LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 9
80%

CAPÍTULO 9

Sean

La pantalla de mi móvil mostraba la hoja de cálculo del viaje totalmente completa.

Todas las casillas estaban marcadas con un check verde de completado.

El Coliseo, el Panteón, la Fontana di Trevi, las galerías de arte, la pizzería escondida, la tienda de discos antiguos.

Lo había hecho todo. Mi itinerario, planeado durante meses enteros en mi pequeño apartamento, había llegado a su fin.

Y, sin embargo, mientras miraba la brillante pantalla, sentado en el borde de la cama de mi habitación de hotel, lo único en lo que podía pensar era en las cosas que no estaban escritas allí.

Las dos últimas semanas en Roma habían sido un verdadero y maravilloso delirio.

Una de esas historias que lees en un libro de verano y piensas que nunca ocurrirían en la vida real.

Después de la épica victoria de Luke en el primer partido, el torneo continuó con una energía surrealista.

La selección estadounidense fue avanzando, aplastando a sus rivales uno a uno, y Luke jugó de una forma que la prensa deportiva calificó de «histórica».

Fui a tres partidos más. No volvió a guiñar el ojo en la pantalla, lo que fue un enorme alivio para mi salud mental y para la presión arterial de Sarah, pero nuestras miradas secretas en la pista continuaron.

Habíamos desarrollado un lenguaje propio.

Una sonrisa disimulada a la hora de calentar.

Un rápido saludo cuando se marchaba hacia el túnel del vestuario.

Era divertido, emocionante y me tenía el corazón acelerado todo el tiempo.

Y nuestras noches... ah, las noches fueron el verdadero giro de guion de mis vacaciones.

Nos convertimos en especialistas en huir de los medios de comunicación.

Ryan se convirtió en nuestro mayor cómplice, siempre creando distracciones con Gavin en la puerta principal del hotel del equipo para que Luke pudiera salir por la parte de atrás.

Paseábamos por Roma de madrugada, cuando la ciudad estaba vacía y las plazas históricas parecían pertenecernos solo a nosotros dos.

Tomamos más helados de los que permiten las leyes de la nutrición, nos reímos hasta que nos dolió la barriga sentados en antiguas escalinatas y nos pasábamos horas escondidos en mi habitación, creando un mundo en el que no existían fans histéricas, periodistas deportivos ni agencias de marketing digital.

Fue perfecto.

Pero ahora el torneo había terminado. El equipo estadounidense había levantado la copa de campeones la noche anterior con una inmensa celebración.

El sol estaba saliendo ahí fuera, iluminando la calle principal por última vez, y mis maletas abiertas en el suelo de la habitación eran un cruel recordatorio de que la realidad estaba llamando a la puerta.

Las vacaciones se acaban. Los romances de verano se acaban. Esa era la regla número uno de cualquier viaje.

Me levanté de la cama y solté un largo suspiro, empezando a recoger la ropa esparcida y a doblarla para que cupiera en mi equipaje.

Mi mente, siempre tan lógica y organizada, intentaba hacer un trabajo de protección emocional.

Necesitaba poner los pies en la tierra. Luke era increíble.

Era divertido, encantador, atento, y la química entre nosotros era algo fuera de lo normal. Pero también era Luke Douglas.

Pronto volvería a mi oficina, a responder correos electrónicos, a lidiar con clientes ansiosos y a intentar cumplir los objetivos de las campañas publicitarias.

Él se subiría a jets privados, recorrería Estados Unidos para la temporada oficial de la liga de baloncesto, jugaría en estadios para miles de personas y sería el rostro de marcas millonarias.

Nuestros mundos habían chocado en clase turista por un error del universo, pero ahora teníamos que retomar nuestras rutas originales.

No era tan ingenuo como para pensar que una estrella en la cima de su carrera tendría tiempo o espacio para mantener una relación a distancia con un chico normal y corriente como yo.

El móvil vibró encima de la mesa. Era Daisy. Llevábamos hablando por mensaje casi cada hora desde el fatídico día de la filtración de la foto.

—¡Sean Holland! Tu vuelo es a última hora de la tarde, ¿no? —Su mensaje apareció en la pantalla—. Dime que ya tienes las maletas hechas. ¡No puedo esperar a que llegues y me cuentes absolutamente todos los detalles que omitiste por mensaje de texto!

Sonreí, apoyándome en la pared mientras tecleaba.

—Maletas casi listas. El vuelo sale a las cinco de la tarde. Llegaré exhausto, así que nuestra reunión de cotilleos tendrá que esperar hasta mañana, después de que haya dormido al menos diez horas seguidas.

—Me parece justo —respondió—. ¿Y cómo está tu corazón? ¿Ya te has despedido de tu gigante del baloncesto? Las noticias de aquí dicen que su equipo también se marcha esta noche, justo después de la ceremonia oficial de clausura del evento para los patrocinadores.

Miré la frase de Daisy y sentí una opresión muy real en el pecho.

