La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) Prólogo
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Prólogo

Harper

Hace tres años…

Siempre me han gustado los deportistas. No sé si el hecho de haber crecido rodeada de ellos ha influido en esto.

Quizá opináis que es algo común, pero no tiene que ver con que sean guapos, engreídos y tengan un cuerpazo.

Es algo muy instintivo y primario. Segregan alguna clase de feromona que detecto al instante.

El primero de todos ellos fue un amigo de mi hermano Calvin que jugaba al fútbol con él. Me pasé casi todo el instituto suspirando por ese amor imposible porque yo solo era la hermana pequeña, mientras que él tenía un ejército de animadoras haciendo cola para meterse en su cama.

Seguramente por esa especie de «feromona especial para Harper» que segregan los deportistas, a él lo detecté incluso antes de decirme su nombre.

Llevaba un rato intentando de mil maneras que la camarera del pub de East Harbor me hiciera caso y me sirviera una última ronda de margaritas.

Me estaba divirtiendo demasiado con mis amigas como para regresar a casa tan pronto.

Sentí su cuerpo rozando «accidentalmente» el mío y me giré hacia él.

—Tres margaritas, por favor —pidió, atrayendo la atención de todas las chicas que nos encontrábamos en la barra, empleadas o no.

—¡Eh! A la cola, guaperas —protesté, aunque mi enfado pareció no afectarle, ya que el repaso que le di le indicó otra cosa completamente opuesta. Era deportista, seguro.

—Son para ti y tus amigas —respondió con esa sonrisa arrogante y seductora con la que ya había logrado mojarme las bragas—. Es lo que estabas pidiendo, ¿no?

—¿Gracias? —balbuceé.

—Soy Brady —se presentó, y antes de esperar respuesta alguna por mi parte desvió la vista hacia otros dos chicos situados a su lado—. Y ellos son Zach y Owen. Estamos de despedida de soltero.

—¡Vaya! ¿A quién tengo que darle la enhorabuena? O el pésame…

Me quedó clarísimo, por la cara de funeral que puso uno de ellos, quién era el que iba a casarse. Los otros dos se desternillaron.

—¿Y tú cómo te llamas? —preguntó Brady.

—Harper.

Él asintió y su mirada se volvió más intensa.

Era como si me estuviera hechizando, algo que no le hacía falta.

El chico era guapo, estaba cañón y tenía unos ojos verdosos que me atraparon al instante.

Y era deportista, no vayamos a pasar por alto ese detalle.

No me lo había dicho aún, pero estaba segura de ello.

—¿Dejas que os hagamos compañía un rato, Harper? —preguntó con esa voz seductora que me estaba desarmando.

Iba a responder que sí, pero me acordé de que tanto Charlotte como Madison tenían pareja y debía asegurarme de que no fueran a incomodarlas.

—¿Solo queréis compañía? —tanteé—. Porque os advierto que mis amigas son intocables.

Sus colegas soltaron un bufido, pero Brady los ignoró.

—¿Y tú?

Tragué saliva.

—Respóndeme una cosa. ¿A qué te dedicas?

Dejó escapar una risa que impactó en todo mi interior.

—Estamos en la universidad aún. En el equipo de hockey. —¿Veis? ¿Tenía razón o no?—. Mi sueño es entrar en la NHL algún día, aunque, de momento, no me queda otra que servir cafés a jóvenes resacosos.

Deportistas. Si es que los atraigo como moscas. Y ellos a mí. Desvié mi vista hacia mis amigas durante unos segundos. No se merecían esa encerrona. Habíamos salido a pasárnoslo bien. No obstante, tenía más que claro que no iba a dejar escapar un buen revolcón.

—Está bien —claudiqué—. Podéis uniros, pero os advierto…

—Tranquila. Este se va a casar y el otro tiene novia.

Asentí.

La camarera puso delante de mí tres margaritas y le entregué el dinero.

—Ahora os llevamos las copas, tranquila. En cuanto nosotros tengamos las nuestras.

Regresé a la mesa, donde Madison y Charlotte me esperaban. Ambas parecían buscarme con la mirada por si me había perdido.

