10. Necro
Necro
—No la vi entrar anoche —dijo la señora Ndlovu cuando la saludé a las puertas de mi edificio.
Estaba limpiando la suciedad de un cartel de «Entre por su cuenta y riesgo».
Era una nueva incorporación. Sospechaba que un gremlin podría haberse instalado en el edificio después de que varios inquilinos tuvieran que cambiar algunas bombillas fundidas—. —Ni salir esta mañana.
—Me fui de acampada —dije con una sonrisa sincera. Me caía bien mi casera. Era muy comprensiva cuando no podía pagar el alquiler a tiempo. Sus excentricidades eran un precio pequeño a pagar, si es que llegaban a serlo.
Me dirigí a mi apartamento, donde un Alex muy enfadado me recibió.
—Lo siento, pequeño —le dije con voz de bebé, agachándome para acariciarlo. Rechazó mis mimos y corrió hacia su cuenco de comida.
No me gustaba que mi gato estuviera enfadado conmigo. Alguien tenía que pagar por haber provocado tal cosa.
Mi teléfono sonó y el interlocutor me proporcionó de inmediato a alguien con quien desahogar mi ira.
—Kat —dijo Conrad—. No le dejé terminar.
—Toda la noche, Conrad. ¿Sabes dónde he estado durante toda la noche?
—¿En la cima?
—En la puta cima.
—Lo lamento —dijo él, sonando sinceramente avergonzado—. Ya he hablado con Charlotte, la enlace. Dice que se asegurará de que los guardias sean sancionados.
No respondí. Esperaba que mi ira se notara a través del teléfono. Me acerqué a Alex y abrí un sobre de comida para gatos con una mano. Era comida gourmet. Más cara que lo que comía yo. De verdad necesitaba cuidarme más…
—Bueno —dijo Conrad—. ¿Has encontrado algo?
—Un demonio —dije, todavía con un rastro de enfado en la voz, aunque se estaba aplacando—. Ya he hablado con Cindy Giles al respecto y lo he investigado. Está relacionado con un viejo mito de Ciudad del Cabo.
—¿Y?
—Admitió haber matado a los magos.
Una pausa.
—¿Qué ha dicho Cindy?
—Que tenga cuidado y que preste atención a las narrativas.
—Haz eso entonces. Cindy sabe lo que hace.
—Lo haré.
Estaba a punto de colgar cuando volvió a hablar.
—Kat, he conseguido algo de información sobre el Necrolord.
Eso captó mi atención.
—¿Qué es?
—Calma generalizada en los suburbios. Demasiada calma, de hecho. Muchas de las guerras de bandas han cesado. Es como si algo las hubiera unido. Un Leviatán , por así decirlo.
—¿Hobbes?
—Sí, a menos que un monstruo marino gigante esté dominando a las bandas de los suburbios. En fin, los suburbios han estado demasiado tranquilos. Eso fue hasta que una manzana entera desapareció. No los edificios, por supuesto, sino toda la gente. Al menos cien personas simplemente se esfumaron.
Fruncí el ceño. Trudie había desaparecido junto con todos los clientes del Eternity Lounge . El nigromante había admitido haberla secuestrado para el Cártel de la Sangre.
—Suena al modus operandi de mi nigromante.
—Sí. Pensé que te gustaría saberlo.
—Gracias, Conrad. Entonces, ¿cuándo me pongo con el caso?
—Ahora no, Kat. Tienes un contrato muy bien pagado con la Ciudadela. Céntrate en ese demonio. No te distraigas.
—Pero…
—Nada de peros. El Necrolord acabará recibiendo su merecido. No hace falta que te metas en los suburbios cuando deberías estar en lo alto de la Montaña de la Mesa.
A regañadientes, asentí con la cabeza, aunque él no pudiera verme. Mi silencio fue suficiente asentimiento para él.
—Bien. Manténme informado sobre la caza.
—Lo haré.
Colgó.
—Librémonos de este demonio para que podamos centrarnos en el villano principal —dijo Treth.
—Eso, asumiendo que podamos librarnos del demonio.
—¿Qué demonio? —preguntó Duer, bajando flotando desde su morada en la casita para pájaros.
—Un bastardo elegantemente vestido en la cima de la montaña.
—¿Por qué alguien se vestiría con elegancia para subir a una montaña? —preguntó Duer.
—Orgullo, probablemente —respondí—. Parecía bastante orgulloso.
—Lo parecía —añadió Treth, aunque Duer no podía oírlo—. Lo bastante orgulloso como para iniciar un concurso y luego fastidiar la apuesta cuando perdió.
—El orgullo es un pecado capital —dije.
—¿Según quién?
—Nadie que importe, pero hay una razón por la que la soberbia se considera un vicio.
—¿Y cuál es?
—El orgullo precede a la caída.
—Eso dices tú.
—Ja, ja, ja —dije con sarcasmo—. Pero es algo en lo que pensar.
—¿Crees que puedes usar su arrogancia en tu beneficio? —Treth sonaba dudoso.
—Los demonios no son seres perfectos. Ni de lejos. El poder siempre tiene sus debilidades. Este demonio parece amar los desafíos y se pone irritable cuando fracasa en ellos.
—La única vez que supimos que venció a alguien, ese alguien fue condenado a crear nubes por toda la eternidad —me recordó Treth.
—Cierto, pero… ese demonio parecía algo melancólico al respecto. Como si se arrepintiera.
—No me fiaría de un demonio solo por las apariencias.
—Ya, ya. Pero… eso sugiere algo que podemos usar.
Treth esperó en silencio mi plan. Duer se estaba aburriendo de mi aparente locura y se fue a hacer lo que hagan los duendecillos cuando están de okupas en el apartamento de un humano.
—A los demonios les encantan las narrativas. Ese demonio parecía triste por no tener a nadie con quien fumar. Nadie con quien recrear la vieja historia. Si alguien le desafía a una nueva apuesta, probablemente aceptará.
—¿Con qué fin? Incluso si ganas, simplemente te echará una maldición tal como hizo con Van Hunks.
—Sin embargo, no traicionó la apuesta. Van Hunks consiguió su ron y no perdió su alma. Simplemente fue esclavizado.
— Simplemente esclavizado.
—Van Hunks iba a ciegas. Pensaba que la apuesta era una broma. Si formulo la apuesta correctamente, podría evitar tal maldición.
—Tal vez… pero sigue siendo demasiado arriesgado. E incluso si consigues idear una buena apuesta, ¿cómo vas a vencerlo? Puede que solo acepte un desafío como el de la última vez. Tú no fumas.
—Yo no —asentí—. Pero conozco a alguien que sí.