CAPÍTULO 8 #2
Cada vez que anotaba un punto, me las arreglaba para mirar a la grada.
Sean había abandonado la pose de espectador aburrido.
Estaba metido en el partido. Aplaudía cuando hacíamos una buena jugada y ponía muecas cuando el árbitro pitaba alguna falta en contra de nuestro equipo. Su energía animando era fantástica.
Durante el descanso, el ambiente en el vestuario era de pura fiesta anticipada. Íbamos ganando por un cómodo margen de quince puntos de diferencia.
El entrenador Blake se paseaba de un lado a otro, elogiando la actitud del equipo.
—¡Eso es lo que quiero ver! ¡Defensa cerrada, contraataque rápido y control del reloj! —dijo el entrenador, dando palmas—. Luke, excelente primera parte. Sigue siendo agresivo, pero no fuerces las jugadas. Ryan, mantén la distribución. ¡No vamos a darles oportunidad de reaccionar!
Mientras el entrenador hablaba con los jugadores del banquillo, Ryan se acercó a mi lado, secándose la cara con una toalla.
—Estás jugando como un loco hoy, jefe —comentó Ryan, riéndose por lo bajo para que el entrenador no le oyera—. Nunca te había visto correr tan rápido en el primer partido de un torneo. La presencia del chico del avión está haciendo milagros en tus estadísticas personales.
—Solo me estoy divirtiendo, Ryan —dije, dando un buen trago de agua—. El ambiente del estadio es increíble y nuestro juego fluye a la perfección.
—Ah, claro. El ambiente del estadio. —Sacudió la cabeza con ironía—. No tiene nada que ver con que quieras lucirte ante el turista de la camisa azul de ahí enfrente. Puedes confesarlo, tu único objetivo hoy es hacer que Sean admita en televisión nacional que el baloncesto es mejor que el béisbol.
Solté una risa sincera y empujé el hombro de Ryan de forma amistosa. La verdad es que tenía toda la razón y no había motivo para negarlo.
Volvimos a la pista para la segunda parte.
La ventaja de nuestro equipo seguía aumentando.
El espectáculo estaba garantizado. Gavin hizo unos bloqueos sensacionales, y yo seguí anotando de todas las formas posibles.
Al público le encantaba cada minuto. Las cámaras de televisión seguían todos nuestros movimientos.
Solo faltaban cinco minutos para el final del partido. Llevábamos veinte puntos de ventaja. La victoria ya era una realidad incuestionable.
El entrenador del equipo rival pidió un tiempo muerto en la mesa de anotadores para intentar organizar la defensa en los compases finales, parando el reloj. Sonó el silbato y caminamos hacia el banquillo para recibir las últimas instrucciones del entrenador Blake.
Me senté en una de las sillas azules, jadeando, pasándome la toalla por la cara para secarme el sudor. Cogí la botella de agua y di un largo trago.
Fue en ese momento cuando empezó la locura.
Durante los tiempos muertos, la pantalla gigante colgada en el centro del techo del estadio siempre mostraba imágenes de los aficionados o de los jugadores en el banquillo. La cámara principal de la retransmisión me enfocó directamente a mí.
Oí que la afición empezaba a gritar muy fuerte de repente y levanté la cabeza, mirando el marcador luminoso de arriba. Mi propia cara ocupaba toda la pantalla, en máxima definición. Sostenía la botella de agua y parecía exhausto.
Normalmente, cuando pasaba eso, me limitaba a dar un educado asentimiento con la cabeza, una sonrisa de labios cerrados y volvía a mirar al suelo. Era el comportamiento habitual de un atleta profesional serio.
Pero hoy no era un día habitual. Hoy estaba muy feliz.
Miré a la pantalla y sonreí. Fue una sonrisa abierta, sincera, sin ninguna preocupación por la pose de soltero intocable que Sarah intentaba mantener a toda costa.
Entonces, sin pensar en las consecuencias mediáticas, giré mi rostro en la dirección exacta de la primera fila de sillas, donde estaba sentado Sean. La cámara de la retransmisión acompañó mi movimiento a la perfección.
Sean me estaba mirando, sosteniendo su vaso de refresco. Tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa de ver que le estaba mirando directamente a él en medio de una pausa del partido con todo el mundo viéndolo.
Mantuve el contacto visual con él. Mi sonrisa se ensanchó, adquiriendo ese tono de suficiencia que a los dos nos encantaba usar en nuestras discusiones.
Y, delante de las miles de personas presentes en el estadio y de todas las cámaras de retransmisión internacional, le dediqué a Sean un guiño muy prolongado, muy directo y muy descarado.
La reacción del pabellón fue instantánea. Un ruido gigantesco resonó en las gradas. La afición entera empezó a gritar, a silbar y a aplaudir. La gente no sabía exactamente a quién le estaba guiñando el ojo, pero el gesto de romper la postura seria fue suficiente para que el público enloqueciera.
La pantalla cambió la imagen rápidamente, volviendo a mostrar jugadas del partido, pero el daño ya estaba hecho.
Sean bajó la cabeza al instante, riéndose sin parar, y escondió la cara tras su gran vaso de refresco, intentando escapar de la absurda vergüenza de ser el blanco de la broma delante de tanta gente. Sus mejillas estaban increíblemente rojas, incluso en la distancia.
