La Jugada del Diablo (Serie Kat Drummond 3) 15. Luz de mañana
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15. Luz de mañana

Luz de mañana

Me desperté allí donde me había desplomado, solo unos instantes después. Febril. Con un dolor intenso. Pero sabía que tenía que levantarme. Así que lo hice. Ya me permitiría recuperarme más tarde.

El cascarón calcinado de la criatura del Entremedio había desaparecido sin dejar rastro. Parecía que Duer tenía razón. No podían morir.

El sol pegaba con fuerza a través de las grietas del edificio de apartamentos y las torres colindantes.

Por suerte era de día y la criatura, o criaturas, me darían un respiro.

Al ponerme en pie, hice una mueca de dolor por el pinchazo en el muslo, en el hombro, en el cuero cabelludo. En todas partes.

—Tienes que descansar —suplicó Treth. Me arrastré por el pasamanos de la escalera. Abajo, abajo, abajo, hasta el nivel de la calle.

—Alguien me quiere muerta —dije con voz ronca.

—No les ayudes, entonces.

No sabía si él sentía mi dolor, pero debía de detectar mi ansiedad.

Pasé por la vivienda de la señora Ndlovu. Sus luces estaban apagadas. Recordé que era domingo. La señora Ndlovu se quedaría durmiendo hasta tarde. Entonces, ¿a quién demonios había oído?

Sentí un escalofrío mezclado con el dolor. La criatura me había engañado con mucha facilidad. Tendría que tener cuidado. Pero ¿y si realmente hubiera sido la señora Ndlovu? Me estremecí. No quería ni pensarlo.

Llegué a la planta baja de mi edificio y me di cuenta de que había manchado de sangre todo el pasamanos.

Mi hombro sangraba, goteando desde el brazo hasta la mano.

Ahora el metal del pasamanos, normalmente pintado de blanco, estaba perdido.

Esperaba que la señora Ndlovu no se enfadara demasiado.

Lo limpiaría cuando estuviera mejor. Cuando esto terminara.

Tenía mucho que limpiar cuando todo esto acabase.

Por ahora, necesitaba ayuda. Y si estas criaturas eran de la variedad demoníaca, solo había una persona en la que confiaría. Dicha persona también sería capaz de curar mis heridas y, mejor aún, eliminar la maldición.

Caminé cojeando hasta el principio de mi calle donde, junto a una tienda de arte nueva, había una cabina telefónica muy vieja.

Prácticamente antigua. Esperaba que funcionase.

Mi móvil seguía frito. Me agarré al lateral de la cabina, respiré profundamente para contener el dolor y busqué monedas en mi bolsillo.

Tenía unas cuantas. No eran dólares. En Hope City solo las transacciones digitales (que eran la mayoría) utilizaban dólares.

Para las transacciones físicas, la gente todavía usaba los antiguos rands, de cuando esto todavía era Ciudad del Cabo y aún Sudáfrica.

Inserté unas cuantas monedas, sin contar, y luego marqué el número de Cindy.

Al menos, el que yo creía que era su número.

Era milagrosa la claridad que podía aportar el trauma.

A través del calor de la agonía, podía recordar cosas que normalmente nunca recordaría.

—¿Diga? —gruñó Cindy. Parecía tener resaca. Estaba segura de que la mayoría de los asistentes a mi fiesta de anoche la tenían, al menos un poco.

—Cindy —dije con voz ronca y débil. Se me nubló la vista por el esfuerzo de hablar. Miraba hacia abajo, apoyando la cabeza en el teléfono. Mis vaqueros estaban oscurecidos por la sangre.

—¿Kat? —La voz de Cindy se aclaró de inmediato—. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?

—Esquina... de... mi...

Casi arranco el teléfono del soporte al desplomarme. Todo se volvió oscuro.

Me gustaría decir que luché contra el dolor y el agotamiento, y que busqué ayuda estoicamente por mi cuenta.

Pero esta no es esa clase de historia. Me quedé postrada en el suelo, una mañana de domingo, en una calle donde nadie me ayudó.

Me desperté en el coche de Cindy, tumbada en el asiento trasero. Me desmayé instantes después.

