Capítulo 42
Lo que viene después debe de ser el partido más largo de la historia de la NCAA. Después de que Zollweg y Aldridge sean trasladados al hospital en vehículos separados para recibir atención médica, el cuerpo técnico empieza a llamarnos uno por uno para hacernos preguntas.
Supongo que van a expulsarme del equipo por haber provocado este caos, algo que, sinceramente, me importa una mierda. Mientras espero mi turno, con las piernas temblándome y los músculos agarrotados, mi mente está con Xander. Me pregunto qué estará pasando ahora mismo en el vestuario de los Bats.
¿También habrán culpado a Xander por retirarse del hielo?
Después de haber pasado dos semanas con ellos en otoño, no consigo imaginarlo. Aunque tampoco habría imaginado jamás que Zollweg albergara ese tipo de pensamientos. Ni que Aldridge fuera a romperle la nariz por ello.
Aldridge, precisamente. El que me critica delante de mis compañeros y se queja de cada uno de mis pases. Si tiene que haber un homófobo secreto en cada maldito equipo, ¿por qué no podía haber sido él? Me avergüenzo en cuanto ese pensamiento se me cuela en la cabeza.
Mi conversación con el entrenador empieza con mucho silencio, pero no es un silencio tenso ni incómodo, sino casi agradable: un respiro dentro de la zona de guerra en la que se ha convertido mi cabeza durante las últimas horas.
La mayoría de los chicos ya han pasado por aquí, así que probablemente no tenga mucho que añadir.
O tal vez sí, dependiendo de si han decidido ser sinceros o no.
El entrenador me ofrece un café y una barrita de proteínas de la máquina expendedora. Acepto ambas cosas agradecido.
—Quiero empezar pidiéndote disculpas, Nicholas —dice después de un largo silencio. Toso, sorprendido, y me tapo la boca con la mano a toda prisa para no salpicarlo de café.
—¿Por qué? —pregunto con la voz ronca mientras alcanzo la servilleta que me desliza por encima de la mesa.
—Soy el entrenador principal. El capitán de este barco, por así decirlo. Si este tipo de actitudes aparecen en el equipo, la responsabilidad también es de quienes estamos al mando.
—¡No! —exclamo—. No es que... Quiero decir, no todos lo sabíamos... ¿O quizá no queríamos verlo?
—¿Qué es lo que no queríais ver?
—Que... que Zollweg pensaba así.
—Zollweg te caía bien, ¿verdad? ¿Era un buen compañero? ¿Un buen capitán?
Parpadeo, desconcertado por el brusco cambio de rumbo de la conversación, y asiento con cierta vacilación. Obviamente, no después de lo que acaba de pasar, pero si pienso en antes de que los Bats llegaran a los regionales... Sí. Me caía bien. Y eso hace que me odie un poco.
—Siempre duele más cuando los buenos enseñan su verdadera cara.
Ojalá todos los imbéciles fueran como Resnikoff.
Un matón sobre el hielo. Un jugador sucio —dice, con un acento búlgaro aún más marcado de lo habitual.
Tardo un instante en darme cuenta de que habla del famoso Resnikoff.
El goleador de los Rebels, hasta que se filtró aquel vídeo justo antes de la Noche del Orgullo de McCoy.
El entrenador espera a que lo entienda antes de recostarse en la silla con un suspiro y cruzar las manos sobre el estómago.
—Pero a veces son como Jameson. Buenos chicos, populares, simpáticos; gente con la que te apetece estar.
Duele mucho más cuando has estado en su casa, te has sentado en su sofá, has conocido a su mujer y a sus hijos...
Y descubres que son homófobos. O racistas.
O... —Frunce el ceño un instante—. Misóginos.
Duele más porque creías conocerlos, ¿verdad?
Porque son tus amigos. Y entonces pasa el tiempo —levanta una mano y la agita en el aire—: una semana, dos semanas, un mes, un año...
Y empiezas a darle vueltas a pequeñas cosas.
Comentarios que en su momento te parecieron bromas.
Cosas que decidiste ignorar, quizá a propósito.
Y acabas pensando: «No, no se ha vuelto homófobo de la noche a la mañana.
Siempre lo ha sido. Lo que pasa es que yo no quería verlo porque había otras facetas suyas que me gustaban».
—¡¿Eras amigo de Avery Jameson?! —pregunto de golpe, sin pensar, sorprendido e impresionado a la vez por ese detalle.
Sabía que el entrenador había jugado en la NHL.
Recordaba sus participaciones en los All-Star, las eliminatorias por la Copa Stanley y el día en que levantó la copa por encima de la cabeza.
Hoy prefiero no pensar en esos recuerdos, porque durante años me pasé los partidos insultándolo desde el sofá cada vez que jugaba contra los Pioneers.
—Sí, hubo un tiempo en que llamé amigo a Avery. Jugamos juntos durante años. Pensé que ya había aprendido la lección, pero debería haber sabido mirar más allá. Dentro de mi propio equipo. No quería que te sintieras inseguro o incómodo aquí, Nicholas.
—¿Incómodo? —repito, notando cómo me arden las mejillas por todo lo que implica esa palabra.
