CAPÍTULO 10
Luke
El pabellón principal de nuestra ciudad palpitaba. Era viernes por la noche, a mediados de la temporada regular de la liga de baloncesto, y las gradas ya estaban abarrotadas mucho antes del pitido inicial.
Dentro del vestuario del equipo, la energía era la de siempre.
Gavin estaba intentando enseñarle un paso de baile nuevo a Ryan, que fracasaba estrepitosamente mientras reía a carcajadas.
Los demás jugadores charlaban, se ajustaban las zapatillas y bebían agua.
Yo estaba sentado en mi banquillo, con el móvil en la mano y sonriendo a la pantalla iluminada.
—Vuelve a sonreírle al aparato. —Ryan me señaló, dejando de bailar y negando con la cabeza—. El gran capitán ha perdido toda su pose de tipo duro. El amor transforma a las personas. Es algo muy bonito de ver.
—Deja al jefe en paz, Ryan. —Gavin le lanzó una toalla doblada a su amigo—. Tiene un buen motivo para sonreír. Si yo tuviera un novio que me trajera dulces al final del entrenamiento, también me pasaría la vida sonriéndole al móvil.
Bloqueé la pantalla del dispositivo y me lo guardé en el bolsillo del pantalón de calentamiento.
—Tenéis mucha energía para alguien que va a jugar cuarenta minutos de baloncesto dentro de nada —provoqué, levantándome del banquillo y estirando los brazos—. Y Sean no me trae dulces a mí, Gavin. Te los trae a ti, porque dice que necesitas azúcar para seguir siendo el alivio cómico del equipo.
Ryan soltó una gran carcajada.
—Sean es el mejor fichaje que ha tenido este equipo. El tipo sencillamente ignora todos tus aires de estrella.
La puerta del vestuario se abrió y entró Sarah.
Llevaba su tableta de siempre, pero su expresión era infinitamente más relajada que en los tiempos del torneo en Italia.
Los últimos meses habían sido una verdadera montaña rusa en los medios, pero las aguas se habían calmado de una forma increíblemente positiva.
Cuando volvimos de Roma, la foto borrosa del callejón seguía circulando.
En lugar de montar un escándalo e intentar ocultar la verdad, tomamos una decisión diferente.
Simplemente no ocultamos nada. La primera vez que salimos a cenar en Estados Unidos, caminamos uno al lado del otro.
Cuando aparecieron los fotógrafos, le cogí de la mano.
No hubo declaración oficial, nota de prensa ni entrevista dramática.
Nos limitamos a vivir nuestra vida. Y la respuesta del público fue sorprendente.
A la gente le encantó la dinámica. Y lo más importante: la atención siguió centrada en mi rendimiento en la pista.
—Luke, los pases VIP ya están liberados —dijo Sarah, parándose frente a mí—. Sean ya está en la primera fila. Y ha traído a una amiga suya.
Sonreí abiertamente.
—¿Daisy por fin ha venido a un partido? Esto va a ser interesante. Se vuelve loca con cualquier cosa relacionada con el baloncesto.
—Le estaba pidiendo un autógrafo al de seguridad de la puerta cuando pasé por su lado, está un poco loca. —Sarah puso los ojos en blanco, pero tenía una pequeña sonrisa en los labios—. Céntrate en el partido, Luke. Hoy tenemos a nuevos patrocinadores viéndonos.
El entrenador Blake entró justo después y el ambiente del vestuario cambió al modo de concentración total.
El entrenador repasó las estrategias principales, recordó al equipo los puntos débiles de la defensa contraria y exigió velocidad en la transición del balón.
Nos reunimos en el centro, entonamos el grito de guerra del equipo y corrimos hacia el túnel de acceso a la cancha.
El ruido de la afición me golpeó como una ola de energía. El pabellón brillaba. Las luces, los colores de nuestro equipo pintados en las gradas, los locutores anunciando los nombres de los jugadores. Salí corriendo a la pista, saludando a los fans, y fui directo a la zona de calentamiento.
Pero mis ojos no buscaban la canasta. Estaban escaneando el lateral de la pista.
Justo detrás del banquillo, en la fila más privilegiada del pabellón, estaba mi chico de la hoja de cálculo.
Sean llevaba una camiseta oficial del equipo con el número diez estampado en la espalda, mi número.
Verle con mi camiseta me seguía provocando un vuelco en el corazón.
Estaba relajado, charlando con la chica sentada a su lado.
Daisy era exactamente como me la imaginaba. Llevaba una gorra del equipo, sostenía un vaso gigante de refresco y miraba a los jugadores calentar con los ojos muy abiertos, como si estuviera en un parque de atracciones.
Cogí un balón de baloncesto, lo boté dos veces contra el suelo y caminé hacia ellos.
Cuando Sean me vio acercarme, esbozó esa sonrisa burlona que tanto me gustaba y se cruzó de brazos.
—Mira quién ha decidido dejarse ver —dijo Sean, con la voz clara a pesar del ruido del estadio—. El tirador estrella del equipo. Espero que hayas entrenado mucho, porque he cancelado una reunión importantísima de marketing para estar hoy aquí.
