Capítulo 44 Epílogo #2
—Quizá los Rebels deberían plantearse ficharlo también como asesor técnico.
—Bah, eso lo sabe cualquiera que entienda un poco de hockey. —Nicko le resta importancia a mi comentario, pero no pienso dejar escapar la oportunidad.
—Totalmente de acuerdo. El verano pasado entrenó a un equipo infantil y este año volverá a hacerlo antes de incorporarse a la pretemporada con los Rebels. Tiene una mano increíble con los niños.
El presentador parpadea cuando vuelvo la vista hacia él, claramente sorprendido por el cambio de tema.
—Vaya... ¿Eso es verdad?
—¡Claro que sí! —asiento con un entusiasmo completamente sincero. Me encanta poder hablar de esta faceta de Nicko, aunque sus mejillas, cada vez más coloradas, reclamen la mitad de mi atención. Fue una auténtica maravilla verlo con Milo y celebrar junto a los pequeños el final de la temporada.
—Pero no soy solo yo. Lo organiza el entrenador Kovachev —aclara Nicko, intentando quitarse mérito.
—¡Y sigue siendo una pasada! Aprender hockey de un futuro jugador de la NHL es una oportunidad increíble para cualquier niño. —Probablemente parezca que estoy haciéndole publicidad, pero, sinceramente, ahora mismo me da igual.
Nicko alarga el brazo para taparme el micrófono con la mano mientras resopla. Medio inclinado sobre mi regazo, está tan cerca que tengo que morderme la lengua para no rodearlo con los brazos y esconder la cara en el hueco de su cuello. Por desgracia, el presentador decide sacarme de mi fantasía.
—Ejem... ¿Y qué más habéis estado haciendo en estas últimas semanas de universidad?
Esta vez ni siquiera intento disimular el resoplido. Es una pregunta de lo más típica, aunque, por supuesto, siento cierta tristeza al pensar que voy a dejar atrás a mi equipo, dejar Bonham y mudarme a Nueva York.
Aún queda un poco para eso.
El campus de pretemporada no empieza hasta mediados de septiembre y, hasta entonces, me esperan unos meses gloriosos de libertad en los que pienso aprovechar una parte del bono que recibí al firmar el contrato.
Quiero visitar a mis madres y, además, Nicko, Nate y yo llevamos tiempo hablando de hacer un viaje por Europa.
—No demasiado. Estoy recuperándome de una temporada muy exigente —empiezo a responder al darme cuenta de que ninguno de los dos ha dicho nada para romper el silencio.
Cruzo la mirada con Nicko y asiento levemente antes de continuar—.
Claro que da pena despedirse. Llevo cuatro años viviendo en la residencia universitaria y voy a echar muchísimo de menos a todos, pero también estoy muy contento de haber terminado los exámenes por fin.
Aunque el hockey me ha ocupado gran parte del tiempo, he sacado muy buenas notas en todas las asignaturas y estoy orgulloso de ello.
Ahora tengo muchas ganas de que llegue la graduación. —Sonrío—. Mis madres vendrán a verla.
—Casi suena demasiado tranquilo para una futura estrella de la NHL. ¿Y tú, Nicholas?
—¡Pues fiestas y alcohol, por supuesto!
No puedo evitar echarme a reír y negar con la cabeza. Sé perfectamente que después de la graduación habrá una cena en el Refugio y, después, probablemente una maratón de películas. Y cuando todo eso termine, podré escabullirme para meterme en la cama con Nicko.
—¡Eso sí que suena a auténtica vida universitaria!
—Sí, sí... A este solo le interesan las fiestas —comento con ironía.
Nicko me saca la lengua.
Yo me limito a sonreír.
—Perdona, ¿te he interrumpido mientras hablabas de ti mismo, Van der Segundo?
—Pues sí, la verdad.
Le dedico otra sonrisa, esta vez mucho más arrogante.
—Perdón, pensaba que ya habías terminado.
—¡Pues no! —Se levanta de golpe y, al hacerlo, me pisa el pie aposta.
Tengo que morderme el labio para no echarme a reír.
Nicko está hasta las narices de todo esto y lo único que quiere es largarse de aquí; se le nota a la legua.
¿Y qué mejor excusa que amenazar con poner en peligro todo este carísimo equipo de grabación?
—¡Uy, esto vuelve a ponerse interesante! —susurra el presentador. Casi parece encantado con la tensión creciente.
—Vale —digo, asegurándome de quitarme los auriculares antes de levantarme—. Vamos fuera, Hoff.
—Vamos, Hart. —Los ojos de Nicko brillan y un escalofrío me recorre la espalda—. Sí, desde luego tenemos que salir de aquí.
—Eh... No, chicos, vamos... Podríais simplemente... Bueno, ¡hasta aquí el programa de hoy de La vida en el campus ! Que paséis un...
No llego a escuchar el final de la despedida porque Nicko ya me está tirando del cuello de la camiseta para sacarme del estudio.
Avanzo a trompicones y me echo a reír en cuanto la puerta se cierra a nuestra espalda.
Doblando la esquina del pasillo, Nicko se gira hacia mí con una sonrisa y me empuja contra la pared.
Sus labios encuentran los míos antes siquiera de que pueda ordenar un pensamiento.
—Dios, ¡eso se me ha hecho eterno! —gime, y yo le paso una mano por el pelo.
—Puede, pero ni siquiera hemos hablado de en qué posiciones esperamos jugar, ni de en qué queremos gastarnos el bono de fichaje, ni siquiera hemos mencionado...
—Nicko me calla con otro beso y, acto seguido, se aparta, dejándome apoyado contra la pared, con los labios aún hormigueándome y deseando volver a sentir los suyos.
—¡El último que llegue al coche lava la ropa durante toda una semana! —grita por encima del hombro mientras echa a correr.
—¡Eso es hacer trampas! —le grito, saliendo detrás de él a toda velocidad.