Capítulo 42 #2
—¿Sí? —respondo con la garganta repentinamente seca y la voz ronca. No le he dirigido la palabra a Nate desde nuestra discusión y, ahora que está a solo unos pasos de mí, las emociones me golpean como un tsunami.
Lo he echado de menos.
Lo he echado muchísimo de menos.
—Menos mal que eres tú. —Sonríe, aunque los nervios se le cuelan en cada sílaba—. Tenía miedo de haberme equivocado, porque no llevo las lentillas y creo que la vista me ha empeorado...
Recorro la distancia que nos separa en tres zancadas y lo rodeo con los brazos para cortar de raíz su nervioso balbuceo.
—Cállate —murmuro mientras lo estrecho contra mí—. Y ponte las malditas gafas.
Los brazos de Nate se cierran a mi alrededor, se inclina hacia mí en el abrazo y noto su respiración entrecortada junto a mi oído.
—No me gustan. Me quedan fatal.
—Somos prácticamente iguales.
—Sí. Precisamente por eso sé cómo me quedarían.
Se me escapa una risa por la nariz ante la broma y, al segundo siguiente, rompo a llorar.
Odio llorar, porque después me siento como un crío montando una rabieta, y acabo con un dolor de cabeza digno de un universitario después de una noche de fiesta, pero no puedo evitarlo.
Lloro por todo lo que ha pasado hoy. Por haber perdido a personas en las que confiaba y porque he echado de menos a mi hermano gemelo. Y por el sueño que tenía antes, cuando creía que el hockey era un lugar para todo el mundo y mi rodilla todavía estaba sana.
Lloro y lloro hasta que, literalmente, no me quedan más lágrimas y las luces del pasillo empiezan a atenuarse.
Nate es el primero en echarse un poco hacia atrás para poder mirarme a la cara. Tiene los ojos enrojecidos y la nariz congestionada, y verlo así hace que me sienta mejor y peor al mismo tiempo.
—No llores —le digo inútilmente.
Él resopla y mete la mano en el bolsillo para sacar un paquete de pañuelos de papel. Me ofrece uno antes de hacerse con otro para él. Ese gesto resume a Nate a la perfección.
—¿Sigues enfadado conmigo? —pregunta mientras me sueno la nariz. El ruido sale tan escandaloso que parece el trompetazo de un elefante, y eso consigue arrancarle una carcajada.
—Sí —admito entre hipidos—. Me sigue enfadando que no confiaras en mí para contarme cuáles eran realmente tus planes.
—Tenías demasiadas cosas en la cabeza, Nicko.
Me encojo de hombros y le aprieto el brazo. No hay nada más importante en mi vida que mi hermano. No llego a decirlo en voz alta, pero Nate debe de leerlo en mi cara.
—Ahora tienes a Xander —me recuerda en voz baja.
—Él no es más importante que tú —murmuro, con el corazón encogido. Instintivamente miro a mi alrededor buscándolo, pero estamos solos.
Nate suelta una risita y me da un golpecito con el hombro.
—Pero tampoco es menos importante.
No voy a discutirle eso, entre otras cosas porque ya no importa. La temporada de Xander acaba de terminar oficialmente, así que lo más probable es que firme con los Rebels la semana que viene. Y con ello, lo que sea que hubiera entre nosotros también llegará oficialmente a su fin.
—Mira, lo siento muchísimo... —empieza Nate. Lo interrumpo enseguida.
—Lo sé. Está bien. —Quiero saltarme la parte de las disculpas y dar esta pelea por terminada de una vez.
Nate niega con la cabeza.
—Sé que ya lo sabes, pero aun así necesito que me escuches. Siento no haberte hablado de los Utonagan. Y también siento haberte mentido con lo de los ojeadores de los Pioneers.
—Lo hiciste con buena intención —digo en voz baja—. Y, además, tenías razón. Necesitaba que alguien me hiciera reaccionar.
—Sí, puede que tuviera razón. Pero eso no significa que estuviera bien —suspira Nate.
—No se trata solo de lo de los Utonagan —continúo—. Es que he tenido que vivir literalmente tu vida durante dos semanas para descubrir que quieres escribir un libro. Que has cambiado la combinación de tu taquilla. Y que ahora... ¿sales a correr por las mañanas?
—¿Escribir un libro? —parpadea, desconcertado. Yo frunzo el ceño.
—¿No era eso lo que pusiste en tu trabajo de Escritura Creativa? Que tu objetivo en la vida era escribir un libro.
—Ah, eso. —Nate resopla y le quita importancia con un gesto de la mano—.
El profesor Fiore es bastante duro con los deportistas y está convencido de que no nos tomamos la universidad en serio, así que sabía que no iba a hacerle ninguna gracia leer que mi objetivo era ganar la Copa Stanley contigo —explica con una sonrisa, dándome un codazo en las costillas.
—¿Mentiste en el trabajo?
—No. Puedo tener más de un objetivo en la vida, Nicko.
Primero voy a abrirme camino desde los Utonagan hasta los Pioneers.
Después te ganaré en los playoffs para que los Rebels me fichen y ganemos juntos la Copa Stanley.
Y, cuando la hayamos levantado tres veces más, escribiré un libro sobre todo ello.
No puedo evitar que se me escape una risa ronca mientras noto cómo el corazón vuelve a latirme con fuerza.
—Me daba miedo haber dejado de conocer a mi propio hermano, pero sigues siendo el mismo idiota de siempre.
La expresión de Nate se vuelve seria al oírme.
—Siempre serás la persona que mejor me conoce, Nicky. Cambié la combinación de la taquilla para que los chicos dejaran de trastear con mis cosas, y sigo odiando salir a correr por las mañanas. Y, si eso cambia algún día, serás el primero en saberlo —explica y yo asiento abrazándolo más fuerte.
Permanecemos unos instantes en un silencio cómodo, simplemente apoyados el uno en el otro, hasta que, de repente, Nate sonríe.
—Aunque hay una cosa de la que no me arrepiento. Por fin tú y Xan habéis dejado de odiaros.
Pongo los ojos en blanco.
—Supongo que podríamos haberlo solucionado mucho antes. Por ejemplo, si hubiera sido sincero contigo y no hubiera decidido cambiarme de universidad en el último momento.
—Ah, no. —Nate se ríe mientras me pasa un brazo por los hombros y me conduce hacia la salida—. Bueno, sí, eso habría sido lo correcto, pero créeme: aun así lo habrías odiado.
Probablemente tenga razón. Y casi desearía poder volver a odiar a Xander.
Me pondría las cosas mucho más fáciles de cara al futuro.