La Jugada del Diablo (Serie Kat Drummond 3) 11. El mantel
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11. El mantel

El mantel

—Al menos come algo antes de seguir adelante con lo que sea que estés planeando —suplicó Treth.

—Sí, mamá... —me quejé fingidamente, y puse unas tostadas. Saqué mantequilla de cacahuete de la panera. Una panera nueva, debo añadir, pagada con la tarifa de patrulla de la Ciudadela del Titán. Se acabó el comer pan duro.

—¿A quién vas a pedir ayuda? —preguntó Treth, mientras yo esperaba a que saltaran las tostadas.

—A una fumadora experimentada.

Sentí que Treth estaba a punto de insistir, pero entonces percibí cómo se daba cuenta de mi plan.

—¡No puedes! Ella nunca aceptaría.

—Lo hará si se lo pido.

—Es una civil, Kat. Y tu amiga.

Saltaron mis tostadas y empecé a untarlas.

—No le pasará nada.

—Estamos hablando de un demonio.

—Los demonios juegan con sus propias reglas, pero tienen reglas. Este demonio sigue las reglas de la competición. No traicionó la apuesta de Van Hunks, por ejemplo, ni hizo trampas en el concurso. Solo debo tener cuidado al formular la apuesta correctamente y asegurarme de que puedo ganarla.

—¿Y cómo vas a hacer eso?

—¿Recuerdas lo que dijo el demonio cuando lo encontramos aquella noche?

—¿Su charla sobre cuánto echaba de menos a Van Hunks?

—Aunque eso es interesante, no. Mencionó que no había fumado en mucho tiempo. Aunque no soy experta en la retención de habilidades de un demonio, si el demonio no logró vencer a un mortal entonces, debería fracasar al intentar vencer a un mortal ahora.

—¿Pero y si te equivocas? ¿Y si Trudie no es una fumadora tan experta como crees?

¿Y si me equivoco? ¿Dejaré que Trudie sufra por mi arrogancia? No...

—Me aseguraré de que no sufra ningún daño.

Treth se mostró dudoso.

Le di un bocado a mi tostada justo cuando oí que llamaban a la puerta. ¿Quién podría ser?

Miré por la mirilla mientras masticaba la tostada con mantequilla de cacahuete. Como por profecía, Trudie estaba al otro lado y (afortunadamente) sin Andy.

Abrí la puerta.

—Hola, Kat —sonrió Trudie, pero detecté un rastro de incomodidad en su expresión y en su postura.

Llevaba una falda a rayas blancas y negras con una chaqueta de imitación de cuero carmesí.

Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta y se balanceaba sobre las puntas de los pies—.

He oído que hablabas. ¿Hay alguien aquí?

—Hola. No, no. No hay nadie. ¿Ya está arreglado el móvil?

Trudie me pasó mi teléfono. —Fue extraño. Un momento parecía que se había frito por completo y al siguiente se encendía perfectamente.

Aquello era raro. Sonreí levemente. —Bueno, todo el mérito es para la experta.

—Sí...

Cambié mi tarjeta SIM del teléfono prestado y la puse en el mío.

—En fin, me marcho... —Trudie empezó a darse la vuelta.

—Espera...

Se detuvo. Me quedé helada.

Antes me había sentido muy segura de mí misma.

El plan era sólido. Tras analizar la historia, sentía que conocía a este demonio.

Lo comprendía lo suficiente como para derrotarlo.

Estaba tan segura de mi plan que incluso pensé que podía involucrar a mi mejor amiga.

¿Qué había pasado la última vez que mi amiga me acompañó a mi mundo?

Pranish. Él me ayudó a salvar a Trudie. ¿Y qué le pasó a él? ¿Podía arriesgarme a que le ocurriera algo parecido a Trudie? ¿Podía poner en peligro a mi alegre, pesada, siempre fiable y cariñosa amiga?

¿Y acaso tenía otra opción?

—¿Es por lo de Andy?

Se me cortó la respiración. Oh, grietas, no podía hablar de eso...

—¡No! — dije, un poco demasiado rápido y un poco demasiado alto.

Trudie se puso frente a mí y se llevó las manos a las caderas.

—¿Qué está pasando, Kat?

¿Iba a hacer esto? La mirada de Trudie se clavaba en mi alma.

No solo necesitaba su ayuda ahora, sino que necesitaba arreglar este conflicto que se estaba gestando entre nosotras.

Era mi amiga y, aunque no habíamos pasado mucho tiempo juntas últimamente, y aunque este asunto con Andy amenazaba con crear un gran abismo entre nosotras, seguía queriendo ser su amiga.

—Trudie, necesito tu ayuda —dije finalmente, con un suspiro de resignación.

Ladeó la cabeza. Mi tono y la pregunta en sí hicieron que su expresión pasara de una actitud defensiva anticipada a una de preocupación. Esa era la mirada que prefería en la cara de Trudie. Esa, y cuando estaba durmiendo. Estaba muy mona cuando dormía.

—¿Mi ayuda? —preguntó Trudie, sopesando qué podría implicar esa ayuda—. Lo único informático que tienes es tu móvil, y acabo de arreglarlo. Eso significa que no necesitas que arregle nada. ¿Necesitas ayuda para ir de compras?

—No, Trudie. Tengo este trabajo...

Trudie enarcó una ceja. —¿Necesitas mi ayuda para un trabajo?

Asentí.

—¿Para matar monstruos?

Negué con la cabeza. —No exactamente.

Me di cuenta de que seguía fuera, de espaldas al exterior, donde podíamos oler los gases de los coches y oír los ruidos de Rondebosch.

Me hice a un lado e hice un gesto a mi amiga para que entrara.