—Trabajas desde casa los viernes, Sean —respondí, deteniéndome frente a la barrera acrílica y apoyando las manos en ella—. Tu reunión consistía en jugar a la videoconsola en el sofá.
—Detalles técnicos. —Me guiñó un ojo—. Luke, esta de a mi lado que está casi a punto de desmayarse es Daisy. Daisy, este es el gigante que ocupó mi espacio en el avión.
Daisy se levantó de la silla de un salto, casi tirando el vaso de refresco.
—¡Dios mío, eres mucho más alto en persona! —exclamó, ajustándose la gorra y tendiéndome la mano a toda prisa—. Es un placer inmenso conocerte, Luke. Soy tu mayor fan. Me sé de memoria tus estadísticas de las tres últimas temporadas.
Le estreché la mano, soltando una risa sincera.
—El placer es mío, Daisy. Sean habla mucho de ti. Me alegro de que por fin hayas podido venir a ver un partido nuestro.
—Intenté venir el mes pasado, ¡pero las entradas se agotan en minutos! Y el desagradecido que tengo al lado se niega a pedir pases VIP todas las semanas porque dice que no quiere parecer un aprovechado.
—Me gusta mantener mi independencia financiera —se defendió Sean, fingiendo ajustarse el cuello de la camiseta del equipo—. Pero hoy la ocasión es especial.
—Sí, es muy especial —asentí, mirando fijamente a Sean—. He hecho una apuesta con Ryan. Si anoto más de treinta puntos hoy, Sean tendrá que admitir públicamente que el baloncesto es el deporte más difícil del mundo.
Sean puso los ojos en blanco, pero la sonrisa seguía ahí.
—¿Treinta puntos? Tienes mucha confianza, capitán. ¿Y si no anotas treinta puntos? ¿Cuál es tu castigo?
—Si no los anoto, me paso el domingo entero viendo documentales de béisbol contigo, sin quejarme ni una sola vez.
—Trato hecho. —Sean me tendió la mano por encima del acrílico y nos estrechamos las manos, sellando la apuesta. Aproveché el momento y tiré de su mano, depositando un rápido beso en sus nudillos antes de soltarla.
Daisy soltó un gritito de emoción, llevándose la mano a la boca.
—Sois demasiado adorables. Internet tiene toda la razón en volverse loco con vosotros.
El silbato del árbitro sonó en el centro de la pista, avisando de que el calentamiento había terminado y el partido estaba a punto de empezar.
—Tengo que irme —dije, dando un paso atrás—. Prestad atención. El espectáculo va a comenzar.
—Buena suerte, estrella —me deseó Sean, volviendo a sentarse en su silla.
El partido comenzó con una intensidad altísima. El equipo rival era fuerte en defensa e intentó bloquear nuestras internadas desde el primer minuto. Pero nuestro equipo volaba. La compenetración que habíamos forjado durante los entrenamientos de la semana estaba funcionando a la perfección.
Ryan controlaba el balón con una visión de juego espectacular.
Marcaba las jugadas con las manos, indicando las posiciones, y el equipo rotaba por la cancha de forma sincronizada.
En el primer cuarto, intercambiamos pases rápidos por el perímetro, cansando a su defensa, hasta que Gavin encontró un hueco en la zona y anotó nuestros primeros puntos con una bandeja fácil.
Yo estaba decidido a ganar la apuesta. Recibí un pase de Ryan cerca de la línea de tres puntos, amagué a mi defensor echando el cuerpo hacia la izquierda, corté hacia la derecha con agilidad y salté para lanzar.
El balón describió un arco perfecto y cayó limpio en la red. Tres puntos. El pabellón vibró.
Al volver a defender, miré hacia la primera fila. Sean estaba aplaudiendo, y Daisy saltaba en su silla sosteniendo una pancarta de cartón que ni siquiera sabía que había traído.
El segundo cuarto fue un poco más físico.
El rival empezó a jugar duro, y nosotros respondimos con la misma moneda.
Recibí algunas faltas, tiré los tiros libres y mantuve el marcador a nuestro favor.
La adrenalina del partido consumía mi mente.
Era el lugar donde me sentía más vivo. Correr por la madera pulida, escuchar las zapatillas derrapando y sentir la conexión total con mis compañeros de equipo era mi rutina, pero nunca perdía la gracia.
Llegó el descanso y nos fuimos al vestuario con una ventaja de doce puntos.
El entrenador Blake no dejó que la energía decayera. Usó la pizarra blanca para dibujar nuevas opciones de ataque.
—¡No podemos relajarnos! —dijo el entrenador en voz alta—.
Van a volver con un doble marcaje a Luke para intentar frenar sus tiros.
Ryan, cuando eso ocurra, el balón tiene que rotar hacia el lado débil de la defensa.
Gavin, prepárate para recibir los pases al fondo de la pista.
Vamos a destrozar su marcaje usando la inteligencia.
Volvimos a la pista para el tercer cuarto.
La previsión del entrenador fue de lo más acertada.
Dos defensores pasaron a seguirme en cada paso que daba.
El partido se atascó más para mí, pero eso abrió un espacio gigantesco para el resto del equipo.
Ryan repartió asistencias perfectas, y Gavin anotó puntos importantes, manteniendo nuestra ventaja en el marcador.