Capítulo 43 #2
—Nicko —murmura Xander, y levanto la cabeza de golpe. Durante un instante creo que lo he imaginado, pero, cuando parpadeo, Xander sigue allí, de pie, junto al coche de Nate.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo. Por favor, escúchame. Si después no quieres que esté aquí, me iré.
Respiro hondo mientras recorro a Xander con la mirada. Lleva el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él demasiadas veces, y la cremallera de la chaqueta solo está subida hasta la mitad. Debajo asoma el jersey desgastado que llevaba en nuestra primera cita.
—De acuerdo —respondo, y él deja escapar el aire en un suspiro tembloroso.
—Sé que se suponía que lo nuestro iba a terminar aquí, pero... —Se interrumpe a mitad de la frase mientras da un paso hacia mí—. Pero... A la mierda. No sé cuándo ni cómo pasó y, créeme, llevo noches enteras dándole vueltas.
El corazón me da un vuelco, porque sé perfectamente adónde quiere llegar. Un cosquilleo traicionero me recorre el estómago.
—Fue cuando salimos a correr por la mañana.
—¿Qué?
Tengo que contener la risa al ver la confusión en su cara. Los dedos me tiemblan mientras, por fin, guardo el móvil en el bolsillo lateral de la bolsa.
—La primera vez que salimos a correr juntos.
Cuando me caí sobre la rodilla lesionada y me ayudaste a levantarme y a entrar en casa.
Ahí fue cuando pasó. Al menos para mí —confieso.
Es la única vez que voy a admitir algo así: aquí, en mitad de la noche, agotado y con la sensación de haberlo perdido todo.
Xander guarda silencio unos segundos y, de pronto, rompe a reír.
—Y yo que esperaba que el momento decisivo hubiera sido cuando me miraste la polla a escondidas.
Me echo a reír.
—Sigue soñando, Hart.
—En realidad, este habría sido el momento perfecto para llamarme Alejandro Magno.
—Anda, no flipes —resoplo, negando con la cabeza, aunque la sonrisa ya se me ha escapado. Qué idiota.
Se hace otro breve silencio. Una ligera brisa sopla a nuestro alrededor y el momento de humor se desvanece poco a poco.
—Nicko... —empieza. Levanto una mano temblorosa para detenerlo.
—No lo digas, Xan. —No hay firmeza en mi voz; solo una súplica desesperada, mientras noto cómo vuelve a formárseme un nudo en la garganta.
—¿Por qué no?
—Porque si lo dices ahora, voy a echarme a llorar. Y odio llorar.
—¿Que te quieran te hace llorar?
—¡Joder, te he dicho que no lo dijeras! —protesto, echando la cabeza hacia atrás mientras parpadeo deprisa, con la vista clavada en el cielo oscuro. No se ve una sola estrella sobre nosotros.
—Pero tengo que decírtelo, Nicko. Necesito asegurarme de que, si te alejas, al menos sepas lo completa y estúpidamente enamorado que estoy de ti.
Dios. De repente me siento mareado. Me falta el aire. El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que parece querer salírseme.
—Qué idiota eres —murmuro con la voz ronca, levantando un brazo para secarme la nariz con la manga.
—Se te da fatal esto, Hoff. La gente normal contestaría diciendo lo mismo.
Su tono pretende ser burlón, pero el temblor de su voz lo delata.
—Qué presuntuoso por tu parte dar por hecho que siento lo mismo.
—¿No sientes lo mismo?
Intento seguir con la broma, pero la inseguridad en la voz de Xander me retuerce el estómago.
Recuerdo aquella conversación en la cocina de mis padres, cuando de pequeño quería ser el cachorro especial, el de las manchitas, y entonces entiendo que ya no puedo seguir fingiendo.
No puedo dejar que se marche creyendo que nunca lo he querido, aunque al final tenga que hacerlo de todos modos.
Dejo caer la bolsa al suelo y doy un paso hacia él, alargo las manos hasta las suyas, que apenas asoman por debajo de las mangas largas y demasiado grandes del jersey.
La imagen es tan ridículamente tierna que me entran ganas de taparle la cara con un cojín.
¿Cómo se atreve a estar tan guapo precisamente ahora?
—Claro que te quiero, Lexi. Nunca he conseguido sacarte de mi cabeza.
—Pues no tienes por qué hacerlo. Jamás.
Xander me rodea con los brazos y me atrae hacia él, y yo me dejo abrazar. Me duele absolutamente todo el cuerpo, pero entre sus brazos desaparece el dolor.
