La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 1. Bienvenida
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Harper

En la actualidad…

Estoy histérica.

Llevo siete meses preparándome para este momento, pero parece que cualquier técnica es inútil para enfrentarme al hecho de reencontrarme con Brady Lennox.

Nos acostamos hace tres años, cuando él todavía estaba en la universidad, y yo no podía imaginar que algún día llegaría a ser una de sus fisioterapeutas.

En un principio no estaba convencida de realizar la residencia en este equipo, pues mi hermano, Matthew Queen, es el general manager y no quería que alguien pudiera pensar que yo no entraba por méritos propios.

Él me estuvo insistiendo durante bastante tiempo para que solicitara plaza en los Phantoms y, aunque siempre me negaba a ello, por alguna extraña razón —más bien, por miedo a quedarme sin opciones—, decidí enviarles mi solicitud.

El día de la entrevista entré en aquella sala de reuniones con el estómago hecho un nudo. Me senté recta, con las manos entrelazadas sobre el regazo, vestida de forma clásica y neutra, intentando que nada en mí llamara la atención más de lo necesario.

Grant Sanders —el fisioterapeuta jefe— repasó mi currículum con una calma que me puso aún más nerviosa de lo que ya estaba.

—Entraste en la universidad un año antes. Siempre la primera de tu promoción —expuso—. ¿Dejaste algo para los demás?

Solté una risa nerviosa y me decanté por responder la verdad:

—Quería ser la mejor.

Temí haber sonado presuntuosa. Nada más lejos de la realidad.

A Grant le gustó mi honestidad. Me explicó que recibían cientos de solicitudes en cada convocatoria, que había visto expedientes excelentes, pero que el mío destacaba no solo por las notas, sino porque, por los trabajos que había realizado, se notaba que tenía claro a lo que deseaba dedicarme.

—No queremos que te vayas a otro equipo. Estamos dispuestos a mejorar las condiciones habituales de este puesto —planteó, descolocándome por completo.

Justo lo que no quería: privilegios.

Cuando me mostró el borrador del contrato, entendí que aceptar eso significaría cargar con la sombra de mi apellido desde el primer día. No iba a permitirlo.

—Creo que debería pensarlo —titubeé.

Grant me observó sorprendido.

—¿Qué necesitas para quedarte? —preguntó sin rodeos.

Fue entonces cuando decidí sincerarme, aunque eso significara perder la oportunidad de trabajar allí.

—No quiero privilegios. No quiero que nadie piense que estoy aquí porque mi hermano me ha enchufado.

Grant frunció el ceño, revisó de nuevo los papeles y murmuró mi nombre en voz baja: «Harper Queen».

—¿Matthew es tu hermano?

Asentí, avergonzada. Él negó con la cabeza.

—No tenía ni idea. Yo seleccioné tu expediente sin saber quién eras. Y pedí que mejoraran las condiciones porque no quería perderte como profesional.

Al verme todavía reticente, me prometió que hablaría con dirección con tal de que mi apellido solo apareciera donde fuera estrictamente necesario y que, dentro del club, yo podría ser solo «Harper».

—Nada de privilegios —aseguró, sonriendo—. Pero prométeme que te lo pensarás.

Al final acepté. Sin embargo, antes de irme, pedí un par de cambios en el contrato.

Porque si iba a quedarme sería con las mismas condiciones que cualquier otro residente de los que hubieran tenido con anterioridad a mí.

Porque si había logrado ese puesto era por mi esfuerzo, por lo que había construido yo sola, no por ser «la hija o la hermana de».

El primer día me presentaron al personal con el que iba a tratar y Grant me dio acceso a multitud de historiales de todos los jugadores.

Según él, era mejor que aprovechara ese tiempo antes de trabajar directamente con ellos para aprenderme cada detalle que aparecía en sus fichas: nombres, edades, enfermedades, lesiones, bajas, etcétera.

El trabajo me pareció tedioso, pero tenía sentido.

Hace unos días, empezaron a aparecer jugadores regresando de sus vacaciones para los primeros entrenos.

No obstante, yo seguía estudiando sus historiales mientras el equipo médico se encargaba de evitar lesiones en los jugadores que más habían abandonado el deporte durante el verano.

Aún no había podido trabajar directamente con ellos, pero Grant me aseguraba que, en cuanto empezaran de verdad, iban a necesitar mi ayuda y, para entonces, debía conocer el historial de todos ellos mejor que el mío propio.

