La Jugada del Diablo (Serie Kat Drummond 3) 8. De mal humor
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8. De mal humor

De mal humor

Me desperté ante un mar de color verde que se mezclaba entre baluartes de roca gris sólida.

Una fina capa de humedad se adhería a todo, reflejando el sol de la mañana.

Oí correr agua. Había llovido por la noche, formando finos riachuelos de humedad sobre las rocas alisadas.

Esperaba que eso significara agua limpia.

Tenía la garganta como un cenicero. Al menos había un olor agradable, ya que la tierra mojada desprendía un aroma limpio por todo el lugar. Aportaba frescura al aire.

—Buenos días, Kat —dijo Treth. No sonaba como si hubiera estado despierto toda la noche. Que yo supiera, nunca dormía. No lo necesitaba. No tenía cuerpo que pudiera cansarse.

Solté un bostezo, me incorporé y luego solté un taco en voz alta al golpearme la cabeza contra el techo de mi refugio de roca.

—Unos buenos y jodidos días para ti también, Treth —dije con los dientes apretados. Sentí una ola de diversión emanar de mi incorpóreo compañero.

—Nada te ha asaltado mientras dormías. Nada que yo pueda detectar, al menos —dijo.

—Ya me lo imaginaba. Espero que me habrías despertado si algo me fuera a asaltar .

—¿Un poco de mal humor esta mañana? Me imaginé una sonrisa juvenil en su rostro.

—¿Un poco de alegría inapropiada? —repliqué. Tenía un irritante matiz de regocijo en la voz.

—No todos los recuerdos de mi vida son desagradables. Este olor... me recuerda a los buenos tiempos.

No pude empatizar con su alegría nostálgica mientras salía a rastras de la pequeña cueva donde había pasado la noche. Me dolía hasta el alma.

Al menos estaba viva. Había sobrevivido a la noche en la cima de una montaña con un monstruo que no estaba muy segura de poder matar. Aun así, me sentía como la mierda .

Recuperé mi mochila, aplastada por mi cabeza durante la noche. Había un termo dentro. El café estaría frío ahora, pero el café frío era mejor que nada de café. Sin embargo, el termo estaba vacío.

Levanté una ceja incrédula.

—Treth, ¿me he bebido el café mientras dormía?

Se lo pensó un segundo. —No, y no recuerdo que te bebieras nada anoche.

Incliné el termo para asegurarme. Nada. Tan seco como el desierto del norte infestado de ogros. No quería pensar en cómo había acabado así. Supuse que tendría algo que ver con aquel demonio. Cuando hizo lo que fuera que destruyó mi espada, puede que también disipara mi bebida.

Pero eso fue anoche. Hoy era hoy. Y tenía mucha sed.

—Llovió anoche —dijo Treth—. Tiene que haber algún sitio donde se haya acumulado el agua.

Después de buscar un poco, encontré un pequeño cuenco natural en la roca, una hendidura en la superficie de un peñasco sumergido en la tierra cubierta de fynbos. Se había acumulado una buena cantidad de agua en el cuenco, mezclada con la suciedad.

Arrugué la nariz. Al fin y al cabo, yo era una chica de ciudad. Nunca había ido de acampada. Nunca había salido de la ciudad. Mi idea de la vida salvaje era ocupar un edificio abandonado, no beber agua de un charco sucio.

Treth se rió. —No te matará, Kat. Bébetela. Es mejor que cualquier cosa que salga de una botella.

Me agaché para recoger un poco con la tapa del termo.

—Demasiada ciudad, Kat. Bebe con las manos. Siente el agua. Los minerales...

Puse los ojos en blanco, pero lo hice. El agua estaba refrescantemente fría en mis manos, labios y garganta.

A pesar de un poco de tierra, bien podría haber sido lo mejor que había probado nunca.

No hay que subestimar la capacidad de la sed auténtica para que las cosas parezcan mejores de lo que son.

Después de saciar la sed, me eché agua en la cara.

Eso me espabiló y me quitó gran parte del mal humor matinal.

Aunque no todo. Me sobraba para lanzárselo a la gente que me había tenido en esta montaña toda la noche.

Después de eso, me ocupé de mis asuntos privados y me dirigí hacia la Ciudadela. Era un coloso negro y reluciente mientras la humedad de la mañana se aferraba a ella como una fina cascada en una pared de roca. De camino a la Ciudadela, me distraje con unos finos destellos de luz entre los arbustos.

Mi espada. Bueno, lo que quedaba de ella. Toqué la hoja. Los pedazos estaban fríos, mojados por la lluvia y destrozados en trocitos irreparables.

—Me serviste bien. A partir de ahora solo estará tu hermano.

—¿Vas a enterrarla? —se mofó Treth.

—Cállate, Treth —dije, incapaz de ocultar un poco de tristeza. Quizá los fragmentos de la hoja sí merecían un entierro...

