LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Mi mañana fue exactamente como la había planeado.

Paseé sin prisas por las calles, admirando los edificios que parecían sacados de un libro de historia.

Compré un trozo gigante de pizza para comer y me lo comí sentado en las escaleras de una bonita plaza, observando el ajetreo de los turistas y escuchando a la gente hablar en italiano a mi alrededor.

El ambiente de la ciudad era contagioso.

Era imposible estar de mal humor en Roma.

A media tarde, mi ruta indicaba una visita a la zona del Panteón.

El sol brillaba con fuerza, el clima de verano lo alegraba todo y decidí que necesitaba el mejor helado de la ciudad para acompañar mi paseo.

Compré una generosa tarrina de helado de pistacho con chocolate y me dirigí hacia la plaza principal.

El lugar estaba abarrotado. La gente se hacía fotos frente a las antiguas columnas del Panteón, los guías turísticos levantaban banderines de colores para no perder a sus grupos y los artistas callejeros realizaban animadas actuaciones en los rincones de la plaza.

Estaba apoyado cerca de una fuente, comiéndome mi helado y sacando unas fotos sin pretensiones, cuando algo entre la multitud me llamó la atención.

Cerca de las inmensas columnas del edificio histórico, había un tipo apoyado en la pared, intentando por todos los medios pasar desapercibido. Llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta blanca sencilla, una gorra calada sobre la cara y las mismas gafas de sol que la tarde anterior.

El problema es que el disfraz era un verdadero fracaso. Era tan alto y ancho que la postura de quien intentaba esconderse acababa llamando aún más la atención. La gente pasaba a su lado, echaba un segundo vistazo para intentar averiguar por qué un gigante se escondía allí y luego seguía su camino.

No pude evitar la sonrisa maliciosa que se formó en mi rostro. Era Luke. De nuevo.

Claramente estaba huyendo de su propia fama, escondiéndose tras esos pilares como si estuviera en una misión secreta de espionaje muy mal ejecutada.

La tentación de arruinar su momento de paz fue demasiado fuerte para que me resistiera.

Y ahora que sabía exactamente el tamaño de la estrella que era, la broma iba a ser mil veces más interesante.

Tiré la servilleta de mi helado en una papelera cercana, me ajusté la mochila a la espalda y empecé a caminar hacia él, abriéndome paso entre los turistas distraídos.

Cuando estuve lo bastante cerca, me paré justo a su lado, apoyado en la misma columna de piedra, mirando al Panteón como si estuviéramos admirando las vistas juntos.

No dije nada durante unos segundos.

Luke se dio cuenta de que alguien se había parado a su lado.

Giró el cuello muy despacio, con los ojos tapados por las gafas de sol analizando mi figura con recelo.

Cuando me reconoció, su boca formó una línea recta y soltó un largo suspiro, como si mi simple presencia allí fuera el peor castigo que podía recibir ese día.

—¿Por qué siempre apareces cuando intento encontrar un minuto de paz en mi vida? —preguntó, con voz muy baja y llena de aburrimiento.

Giré la cara hacia él y esbocé una sonrisa muy animada y amistosa.

—Buenas tardes a ti también, Luke. La ciudad es maravillosa, ¿no crees? Me acabo de tomar un helado increíble ahora mismo. La ruta nunca falla.

Se ajustó la gorra a la cabeza y me miró.

—¿Me estás siguiendo otra vez? ¿Cuál es tu táctica, Sean? Porque esto ya ha sobrepasado el límite de la coincidencia extraña. Estamos en una ciudad con millones de personas. ¿Cómo me encuentras en cada esquina?

—Querido mío, si te crees que estás bien escondido con ese ridículo disfraz de agente secreto, estás muy equivocado.

—Dije, señalando su gorra—. Tienes la altura de un edificio de dos plantas.

Todo el mundo te está mirando. Yo solo he visto a un interrogante andante intentando esconderse en el pilar y he decidido venir a saludar a mi mejor amigo de vuelo.

Cruzó sus enormes brazos sobre el pecho, y la postura defensiva volvió al instante.

—No necesito consejos de camuflaje de un tipo que se pasea por ahí con un horario.

—Al menos mi horario me lleva a los mejores sitios de Roma, mientras que tú estás ahí con cara de turista asustado que le teme a su propia sombra. —Me encogí de hombros, provocando a propósito—. ¿Acaso tu equipo de relaciones públicas no te ha organizado ningún paseo divertido para hoy?

Luke miró a la multitud de la plaza y luego volvió a centrar su atención en mí. Parecía un poco menos arrogante de lo habitual.

