LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Luke

La mañana del viernes empezó exactamente de la forma que más detestaba: con una cámara apuntándome a la cara y un montón de periodistas haciéndome las mismas preguntas de siempre.

El salón de eventos del hotel se había reservado para la segunda rueda de prensa oficial del equipo estadounidense.

Yo estaba sentado en una silla incómoda, vestido con el chándal del logotipo de la confederación, mientras Sarah paseaba de un lado a otro entre bastidores, asegurándose de que todo estuviera perfecto.

La fuerte luz de los flashes me cegaba unos segundos con cada respuesta que daba.

—Luke, ¿cómo valoras la presión de jugar en Europa y ser la estrella de este torneo de exhibición? —preguntó un periodista italiano, tendiéndome una grabadora.

Esbocé mi mejor sonrisa ensayada. Esa que el equipo de relaciones públicas llamaba la «sonrisa del millón de dólares», pero que en realidad no era más que yo contrayendo las mejillas y esperando que el tiempo pasara más rápido.

—La presión forma parte del deporte —respondí con voz neutra, repitiendo el discurso que me sabía de memoria—.

Tenemos un equipo excelente, los entrenamientos son intensos y nuestro objetivo es ofrecer un buen espectáculo a los aficionados.

El baloncesto es un juego colectivo, el protagonista es todo el equipo.

Ryan, que estaba sentado en la silla de al lado, tosió en falso para disimular su risa.

Sabía perfectamente lo mucho que odiaba dar aquellas respuestas preparadas.

Gavin, en el otro extremo de la mesa, asentía con la cabeza a todo lo que yo decía, adoptando una postura muy seria que no pegaba nada con su caótica personalidad.

Cuando por fin terminó la rueda de prensa, cerca de las diez de la mañana, me levanté de la silla con un inmenso sentimiento de alivio.

Nuestro primer entrenamiento oficial en la pista del Arena estaba programado para el mediodía.

Eso significaba que tenía casi dos horas completamente libres.

Dos horas sin entrevistas, sin cámaras y sin que nadie me dijera lo que tenía que decir.

Me dirigí al ascensor con los chicos, bajándome la cremallera del chándal.

—Has estado muy bien con la respuesta, jefe —comentó Ryan, apoyado en la pared del ascensor—. Parecías un robot programado para ser políticamente correcto. Sarah debe de estar llorando de la emoción ahí abajo.

—Solo quiero unas horas de silencio antes de que el entrenador nos ponga a correr en la cancha. —Me pasé la mano por el pelo—. ¿Vais a hacer algo ahora?

—Yo me voy a dormir —avisó Gavin de inmediato—. Me voy a poner los auriculares, a cerrar la cortina y a apagarme. El jet lag me sigue destrozando el cuerpo.

—Yo voy a jugar a la videoconsola en mi habitación —se encogió de hombros Ryan—. No tengo ninguna paciencia para intentar atravesar esa multitud de fans en la puerta del hotel. La ciudad es un caos ahí fuera. Buena suerte si intentas escapar de nuevo.

Me despedí de ambos en mi planta y caminé por el pasillo silencioso hasta mi habitación. Nada más abrir la puerta, me dirigí directo a la ventana.

La ventana de mi habitación daba a la calle principal y, más concretamente, a la fachada del sencillo hotel de enfrente.

La multitud frente a nuestro edificio era aún mayor que el día anterior.

Pero mi atención no estaba en los fans con pancartas.

Mi atención se centró en una figura muy concreta que acababa de salir por la puerta del hotel de al lado.

Ahí estaba él.

Sean caminaba por la acera sosteniendo su móvil en una mano y ajustándose la correa de una mochila oscura en el hombro con la otra.

Llevaba unos pantalones cortos de color claro y una camisa ligera estampada, mirando la pantalla del dispositivo con la misma concentración que alguien que intenta desactivar una bomba.

La famosa hoja de cálculo de horarios debía de estar dictando sus próximos pasos.

No pude evitar la sonrisa que se dibujó en mi rostro.

Nuestra interacción del día anterior, en medio de la plaza del Panteón, se me había quedado grabada en la cabeza toda la noche.

Su audacia absurda al fingir que yo jugaba al béisbol.

La forma burlona en que me desafiaba. Su absoluta falta de asombro ante mi fama.

Nadie me trataba así. Nadie me hablaba sin intentar agradar o pedir algo.

Sean era la única persona en toda la ciudad a la que realmente parecía no importarle que yo fuera Luke Douglas.

Para él, yo no era más que el pesado de la clase turista que ocupaba mucho espacio.

Y, por una razón que no sabría explicar, realmente quería seguir siendo solo ese tipo durante unas horas más.

Miré el reloj. Las diez y cuarto. El Arena estaba a quince minutos en coche. Me sobraba tiempo.

Fui a mi maleta, saqué mi atuendo de incógnito habitual —una chaqueta ligera muy normalita, pantalones oscuros y una gorra— y me puse mis inseparables gafas de sol.

Cogí la llave de la habitación, le mandé un mensaje rápido a Sarah diciéndole que iba directo al Arena después y salí por la puerta trasera del hotel, la misma que usaban los empleados para recibir las entregas.

