Capítulo 44 Epílogo
Una melodía familiar resuena en mis oídos.
No puedo evitar sonreír y mirar a mi novio, sentado a mi lado.
Los auriculares que hace tres años me parecían enormes ahora me quedan mucho mejor.
Además, esta vez han querido evitar problemas y han procurado sentarnos lo más separados posible.
Tengo que estirar la pierna al máximo para darle un leve toque en el pie con el mío.
Nicko levanta una ceja al mirarme y me devuelve el golpecito.
—¡Espero que todos hayáis terminado los exámenes finales y que estéis deseando disfrutar de unas merecidas vacaciones de verano!
—El presentador va alternando la mirada entre los dos, como si esperara que lo interrumpiéramos.
Es nuevo y me pregunto si somos sus primeros invitados en directo.
Como ninguno de los dos dice nada, continúa, con una voz ligeramente temblorosa y un entusiasmo un poco forzado—.
Nos hace muchísima ilusión despedir el curso con una última emisión de La vida en el campus .
Hace tres años estabais aquí, acababais de empezar la universidad, con esas caras de no haber roto un plato, y ahora estáis a punto de marcharos para convertiros en grandes estrellas de la NHL.
Bienvenidos de nuevo, Alexander Hart y Na...
—¡Nicko! —lo corregimos los dos al unísono, antes de intercambiar una sonrisa. Me recuesto en la silla.
—Soy Nicko van der Hoff.
—¡Claro, claro! —El presentador rebusca nervioso entre sus papeles mientras se le enrojecen las orejas.
—Bueno, todo el mundo tiene derecho a confundir a un gemelo con el otro al menos una vez, ¿no? —comento. La respuesta es una patadita en la pierna y una mirada asesina por parte de Nicko. Me río para mis adentros, pensando que luego ya encontraré la forma de compensárselo.
—¿Cómo os ha ido desde la última vez que estuvisteis en el programa? ¿Os sentís preparados para dar el salto a las grandes ligas?
—¿Quieres contestar tú? —me pregunta Nicko, volviéndose hacia mí con la cabeza ligeramente ladeada.
—Claro. Me siento más preparado que nunca —respondo con una sonrisa, acordándome de lo que pasó hace apenas un mes.
¡Cómo me temblaba la mano al firmar aquel contrato!
Nicko y yo nos quedamos tumbados en su cama toda la noche después de que terminara de hablar con la dirección deportiva de los Rebels.
Aunque aquella conversación consiguió calmar parte de su ansiedad, todavía quedaba mucho por hacer.
Las últimas semanas fueron una auténtica montaña rusa: Nicko tuvo que viajar tres veces a Nueva York para someterse a pruebas médicas adicionales y vivía con los nervios a flor de piel antes y después de cada revisión.
Había firmado una temporada espectacular, pero el club quería asegurarse de que todo estaba en orden.
Mientras tanto, no dejaban de surgir rumores de otros equipos interesados en él. Tanto Utah como Las Vegas llegaron a ponerse en contacto con su padre y, durante un tiempo, temí que nuestra relación se redujera a escuchar la voz de Nicko a través del teléfono.
Pero los Rebels siempre habían sido su primera opción. Y, cuando lo vi escribir su nombre al pie de aquel contrato, sentí que por fin podía volver a respirar.
—Evidentemente, me habría encantado traerme el trofeo de los Frozen Four, pero... —me encojo de hombros.
—¡Bah! ¡Si ni siquiera fuisteis capaces de ganarnos! —interviene Nicko y yo resoplo.
—Eso es verdad, pero soñar sigue siendo gratis, ¿no?
—Sí... Bueno, en ese último partido antes de los Frozen Four hubo un incidente que estuvo a punto de hacer que los Bats perdieran por incomparecencia. ¿Queréis contarnos un poco más sobre aquello? —pregunta el presentador, aprovechando nuestro intercambio.
La verdad es que no. Aun así, mantengo la sonrisa y me acomodo en la silla, acercándome un poco más tanto a la mesa como a Nicko.
—No creo que haya mucho más que añadir. Alguien dijo algo que no tiene cabida en un deporte limpio.
Puede que el árbitro no considerara que aquello merecía sanción, pero mi equipo no opinó lo mismo.
Y, por suerte... —miro a Nicko y le dedico una breve sonrisa, intentando transmitirle toda la calma posible—, los Badgers también lo entendieron así.
Me alegro de que pudiéramos terminar aquel partido.
Durante unos segundos se hace el silencio. No resulta incómodo, así que espero con tranquilidad a la siguiente pregunta.
—Sí... Bueno... Tú tuviste un papel importante en aquella decisión, ¿verdad, Nicholas?
—Supongo que sí —murmura Nicko, frunciendo ligeramente el ceño. Apoya un codo sobre la mesa mientras medita unos segundos su respuesta.
Lo observo en silencio, esperando a que hable, con la vista fija en su nariz recta. Me entran unas ganas tremendas de alargar la mano y juguetear con el rizo rubio que asoma por debajo de los auriculares. Como no puedo hacerlo, me limito a acercar la silla un poco más a la suya.
—Simplemente no podía... No me parecía justo ganar un partido solo porque alguien había decidido comportarse como un imbécil homófobo —dice al fin, frunciendo apenas el ceño—.