A veces, me dejaban acompañarlos, iPad en mano, y me explicaban paso a paso todo lo que hacían y por qué. Yo los seguía tomando notas de todo, fijándome en cada detalle y tratando de recordar sus nombres de las fichas que había tenido que memorizar.

Durante el poco más de un mes que llevo trabajando en los Phantoms, los compañeros con los que más tiempo he pasado hasta ahora son Jeremy y Wesley.

El primero es el preparador físico. Tiene la edad de mi hermano Matt y se muestra bastante colaborador conmigo.

Es amable y respetuoso con todos. El segundo, en cambio, siempre me mira con hastío, como si le molestara que yo estuviera aquí.

Es fisioterapeuta senior y lleva años trabajando en esto, muchos de ellos en este equipo.

Cada vez que me acerco a él para comentarle algo o hacerle alguna pregunta, me obligo a respirar profundo varias veces y a contar hasta cinco —o cincuenta— para no decirle a la cara lo absurdamente gilipollas que es.

Porque él tiene un puesto fijo, mientras que yo estoy aquí como residente y soy prácticamente una universitaria.

En caso de conflicto, ¿quién tiene las de perder?

Pues eso. Me muerdo la lengua y le demuestro que soy una profesional.

En unos minutos, Grant me llevará a conocer a los jugadores, a todos. Y eso significa que me volveré a encontrar con Brady.

Era consciente de que jugaba aquí. Me conozco de memoria la plantilla de los equipos de mis hermanos.

Y él es la estrella. Dejé su historial para el último lugar y me tembló el cuerpo al ponerme con él.

Sentía que estaba accediendo a una parte demasiado privada de su vida, algo que no me ocurrió con los demás.

«A los demás no los conociste en profundidad».

Asco de conciencia.

¿Cómo reaccionará él al verme? ¿Se sentirá tan incómodo como yo?

Me muerdo el labio y oigo unos golpes en la puerta. Un segundo después, mi jefe asoma la cabeza y distingo a mi hermano a su lado. Chasqueo la lengua.

—¿Lista?

—¿Tiene que venir él? —murmuro mientras salgo de la sala C3.

Tal y como acordamos, mi hermano finge no conocerme y creo que todo el mundo se ha tragado la mentira. Por eso me extraña que esté aquí.

—Vengo a darte apoyo, lo hago con muchos otros empleados, no solo contigo.

Pongo los ojos en blanco.

Caminamos durante unos minutos. Esto es enorme, no obstante, nuestra zona de trabajo no está muy alejada de la pista, por lo que llegamos relativamente rápido.

Un olor muy familiar me golpea cuando entro en el vestuario.

Los sonidos se mezclan: risas, música alta desde un altavoz, choques de sticks contra el suelo…

Los jugadores se giran hacia nosotros, quienes empiezan a examinarme, unos con interés, otros con desconfianza.

Pero todos con curiosidad. Las risas pasan a ser un murmullo y el ruido empieza a desvanecerse.

—Apagad la música un momento, chicos —pide mi hermano.

Lo obedecen enseguida, se nota que lo respetan.

Aunque ahora, en el silencio, todos son conscientes de mi presencia y clavan sus ojos en mí. Empiezo a sentir que el aire se agota, como si estos monstruos de casi dos metros se lo llevaran todo y no dejaran nada para el resto.

—Bueno, ahora que tenemos vuestra atención, quería presentaros a Harper —empieza a decir Grant—. Algunos ya la conocéis, se ha incorporado este año al equipo médico como residente de fisioterapia.

Veo algunas sonrisas y otras caras que no sabría definir. Supongo que la presencia de Matt hace que algunos se callen lo que realmente piensan.

—Estará conmigo y con Wesley —continúa—, pero no os creáis que ha venido a tomar notas como hasta ahora. Tiene formación y experiencia más que suficiente para trabajar con cualquiera de vosotros si la necesitáis.

—Perdón… —Alguien empuja a mi hermano y entra en el vestuario a toda prisa sin fijarse en que todos sus compañeros estaban atentos a nosotros.

—Lennox, ¿otra vez tarde?

«Lennox».

Sí, es Brady. Siento frío de repente y creo que me tiembla el labio. Se gira hacia mi hermano y repara en mí y en Grant. Contengo la respiración a la espera de su reacción, que no es otra que observarme sin decir nada. Luego se gira hacia Grant, y de nuevo hacia Matt.