Parecía dubitativa, pero acabó entrando.

Alex ronroneó al verla acercarse y ella se agachó para acariciarlo.

—¿Qué pasa, Kat? —preguntó Trudie después de que yo cerrara la puerta. Alex ronroneaba como una ametralladora. Se había dejado caer sobre su espalda y aceptaba las caricias de Trudie en la barriga con gratitud.

—He estado trabajando en un caso para la Ciudadela del Titán —dije.

—¿Para el Culto? Eso son palabras mayores, Kat. Pero ¿para qué me necesitas?

—El monstruo que debo eliminar no es de los habituales...

—¿Mmm?

Suspiré. —No puedo matarlo. Pero creo que he encontrado una forma de deshacerme de él sin matarlo.

Alex pareció perturbado cuando Trudie se puso en pie y me miró.

Última oportunidad para echarse atrás.

—Necesito a alguien que pueda fumar más que un demonio.

Demasiado tarde.

—¿Fumar más que un demonio? —La ceja artificialmente negra de Trudie pareció a punto de desaparecer bajo su flequillo.

—Suena tonto, pero los demonios a menudo lo son.

—¿No son peligrosos los demonios?

—Sin duda, pero tienen reglas. Les gusta jugar a juegos. Este está vinculado a un viejo mito de El Cabo. Desafió a un viejo pirata a un concurso de fumar y perdió.

—Entonces, ¿qué te hace pensar que este demonio aceptará un desafío mío? Y si lo hace, ¿qué te hace pensar que puedo ganarle?

—Porque es orgulloso y porque está desentrenado. Tú estás muy bien entrenada.

Frunció el entrecejo, pensativa. Una gran parte de mí esperaba que se negara. Si lo hacía, podría encontrar otra manera. Quizás, una que no pusiera en riesgo a mi mejor amiga.

—¿Crees que tu plan funcionará? —preguntó Trudie.

Dudé, pero luego asentí.

—Bueno —suspiró—. No has fallado antes. Cuenta conmigo. Pero puede que tenga una idea mejor...

No sabía si sentirme aliviada o aterrorizada.

Whiteshield andaba con pies de plomo conmigo después de que montara en cólera porque me habían dejado en la montaña toda la noche.

Por suerte para mí, pusieron pocos problemas para permitir que Trudie me acompañara a la cima.

El recelo inicial de mi amiga ante los guardias y el hecho de subir a una montaña prohibida de noche fue sustituido por un deleite extático ante el teleférico y la vista de las luces nocturnas de Hope City.

Los amarillos, rojos y naranjas brillantes de las luces de nuestra ciudad en la oscuridad eran encantadores.

Llegamos a la cima alrededor de las ocho de la tarde.

Todavía quedaba un poco de rojo en el cielo, ya que el sol se negaba a dejar de prestar atención a Hope City.

Llevábamos comida para cenar y nos sentamos en una mesa que supuse que solían usar los guardias durante su descanso para almorzar.

La cena era comida china. Trudie pidió pollo agridulce con arroz y yo pedí cerdo crujiente picante con fideos. ¡Rico!

Cuando terminamos, se hizo el silencio. Un silencio largo e incómodo que parecía estarse volviendo común entre nosotras.

Trudie miraba hacia la distancia, hacia el campo de luces de los rascacielos del Casco Antiguo, como estrellas, justo a nuestras espaldas.

Realmente era una vista maravillosa. Era como contemplar el mundo entero.

O el espacio. ¿Se verían así desde lejos los reinos más allá del Vórtice?

¿Parecería el mundo de Treth una simple mota desde donde estábamos sentadas?

Miré hacia las estrellas de verdad. Se veían más claras aquí arriba.

Más nítidas. ¿Podría una de esas estrellas ser el sol del mundo de Treth? ¿Lo sabríamos alguna vez?

—Ground Control to Major Tom —cantaba David Bowie desde el móvil vibrante de Trudie, situado en el banco junto a un envase de poliestireno manchado de salsa de soja. Lo cogió y respondió.

—Hola, Andy. Sí. Con Kat. ¿Mmm? Sí. Un trabajo.

Me miró. Hice lo posible por parecer impasible.

—No estoy segura. Nos vemos mañana. Sí. Adiós, cariño.

¿Cariño? Oh, grietas. ¡Voy a vomitar!

—Era Andy —dijo ella, como si no lo supiera ya—. Quería quedar.

Se fijó en mi expresión. Me di cuenta de que estaba frunciendo el ceño.

—¿A qué viene esa cara?

—¿Qué cara? —En caso de duda, niégalo todo.

—Esa cara. —Trudie me lanzó una mirada sombría—. Parecía que querías tirar mi móvil por el acantilado.

Debió de ser más un gruñido que un ceño fruncido, entonces...

Antes de que pudiera responder, Trudie apartó la mirada y suspiró. Profundamente.

—¿Por qué, Kat?

—¿Por qué qué?

—¿Es porque tienes celos? Siento estar saliendo con tu ex. ¿Vale? Pero me gusta de verdad. Y tú lo echaste a un lado tan rápido...

—No es mi ex... —murmuré. Y era la verdad. Tuvimos una cita fallida y una cita falsa. Luego me di cuenta de que era un... ni siquiera sé qué.

—Tan turbio como un buhonero de Ciudad Sombra —ofreció Treth.

—¿Pero aun así tienes celos? —Trudie enarcó una ceja acusadora mientras encendía un cigarrillo .

—¿Estás segura de que quieres empezar ya? Podrías estar fumando durante horas con ese tipo si el plan no funciona.

—Estoy calentando, y respóndeme a la pregunta.