No me habría parecido bien llegar así a la Frozen Four.
Quería ganar limpiamente y mi equipo estuvo de acuerdo.
Aunque fui yo quien inició esa conversación, al final fue una decisión de todo el equipo.
—Y también asumisteis las consecuencias como equipo, ¿verdad? ¿Crees que habríais ganado a Michigan si... —consulta de nuevo sus papeles y lee el nombre— Zollweg hubiera jugado?
Nicko se encoge de hombros y estoy a punto de darle otro golpecito con el pie cuando inspira hondo y consigue serenarse él solo. No puedo evitar sentirme orgulloso. Los dos hemos madurado mucho.
—Eso no puedo saberlo. Pero prefería defender mis convicciones antes que agachar la cabeza para ganar.
El presentador parpadea varias veces y vuelve a rebuscar entre sus papeles. Me pregunto, sin darle demasiada importancia, cuánto más durará esta entrevista, porque de pronto me han entrado unas ganas irresistibles de llenar de besos a mi novio.
Por cómo me mira el presentador, ya sé cuál va a ser la siguiente pregunta incluso antes de que la formule.
—¿Y qué les dirías a los aficionados que opinan que deberías haberte preocupado más por el partido que por los temas LGBTI?
—Dos cosas. —Nicko se inclina hacia delante hasta casi rozar el micrófono con los labios—.
La primera: yo mismo cometí el error de decir esas mismas tonterías en el pasado, y quiero pedir perdón por ello.
Subestimé muchísimo todo el trabajo que aún queda por hacer y hasta qué punto la homofobia sigue profundamente arraigada en el deporte.
Además, en estos últimos meses he tenido la oportunidad de conocer mucho mejor a Hart, y él demuestra que esa idea es falsa.
Se pueden hacer las dos cosas: jugar un hockey increíble y ser la voz que la comunidad necesita.
Y a todos los escépticos les digo una cosa: la temporada que viene me verán ganar el premio al Novato del Año y, además, desfilar en la Marcha del Orgullo.
Por un instante estoy convencido de que mi corazón late con tanta fuerza que los micrófonos deben de estar captándolo, junto con la risa que brota de mi pecho.
Solo Nicko sería capaz de lanzar un desafío a todos los novatos que empiezan con nosotros y, al mismo tiempo, decir algo que sé que para alguien ahí fuera va a ser muy muy importante escuchar.
Con un murmullo de aprobación, me inclino hacia el micrófono para añadir mi punto de vista.
Apoyo una mano sobre la mesa y, al moverme, rozo adrede el brazo de Nicko.
Está muy lejos de lo que realmente me gustaría hacerle, pero eso tendrá que esperar.
—Siempre es fácil decir eso cuando no eres tú quien tiene que justificar su vida privada a cada paso.
Nunca he oído que le hagan esa pregunta a un jugador heterosexual cuando se casa o tiene hijos.
—Me recoloco en la silla y me aclaro la garganta—.
Pero tanto en una universidad como en la otra he encontrado muchísimo apoyo, como pude comprobar al participar en la Alianza LGBTQIA+ de Bonham.
Los Rebels también me han asegurado que quieren dar visibilidad a personas como yo para que podamos expresarnos libremente.
Y, por mi parte, dejo que mi juego hable por sí solo.
—Les dedico una sonrisa tanto a Nicko como al presentador—.
Teniendo en cuenta que acabo de completar una gran temporada con los Bats, creo que ha quedado bastante claro que puedo centrarme en más de una cosa a la vez.
—Bueno... Eso es... estupendo.
—Sí, a todos nos encanta escuchar a Hart defender su causa —protesta Nicko a mi lado, aunque el tono burlón de su voz lo desmiente por completo. Cuando me vuelvo hacia él, descubro una leve sonrisa dibujada en sus labios.
—Entonces..., ¿jugar el uno contra el otro os hizo desear compartir equipo?
Es una pregunta sobre la que he pensado muchas veces. Desde luego, no fue enfrentarme a Nicko lo que cambió mi opinión sobre él. No fue hasta que jugamos juntos que comprendí el equipazo que formábamos sobre el hielo.
—En cierto sentido... —empiezo con cautela, provocando que Nicko sonría aún más.
—¡Desde luego! Ganarle a Hart me demostró todo lo que aún le queda por aprender.
—¿Ah, sí? ¿Como qué?
—¿Por dónde empiezo? —suspira Nicko, sin perder esa sonrisa pícara. Se recuesta en la silla y empieza a contar con los dedos—. Para empezar, ¡tu revés! Luego, juegas como si aspiraras a ser canonizado como el patrón del hockey...
La lista continúa —en algún momento incluso el presentador se ríe—, pero yo ya no escucho nada. Mi mente se ha quedado completamente en blanco, salvo por una idea muy concreta: alargar la mano, atraerlo hacia mí y borrarle de un beso esa sonrisa exasperante.
—¡Vale, vale! Como podéis ver, Hoff tiene mucho que enseñarme —consigo decir al fin, arqueando una ceja en dirección a Nicko.
Ya hablaremos tú y yo , le prometo en silencio. Más tarde .