La calle lateral estaba tranquila. Caminé rápido, cubriéndome la cara e intentando mantener una postura neutra para no llamar la atención. Crucé la avenida y empecé a seguir la misma dirección que había visto tomar a Sean.

El centro de Roma era un laberinto de callejuelas empedradas, repletas de pequeños comercios y aceras irregulares. Caminé dos manzanas hasta que vi que su camisa estampada entraba en una pequeña cafetería de esquina.

El lugar era encantador y parecía estar frecuentado únicamente por lugareños. No había carteles luminosos y las mesas redondas estaban esparcidas por la estrecha acera. Me detuve cerca de la puerta y observé la escena un segundo.

Sean estaba en el mostrador, señalando un escaparate lleno de pasteles e intentando comunicarse con el camarero utilizando una terrible mezcla de inglés y palabras sueltas de italiano que claramente había aprendido en internet.

—Uno de estos, por favor —decía Sean, señalando un pastel relleno—. Y un café grande. O sea, un caffè grande. Muy grande. Grazie.

Negué con la cabeza, divirtiéndome con su esfuerzo, y entré en la cafetería. Me acerqué al mostrador y me paré justo a su lado, apoyando el codo en la fría superficie y mirando el mismo escaparate.

—Sabes que entienden el inglés perfectamente, ¿verdad? —dije, sin apartar los ojos de los pasteles—. Tu acento italiano inventado es una grave ofensa a la cultura local.

Sean dio un salto hacia atrás, casi tirando la pequeña bandeja que el camarero acababa de colocar sobre el mostrador. Giró la cara hacia mí, con los ojos muy abiertos por el susto, y se llevó la mano al pecho.

—¿Quieres matarme de un infarto? —soltó, con voz entrecortada—. ¿Qué manía tan espeluznante es esa de aparecer de la nada? ¿Y por qué siempre estás en el mismo sitio que yo?

Me quité las gafas de sol, me las colgué del cuello de la chaqueta y esbocé una sonrisa cínica.

—Buenos días a ti también, chico de la hoja de cálculo. Pasaba por aquí, te vi torturar al pobre camarero con tu creativo vocabulario y decidí entrar a salvar la patria.

El camarero, un señor canoso, nos miró a mí y a Sean, soltó una simpática carcajada y me preguntó en un inglés impecable si yo también quería pedir algo.

—Un café solo doble, por favor —pedí, entregándole un billete—. Yo invito a mi amigo. Es lo menos que puedo hacer a modo de disculpa por el susto.

Sean se cruzó de brazos, entrecerró los ojos y me observó con una expresión de pura desconfianza.

—Yo sé pagarme mi propio café.

—Considéralo un extra por haberme soportado en aquel terrible vuelo. —Le guiñé un ojo.

Cogió la bandeja con la taza humeante y el pastel, suspiró hondo y se dirigió a una de las mesas de la acera. Recogí mi café justo después de él y lo seguí, apartando una silla y sentándome frente a él sin esperar invitación.

Sean me miró a mí, luego a la ajetreada calle y, finalmente, fijó sus ojos en mi rostro.

—¿Cuál es tu problema, eh? —preguntó, dando un generoso mordisco al pastel—. ¿No tienes que entrenar, lanzar cosas, dar entrevistas? ¿Qué haces en mi ruta matinal?

—Ya he hecho mi cupo de entrevistas por hoy. —Apoyé los codos en la mesa, sosteniendo la pequeña taza—. Y el entrenamiento es a mediodía. Estaba aburrido. Te vi salir del hotel y pensé: ¿por qué no poner a prueba mi cordura molestando a Sean un par de minutos?

Masticó el pastel lentamente, sin parecer ofendido. De hecho, había un brillo de diversión en sus ojos que intentaba ocultar a toda costa.

—Dios mío, debes de estar muy falto de atención, Luke. Es la única explicación lógica. ¿Tienes a millones de personas gritando tu nombre enfrente del hotel y decides escaparte a tomar un café conmigo?

—Quizá esos millones de personas sean exactamente la razón por la que he huido —respondí sinceramente, y la broma dio paso a un tono más serio por un momento—.

En todo momento hay alguien que espera que sea perfecto, sonriente e imbatible.

Es agotador. Eres la única persona de esta ciudad a la que no le importa en absoluto quién soy.

Sean se detuvo con la taza a medio camino de su boca. Su expresión se suavizó y me estudió durante unos segundos, como si intentara ver más allá de la pose de jugador famoso.

—Eso no es cierto —rebatió, dejando la taza en el platillo—. Sí que me importa. Me importa mucho que me robaras el reposabrazos y que criticaras mi itinerario de viaje. Son ofensas muy personales.

Solté una carcajada genuina, sintiendo que la tensión desaparecía por completo de mis hombros. Esa dinámica era fácil. Era ligera. No tenía que medir mis palabras, no tenía que preocuparme por los titulares de los periódicos.

—Hablando del itinerario. —Señalé con la barbilla a su teléfono, que estaba con la pantalla encendida junto a su plato—. ¿Cuál es el programa de la mañana? Tengo cuarenta minutos libres.

Cogió el móvil y miró la pantalla, negando con la cabeza.