CAPÍTULO 5
Sean
La fachada del estadio deportivo intimidaba.
Una de esas estructuras gigantescas, modernas y acristaladas que te hacen sentir del tamaño de una hormiga.
Salí del taxi justo detrás de Luke, ajustándome la mochila al hombro e intentando mantener mi mejor expresión de total desinterés.
En el fondo, la verdad es que pensaba que todo aquello era una auténtica locura.
Debería estar visitando una galería de arte o comiendo un plato de pasta en lugar de escabullirme por la puerta trasera de un estadio de Italia en compañía de una estrella del baloncesto.
Caminamos hasta una entrada lateral restringida. Había dos enormes gorilas allí de pie. Al ver a Luke, simplemente asintieron y le abrieron la puerta sin pedirle ninguna acreditación.
—Bienvenido a mi mundo, chico de la hoja de cálculo —dijo Luke, mirando por encima del hombro con aquella sonrisa de suficiencia mientras recorríamos un largo y luminoso pasillo.
—Por ahora, tu mundo parece un gran laberinto de hormigón con un aire acondicionado muy potente. Nada impresionante —rebatí, caminando justo detrás de él.
Él solo negó con la cabeza, riendo. Giramos a la derecha y el pasillo se abría a la zona principal de la cancha.
El espacio era gigantesco. Las gradas vacías se elevaban hasta el techo en un mar de sillas rojas y azules.
El suelo de madera estaba tan pulido que reflejaba la potente iluminación del techo.
Había varias personas repartidas por el lugar, organizando equipos, comprobando tablillas con pinza y ordenando botellas de agua.
El ruido de las zapatillas deslizándose por la madera y el bote de los balones inundaba la sala.
Me detuve cerca de la primera fila de sillas y observé las dimensiones del lugar. Por primera vez, empecé a darme cuenta de la realidad. El tipo que se había peleado conmigo por unos centímetros de plástico en el avión era, en efecto, la figura principal de todo aquello.
—¿Dónde te habías metido?
Una voz femenina, alta y estresada, cortó mi observación.
Una joven, vestida con pantalones formales y sujetando una tableta como si fuera un escudo, caminaba hacia nosotros a paso ligero. Llevaba el pelo recogido en una coleta perfecta y tenía una expresión que mezclaba el alivio con unas ganas tremendas de echar una bronca.
—Sarah —saludó Luke, adoptando una postura más seria—. He ido a dar una vuelta. Te avisé por mensaje.
—¿A dar una vuelta? ¡Luke, te busca media ciudad!
Los paparazzi están acampados en el hotel.
He tenido que dar esquinazo a dos equipos de televisión diciendo que ya estabas aquí en el estadio entrenando.
—Se detuvo frente a nosotros, respirando hondo, y entonces sus ojos oscuros se posaron en mí.
Parpadeó dos veces, sorprendida—. ¿Y este quién es?
Di un paso al frente y esbocé una sonrisa cortés.
—Hola. Soy Sean. Encantado.
Miró alternativamente mi cara y la de Luke, a la espera de una explicación lógica.
—Es… un turista que conocí en el vuelo —dijo Luke en tono informal, como si invitar a turistas aleatorios a un entrenamiento a puerta cerrada fuera lo más normal del mundo.
—Un turista del vuelo —repitió Sarah, con las cejas levantadas hasta casi la línea del pelo—. ¿Has traído a un turista del vuelo al entrenamiento oficial a puerta cerrada de la selección? Luke, ¿eres consciente de las normas de seguridad?
—Es inofensivo, Sarah. A lo sumo se quejará de nuestro menú e intentará organizar el horario de entrenamiento en una hoja de cálculo. Déjalo que se siente ahí delante. Yo me hago responsable.
Sarah abrió la boca para rebatir, pero se vio interrumpida por un grito de entusiasmo procedente de la pista.
Dos tipos enormes dejaron de lanzar a canasta y se acercaron corriendo hacia nosotros.
Llevaban el uniforme de entrenamiento del equipo, de tirantes y pantalones cortos anchos.
El más alto, rapado, tenía una enorme sonrisa en la cara.
El otro, un poco más bajo, parecía tener energía de sobra para correr un maratón doble.
—¡Mira quién ha decidido dejarse ver! —dijo el chico rapado, dándole a Luke una palmadita en el hombro. Luego se dirigió a mí y me tendió la mano—. Qué pasa. Yo soy Ryan. El de a mi lado es Gavin. Tú debes ser el nuevo del equipo de prensa, ¿verdad?
Le estreché la mano. La mano del tío era del tamaño de una raqueta.
—No. Soy Sean. Solo un turista.
Ryan y Gavin se quedaron helados. Miraron a Luke, luego me miraron a mí, y una comprensión inmediata y muy divertida pareció asaltarles a la vez.
—Espera. —Gavin me señaló con el dedo, con los ojos muy abiertos—. ¿Sean? ¿El de la clase turista? ¿El que no quiso hacerle más hueco a Luke en el avión?
Solté una carcajada, sin poder evitarlo. La fama de nuestro desastre aéreo había llegado a sus compañeros de equipo.
—El mismo —confirmé, encogiéndome de hombros—. Me alegra saber que mi legado de supervivencia en aquel estrecho asiento pasa a la posteridad.
Ryan soltó una gran carcajada y dio una palmada.