—Nos veremos en el aeropuerto antes de que me vaya a la puerta de embarque —tecleé despacio, eligiendo mis palabras—. Va a ser una despedida amistosa. Ha sido un romance de verano fantástico, Daisy. Sin dramas, sin promesas imposibles. Estoy feliz con lo que hemos vivido.

—¿Estás seguro de que es solo un romance de verano? Pareces muy involucrado, Sean. Y, por lo que he visto de vuestras interacciones, él también lo está.

—Daisy, mira su vida. Mira la mía. Él volverá a ser el centro de atención mundial mañana.

Yo volveré a mis hojas de cálculo de marketing.

Nos hemos divertido, pero hay que tener sentido de la realidad.

Es mejor terminar aquí, de buena manera, que intentar forzar algo y acabar estropeando los buenos recuerdos que hemos creado.

Envió un emoji con una carita triste, seguido de un corazón rojo.

—Está bien. Confío en tu criterio. Pero si lloras en el avión, te dejaré comerte todas mis reservas de chocolate cuando llegues.

Solté una débil carcajada y bloqueé la pantalla de mi móvil. Volví a mi tarea de hacer el equipaje, guardando los pequeños recuerdos que había comprado.

Unas horas más tarde, estaba en el vestíbulo del hotel, arrastrando mi maleta con ruedas. La recepción estaba tranquila. Matteo estaba detrás del mostrador, organizando unos folletos turísticos. Cuando me vio, esbozó su sonrisa habitual.

—¿Hora de decirle adiós a Roma, Sean? —preguntó, saliendo de detrás de la barra para ayudarme con la mochila.

—Hora de volver a la vida real, Matteo —dije, entregándole la llave de la habitación—. Muchas gracias por todo. Me has ayudado a sobrevivir a toda esta locura y has sido el mejor recepcionista del mundo. Le daré cinco estrellas al hotel en todas las páginas web posibles.

Matteo me dio una palmadita en el hombro, riendo.

—Siempre tendremos el honor de decir que escondimos al misterio más buscado de Italia en nuestra cama de matrimonio del tercer piso. Que tengas buen viaje, Sean. Y vuelve a visitarnos en el futuro.

Le di las gracias de nuevo y me dirigí a las puertas de cristal.

Miré a través del cristal hacia la acera de enfrente.

En el hotel de Luke todavía había un pequeño grupo de fans esperando en la puerta, pero la cantidad era mucho menor que la semana anterior.

La mayoría de la gente ya sabía que los jugadores estaban en los eventos oficiales de la federación.

Cogí un taxi en la esquina y le pedí al conductor que me llevara al aeropuerto internacional.

El trayecto fue silencioso. Miraba las calles de Roma pasar por la ventanilla del coche, los edificios antiguos dejando paso a avenidas más modernas a medida que nos alejábamos del centro.

Intentaba construir un muro protector alrededor de mis sentimientos.

Iba a ser amable, iba a bromear, iba a darle a Luke un beso de despedida e iba a subirme a aquel avión sin mirar atrás.

En cuanto el taxi me dejó en la terminal de salidas, el caos característico de los aeropuertos se apoderó de todo.

El lugar estaba repleto de turistas, ejecutivos corriendo con maletines y familias arrastrando enormes maletas.

El estruendo de las ruedecitas sobre el suelo liso y las voces que anunciaban los vuelos por los altavoces formaban una intensa banda sonora.

Mi móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta.

—Ya estoy en el aeropuerto. —El mensaje era de Luke—. Sarah ha organizado mi furgoneta para llegar antes y despistar a la gente. Te espero en la zona de comidas cerca de la terminal dos, justo antes de las puertas de control de pasaportes. Date prisa, chico de la hoja de cálculo.

Sentí que me sudaban un poco las manos. Pasé por el mostrador de facturación, facturé mi equipaje grande, recogí mi tarjeta de embarque y caminé con mi mochila a la espalda hacia el punto de encuentro.

La terminal dos era amplia, con el techo de cristal dejando entrar con fuerza la luz de la tarde.

La zona de comidas estaba concurrida. Había varias mesas redondas repartidas entre las cafeterías y los restaurantes.

Empecé a buscar entre la multitud, hasta que su inconfundible figura me llamó la atención.

Luke estaba apoyado cerca de una columna, sosteniendo un vaso de café cerrado con tapa en una mano.

Su disfraz seguía siendo una tragedia absoluta.

Llevaba una gorra negra calada, gafas de sol y una chaqueta de cuero que no hacía más que evidenciar aún más la anchura de sus hombros.

Estaba dando golpecitos con el pie en el suelo, con aspecto impaciente, mirando de un lado a otro.

En cuanto sus ojos se encontraron con los míos, la impaciencia desapareció. Sonrió, y vi cómo su rostro se relajaba al instante.

Caminé hacia él, esbozando una sonrisa de broma para intentar mantener el ambiente relajado.

—Sabes que esas gafas no engañan absolutamente a nadie, ¿verdad? —le provoqué nada más pararme frente a él—. Como alguien te mire con atención más de tres segundos, tu identidad secreta se irá por el desagüe, estrella.