2. No te conozco de nada
Brady
Levanto la cabeza despacio. Duncan se gira primero, guarda sus cosas y se pone en pie sin darle más vueltas. Connor alza una ceja, divertido, y le dedica a la chica una sonrisa descarada. Yo la miro un segundo más de lo necesario, evaluándola sin saber muy bien por qué.
No parece impresionada. Ni incómoda. Ni especialmente interesada en mí.
Me acerco con calma, sin prisa alguna. Si algo me sobra, es tiempo. Me siento vencedor por unos segundos al verla resoplar con hastío por mi actitud.
—Vamos —añade ella, y se da la vuelta sin esperarnos, directa hacia el pasillo.
La veo marcharse, incrédulo. Connor suelta una risa por lo bajo. Duncan me observa de reojo, midiendo mi reacción.
Ya en el pasillo, la chica se detiene y se gira hacia Duncan.
—¿Tienes alguna molestia?
—¿Yo? —responde él, desconcertado.
—Me había parecido oír…, da igual, luego lo miramos. No te preocupes.
—Colega, «la nueva» detecta lesiones sin verlas —bromea Connor, que no puede dejar escapar ni una oportunidad.
Ella entrecierra los ojos.
—Y a los capullos también.
Duncan se ríe abiertamente, aunque yo me contengo para no darle ese gusto.
—Te tiene calado —se burla Duncan.
—Los que se pelean se desean, muñeca —canturrea Connor, guiñándole un ojo.
—No me llames «muñeca» —le exige ella, apuntándolo con el dedo.
—¿O qué? —la reta Connor mientras alza las cejas, encantado con la situación.
—Tío, para ya —interviene Duncan—. Es nuestra fisioterapeuta, no una chica que acabas de conocer en una discoteca.
—Gracias —balbucea ella.
Percibo un pequeño momento de flaqueza por su parte y me siento mal por disfrutar de ello, porque parece tan segura de sí misma todo el rato que creo que este bajón momentáneo me lo he imaginado.
Al ponerse en marcha de nuevo, detecto algo en su forma de andar. No huye, pero tampoco quiere alargar esto ni un segundo más. Como si estuviera controlando el pulso para que no se le note.
—Te has pasado un huevo —le recrimino a Connor en voz baja.
Sí, «la nueva» no me cae bien y no me fío de ella. Puedo disfrutar de verla perder esa seguridad tan arrogante que no soporto. Pero no puedo aprobar el comportamiento de mi compañero.
—Dices eso porque no has sido tú quien ha intentado ligar con ella.
«Ni pienso hacerlo».
—Chicos, estoy trabajando —nos corta «la nueva» sin girarse, harta de nosotros—. ¿Podéis guardar vuestras energías para cuando salgáis a cazar?
—¿Por qué garitos te mueves tú? —insiste Hale, divertido.
—A ti te lo voy a contar —masculla ella.
Las risas no tardan en llenar el pasillo.
Cuando llegamos a la sala C3, ella abre la puerta y entra decidida. Nos observa un segundo, calculando, y señala a Duncan.
—Harris…
—Claro —responde él, obediente.
Luego nos mira a Connor y a mí.
—Vosotros dos podéis esperar en la cafetería.
No es una sugerencia. Es una orden.
Me cruzo de brazos mirándola con una mezcla de fastidio y curiosidad, pero, antes de que pueda decir nada, cierra la puerta en nuestras narices.
Connor silba.
—Joder. Esta tía…
Yo no respondo. Me quedo mirando la puerta cerrada un segundo más de la cuenta, con la incómoda sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no me ha tratado como si yo marcara el ritmo.
Me obligo a ponerme en marcha cuando Connor suelta una nueva estupidez. Camino hacia la cafetería con él, pero mi cabeza ya no está allí. Está en la sala C3. En «la nueva» y su forma de ignorarme y tratarme como si para ella yo no fuera nada especial.
Cuando, un buen rato después, Duncan aparece por la cafetería, pide un café y me llama para que me acerque a la barra.
—Tu turno —anuncia—. No te comportes como el capullo que te obligas a ser cuando los demás están pendientes de ti. Demuéstrame que no eres como Connor —añade bajando la voz una vez que estoy lo suficientemente cerca.
Las palabras de Duncan me impactan. Sé que él ve algo en mí que quizá ni tenga. Es alguien a quien admiro, tanto en el plano profesional como en el personal. Ha vivido cosas que podrían haber hecho tambalear sus cimientos morales. Pero no lo permitió. Ojalá pudiera ser como él.
Asiento por inercia. Parece fácil: ser «yo» y no el personaje que me fuerzo a interpretar.
Me gustaría deshacerme de esta máscara con la que hace tiempo que no me identifico.
Pero ¿qué me queda entonces? Solo sé ser un tío que juega al hockey y se acuesta con una tía diferente cada vez.
Si abandono ese rol que me obligué a interpretar, no sabría cómo actuar.