—Si hubieras llegado a tu hora, sabrías que Harper es la nueva fisioterapeuta —apunta mi hermano con hastío, como si estuviera harto de él.

Vuelve a clavar sus ojos en mí con cierta desaprobación. O no me reconoce o finge no hacerlo. Pero, sea lo que sea, no le gusta esa información que acaba de recibir.

—Es una chica —responde. Sus compañeros estallan en risas.

—Bravo, Lennox. Ya nos habíamos dado cuenta, pero muchas gracias por aclarárnoslo. Ahora ya no nos queda la menor duda —bromea uno de ellos. Connor Hale. Debe de ser el gracioso del grupo.

Por el rabillo del ojo diviso a un jugador ponerse en pie y acercarse a mí. Duncan Harris. Lo conozco, es el novio de mi amiga Holly. Una chica de East Harbor, como Madison, Jay o Charlotte. Podríamos decir que todos estamos en el mismo grupo.

Su carrera empezó en Europa, aunque el año pasado pudo fichar por los Phantoms y estar cerca de su familia. Yo también me alegro de que esté aquí.

Me estrecha la mano con una sonrisa y me guiña un ojo cuando nadie lo ve.

—Bienvenida al equipo. Yo soy Harris.

—Gracias. Lo sé, me han tenido ocupada estudiando historiales.

Él asiente y le agradezco con la mirada que finja no conocerme en absoluto. Es algo que también le supliqué y, aunque él no lo veía necesario, se comporta como el amigo que es con los suyos.

Poco a poco, unos cuantos más vienen a estrecharme la mano o chocarme los cinco y, aunque haya dejado claro que sé el nombre de todos ellos, me lo repiten por si acaso.

Mi hermano, viendo el buen recibimiento, nos abandona alegando que tiene mucho trabajo.

Pero, en cuanto desaparece, aquellos que estaban fingiendo su simpatía se quitan la máscara.

—Grant, supongo que no confiarás nuestro estado físico a la becaria.

—Eso, a ver si nos vamos a quedar sin jugar.

—¿Ha terminado la carrera?

—Chicos —les llama la atención mi jefe—, voy a hacer como que no he oído nada, ¿de acuerdo?

Nos ha costado mucho que aceptara quedarse aquí porque con su expediente podía irse a cualquier sitio.

Es la mejor, ¿vale? Así que espero que la tratéis con el respeto que se merece porque, como alguno de vosotros haga que quiera irse, entonces sí que os podéis despedir de vuestra carrera en el hockey.

Lo miro alzando las cejas. Me impresiona que me defienda de esta manera y recupero la confianza en mí misma que algunos de estos chicos me habían intentado robar. Jonas Tully, el entrenador, entra en el vestuario con su habitual silbato colgado del cuello y su iPad en una mano.

—Bueno, ya habéis conocido a Harper. Chicos, nos conocemos. No quiero tonterías. Y con «tonterías» me refiero a que ni se os ocurra molestarla, incomodarla, acosarla o insultarla. Y, por favor, como vea un solo meme, se os va a caer el pelo. ¿Entendido? ¿Hale? ¿Lennox? ¿Dalton? Os estaré vigilando.

—¡Eh! —protesta Connor Hale al instante con una falsa expresión de ofendido.

Los otros dos esbozan una mueca mostrando su disconformidad, pero no se enfrentan directamente a él.

—Creo que tú y yo nos podemos marchar de aquí —murmura Grant cerca de mí, como si pretendiera que nadie más lo oyera—. Bueno, chicos, nos vemos en breve.

—¡Esperemos que no! —exclama Leif Magnusson, el capitán. Nos dedica una media sonrisa porque entiendo que se refiere a que no quiere lesionarse.

Salimos del vestuario, pues ya hemos terminado lo que veníamos a hacer y Tully supongo que tendrá cosas que hablar con ellos. Cosas de entrenadores, ¿qué sé yo?

No puedo decir que el primer contacto oficial con la plantilla haya sido un éxito.

Me queda claro que a algunos no les hace gracia que esté aquí, bien por mi falta de experiencia, bien por ser mujer.

Pero no dejaré que su actitud me hunda y voy a demostrarles que soy tan válida como mis otros compañeros.