A la primera la conozco porque siempre ha vivido en East Harbor y coincidíamos los veranos cuando pasaba meses enteros en casa de mi abuela.

También es amiga de Jay, mi… compañero de piso e inquilino por aquel entonces, aunque también es un gran amigo.

La segunda era su novia. Actualmente, su esposa.

—¡Chicas! Ahora nos traen refuerzos —expliqué mirando hacia la barra y saludando a los deportistas universitarios.

—Harper, tía…

—¿Qué?

—Charlotte y yo tenemos novio.

La última se atragantó con su propia saliva y empezó a toser de manera exagerada. Tanto que la gente de varias mesas se giró a ver qué ocurría y algunos incluso se levantaban por si necesitaba ayuda.

—¿Estás bien? —me interesé.

—Sí. —Tosió un poco más—. Ya está.

—Tranquila, ahora nos traen los margaritas. Los he pagado yo —añadí con cierto retintín.

—Ah, bueno, entonces solo tenemos que darles conversación a los amigos de tu ligue —ironizó Madison.

—Solo vienen a tomarse una copa con nosotras. Están de despedida de soltero. Uno de ellos tiene novia y el otro está a punto de casarse, no van a entraros.

Las chicas hablaban entre ellas, pero no era capaz de prestarles atención, pues no podía hacer otra cosa que babear por ese adonis. Iba a ser una gran noche.

Cuando los chicos llegaron, se notó la incomodidad y me sentí mal por provocar aquella situación.

Me pareció evidente que, aunque ellos tuvieran pareja, iban con el claro objetivo de liarse con alguna.

«Menudos capullos». No sé lo que hablaron mientras esperaban sus bebidas, pero en ningún momento intentaron nada con ellas.

No obstante, tras terminarse los margaritas, Madison y Charlotte coincidieron en que era hora de regresar a casa y ellos se ofrecieron a acompañarlas.

Más tensión.

Al final, Brady tomó las riendas del momento y se comportó como el único hombre decente y responsable al proponer que él nos llevaría a las tres.

—¿Cómo vamos a volver nosotros a casa, capullo?

—Estás abandonando a tus amigos por un polvo cualquiera.

Los energúmenos de sus colegas no paraban de quejarse y de soltar mierda para evitar que se llevara el coche, pero a él pareció darle igual. Estaba decidido a salir de ahí conmigo y sabía que, si dejaba a mis amigas con ellos, yo no me iría.

—Luego vuelvo a buscaros. O pedid un taxi, ratas —les gruñó—. Ladies … —se dirigió a nosotras, que estábamos absortas viendo el lamentable espectáculo.

Nos pusimos en marcha. Madison y Charlotte iban delante, una al lado de la otra, mientras Brady y yo no podíamos evitar manosearnos de camino al coche.

Nos detuvimos frente a un antiguo Jeep y las chicas se subieron a la parte de atrás.

Le indiqué al deportista la dirección donde deberíamos dejar a Madison y que Charlotte venía con nosotros porque vivíamos en la misma casa.

Al aparcar, la última salió escopetada como si tuviera mucha prisa por llegar.

—Al fin solos —murmuró Brady, desabrochándose el cinturón y comiéndose el espacio entre nosotros.

Sus labios atacaron los míos tras demasiado tiempo esperando el momento.

Las ganas eran tantas que tuvimos que parar y entrar en casa antes de que empezara a ser un espectáculo solo para mayores de edad.

Era tarde, pero en ese pueblo corrían rumores con mucha facilidad y a nadie le importaba lo que yo hacía con mi vida.

Entramos en casa y subimos hasta mi habitación sin encender ninguna luz y sin separarnos, lo cual nos llevó a darnos varios golpes contra las paredes.

Cuando alcanzamos la habitación, la pasión se desató.

Y solo diré una cosa: había estado con muchos deportistas, pero ninguno me regaló una experiencia tan brutal como esa.

Obtuvo, sin lugar a duda, el calificativo de «mejor polvo de toda mi vida». Lástima que no fuera a repetirse porque no iba a volver a ver a ese pedazo de semental nunca más.

O quizá estaba equivocada.