LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

El camino hasta mi piso fue tranquilo. Habíamos decidido pasar la noche allí para huir de cualquier bullicio en el centro de la ciudad. Aparqué el coche en mi plaza del sótano del edificio de viviendas, apagué el motor y subimos en el ascensor hasta mi apartamento.

Mi piso era amplio, con enormes ventanales que mostraban las vistas de toda la ciudad. La decoración era un poco caótica, con adornos que no pegaban entre sí. Un salón grande con sofás espaciosos y una cocina integrada. Disfrutaba mucho de mi desorden organizado.

En cuanto entramos y cerré la puerta, el ambiente cambió. La presión del campeonato y de la vida pública se quedó fuera. Allí dentro, solo éramos Sean y Luke.

Tiré las llaves en la encimera de la cocina y me quité la chaqueta, tirándola en el respaldo de una silla. Sean dejó su mochila en una esquina del salón y caminó hacia la ventana, observando el resplandor de la ciudad allá abajo.

Caminé hacia él, me paré justo detrás de su espalda y le pasé los brazos alrededor de la cintura, abrazándole por detrás y apoyando mi barbilla en su hombro. Sean se relajó al instante, apoyando su espalda contra mi pecho y sujetando mis brazos.

—¿Cansado? —preguntó en voz baja, girando un poco la cara hacia un lado.

—Solo el buen cansancio de siempre —respondí, sintiendo el consuelo de su presencia—. Hemos ganado, la temporada va genial y la persona más importante de mi vida estaba en la primera fila animándome. No podría pedir un viernes mejor.

Sean soltó una pequeña risa y giró su cuerpo para ponerse frente a mí. Llevó las manos al cuello de mi camisa, ajustando la tela de forma cariñosa, con la mirada fija en mis ojos.

—Te pones increíblemente cursi después de las victorias, capitán. ¿A dónde ha ido a parar aquel tipo arrogante que decía que los asientos del avión eran inhabitables para la gente grande?

—Aquel tipo aprendió que compartir un espacio estrecho merece mucho la pena cuando el compañero de asiento es maravilloso —repliqué, apretando un poco el abrazo en su cintura.

—Estás terrible hoy. —Sean sonrió, negando con la cabeza—. Pero tengo que confesarte una cosa.

—¿El qué?

—Esta semana miré mi antigua hoja de ruta de Roma.

La hoja de cálculo original que hice antes del viaje —confesó, con una expresión que jugaba entre la diversión y la seriedad—.

Y me di cuenta de que mi vida antes de aquel vuelo era extremadamente organizada, pero muy predecible.

Lo controlaba todo porque tenía miedo de perderme oportunidades.

Pero la mejor oportunidad que he tenido en mi vida llegó chocando contra mi pierna y quejándose de la comida del avión.

Sus palabras me golpearon con fuerza. La burla constante desapareció, dejando solo la cruda verdad de lo que habíamos construido. Éramos polos opuestos. Mi mundo era un caos expuesto, el suyo era una organización controlada. Y juntos, encontramos el equilibrio perfecto.

—¿Y cómo está tu hoja de cálculo ahora? —pregunté, con la voz más centrada.

—La hoja de cálculo actual tiene espacios vacíos a propósito —respondió, deslizando las manos desde el cuello de mi camisa hasta mi nuca—. He aprendido que el mejor itinerario es el que deja margen para la improvisación. Y pienso improvisar mucho contigo.

No necesité oír nada más.

Acerqué mi cara y acabé con la distancia entre nosotros, besando a Sean con todas las ganas que llevaba guardando desde el vestuario.

El beso fue profundo, lento al principio y luego cobrando un ritmo más ansioso.

Él abrió la boca, correspondiendo con la misma intensidad, enredando sus dedos en mi pelo.

El sabor de la victoria dio paso a una electricidad muy familiar. La conexión física entre nosotros siempre había sido espectacular, pero ahora llevaba el peso de meses de relación.

Caminé hacia delante, guiando a Sean hasta que su espalda chocó contra la fría pared junto al enorme ventanal. Soltó un suspiro jadeante contra mi boca, y yo bajé los besos por la línea de su mandíbula, explorando el lateral de su cuello, escuchando cómo le fallaba la respiración.

—Eres muy impaciente —provocó Sean, con la voz fallándole un poco mientras intentaba mantener la broma, sus manos bajando por mis hombros y agarrando mi camisa.

—Me he pasado todo el partido esperando para hacer esto, chico de la hoja de cálculo. Mi paciencia se agotó en el tercer cuarto.

Levanté la cara para volver a besarle. Él tiró del dobladillo de mi camisa, pidiendo más contacto. La noche del viernes no había hecho más que empezar, y mi silencioso apartamento era el escenario perfecto.

Mientras sentía sus manos recorrer mi espalda y la intensidad del beso se apoderaba del salón, la única certeza que pasaba por mi cabeza era que el destino tenía un excelente sentido del humor.

El peor compañero de asiento de toda mi vida se había convertido en la mejor historia de amor de mi ruta.

Y no cambiaría ni una sola línea de ese viaje.

Aquel vuelo en clase turista fue la falta intencionada más perfecta que podría haber cometido.

Y solo estábamos en la primera parte de la prórroga más larga e increíble de todas.