De repente, la camiseta y las protecciones empiezan a picarme.
Debería habérmelo quitado todo, no solo los patines.
Probablemente tenga un aspecto ridículo, pero el partido está oficialmente suspendido y nadie sabe muy bien qué hacer.
—Tú eres... Perdona, quizá no utilice las palabras más adecuadas. Creo que eres bisexual, ¿verdad?
Me quedo completamente paralizado. Sí, se lo conté a algunos compañeros durante mi primer año. Pero como nunca volví a mencionarlo y, de hecho, me metí aún más en el armario después de que se filtraran el vídeo y la entrevista, había dado por hecho que él no lo sabía.
—S... sí —confirmo, y odio cómo me tiembla la voz. Cómo me tiemblan tanto los dedos que acabo derramando un poco de café sobre la camiseta.
Pero, tras varias respiraciones cortas, también me doy cuenta de otra cosa.
De repente siento el pecho mucho más ligero. Como si hubiera llevado un hilo invisible atado alrededor todo este tiempo y el entrenador acabara de deshacer el nudo.
—Sí, soy bisexual —repito, esta vez asintiendo mientras lo digo—. Pero nunca ha sido... Quiero decir, nunca quise que eso definiera al jugador que soy. Supongo que por eso preferí no darle importancia. Pero nadie... Nunca me había sentido incómodo en B-Tech —me apresuro a tranquilizarlo.
Hasta ahora , añade una voz en mi cabeza, mientras un escalofrío me recorre la espalda. No quiero ni imaginar qué dirán mis compañeros después de que les haya costado la oportunidad de jugar la Frozen Four.
—¿Y ahora? Si el partido se reanudara, ¿te sentirías...
cómodo jugando? Sin Zollweg —añade enseguida el entrenador, lo que hace que se me escape una risa breve.
Zollweg y Aldridge están expulsados para lo que queda de partido y, probablemente, también para el siguiente por haberse peleado fuera del hielo.
Me tomo unos segundos antes de responder, mordiéndome el interior de la mejilla mientras revivo toda la discusión.
—¿Y Elrod? —pregunto. El entrenador se inclina hacia delante mientras busca un bolígrafo.
—¿Qué ha hecho?
—No quiero ser un soplón —me echo atrás al instante, pero él levanta una mano para detenerme.
—No se trata de ir con el cuento, Nicholas. No tienes por qué decírmelo si no quieres. Pero si yo no pregunto y tú no me lo cuentas, acabamos protegiendo a las personas equivocadas y perjudicando a los jugadores que vengan después.
Me lo pienso un momento, deseando que Nate estuviera aquí para hablar por mí, para encontrar las palabras y poner voz a todo lo que siento.
—Vale —susurro, dejando de nuevo el café sobre la mesa—. Lo voy a contar.
***
El partido se reanuda tres horas después y solo quedan nueve minutos en el reloj.
Son los nueve minutos más largos y angustiosos de mi vida.
Jugamos ante unas gradas casi vacías. Los pocos aficionados que han decidido quedarse contemplan el partido en un silencio sepulcral, de modo que cada golpe del disco contra un palo resuena con un eco inquietante.
Agradezco cada cambio que me permite salir del hielo, aunque el juego dista mucho de ser exigente.
Ya no hay verdadera voluntad de ganar en ninguno de los dos equipos; nos limitamos a pasarnos el disco de un lado a otro.
Nadie quiere marcar. Sin Xander y Nate sobre el hielo, los Bats parecen completamente perdidos.
La culpa pesa sobre todos los que seguimos jugando con los Badgers, incluso ahora que Zollweg ya no está. El entrenador ha apartado a Elrod para el resto del partido, mientras que Bergerson se ha negado a volver a salir al hielo con «traidores» como yo.
Me da pena Richter, nuestro portero suplente, que es la primera vez en toda la temporada que pisa el hielo.
Cuando suena la bocina que pone fin al tercer periodo, el alivio es casi tangible.
No soy capaz ni de mirar el marcador que certifica nuestra victoria.
Nadie se preocupa de recoger el disco del partido cuando entramos en el vestuario, arrastrando los pies como una procesión de asistentes a un funeral.
Katz es el primero en romper el silencio mientras nos cambiamos. Algunos vuelven de darse la ducha más rápida del mundo; otros ni siquiera se han molestado en pasar por ella.
—Ojalá hubiéramos perdido —murmura, y nadie lo contradice.
***
Tenemos reservada otra noche en el hotel, pero el entrenador nos informa de que no estamos obligados a volver a Bonham en el autobús del equipo. Se limita a recordarnos que el próximo entrenamiento será el lunes, como estaba previsto.
Cuando salgo del vestuario, con la capucha cubriéndome el pelo todavía húmedo y la bolsa colgada del hombro, mi hermano me está esperando.
—Nicky —dice, separándose de la pared contra la que estaba apoyado.
Lleva traje y zapatos de vestir, pero tiene desabrochados los primeros botones de la camisa y la corbata floja, como si ni siquiera se hubiera molestado en hacer bien el nudo—.
¿Nicky? —repite, y esta vez percibo un deje de inseguridad en su voz.