Cuando volví a despertar, Cindy estaba sobre mí, con el ceño fruncido, la piel pálida y las manos brillando en dorado.

Sentí un calor intenso en el muslo y solo el eco del dolor en mi cuero cabelludo y en el hombro.

Me sentía muchísimo mejor, pero Cindy parecía estar a punto de convertirse en uno de los no muertos .

—Cindy —la reconocí, con voz todavía débil. Tenía la garganta seca.

—No te muevas —dijo ella. Su voz seguía siendo firme, a pesar de la palidez enfermiza de su piel y las ojeras profundas.

Esta magia debía de estar agotándola mucho.

Era normal. Los magos de sanación normalmente solo evitaban que alguien muriera y luego dejaban que el cuerpo y la medicina curasen el resto.

Cindy estaba yendo más allá. Me estaba ayudando a recuperarme por completo.

—Para —logré graznar—. Te estás matando.

Cindy se detuvo, pero solo cuando ya no hubo más dolor, sino únicamente su recuerdo.

Me incorporé y ella se sentó, dejándose caer en un sillón.

Estaba en un lugar que no reconocía. Debía de ser la casa de Cindy.

Era utilitaria. Colores suaves. Muy poca decoración.

Nada ostentoso. El único toque de extravagancia era una pared cubierta de fotografías y otra cubierta de glifos de hechizo.

Cindy se frotó las sienes y luego me miró. Yo estaba sentada en una camilla médica en su salón. Por extraño que fuera, de alguna manera encajaba en la habitación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Cindy, simplemente.

—Duer, el pixie, dijo que me han echado una maldición.

—He detectado una maldición. ¿Qué forma ha tomado?

—Una criatura. Una cosa blanca y asquerosa que estaba pegada a mi ventana pero que no podía entrar sin invitación. Duer dijo que venía del Entremedio, sea lo que sea eso.

—¿El Entremedio? —reflexionó Cindy. Miró las fotos y vi un rastro de tristeza, solo por un momento—. Esa criatura. ¿Se movía más rápido de lo que podías ver?

—Sí. ¿Sabes qué es?

Cindy asintió con gravedad. —Lo sé. Los llamábamos engendros del Vacío.

O simplemente rastreros. Infestan el reino entre reinos.

El medio-mundo. Lo que muchos llaman el Entremedio y otros llaman el Vacío.

Sin embargo, vienen de otro reino. Un plano demoníaco llamado los Bosques Eternos.

Un reino de oscuridad infinita e innumerables árboles muertos que nunca estuvieron vivos en primer lugar.

Es el hogar de un viento que emana de la nada y que solo sirve para conducir a sus víctimas a un viaje y tormento eternos.

—¿Cómo sabes todo esto? —pregunté, frotándome el muslo. Sentía el hormigueo de la carne nueva, pero ya no me dolía.

—Porque estuve allí.

—¿Estuviste allí? —pregunté, con torpeza. No me lo tengáis en cuenta. Ningún humano nacido en la Tierra había salido de ella para volver después. Mucho menos uno que hubiera sobrevivido a un reino demoníaco.

Ella asintió. —Solo por un momento, pero fue suficiente.

Allí encontré las espantosas escenas de los muertos en combate, desparramados por el suelo negro y reseco, congelados en los estertores del trauma que había provocado que sus almas fueran arrojadas a tal lugar.

Muchos eran de reinos de los que no tenemos conocimiento.

Otros eran más fáciles de reconocer. Aquellos que vestían los uniformes ensangrentados franceses y alemanes de Verdún, figuras demacradas de las cámaras de gas de la Europa del siglo XX, los espíritus agotados y destrozados por la guerra de Stalingrado y las almas antiguas pero aún sufrientes de Maratón.

Estaban congelados en el tiempo, pero obligados a sufrir cada momento de su desaparición.

—¿Cómo... cómo escapaste?

—El hombre de los muchos nombres. Yo lo llamaba Tom.

Miré las fotos con más atención y vi a un hombre con barba que vestía una gabardina naranja brillante. El Vikingo de Fuego, el Hacha Errante, el Cambiapieles. Tom.