Ryan, que estaba sentado en la silla a mi lado, me dio un puñetazo muy fuerte en el brazo, casi tirando mi botella de agua.
—¡Estás completamente loco! —gritó Ryan, intentando hablar por encima del ruido de la afición. Lloraba de risa, doblado en su silla—. ¡Le has guiñado el ojo en la pantalla principal! ¡Jefe! ¡Sarah te va a matar!
Miré hacia el fondo del banquillo. Sarah estaba de pie detrás del entrenador Blake, con la mano en la cara, negando con la cabeza en señal de profunda negación, pero me di cuenta de que intentaba contener una risa nerviosa. El daño mediático estaba hecho, y no me importaba lo más mínimo.
El entrenador Blake hizo sonar su silbato, devolviendo nuestra atención a la tablilla con pinza.
—¡Concentraos en el partido! ¡Faltan cinco minutos! Vamos a cerrar este encuentro sin errores estúpidos. Ryan, consume el reloj. Luke, no te lesiones.
Volvimos a la cancha. Los últimos cinco minutos fueron pura fiesta. El equipo contrario parecía agotado y nosotros nos limitamos a mover el balón con tranquilidad, esperando a que el cronómetro llegara a cero.
La bocina final resonó por el estadio. Victoria aplastante.
Los jugadores del banquillo invadieron la pista corriendo, saltando y celebrando el primer éxito del torneo. Abracé a Ryan y a Gavin al mismo tiempo. Saludamos al equipo contrario con respeto y luego nos reunimos en el centro para agradecer los aplausos de la afición.
Fue el mejor partido de la temporada, de lejos. Mi energía estaba en el límite máximo de la alegría.
Mientras caminábamos de vuelta hacia el túnel del vestuario, los reporteros ya tomaban posiciones en los laterales para conseguir las primeras entrevistas. Sarah apareció a mi lado con una agilidad impresionante, agarrándome del brazo.
—Dos preguntas. Solo dos preguntas de la prensa local, Luke.
Responde sobre el partido, sobre la defensa del equipo y da las gracias a la afición.
Y por el amor de todo lo más sagrado, no hables de guiños, del chico de verde de la foto ni de ningún tema que no sea el balón entrando en la canasta. ¿He sido clara?
—Cristalina, Sarah —respondí, esbozando una amplia sonrisa—. Hoy soy simplemente el capitán perfecto.
Me detuve frente al logotipo del patrocinador en la pared del túnel. Un reportero italiano me tendió el micrófono.
—Luke, un partido increíble hoy. Parecías jugar sin ningún esfuerzo. ¿Qué ha motivado esta actuación tan espectacular en la primera jornada? —preguntó el periodista entusiasmado.
Esbocé mi mejor sonrisa profesional, la misma que usaba en todas las ruedas de prensa, pero esta vez, el sentimiento que había detrás era muy real.
—El equipo estaba muy bien conectado. Nuestro entrenador diseñó una estrategia excelente.
Pero confieso que contar con la energía de la afición italiana aquí, y tener a algunas personas importantes observando de cerca, siempre nos da un combustible extra para correr más rápido. Ha sido una victoria de todos.
El reportero hizo una pregunta más sobre el rendimiento defensivo de Gavin, yo respondí elogiando a mi compañero de equipo y Sarah cortó la entrevista rápidamente, tirando de mí hacia el pasillo restringido.
El vestuario era un caos maravilloso. Ropa sucia, música alta sonando en altavoces portátiles y la gente lanzándose toallas mojadas unos a otros.
Me senté en mi banco, me quité las zapatillas y saqué mi teléfono de la bolsa. La pantalla ya estaba encendida con tres notificaciones nuevas. Las tres eran de Sean.
—¡ERES UN CREÍDO! —CASI ME MUERO DE VERGÜENZA CUANDO MI CARA APARECIÓ EN AQUELLA PANTALLA. —PERO CONFIESO QUE LA JUGADA HA ESTADO BIEN. NO LE DIGAS A NADIE QUE TE HE ELOGIADO.
Me eché a reír a carcajadas yo solo, llamando la atención de Ryan, que se limitó a asentir con la cabeza en señal de aprobación. Tecleé la respuesta a la misma velocidad.
—¿Dónde estás?
Su respuesta no tardó ni diez segundos en llegar.
—El de seguridad me ha metido en una sala VIP cerca de la puerta de salida tres. Dijo que tu nombre abría muchas puertas, pero no imaginaba que me tratarían como a la realeza. Hay una mesa llena de dulces caros aquí. No pienso marcharme de aquí nunca más.
No me lo pensé dos veces. Me guardé el móvil en el bolsillo, me levanté y me dirigí a la puerta del vestuario.
—¿Adónde vas? —preguntó Sarah, parándose frente a mí con los brazos cruzados y la tablilla preparada.
—Necesito cinco minutos, Sarah. Prometo que vuelvo para ducharme y para la rueda de prensa principal. Solo voy a resolver un asunto pendiente cerca de la puerta tres. Es una zona de acceso superrestringido, no hay ningún reportero por allí. Quédate tranquila.
Cerró los ojos y respiró hondo, dándose cuenta de que no serviría de nada discutir conmigo en aquel momento de euforia posvictoria.