LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

En el último cuarto del partido, el equipo contrario intentó una reacción desesperada. Anotaron tres tiros largos seguidos, reduciendo la diferencia a solo cuatro puntos. La tensión en el pabellón aumentó. La afición local se puso en pie, gritándonos palabras de ánimo.

Faltaban solo dos minutos en el reloj. Estaba jadeando, sintiendo el cansancio normal del esfuerzo, pero mi mente estaba concentrada. Necesitaba cinco puntos más para alcanzar el objetivo de la apuesta con Sean.

Ryan botó el balón en el centro de la pista, pidiendo nuestra última jugada planeada. Corrí por la línea de fondo, aproveché un bloqueo muy bien hecho de Gavin para librarme de los dos defensas y salí disparado hacia la esquina de la cancha. Ryan vio el hueco y lanzó el balón.

Recibí el pase, no dudé ni un segundo y salté para tirar un triple. El balón cortó el aire y cayó dentro de la canasta. El sonido de la red moviéndose quedó ahogado por el grito de la grada. Siete puntos de ventaja.

En los segundos finales, el rival falló su tiro, Gavin cogió el rebote y me lanzó el balón al contraataque. Corrí solo hacia la canasta, salté y rematé con un mate firme, asegurando la victoria absoluta.

La bocina sonó con fuerza. El partido se había acabado.

El pabellón se convirtió en una fiesta. Ryan corrió hacia mí y saltó, chocando contra mi hombro. Gavin llegó justo detrás, abrazando a todo el mundo. Saludamos a los jugadores contrarios en el centro de la pista, en un gesto de respeto, y luego fuimos a dar las gracias a los aficionados.

En cuanto terminó la formalidad, no esperé a las cámaras de la retransmisión. Caminé directo a la banda.

Sean estaba de pie, sonriendo de oreja a oreja. La camiseta del equipo le sentaba increíblemente bien. Daisy estaba grabando el momento con su teléfono, pero yo ignoré la lente de la cámara.

Me paré frente a él, llené mis pulmones de aire y apoyé las manos en el acrílico.

—Treinta y dos puntos en la cuenta del capitán —anuncié, con la voz un poco ronca por el cansancio—. Creo que hoy he ganado una apuesta.

Sean negó con la cabeza, riendo. No le importaron las miles de personas a su alrededor ni los fotógrafos que ya estaban enfocando sus objetivos en nuestra dirección. Simplemente inclinó su cuerpo hacia delante, apoyó las manos en mis hombros por encima de la barrera y me besó.

Fue un beso rápido, pero cargado de cariño y orgullo. El público que estaba lo suficientemente cerca como para ver la escena empezó a aplaudir. Los aplausos se extendieron por las filas de atrás. Ya no éramos un secreto ni un rumor de internet. Éramos una realidad aceptada y muy feliz.

—Vale, has ganado —dijo Sean, separando su cara de la mía y sonriendo—. El baloncesto es un deporte muy difícil y requiere mucha habilidad. Lo admito. Eres el mejor jugador que conozco.

—Es la segunda vez que te hago admitir eso —le provoqué—. Le estoy empezando a coger el gusto a esta tradición.

Sarah apareció a mi lado con su tablilla de siempre, tocándome el brazo.

—Siento interrumpir el momento romántico, pero la rueda de prensa oficial está a punto de empezar. Los periodistas te están esperando, Luke.

Suspiré, sabiendo que las obligaciones profesionales debían cumplirse. Miré a Sean.

—Dame veinte minutos. Me daré una ducha rápida, hablaré con los reporteros y nos vamos.

—Sin prisa, estrella. Daisy y yo comeremos palomitas mientras esperamos.

Fui al vestuario con el equipo, me di una ducha rápida y me puse unos pantalones de sarga negros y una camisa gris limpia.

La rueda de prensa fue tranquila. Nuestro entrenador respondió sobre las estrategias del partido, Ryan habló sobre el reparto de asistencias y los periodistas me preguntaron sobre mi rendimiento en la temporada.

—Luke, estás batiendo tus propios récords personales este año. ¿Cuál es el secreto para mantener este nivel de excelencia en la cancha? —preguntó un famoso reportero deportivo, apuntándome con su grabadora.

Miré a los fotógrafos y sonreí, recordando la conversación que tuve con Sean en el aeropuerto de Italia.

—No hay ningún secreto, solo mucho trabajo en equipo y una mente tranquila —respondí con sinceridad—. Cuando uno es feliz fuera de la pista, el juego fluye mucho mejor ahí dentro. Ahora tengo un sistema de apoyo increíble, y eso marca la diferencia.

La respuesta generó comentarios positivos en la sala. Sarah me hizo un gesto de aprobación desde la esquina. Terminé mis obligaciones con los medios y caminé por el pasillo exclusivo hasta el aparcamiento subterráneo del estadio.

Sean estaba apoyado cerca de mi coche. Estaba hablando con el guardia de seguridad del aparcamiento. Cuando me vio, saludó y se despidió del empleado.

—¿Dónde está Daisy? —pregunté, desbloqueando las puertas del coche.

—Gavin se enteró de que se sabe todas sus estadísticas y se quedó impresionado. La invitó a comer hamburguesas con el resto del equipo en un restaurante de aquí cerca. Ella se estaba volviendo loca con la invitación. Creo que no vamos a ver a Daisy en un buen rato.

—Gavin no pierde una oportunidad. —Me reí, abriéndole la puerta del copiloto a Sean.

Entré en el asiento del conductor y arranqué el coche.

La salida del aparcamiento fue facilitada por el equipo de seguridad del estadio.

En pocos minutos, estábamos cruzando las calles iluminadas de la ciudad, lejos del ruido y la multitud del pabellón.

La radio reproducía una canción a un volumen muy bajo.

El ambiente dentro del coche era de pura tranquilidad.

—Hoy has jugado muy bien —dijo Sean, rompiendo el cómodo silencio. Estaba mirando las luces de los edificios por la ventanilla—. Esa jugada del final, en la esquina de la cancha, fue muy inteligente.

Le miré rápidamente antes de volver a centrar mi atención en el tráfico.

—Estás aprendiendo los términos técnicos, chico de la hoja de cálculo. Dentro de nada estarás dándole consejos de estrategia al entrenador Blake.

—No tientes a la suerte. Sé lo básico para seguir el partido, pero mis conocimientos todavía se resumen a: el balón tiene que entrar en el aro.

Nos reímos. La dinámica entre nosotros seguía siendo exactamente la misma que en el viaje. La provocación era nuestro idioma principal, pero ahora venía cargada con meses de rutina, convivencia e intimidad.