LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Me he divertido porque eras tú —afirmó, y sus palabras salieron con una fuerza que me dejó sin aliento—.

Podríamos haber estado en aquel minúsculo asiento de avión contigo comiéndote una pasta de dudosa procedencia, o en medio de la plaza más ruidosa de Roma huyendo de adolescentes con cámaras.

Daba igual el escenario. Lo que importaba es que tú estabas allí.

Eres el chico que no finge delante de mí, que corta mi ego cuando me pongo pesado y que me hace reír de verdad.

Tú me ves. Y te aseguro que la gente de mi mundo no sabe hacer eso.

Sentí que mis defensas empezaban a desmoronarse. Su forma de hablar era tan decidida, estaba tan lleno de certeza, que todos mis lógicos argumentos sobre la distancia y el estilo de vida empezaron a parecer excusas baratas ante aquella intensidad.

—El huso horario... los viajes del equipo... —Intenté hablar, mi voz fallaba, buscando algún último pilar de razón en el que apoyarme.

—Sean. —Me soltó los brazos y sostuvo mi cara con ambas manos de forma cariñosa, su pulgar acariciando mi mejilla.

Su toque quemaba mis dudas—. Tengo dinero de sobra para comprar billetes de avión para cualquier día de la semana.

Tengo días libres en mi calendario. Me dijiste dónde está tu oficina.

Y te prometo que, si me das la oportunidad, haré que funcione.

No voy a dejar que lo mejor que me ha pasado este año se acabe frente a un panel de vuelos internacionales.

Le miré. La expresión de Luke era la misma que había visto antes de su tiro perfecto en la cancha. Estaba decidido a ganar aquella apuesta, y sabía exactamente cómo darle la vuelta al partido a su favor.

—Eres muy testarudo. No te rindes hasta ganar una discusión, ¿verdad? —susurré, sintiendo que la sonrisa me invadía el rostro en contra de mi propia voluntad. El peso que había estado cargando en todo el día simplemente desapareció, sustituido por una inmensa sensación de alivio y expectación.

—Yo nunca pierdo, chico de la hoja de cálculo. Soy el MVP, ¿lo habías olvidado?

—Tienes un ego absurdo.

—Y a ti te encanta mi ego —replicó él, con una sonrisa que le iluminó toda la cara.

No tuve más argumentos. La verdad es que no quería discutir. Quería creerlo con todas mis fuerzas. Llevé las manos a su nuca y tiré de él para darle un beso.

Fue un beso de verdad. Escondidos en un rincón del aeropuerto, sin importarnos quién pudiera pasar por el pasillo de al lado.

Me abrazó con fuerza, correspondiendo al beso con una pasión que confirmaba cada palabra de lo que acababa de decir.

La atracción física y emocional se desbordó allí, en medio del iluminado vestíbulo.

Cuando nos separamos para respirar, el aviso sonoro del aeropuerto sonó con fuerza, anunciando por los altavoces el inicio del embarque de mi vuelo.

La voz de la asistente resonó en tres idiomas diferentes. El tiempo de la burbuja italiana había terminado oficialmente.

—Es mi puerta. —Dije, ajustándome la correa de la mochila en el hombro y dando un paso atrás, sintiendo el corazón mucho más ligero que cuando llegué.

Luke volvió a ponerse las gafas de sol, arreglándose la visera de la gorra y recuperando su postura.

—Ve. Y, por favor, esta vez no te pelees con quien se siente a tu lado. No todo el mundo tiene la paciencia que tuve yo.

—¿La paciencia que tuviste tú? —Me eché a reír a carcajadas—. Querías echarme del asiento en los cinco primeros minutos.

—Detalles técnicos —se rio él.

Nos despedimos con un último y prolongado beso.

—Te mandaré un mensaje cuando aterrice —prometí, caminando de espaldas hacia el control de pasaportes para poder mirarle durante unos segundos más.

—Te lo exigiré. Buen viaje, Sean. Nos vemos la semana que viene.

Su última frase me golpeó como un perfecto choque de realidad. No era un «ya nos veremos». Era un «la semana que viene». Era un plan concreto.

Le saludé con la mano, me di la vuelta y empecé a caminar por el concurrido pasillo. Enseñé mi pasaporte, pasé por el control de seguridad y caminé hasta la puerta de embarque. El vestíbulo estaba lleno, la gente formaba filas confusas, las mismas prisas de siempre en los vuelos internacionales.

Entré en la pasarela de embarque y busqué mi asiento. Fila dieciocho. Ventanilla.

Acomodé mi equipaje, me puse los auriculares y apoyé la cabeza en el cristal, contemplando el asfalto del aeropuerto de Roma.

Esta vez, me dio igual quién se sentara a mi lado.

Mi mente estaba a miles de kilómetros de allí, viajando directo a la ciudad donde mi regreso no significaba el final de una historia, sino el comienzo de un itinerario que ninguna hoja de cálculo del mundo sería capaz de predecir.

El avión rodó y despegó. Cuando atravesamos la capa de nubes y el sol asomó con fuerza por la ventanilla, abrí el bloc de notas de mi teléfono, borré todas las tareas completadas de Italia y escribí un solo nombre en la página en blanco.

Luke Douglas.

El romance de verano había conseguido una prórroga oficial. Y yo estaba preparado para jugar todo el partido.