Capítulo 43
En una historia perfecta, de esas que algún día me habría gustado contarles a mis sobrinos, habríamos llegado a la final de la Frozen Four. El hecho de haber unido fuerzas para hacer lo correcto nos habría servido para consolidarnos como equipo y alcanzar la victoria definitiva.
Pero, en el mundo real, lo que pasa es que perdemos el siguiente partido.
Desde el principio supimos que compensar las bajas de la plantilla era prácticamente imposible. Puede que Zollweg sea un homófobo acérrimo que ha contado «su versión de los hechos» en varios pódcasts y canales de YouTube, pero, por desgracia, también era uno de nuestros mejores jugadores.
El entrenador ha mantenido la suspensión de Elrod, aunque se rumorea que tanto él como Zollweg quieren contratar abogados para «restaurar su reputación».
Bergerson solo volvió una vez para vaciar su taquilla. No nos dirigió la palabra, pero publicó un larguísimo comunicado en Instagram para explicar públicamente que unas «diferencias irreconciliables» lo habían llevado a abandonar el equipo.
Jacob Dunn, nuestro extremo derecho de la cuarta línea, se marchó unos días después por la presión de sus padres. Verlo recoger sus cosas, con los labios apretados y los dedos temblándole alrededor de los patines, fue deprimente.
Además, Aldridge sigue de baja por la mano rota.
Su caso también está pendiente de revisión, porque, al fin y al cabo, atacó a un compañero de su propio equipo.
Hoy ni siquiera le han permitido sentarse en el banquillo, pero ha visto el partido desde la grada, con su hermano adolescente a su lado.
Nos encontramos con el chico fuera y le firmamos un palo de hockey decorado con cinta arcoíris, lo que respondió a muchas de mis preguntas.
Dudo que Aldridge y yo lleguemos a ser amigos, pero me dio una palmada en la espalda y me deseó suerte antes del partido.
Una parte de mí se alegra de que esta temporada haya llegado a su fin.
Llegar a la final no me habría parecido correcto.
Ni siquiera después de que Xander se pusiera en contacto con nosotros de forma oficial y nos explicara que estaba agradecido por el apoyo que le había mostrado el resto del equipo.
No todo el mundo en la universidad comparte esa opinión.
El campus se ha convertido en un auténtico campo de minas: nunca sabemos si nos van a increpar o a felicitar por lo que hicimos.
Todo el mundo, desde el conserje hasta el decano, ha tenido algo que decir al respecto.
Así que no me ha sorprendido que hoy gran parte de las gradas de nuestro lado estuvieran vacías, ya fuera como protesta contra las acciones «woke» o contra la homofobia en el deporte universitario.
En realidad, el grupo más numeroso de los que han venido a animarnos lo forman mi familia, mis compañeros de piso y Xander.
Como este año la Frozen Four se celebra en Boston, todos han viajado hasta aquí.
Odio perder delante de la gente a la que quiero.
—¡Menudo golazo! —aplaude Marisol cuando patino hasta el plexiglás. Mis compañeros ya se dirigen a las duchas mientras Michigan celebra la victoria al otro lado de la pista. Me dan un poco de pena; aunque su afición ha respondido de maravilla, no es lo mismo celebrar con medio estadio vacío.
—Gracias —respondo con una risa ante su entusiasmo sincero. Haber marcado el único gol de B-Tech esta noche es un consuelo muy pequeño. Ha sido mi último gol en la NCAA y, quizá, también el último que marque en suelo estadounidense.
Ya sé que no voy a dejar el hockey. Los Rebels siguen sin dar señales de vida, pero ya he aceptado que no van a ficharme.
Como era de esperar, Xander ya tiene contrato.
Yo estaba allí cuando lo firmó, observándolo con una punzada de envidia, sí, pero también con un orgullo inmenso.
Hace unos meses jamás habría imaginado que ver el asombro en sus ojos al leer su nombre impreso en la primera página del contrato me haría sentir un vuelco en el pecho.
No sé quién me dará una oportunidad cuando los Rebels me cierren definitivamente la puerta; con mi lesión y todo lo que rodea ahora mismo a los Badgers, no espero que ningún otro equipo de la NHL quiera apostar por mí a estas alturas.
Pero quizá consiga hacerme un hueco en la plantilla de algún equipo de la AHL antes de tener que poner la vista en las ligas europeas.
—Sí, sí, ha sido un golazo. Qué pena que hayáis perdido, Nicko.
¿Podemos largarnos ya de aquí, por favor?
Se me están congelando los huevos —se queja Oliver, ganándose una severa reprimenda de Linden por su falta de tacto y de empatía.
Mis amigos recogen sus carteles y pancartas mientras Nate va en busca de nuestros padres.
Mamá intenta cruzar la mirada conmigo varias veces, pero mi hermano prácticamente se la lleva de allí mientras le cuenta, entusiasmado, la conversación que ha tenido con el coordinador ofensivo de los Utonagan.
—¿Te vuelves con nosotros a casa? —me pregunta papá. Dudo un instante, pero al final niego con la cabeza.
—No. Me vuelvo con el equipo.
