eh! Eso me ofende —protesta Harris, aunque sé que no está molesto en absoluto.

Holly se ríe.

—Ya me imagino. Los deportistas son tan insoportables… —canturrea Holly, con una sonrisa burlona.

—Estoy aquí. Y soy quien conduce, no lo olvidéis.

Suelto una pedorreta porque la cara de Duncan no puede reflejar más diversión. Sé que intenta desviar la atención y se lo agradezco.

—Amiga, creo que el tuyo es una excepción —señalo, dirigiéndome a Holly.

—Lo sé, pero no lo digas muy alto, no se vaya a creer especial.

Nos reímos.

—Sigo aquí.

—Y ya que estás aquí, ¿por qué no aprovechas y me cuentas lo que ocurre? Porque si tenemos que esperar a que lo haga ella…

—Cariño, Harper nos contará lo que quiera cuando quiera, ¿vale?

Sonrío. Este chico es muy muy leal.

—Harp, confiesa —murmura bajito tras girarse y colarse entre los asientos—. Te mola alguno ¿a que sí?

Voy a negarlo, aunque mis mejillas se encienden y sospecho que esta traidora ya tiene su respuesta, pues me dedica una sonrisa triunfal y vuelve a su posición original. Duncan me mira asombrado a través del espejo.

—¿En serio? ¿Quién?

—¡No!

Holly se descojona. Duncan es muy serio y reservado, pero, cuando pasas mucho tiempo aquí, es imposible no desarrollar un «yo cotilla». Hasta yo lo tengo. Y creedme, cuando él saca su vena chismosa, es muy gracioso.

—Vale, no es eso. Es… complicado.

—¿Cómo de complicado? —tantea mi amiga.

—¿Qué te parece «me acosté con él hace tres años, cuando todavía no había entrado en la NHL, y ahora no se acuerda de mí»?

—¡Hostia! ¿Quién es?

—Se acabó la conversación.

Holly patalea un poco, aunque la veo cavilar, haciendo cábalas y descartando candidatos en silencio. Duncan, en cambio, parece que ha llegado a una conclusión mucho más rápido que ella y, por cómo me mira, creo que ha acertado de lleno.

—Cuidado con él —me advierte mi amigo—. No es mal chico, pero te hará daño.

—Tranquilo. No quiere que me acerque a él.

Duncan ladea la cabeza.

—Dale tiempo.

—¿Me vais a decir quién es? —pregunta Holly.

Suspiro y jugueteo con mis dedos.

—Lennox —murmuro con los ojos fijos en mi regazo.

—¡No jodas!

El coche se detiene frente a mi casa y me bajo tras despedirme de ellos. Al entrar, me alegro de encontrarme la chimenea encendida.

—Chicos, os insistí en que no era necesario.

—Pero para eso seguimos teniendo llave, ¿no? —expone Charlotte, que viene hacia a mí para darme un abrazo como si hiciera años que no me ve, cuando tan solo han pasado unas semanas. Jay lo hace en cuanto mi amiga me suelta, aunque el suyo es más normal y puedo respirar.

—En realidad es para emergencias y esas cosas —apunto.

—Bah… —Mi amiga hace un gesto muy gracioso con las manos—. Cuéntame. ¿Qué tal con Brady?

—¿Lennox? ¿Qué pasa con él? —cuestiona mi amigo.

Asesino a Charlotte con la mirada.

—Lo siento —se lamenta con la boca pequeña.

—Digamos que lo conozco… en profundidad.

Jay abre los ojos y parece que va a decir algo, pero no lo hace.

Mejor.

—Oye, Harp… —interviene Charlotte, ahora con el rostro más serio—. Si estamos aquí esperándote, es porque nos gustaría contarte algo en persona y no queremos eclipsar a la cumpleañera.

—¿Eclipsar?

Mi amiga busca la mano de Jay y se saca un papel del bolsillo para entregármelo.

Enseguida adivino lo que es y me llevo una mano a la boca mientras sujeto el papel con la otra.

Un manchurrón blanco sobre un fondo azulado.

Una ecografía como las que me enseñaron mis hermanos con cada uno de sus hijos.

—Oh, joder. ¡Enhorabuena!

Ahora los abrazo yo. Y lloro. Mucho. Porque soy muy feliz por ellos. Porque en un determinado momento dudé de que estos dos fueran a lograr estar juntos algún día. Pero han encontrado su manera de encajar y me alegro mucho.

—Madre mía. Dentro de nada podemos montar un equipo de básquet —bromeo.

—¿Algo que contarnos? —cuestiona Jay alzando las cejas.

—Imbécil. —Le doy un manotazo en el hombro—. Me refiero a que ya tenemos a tu sobrino, ahora vosotros, Holly y Duncan se casan el año que viene y van a tener por lo menos cuatro, ya veréis…

Ambos se ríen.

—¿Tú crees? —pregunta el que fue mi inquilino.

—Sí, y tu hermana también —lo pincho.

—Mi hermana no volverá a tener sexo nunca más —señala, haciéndose el ofendido.

—Ya, claro. No es eso lo que me cuenta, precisamente, cuando nos reunimos para hablar de los libros —se burla Charlotte.

—No quiero saber nada.

Nos reímos y volvemos a abrazarnos. Por si no estáis al tanto, Charlotte es la editora de la hermana de Jay, Beth, y sus libros solo se venden en la librería de East Harbor, la cual regenta mi amiga.

—Aunque hacen envíos a todo el país y, creedme, ganan una pasta—.

Creció en una familia de ricos en Nueva York, pero rompió con todo eso para quedarse aquí.

Y ahora es feliz con esa vida que ella ha elegido.

En primavera, se casó con Jay en una boda preciosa aquí en el pueblo, solo con las personas que apreciaban de verdad.

Parecido a lo que quieren hacer Holly y Duncan, vamos.

Y ahora van a ser papás. ¿No se os pasa el tiempo demasiado rápido?

Hace tres años estos dos ni siquiera sabían si lo que tenían era un rollo…

—Oye, nosotros nos vamos, solo queríamos recibirte para darte la noticia, pero sabemos que valoras mucho la soledad.

—Que vais a echar un polvo antes de la fiesta —elucubro.

Charlotte emite una risita muy graciosa y Jay sonríe con suficiencia.

—Seguís siendo unos conejos, os odio.

Ahora las risas son más fuertes, nos abrazamos y se van sin dejar de carcajearse. Qué asco dan.

Y yo aquí a pan y agua. Necesito follar. Ya.