—Sí que tengo que hacerlo. Si no, ¿qué voy a hacer cuando estés a miles de kilómetros y sigas siendo lo primero en lo que piense cada mañana? ¿Cómo voy a seguir jugando al hockey si lo único que voy a querer es ver tus partidos y fijarme en todos los fallos que cometas?
Xander resopla, y el sonido, a medio camino entre una risa y un sollozo, es tan absurdo que estoy a punto de atragantarme con mis propios mocos.
—Siempre puedes grabar mis fallos —propone mientras me acaricia la cara con ambas manos—. Aunque también podrías estar allí para verlos.
Frunzo el ceño, dispuesto a protestar, pero él me silencia apoyándome un dedo sobre los labios.
—Todavía no sabes si te van a fichar o no, Nicko. Tu temporada terminó hace apenas unas horas. Pero, aunque ningún equipo te haga una oferta, podemos hacer que esto funcione.
Cierro los ojos e intento imaginar cómo sería. Cómo podríamos hacer que lo nuestro funcionara si acabamos en husos horarios distintos o, incluso, en continentes diferentes.
—¿Y si ningún equipo de este país me quiere? ¿Y si tengo que marcharme de Estados Unidos?
—Entonces hablaré contigo hasta altas horas de la madrugada y llegaré hecho polvo a más de un entrenamiento matinal, pero merecerá la pena, Nicko.
Nosotros merecemos la pena. —Hay una convicción tan firme en su voz que, por un instante, casi consigue convencerme.
Casi consigue que crea que de verdad podríamos darnos una oportunidad.
Casi.
—Esto es una locura, Lexi. Estás como una cabra. Te mereces a alguien que pueda estar aquí contigo, que te apoye, alguien con el valor de ir de la mano contigo en público. Y yo no soy ese. Todavía no estoy preparado.
—¿Pero crees que algún día podrías estarlo?
—Eso espero, pero...
—Entonces tú te mereces a alguien que esté dispuesto a esperarte hasta que llegue ese momento, Nicko. Nunca te pediría que salieras del armario si no te sientes seguro. Ni te obligaría a renunciar a tu sueño por mí. Hay sitio para todo. Y, si no lo hay, ya nos encargaremos de hacer sitio.
Todas las posibilidades que dibuja ante mí me abruman. Poder tener ambas cosas al mismo tiempo: estar con Xander y seguir jugando al hockey. Sé que no puede ser tan sencillo como él lo pinta. Pero lo quiero.
Dios, cuánto lo quiero.
—Espero que el bono por firmar con los Rebels haya sido enorme —digo con una sonrisa temblorosa.
Resoplo cuando arquea una ceja, un gesto que sospecho que nunca dejará de sacarme de quicio—.
Más que nada para que puedas pagar la factura de todas esas llamadas de sexo telefónico a altas horas de la noche.
Xander se queda mirándome unos segundos y, justo cuando empiezo a pensar que quizá se lo ha tomado mal, se inclina hacia mí y empieza a besarme.
No una ni dos veces, sino por toda la cara.
Besitos rápidos que me llenan los párpados, la nariz, la frente, las cejas, la mandíbula y la barbilla, hasta que acabo retorciéndome entre risas para intentar apartarlo.
—Pues a partir de ahora pienso pagarte todas las facturas del teléfono —declara, y yo me río de esa promesa tan temeraria.
—A Nate le encantará oír eso. Anda, empieza por invitarme a cenar, que me muero de hambre.
—Qué romántico eres —suspira, aunque enseguida echa a correr hacia donde he dejado la bolsa mientras yo ya subo los escalones del porche.
—¿Me lanzas las llaves? —le pido—. Ah, y el móvil también. Está en el bolsillo lateral. Estaba pensando que podríamos pedir una pizza familiar de cuatro quesos, sin guindillas...
—Eh, ¿Nicko?
Xander me lanza las llaves. Las atrapo al vuelo sin dificultad y levanto la cabeza al verlo sostener mi teléfono, que no deja de sonar.
—Buf... —resoplo. Ahora mismo no tengo ninguna gana de enfrentarme al mundo exterior. En realidad, nunca las tengo, pero esta noche menos que nunca. Lo único que quiero es comer pizza y acurrucarme en la cama con... mi novio.
—Que salte el buzón de voz —ordeno, cambiando el peso de un pie a otro con impaciencia—. Si de verdad quieres estar conmigo, tendrás que aprender que la comida está por encima de...
Xander me corta con un leve gesto de la cabeza y me lanza el teléfono, que sigue sonando.
—No —dice—. Creo que esta vez deberías hacer una excepción.