Solo Duncan conoce a mi verdadero yo. Por eso es mi mejor amigo en el equipo. Para todos los demás, soy el deportista, la estrella del hockey, el ligón, el irresponsable. Alguien que solo existe para jugar y salir de fiesta. Alguien que no puede contemplar otro tipo de vida ni de relaciones.
Pero él ve a través de toda esa fachada y se ha convertido en mi familia, algo que no sabía cuánto necesitaba hasta que lo conocí a él y a su novia, Holly.
He pasado toda mi vida de un lado para otro, siguiendo las idas de olla de mi madre.
Solía decir que lo hacía por nosotros, pero es mentira.
Solo buscaba su beneficio, por eso hizo lo que hizo.
En cuanto obtuvo lo que buscaba, dejamos de existir para ella.
De modo que haber encontrado a estas personas, en parte, me salvó cuando ni siquiera sabía que necesitaba ser salvado.
Camino hacia la sala C3, donde «la nueva» me está esperando.
Sus ojos siempre me miran de una manera diferente a como lo hacen con los demás.
Me escrutan en busca de lo que mis labios callan.
Por eso intento no transmitir nada. Ni siquiera la sorpresa que me produce cuando me trata con tanta indiferencia, pues no es el trato que suelo recibir por parte de las féminas.
Entiendo que es una empleada, pero es joven, muy atractiva y se pasa el día rodeada de deportistas semidesnudos.
En ningún momento en estos días la he pillado echando alguna miradita a ninguno de nosotros.
Es como si no le atrajéramos lo más mínimo. Quizá no le gusten los hombres.
Al entrar, soy consciente de que solo estamos ella y yo.
Lo encuentro lógico, pues Grant está en su sala con otro compañero.
Supongo que esperaba que la acompañara, dado que es nueva en esto y dejarla sola con nosotros me parece un tanto irresponsable por su parte. Si algo sale mal, lo pagaremos caro.
—¿Cómo te sientes? ¿Alguna molestia? —pregunta sin levantar la vista de ese iPad que siempre la acompaña a todos lados y en el que no para de anotar cosas como la estudiante que todavía es.
—Estoy bien.
Ella asiente, aunque tarda un poco en reaccionar, enfrascada en algo que acaba de ver en la pantalla. Lo apaga y lo deja sobre su mesa.
—Voy a revisar la movilidad de los hombros, ¿vale? —anuncia sin rodeos. Su voz es firme, pero atisbo un deje de inseguridad.
—Claro.
Se acerca a mí y se da cuenta de que la diferencia de altura es un problema.
Entonces me pide que me siente en la camilla mirando hacia ella.
Toma mi brazo derecho con mucha delicadeza y lo extiende hacia el horizonte.
Ahora sus manos son firmes y precisas. Hace una serie de movimientos muy estudiados, tal cual lo haría Grant, aunque a él le confiaría mi carrera y a la novata, no.
Todo va genial, hasta que siento un ligero tirón en la parte posterior.
No digo nada. No hago muecas. Porque no me fío de ella.
Aun así, «la nueva» lo nota.
—¿Esto molesta? ¿Duele? —pregunta, sin apartar la vista de mi hombro, mientras toca un punto con su dedo índice.
—Para nada —respondo veloz.
Entonces sí me mira, directamente a los ojos, como si fuera consciente de mi mentira. Esa mirada me incomoda más que cualquier examen físico.
—Bien —dice al fin.
Continúa con su exploración y baja mi brazo de nuevo con suavidad. Regresa a su mesa y empieza a anotar cosas en su iPad. Vuelve hacia mí y repite la misma operación con la otra extremidad, esta vez sin ninguna molestia.
La tengo enfrente, a muy poca distancia.
Es muy guapa, el tipo de chica que me gusta.
Podría entrarle, tal y como hace Connor, pero ese no es mi estilo.
Yo no me meto en esos líos, no es nada profesional.
Es nuestra fisioterapeuta y paso de tener que compartir esta clase de momentos con ella después de habernos acostado y mandarla a paseo.
Porque eso es lo que yo hago y sería muy incómodo.
Unos golpes en la madera me traen de vuelta a la realidad. Grant asoma la cabeza, me saluda y cruza una mirada con «la nueva».
—Bueno, chico, vamos a ver ese hombro que te duele —anuncia mientras se acerca a mi posición.
—No me duele —gruño.
—Vamos a verlo entonces.
Paso de discutir. Extiendo mi brazo hacia delante y Grant empieza a revisarlo.
Repite los mismos movimientos que ha realizado la residente unos minutos antes, tan idénticos que no podría advertir ni una sola diferencia.
Hasta que llega a esa molestia que ella ha encontrado.
Ahora sí que no puedo controlar la mueca.
Ella sonríe con el orgullo de alguien que hace bien su trabajo.
—Era aquí, ¿verdad? —se asegura Grant.
—Sí.
—Enhorabuena. No ha sido fácil localizarlo.