—Me he escapado de ellos —confesó, y su voz denotaba una pizca de orgullo—.

Sarah quería que me quedara en el hotel repasando las entrevistas para la otra rueda de prensa de mañana.

Me he escabullido por la puerta de atrás mientras estaba al teléfono.

Solo quería ver la ciudad sin una cámara en la cara o diez gorilas acompañándome.

Me pareció una actitud sorprendentemente normal. Me quedé un momento en silencio, intentando reconciliar la imagen de la superestrella multimillonaria con el tipo que huye de su propio personal para poder caminar por la calle.

Decidí que era el momento perfecto para poner mi plan en acción. Daisy me había enviado casi treinta mensajes detallando toda la carrera de Luke. Sabía en qué equipos había jugado, sabía que era el MVP de la temporada y sabía que era el máximo anotador de la liga. Pero él no tenía por qué saberlo.

—Lo entiendo. Huir del trabajo siempre es una buena opción en vacaciones —asentí, fingiendo una profunda empatía—. Y dime una cosa, Luke. ¿A qué va a jugar exactamente tu equipo mañana? ¿Es un campeonato local?

Parpadeó detrás de las gafas.

—¿No lo sabes?

—Amigo, ya hemos hablado de esto. Para mí, el deporte se reduce a correr en la cinta del gimnasio de mi edificio una vez a la semana.

Luke bajó los brazos y se quitó las gafas de sol, mirándome con esa expresión del que analiza a un alienígena. Sus ojos claros brillaban con incredulidad en medio de su rostro serio.

—Hemos venido a un torneo de exhibición de la Federación Internacional —explicó, hablando despacio, como si yo fuera un niño que necesita ayuda con los deberes—. Es un evento gigante, Sean. El mundo entero verá los partidos.

Puse cara de mucho interés y asentí, como si estuviera asimilando una información crucial.

—Muy guay. Pero, oye, ¿no eres un poco grande para ese deporte? Quiero decir, debe de ser muy difícil encontrar equipación de tu talla.

—¿Demasiado grande para el baloncesto? —preguntó, y su voz subió de tono por primera vez. La incredulidad acababa de convertirse en pura indignación—. Sean, la altura es el requisito principal para jugar al baloncesto profesional. Es literalmente lo primero que buscan en un jugador.

Puse cara de total confusión, frunciendo el ceño y ladeando un poco la cabeza.

—¿Baloncesto? ¡Ah! Pensé que jugabas al béisbol.

El silencio que siguió a mi frase fue maravilloso. Toda la plaza seguía ruidosa, los turistas seguían haciendo fotos, pero entre nosotros dos el silencio duró una eternidad.

Luke abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. La expresión de su rostro era una mezcla de sorpresa, ofensa y profunda confusión. Parecía estar intentando decidir si yo estaba gastando una broma de muy mal gusto o si era la persona más ignorante del planeta.

—¿Béisbol? —Repitió la palabra como si le quemara en la lengua—. ¿Pensabas que jugaba al béisbol?

—¡Sí! Tienes cara de coger esos grandes bates de madera y masticar chicle en medio del campo de tierra. —Dije la mayor barbaridad que me vino a la cabeza, manteniendo el rostro absolutamente serio e inocente.

Luke se llevó la mano a la cara y se apretó el puente de la nariz en un gesto de exasperación.

—¿Cómo voy a jugar al béisbol? Te dije en el avión que era baloncesto. Y en el béisbol se usa un bate, Sean. ¿Tienes idea de lo poco que tendría sentido la dinámica de un tipo de mi tamaño jugando al béisbol?

—Mira, ya te he dicho que no entiendo las reglas —Me encogí de hombros, luchando con todas mis fuerzas por no soltar una carcajada en medio de la calle.

Su desesperación por no ser reconocido como la estrella que era, daba para la mejor comedia de mi vida—.

Para mí, todos los deportes americanos son iguales.

Corres, coges la pelota, lanzas la pelota y ganas puntos. ¿No es lo mismo?

Luke dio un paso hacia mí, su postura repentinamente animada, la ofensa dejando paso a una inexplicable necesidad de demostrar su valía. Su ego claramente no podía lidiar con la posibilidad de que alguien en el universo pensara que masticaba chicle sosteniendo un bate.

—No es lo mismo. El baloncesto es dinámico. Se trata de velocidad, de estrategia en la cancha, de pura habilidad. Lanzo un balón a un aro que está a tres metros de altura en medio de defensas que me quieren arrancar la cabeza.