Me levanté y miré la roca donde el demonio había estado sentado anoche.

Ahora estaba vacía. No esperaba que siguiera aquí.

Pero sí esperaba que hubiera algún otro rastro de él.

Ceniza de pipa, basura o, al menos, huellas.

Pero las únicas huellas y matorrales dañados que pude encontrar eran míos.

Solo mi hoja rota servía para confirmar que lo que había pasado anoche no fue solo mi imaginación.

Suspiré. —Tengo algo de tiempo hasta clase. El suficiente para montarles un cristo a los de la Ciudadela por haberme dejado encerrada aquí fuera.

—Sé suave con ellos.

—No.

A diferencia de anoche, la puerta de la Ciudadela se abrió al primer timbrazo. Entré y me encontré con un Cornelius estupefacto.

—¿Qué cojones pasó anoche? —le grité, y enseguida me arrepentí al ver que los ojos del hombre se abrían como los de un ciervo ante un hombre lobo.

—Yo... esto... ¿qué...? —tartamudeó.

¿Quizá debería ser suave con él? Ya aguanta bastante mierda de DuPreez.

—Me quedé encerrada aquí anoche con un puto demonio. Toqué el timbre cincuenta mil millones de veces y no obtuve respuesta. ¿Así tratáis a vuestros empleados?

No soy una persona precisamente delicada.

—Hubo... hubo un cierre de emergencia anoche... Kat —tartamudeó él, apoyándose en su escritorio para sostenerse—. Mi culpa por haberle gritado y mi rabia por lo que había pasado estaban a la par, compitiendo por el dominio. —¿Demonio...?

—Un demonio... sí... Me planteé volver a soltar un taco. En su lugar, solté un pesado suspiro.

—Lo siento, Cornelius. Es que... he tenido una noche horrible.

—¿Dormiste en la montaña?

Le fulminé con la mirada y luego asentí.

—¿Y qué hay de la estación del teleférico?

—Cerrada. Ni un alma a la vista.

Se acercó a mí y me puso la mano en el hombro con tiento. Mi mirada no le amedrentó, así que me rendí. Solo esperaba poder mantener mi enfado. No quería echarme a llorar.

—Averiguaré quién se suponía que estaba de servicio anoche. Haré que lo despidan.

—Ya —respondí simplemente—. Gracias.

—¿A qué viene tanto jaleo? —retumbó DuPreez al entrar en la zona de recepción.

Cornelius se tensó. Yo respondí antes de que Cornelius considerara necesario hacerlo.

—Tengo una pista, señor DuPreez.

—¿Una pista? ¿Le importaría iluminarme?

Hice un gesto con la mano para descartar la petición. Con mi humor actual, no me apetecía contarle nada a este hombre.

—Se lo haré saber por los canales adecuados en el momento oportuno. Por ahora, tengo que irme a clase.

Salí del edificio antes de que DuPreez pudiera responder.

—Desde luego, sabes cómo hacer amigos —dijo Treth.

Gruñí como respuesta. No necesitaba más amigos. Ya tenía un buen grupo. ¿Y por qué querría ser amiga de DuPreez? Bueno, debería haber sido más amable con Cornelius. No era culpa suya que yo me hubiera quedado fuera.

Canalicé mi rabia residual en miradas asesinas a los guardias de Whiteshield de servicio en las estaciones superior e inferior del teleférico. Al menos el taxi llegó a la estación de abajo antes de que perdiera el control y empezara a gritar a los guardias.

Iba con el tiempo justo para llegar a clase. Hoy tenía uno de esos horarios menos flexibles. Tendría que dejar las bolsas en el Gravekeeper, que me pillaba de camino, y luego ir directa al campus. Sin tiempo para ducharme. Como de costumbre...

La clase fue de repaso. Podría habérmela saltado y haberme duchado en su lugar.

Habría sido mucho más productivo. En cambio, mantuve la cabeza alta e intenté mantener los ojos abiertos mientras el profesor seguía hablando sobre los magos Titán y los legalomantes.

Tuve la suerte de estar demasiado cansada para gritar.

¡Estaba harta de los malditos magos Titán!

Harta de ellos y del demonio que los cazaba.

Precisamente ayer estuve estudiando a los demonios, y luego aparece uno y casi me mata.

Aunque sentía que la última parte era mentira.

Estoy segura de que si esa cosa me hubiera querido muerta, lo estaría.

El asunto de la espada fue una demostración de poder.

El demonio quería que supiera de lo que era capaz, pensé.

Pero luego estaban todas esas cosas raras de las que hablaba.

Parecía que echaba de menos a alguien. Todo muy peculiar, y mientras intentaba asimilarlo, el barullo de los estudiantes me sacó de mi ensimismamiento.

La clase había terminado. Seguí a la multitud como un zombi y me recibió el rostro casi vampírico de Trudie.

—Hola —dijo—. Tu móvil saltaba al buzón de voz anoche, pero Andy dijo que te vio llegar al campus.