—Te han echado una maldición con una baliza de rastreo para demonios. Las criaturas del Entremedio, que se han alimentado durante tanto tiempo del trauma de los guerreros, te cazarán en la oscuridad... hasta que dejes de existir.

Cindy dijo esto con una sensación de resignación. Si Cindy se rendía, ¿qué esperanza tenía yo?

—Puedes quitar la maldición, ¿verdad? ¿Una purificación?

Ella negó con la cabeza. —No puedo. Esto no es una maldición espuria lanzada por un mago de la corrupción engreído. Alguien consiguió tu sangre y tu nombre verdadero.

Se me nubló la vista y mi corazón amenazó con salirse del pecho.

¿Mi nombre verdadero?

Los nombres verdaderos eran la última defensa de un mortal contra la destrucción mágica. Eran el secreto mejor guardado de cualquier persona. Si alguien sabía mi nombre verdadero, era prácticamente como si me estuviera apuntando a la cabeza con una pistola cargada. ¡Peor!

—Pero no estás indefensa contra los rastreros —dijo Cindy, y se levantó tan repentinamente que casi di un salto. Desapareció de la habitación y luego regresó.

—He visto que Brett te está enseñando a disparar.

Me entregó una cajita de madera. La acepté y abrí la tapa para revelar una pistola de estilo antiguo, con una empuñadura de madera barnizada y un acabado metálico de un negro profundo.

La pistola estaba unida a una cadena de plata, dispuesta sobre los soportes de virutas de madera dentro de la caja.

Su cañón era largo y sobresalía de un pequeño cargador interno cuadrado.

La reconocí de algún viejo juego de guerra al que había jugado con Trudie.

No era historiadora militar, pero podía calcular la época.

Finales del siglo XIX o principios del XX.

—¿Primera Guerra Mundial?

—Algo más de una década antes. La guerra de los Bóeres. La segunda. Es una pistola Mauser C96. Su designación oficial es Die Weltreisepistole des Dreiunddreißigsten Reiches . Pero yo la llamo Voidshot.

Examiné el arma de cerca. Había algo en alemán grabado en el lateral del armazón. Solo entendí la fecha. 1896. Tres años antes del comienzo de la Segunda Guerra de los Bóeres.

—Esta arma acabó en Sudáfrica, tan lejos de su hogar, en una época de sombría agitación y violencia.

Se convirtió en parte de esa violencia, pues esa era su función.

Tanto es así, que quedó impregnada en los Bosques Eternos.

Así como los guerreros se ven condenados a yacer para siempre moribundos en ese mundo oscuro, también lo hacen sus armas.

Esta arma, sin embargo, escapó. Viajó con nosotros a través del Entremedio y regresó a la Tierra.

Después de eso, adquirió una habilidad inusual.

Podía disparar sus balas, por muy convencionales que fueran antes, a través del reino entre reinos, dañando a quienes fueran alcanzados.

Normalmente, los residentes del Vacío no temen a nuestras armas convencionales.

El dolor y el sufrimiento de la Tierra no pueden seguirlos a su dimensión.

Pero las balas disparadas por esta pistola, sí.

Examiné el arma más de cerca. Me parecía normal. Agarré la empuñadura de madera.

—Todavía no tengo mi licencia —dije.

—¿Desde cuándo te ha detenido la ley? —dijo Cindy, con un atisbo de sonrisa en los labios.

Me levanté y Cindy me pasó una funda de cuero. La enganché a la parte trasera de mi cinturón, donde mi abrigo la ocultaría.

Cindy me entregó un peine de munición lleno de balas con punta de plata. Lo acepté y ella me enseñó a cargarla. Enfundé la pistola y enganché su cadena a mi cinturón. Con suerte, sería capaz de desenfundar a tiempo. Con suerte, no se llegaría a eso.

—Gracias, Cindy —le dije—. Por todo.

—Sobrevive, Kat. Es todo lo que pido. Están obligados por un amo a cazarte. Mata a quien lanzó la maldición y los rastreros perderán el interés.

Asentí. Sabía lo que tenía que hacer.