Papá asiente, comprensivo.
—Entonces hablamos mañana, ¿vale? —pregunta, y levanto el pulgar antes de que se dé la vuelta para reunirse con mamá y Nate.
Y, de pronto, Xander es el único que queda en la grada del lado de B-Tech.
—Hola —murmura al acercarse por fin, apoyando una mano en su lado del plexiglás. Una leve sonrisa asoma a mis labios y me quito uno de los guantes.
—Hola. —Mi voz apenas logra imponerse a la música con la que Michigan celebra la victoria, aunque eso también significa que nadie está pendiente de nosotros.
—¿Cómo estás?
Cierro los ojos al oír la pregunta y me inclino hacia delante hasta apoyar el casco contra el plexiglás.
—Cansado —respondo—. La verdad es que estoy muy muy cansado.
Y asustado . Eso no lo digo en voz alta.
Sabía que este momento iba a llegar: el final de mi temporada.
Mientras intentaba trazar un plan para mi futuro, la relación entre Xander y yo también se acercaba a su final.
Resulta extraño, no solo por estos últimos meses, sino por todos los años anteriores.
Incluso cuando apenas podíamos soportar estar en la misma habitación, Xander siempre formó parte de mi vida; siempre ocupó un rincón de mi mente.
—Me lo imagino —dice con una risa apagada. El sonido está vacío y la sonrisa que curva sus labios no alcanza a reflejarse en sus ojos.
Los dos guardamos silencio, demasiado conscientes de que, cuando nos separemos, esto habrá terminado.
Fin de temporada.
La bocina final.
Tres veces Xander abre la boca dispuesto a decir algo, pero vuelve a cerrarla sin pronunciar una sola palabra. Cada vez contengo la respiración, deseando que hable y, al mismo tiempo, temiendo que lo haga.
Seguimos así hasta que los jugadores de Michigan empiezan a abandonar el hielo y, al pasar junto a nosotros, nos dedican largas miradas. Me sorprende que el entrenador todavía no haya salido a buscarme para llevarme al vestuario y empiezo a preocuparme por si se han marchado sin mí.
Al final, Xander se aclara la garganta.
—Será mejor que vayas al vestuario y te des una ducha caliente.
Siento una opresión en el pecho bajo las protecciones, pero asiento por inercia mientras retiro la mano del plexiglás.
—Sí —murmuro, haciendo girar los hombros con torpeza—. Debería.
—Supongo que... ¿Nos veremos por ahí?
—Puede —digo, pensando ya en lo incómodas que serán mis visitas a Nate. Ahora será él quien tenga que venir más a menudo al Refugio; mis compañeros de casa no paraban de preguntar por él. Al parecer, todavía tiene pendiente terminar de volver a ver America’s Next Top Model .
—Bueno..., cuídate.
—Tú también.
Y con eso, me aparto de la valla.
***
El viaje de vuelta al campus transcurre en silencio. Aunque todos sentimos cierto alivio, perder un partido siempre deja un poso amargo y todavía quedan muchas consecuencias por afrontar. Lo peor es que yo ya no formaré parte de todo eso, y esa idea también pesa.
Solo saco el móvil para avisar a mis padres de que hemos llegado bien.
Desde el partido lo tenía en modo avión, así que empiezan a entrar decenas de mensajes y notificaciones, pero no abro ninguno.
Se me encoge el corazón al ver la vista previa del chat de El Refugio, donde Oliver me avisa que me dejan la casa para mí por esta noche.
Aprovecha bien la oportunidad ;)
Me muerdo la lengua con fuerza al leer ese mensaje.
Al principio de la temporada, aquello habría sido un sueño hecho realidad: esconderme de todo y de todos para revolcarme en mi propia tristeza.
Ahora, en cambio, la sola idea me llena de pánico.
Me apetecía muchísimo que Micah nos preparara una cena casera —porque nadie en su sano juicio pediría una pizza delante de él— y que Oliver nos leyera fragmentos de alguna de sus novelas infumables mientras yo me ponía hielo sobre este cuerpo destrozado.
Estoy a punto de llamarlos, pero enseguida caigo en que seguramente creen que me están haciendo un favor.
Al fin y al cabo, Xander se había convertido en un visitante habitual de la casa.
Y no me apetece tener que explicarles por qué ya no está aquí.
Tomo el camino más largo de vuelta al campus y conduzco deliberadamente por debajo del límite de velocidad.
La entrada de casa está vacía, pero el coche de mi hermano sigue aparcado delante. Una oleada de alivio me recorre al distinguir una figura apoyada junto a la puerta del conductor.
No tendré que pasar la noche solo.
Cierro la puerta del coche con cuidado para no despertar a los vecinos. Ya ha pasado la medianoche y la brisa fresca me acaricia la cara. Este año la primavera se ha hecho de rogar, pero por fin empieza a imponerse al frío que tanto me gusta.
—Eh, ¿y si pedimos una pizza? —grito mientras me acerco al coche de Nate con la bolsa de hockey colgada del hombro. Ya tengo abierta la aplicación de comida a domicilio cuando una voz inesperada me obliga a detenerme.