Le di un abrazo. Ella me lo devolvió.

—Tienes un aspecto terrible —olfateó—. Y hueles fatal, aunque no tanto como de costumbre. ¿Qué estuviste haciendo anoche?

Me aferré a ella, casi apoyándome para sostenerme. Era más baja que yo y servía como un buen reposabrazos y apoyacabezas. Dejé caer casi todo mi peso sobre ella, dándole un pequeño castigo por el comentario grosero.

—Acampando —murmuré. Soltó un bufido. No me creyó.

Solté a mi amiga y miré el móvil. La pantalla estaba en negro. Intenté encenderlo. Nada.

—Tienes que mantenerlo cargado —dijo Trudie.

—No soy tan inepta con la tecnología —gruñí, trasteando con el aparato. De hecho, no era nada inepta. Había ayudado a Trudie con un montón de cosas informáticas en el pasado.

Trudie me arrebató el móvil de la mano y buscó en su bolsillo, sacando un cable conectado a una batería externa. Lo enchufó e intentó encenderlo. Seguía sin funcionar.

—¿Qué le has hecho? —murmuró, entrecerrando los ojos ante el dispositivo muerto.

—Yo no he hecho nada...

Pero cierto demonio quizá sí...

—¿Kat ha roto su teléfono? —preguntó Andy, apareciendo detrás de mí. Casi pego un salto. Casi.

Se acercó al lado de Trudie y le pasó el brazo por los hombros. Arqueé la ceja ante eso. Especialmente al ver que ella ni se inmutó ni se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada trasteando con mi móvil más que muerto.

—Le echaré un vistazo, Kat —dijo ella—. Pero hasta entonces...

Sacó un pequeño móvil de su bolsillo. —Tengo uno de repuesto.

Lo acepté. No tenía sentido discutir. Trudie esperaría que se lo devolviera después de que hubiera arreglado mi móvil.

Si es que tenía arreglo. Trudie abrió la parte de atrás del teléfono y sacó mi tarjeta SIM.

La cogí y la inserté en el móvil nuevo. Esperaba que la SIM estuviera bien.

No quería tener que sacar un número nuevo.

Al menos podría descargar e iniciar sesión fácilmente en la app MonsterSlayer.

No podía quedarme sin mi pan de cada día.

—¿Y dónde acampaste anoche? —preguntó Andy, todavía con el brazo sobre el hombro de Trudie.

—En la Montaña de la Mesa —murmuré a regañadientes. No se me da bien ocultar mis sentimientos. Y lo que sentía hacia Andy en este momento era irritación, resentimiento y unos celos peculiares.

—¿En la Montaña de la Mesa? No te hacía una Peregrina de los Titanes.

—No lo soy...

Busqué una vía de escape. No encontré ninguna, pero no dejé que eso me detuviera.

—En fin, tengo que irme.

Me di la vuelta y me alejé lo más rápido que pude.

—¡Kat! —oí que llamaba Trudie cuando ya estaba a cierta distancia. Hice una mueca pero me detuve. Me alcanzó, lo cual debió de ser difícil. Ella llevaba tacones y yo botas.

—¿A qué coño ha venido eso, Kat? —escupió Trudie.

Casi suelto una risita por la rima, pero me recompuse.

—¿A qué ha venido qué? Tenía que irme. Tengo que investigar este caso...

—Sabes perfectamente a qué me refiero. Últimamente estás tratando a Andy como a una mierda. Tú y Pranish, aunque al menos Pranish puede fingir que es amable. ¿Qué puñetas está pasando?

Suspiré. Ya le había explicado mi razonamiento a Trudie antes.

No estaba de acuerdo conmigo. Andy no había ayudado a encontrarla cuando fue secuestrada por vampiros.

Trudie pensaba que él no había hecho nada malo.

Que no se le podía culpar por tener vida propia.

Yo pensaba de otra manera. Si no arriesgabas algo para salvar a un amigo, no eras un amigo de verdad.

Trudie puso los ojos en blanco y siguió hablando antes de que yo pudiera decir nada.

—Sea lo que sea lo que te hace actuar así, córtalo. Como habrás adivinado, Andy y yo estamos saliendo ahora...

—Eso ha escalado rápido —intenté que sonara a broma, pero me salió con un tono serio.

—Casi nunca estás, Kat. Las cosas pasan cuando no estás delante.

Frunció el ceño.

—Sé que salisteis un poco. Por mi culpa, en realidad, pero últimamente hemos congeniado muy bien. Es un buen chico, aunque tú no lo creas. Así que, por favor, sé amable. Por mí.

Asentí lentamente. Trudie se lo tomó como una aceptación.

—Gracias. Tengo clase ahora. Te daré un toque cuando tenga arreglado el móvil.

Me despedí de ella con la mano y me di la vuelta.

Trudie y Andy. Saliendo juntos. No sabía qué pensar de eso.