Dejo de escuchar porque su conversación se vuelve demasiado técnica y empiezan a discutir sobre los ejercicios que deben mandarme. Hasta que él le pregunta qué haría ella.
«¿En serio? ¡Es la becaria, dile lo que tiene que mandarme!».
«La nueva» vacila, pero parece ganar algo de seguridad. Él escucha atentamente, hace algunas —muy pocas— correcciones y le pide que lo registre todo.
—Chaval, estás en muy buenas manos —asevera Grant de camino a la puerta.
—No sé yo…
—Cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme —le dice a su residente agarrando el pomo con la mano—. Luego nos vemos. Lennox, deja de hacerte el fuerte; Harper está para ayudar, no es el enemigo.
Me despido de él alzando la mano con desgana, aunque no sé si llega a verme porque la puerta se cierra de inmediato. Me levanto y me encamino hacia «la nueva». No pretendo intimidarla, aunque, al parecer, es justo lo que hago.
—No tenías por qué comentarle nada a Grant. Está claro que tú ya lo habías detectado.
Intento echar un vistazo a la pantalla, aunque la apaga antes de que logre leer nada.
—Mi deber es avisarlo. Solo soy una residente —responde mirándome a los ojos— y, si pasara algo, él sería el responsable, no yo. De modo que es él quien debe supervisar mi trabajo. Si hay una lesión —puntualiza— no puedo actuar por mi cuenta.
—No hay ninguna lesión —insisto.
—Esperemos que no. Nadie quiere que el jugador estrella del equipo empiece la temporada en el banquillo.
Sonrío con cierta altanería. Me gusta que me reconozca como el mejor. Aunque dudo que lo sea, y menos para ella.
—¿Entonces? ¿Vas a mandarme unos ejercicios…?
—Sí, los estaba añadiendo a tu ficha para que Jeremy pueda trabajar en ello lo antes posible y que no empieces la liga con esas molestias.
Asiento. Sigo sin fiarme de ella, aunque debo de reconocer que está siendo muy profesional y sigue el protocolo a rajatabla.
—¿Necesitas algo más?
Sé a lo que se refiere, pero no puedo evitar pensar en otras cosas.
«Echar un buen polvo estaría bien».
Sonrío de manera macarra y niego con la mirada.
—Muy bien, pues vuelve a la camilla, por favor. No he acabado contigo. Termino de indicar los ejercicios y voy.
—A sus órdenes.
Pone los ojos en blanco y sonrío. Me encanta ponerla a prueba y vacilarle. Me encanta ver cómo pierde parte de esa seguridad cuando me acerco a ella. Me encanta comprobar cómo se altera.
«No, céntrate. No es una chica que acabas de conocer en una discoteca».
Me siento mientras ella termina de hacer lo que ha dicho y luego la oigo rebuscar en varios cajones.
—Quítate la camiseta, por favor —me pide.
La sonrisa me sale sola. No obstante, cuando la tengo a ella enfrente con un rollo de kinesiotape, se me borra de un plumazo.
—No —bramo.
—Solo van a ser unos días.
—No estoy lesionado —insisto.
—Nadie ha dicho que lo estés. Pero tienes una pequeña molestia a la que más nos vale ponerle remedio antes de que se convierta en algo serio —explica con una calma que no hace más que alterarme.
—Si salgo con eso, la gente especulará. La prensa…
—Va a estar oculta por la ropa —me asegura—. De todas formas, ¿sabes cómo se calla a la prensa? Haciendo caso a tu equipo médico, a tus entrenadores y jugando bien.
—Parece que no tienes ni idea —mascullo.
—Créeme. Sé de lo que hablo —contraataca. La tía es dura de pelar.
—Lo dudo.
Se cruza de brazos.
—¿Qué problema tienes conmigo?
—Que no te conozco de nada.
Por cómo me mira, parece que acabara de darle una patada. Su gesto se suaviza, o se entristece, no sé. Parece menos a la defensiva que antes.
—Tranquilo, le diré a Grant que se encargue de ti. Así estarás con alguien de confianza.
—Te lo agradezco.
—Perfecto, ahora lo aviso —informa apartándose para ir a buscar su preciado iPad—. Tú espera frente a su sala y pídele a Hale que entre cuando salgas, por favor.
La sigo con la mirada, pero la suya está fija en la pantalla y no vuelve a hacer contacto visual conmigo en ningún otro momento. De modo que me bajo de la camilla y salgo de la sala tras despedirme con una especie de gruñido, que ella responde sin perder los modales. No como yo.
Connor ya ha vuelto de la cafetería y espera sentando revisando algo en móvil.
El ruido lo alerta, se pone en pie y hago un gesto con la cabeza para que entre mientras yo me siento de nuevo hasta que Grant me llame para revisarme.
Porque él sí sabe, lleva años aquí y puedo confiarle mi carrera.
Aunque, cuando abre la puerta y me pide que entre, sé que la he cagado a lo grande.