—¡No me lo puedo creer! Jefe, ¿te has traído al tío del avión al entrenamiento? Es increíble. Encantado de conocerte, Sean. En serio. Ya eres mi héroe personal por poner en su sitio a este gigante.
—No empecéis —se quejó Luke, cruzándose de brazos, pero me di cuenta de que tenía las orejas ligeramente enrojecidas—. Estaba perdido en la calle y decidí hacer una buena obra mostrándole un poco de cultura deportiva.
—Cultura deportiva, claro —asintió Ryan con una ironía evidente. Me miró y me guiñó un ojo con complicidad—. Ponte cómodo, amigo. La primera fila es toda tuya. Disfruta del espectáculo.
Un hombre mayor, que llevaba un chándal oscuro y sostenía un silbato, gritó desde el centro de la pista para llamar a todo el mundo.
—¡Muy bien, basta de charla! Todos a sus puestos. ¡Empecemos ya el calentamiento!
—Es el entrenador Blake. No tiene paciencia para los retrasos —explicó Gavin a toda prisa—. ¡Hablamos luego, Sean!
Ambos corrieron hacia el centro de la pista. Luke se volvió hacia mí y señaló las sillas azules de la grada.
—Siéntate ahí. Y presta mucha atención. Intenta no aburrirte mientras te enseño cómo funciona el «béisbol» en la vida real.
—Descuida. Si me aburro mucho, abro mi libro y finjo que no estoy aquí.
Esbozó una media sonrisa, se dio la vuelta y se dirigió a la pista. Fui a la primera fila de sillas, me senté cómodamente y dejé mi mochila en el asiento de al lado. Cogí el móvil y abrí la cámara.
Saqué una foto de la gigantesca cancha, asegurándome de que en el fondo aparecían algunos jugadores, pero sin enfocar a nadie en concreto. Abrí la aplicación de mensajería y le envié la foto a Daisy con un texto muy simple.
—Mi horario de tarde ha sufrido una pequeña modificación.
Su respuesta me llegó incluso antes de que pudiera bloquear la pantalla del dispositivo.
—MENTIRA. —SEAN HOLLAND, ¿ESTÁS EN EL ESTADIO? —¿ESTÁS EN SU ENTRENAMIENTO A PUERTA CERRADA? —¿CÓMO HA PASADO ESTO? ¡EXPLÍCATE AHORA MISMO!
Tecleé la respuesta con calma, riéndome para mis adentros de su histeria.
—Me choqué con Luke en la calle. Literalmente. Los fans empezaron a gritar, tuvimos que correr a un callejón y me arrastró hasta aquí diciendo que tenía que demostrarme que se le daba bien lo que hacía. No ha superado el hecho de que no me sepa las reglas del juego.
—¿TE ARRASTRÓ A UN CALLEJÓN Y LUEGO AL ENTRENAMIENTO? ¡SEAN! ¡ESTÁ TIRÁNDOTE LOS TEJOS!
Dejé de teclear y me quedé mirando su mensaje en la pantalla.
Mi corazón dio un pequeño salto. El coqueteo entre Luke y yo era obvio desde la plaza de la fuente, las indirectas no paraban de crecer, pero leerlo de la mano de mi mejor amiga lo hizo increíblemente real.
La mayor estrella del deporte del momento estaba realmente coqueteando conmigo. Y yo le estaba correspondiendo.
—Solo tiene un ego frágil —le contesté a Daisy, intentando mantener el tipo—. Voy a ver un rato. Si no me muero de aburrimiento, te mando noticias luego.
Bloqueé el teléfono, me lo guardé en el bolsillo y, por fin, presté atención a lo que estaba ocurriendo en la cancha.
El entrenamiento había comenzado de verdad.
El entrenador Blake caminaba por la banda gritando instrucciones mientras los jugadores corrían de un lado a otro.
No conocía en detalle las reglas del baloncesto, no sabía lo que era un pívot o una falta técnica, pero no necesitaba entender de tácticas deportivas para reconocer lo que estaba pasando justo delante de mí.
Lo de Luke era absurdo.
Toda esa chulería y arrogancia de la que hacía gala fuera de la cancha cobraba todo el sentido cuando tenía el balón en las manos.
Era corpulento, pero la velocidad con la que recorría la pista era impresionante.
Esquivaba a los defensores, saltaba más alto de lo que parecía humanamente posible y encestaba con una facilidad que rozaba lo ridículo.
Con cada canasta que metía, Ryan le gritaba algo para animarle y Gavin aplaudía. Todo el equipo jugaba con una sintonía increíble, pero Luke era el centro de gravedad de todo.
Me acomodé en mi asiento, apoyé la barbilla en las manos y me limité a observar.
El uniforme de entrenamiento le dejaba los brazos totalmente al descubierto.
Su rostro reflejaba una intensa concentración.
Ya no parecía el chico mimado que se quejaba del espacio.
Parecía un profesional absoluto, alguien que había nacido para hacer exactamente eso.
Y, para colmo, el esfuerzo físico le hacía aún más encantador.
Le estuve viendo corretear por la pista durante casi una hora.
En un momento dado, interceptó un pase del equipo contrario en medio de la pista, corrió solo hacia la canasta y dio un salto impresionante, clavando el balón en el aro con ambas manos.
El sonido del mate resonó por todo el estadio y sus compañeros empezaron a gritarle y a empujarle en broma.
Aterrizó en el suelo, se rio junto con el equipo y, mientras volvía a la posición de defensa, su mirada se encontró con la mía en las gradas.