LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—Cinco minutos, Luke. Los voy a cronometrar. Si no vuelves, enviaré a todo el equipo de seguridad a buscarte. ¡E intenta no causar más daños!

Asentí con la cabeza y salí corriendo por el pasillo de acceso exclusivo.

El gigantesco recinto tenía miles de caminos internos que los jugadores usaban para no cruzarse con la multitud.

Atravesé las puertas dobles, pasé junto a dos guardias de seguridad que me felicitaron por el partido con un gesto y encontré la puerta de la sala VIP que Sean había descrito.

Abrí la manilla despacio y entré, cerrando la puerta a mis espaldas con un suave clic.

La sala era muy lujosa. Tenía sofás de cuero claro, una mesa de centro de cristal y una encimera llena de botellas de agua y pequeños aperitivos.

Sean estaba sentado en uno de los sofás, con la mochila en el suelo, sosteniendo un pequeño sándwich en la mano. Cuando me vio entrar, dejó la comida en el plato y se levantó de inmediato. En su rostro aún quedaba un rastro del color rojo de la vergüenza.

—No tienes ni una pizca de noción del peligro, ¿lo sabías?

—empezó a hablar de inmediato, caminando hacia mí y señalándome con el dedo índice—.

¿Guiñar el ojo en plena retransmisión? El mundo entero piensa ahora que tienes un romance secreto y tú echas más leña al fuego.

Daisy me acaba de enviar un vídeo del momento exacto en el que han puesto tu cara en la pantalla. Está histérica en Estados Unidos.

No respondí nada. Me limité a dar un enorme paso hacia delante, cerrando la distancia entre nosotros, y le agarré de la cintura con ambas manos, atrayéndole hacia mí con ganas.

—¿Y te ha parecido mal? —pregunté en voz más baja, con mi sonrisa de suficiencia pegada al rostro.

Sean apoyó las manos en mis hombros e intentó mantener la pose de indignación, pero el intento fracasó miserablemente. Una enorme sonrisa rompió su fachada y sus ojos verdes brillaron de diversión y alegría.

—Me ha parecido maravilloso, gran creído. Pero nunca lo admitiré en voz alta para que no te vuelvas aún más arrogante.

Solté una carcajada genuina e incliné la cabeza hacia delante, pegando mis labios a los suyos.

El beso supo a la victoria perfecta. La adrenalina del partido mezclada con la inmensa atracción que sentía por él. Me correspondió al instante, apretando los dedos contra mi camiseta de entrenamiento y siguiendo el acelerado ritmo.

Nos separamos jadeantes unos segundos después, con los rostros aún muy juntos.

—¿Y bien? —dije, apoyando mi frente en la suya y mirándole a los ojos—. ¿Has conseguido entender las reglas del baloncesto ahora, o tengo que hacer otro tiro imposible mañana?

Sean se rió, una risa que llenó la sala vacía, y negó con la cabeza.

—Creo que he entendido el concepto general. Corres, saltas muy alto, lanzas la pelota a la canasta y luego te las apañas para avergonzar al inofensivo turista de la grada. La estrategia es muy inteligente.

—Soy un maestro de la estrategia, chico de la hoja de cálculo.

Nos quedamos abrazados en el silencio de aquella sala VIP durante unos minutos, recuperando el aliento y simplemente disfrutando del hecho de estar juntos.

Era extraño cómo, en medio de uno de los mayores eventos deportivos de mi carrera y con miles de personas reclamando mi atención, el único lugar en el que realmente quería estar era allí, compartiendo el espacio con él.

—Tengo que volver al vestuario antes de que mi representante convoque al ejército italiano para arrestarme —dije a regañadientes, dándole un último y largo beso y apartándome lo justo para arreglarme la ropa.

—Está bien. Tengo que volver a mi hotel y procesar toda esta locura antes de dormir. Mi itinerario de viaje dice que mañana a primera hora tengo tres iglesias históricas que visitar. Soy un hombre ocupado.

—Yo también. Pero te mandaré un mensaje por la mañana para que planeemos la comida. Y esta vez, te prometo que no nos fotografiarán huyendo por callejones estrechos.

—No me importan mucho las fotos ahora, capitán —respondió Sean con sinceridad, ajustándose la mochila a la espalda—. El daño ya está hecho. Lo mejor que podemos hacer es disfrutar de Italia a nuestra manera.

Sonreí, totalmente de acuerdo con él. Acompañé a Sean hasta la puerta lateral que daba un acceso seguro a la calle y observé cómo se subía al taxi que los guardias de seguridad le habían llamado.

Mientras caminaba de vuelta al vestuario para enfrentarme a Sarah y a las entrevistas obligatorias, mi cabeza estaba en paz.

La victoria en la pista había sido espectacular, la energía del equipo había sido esencial.

Pero la verdadera celebración no estaba en el marcador luminoso ni en los aplausos del público.

La celebración estaba en la certeza de que mi viaje había adquirido un propósito mucho mayor que cualquier trofeo.

Había encontrado a alguien que hacía que valiera la pena ignorar todo el circo de la fama.

Y estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para que la historia no acabara junto con el verano europeo.