La jugada cambiada Capítulo 41
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Capítulo 41

En cuanto se cierra la puerta del vestuario, mis compañeros se abalanzan sobre mí.

—¡¿Pero qué demonios, Hoff?! —grita Zollweg, lanzándose sobre mí para agarrarme por la parte delantera de la camiseta. Le sujeto el codo, tanto para mantenerme firme como para impedir que se me acerque más.

—¡Podría preguntarte lo mismo! ¿Qué ha pasado con tu último par de neuronas?

—¡Él ha empezado la pelea!

Nunca lo había visto así, con los ojos encendidos de rabia y la saliva acumulándosele en las comisuras de los labios.

Linus Zollweg era la opción evidente para la capitanía. Siempre sensato, centrado y capaz de motivar al equipo. Fue el primero en estar a mi lado cuando me lesioné la temporada pasada, el primero en mandarme un mensaje y el primer compañero que vino a verme al hospital.

Durante las últimas semanas me he devanado los sesos intentando recordar algún momento en el que soltara un comentario homófobo, pero no he encontrado ninguno.

Quizá estoy tan acostumbrado a las «charlas de vestuario» que sus comentarios me pasaron desapercibidos.

O quizá siempre ha sido así y yo se lo he permitido porque no quería convertirme en ese tipo.

El que monta ruido por su sexualidad. El activista que, en secreto, incomoda a todo el mundo.

El que acaba siendo más conocido por sus publicaciones en redes que por su juego.

Justo ahora me doy cuenta de que prefiero ser el tipo que le cuesta a su equipo la Frozen Four antes que quedarme callado para aceptar una victoria con sabor amargo.

—¡Le has llamado «maricón»! —le grito, como si eso fuera a hacerle entender el problema. Podría haberme ahorrado las palabras, porque Zollweg se limita a resoplar con desprecio.

—¡Venga ya! ¿En serio? ¿Ese es tu problema? Podría haberle llamado «imbécil insoportable» y habría dado lo mismo. Es solo para provocarle. ¿Se te ha olvidado cómo funciona este puto juego?

Me empuja y trastabillo hacia atrás hasta chocar contra Bergerson. Nuestro portero me sujeta para que no caiga, pero me dedica una mirada cargada de desprecio. El resto del equipo, unos de pie y otros sentados, murmura en señal de aprobación.

—Digamos que no ha sido el insulto más acertado —comenta Salah, botella de agua en mano—.

Pero a mí también me pasa. La gente me grita insultos constantemente.

Es parte del juego. Lo encajas como un hombre y sigues adelante.

Ahora bien, echarte a llorar delante de los árbitros como un crío... No, tío, eso sí que es una mierda.

—¿Estáis de coña? —No doy crédito a lo que estoy oyendo—. Nadie tiene por qué aguantar algo así. ¡Es discriminación! No es lo mismo que te llamen imbécil. ¡Ni Hart ni tú tendríais que soportar algo así!

—Bueno, yo no creo que sea comparable. Yasar no está todo el día quejándose en redes sociales ni intentando ganar puntos por pertenecer a una minoría. Simplemente deja que hable su juego —dice De Andre, y de nuevo un coro de murmullos recorre el vestuario.

—¡¿Pero qué demonios...?! —estallo, girando despacio sobre mí mismo para mirar a todos mis compañeros.

No puedo creer las cosas que están saliendo de sus bocas.

Nunca habíamos hablado de esto en el vestuario, pero siempre había dado por hecho que pensaban como yo. Que, llegado el momento, me apoyarían.

—Vamos, tío, tampoco es para tanto. Solo le ha insultado.

No es que lo haya puesto en peligro. No me parece normal que tires por la borda nuestras opciones de llegar a la Frozen Four por algo así —interviene Elrod—.

A lo mejor tú ya estás pensando en la NHL, pero este es mi último año jugando al hockey.

¿Sabes las ganas que tengo de levantar ese trofeo?

Y vas y lo echas todo a perder por un llorica chupapollas.

—Como si fueran a ficharlo después del numerito que ha montado —se burla alguien a mi espalda.

—¿Y a ti qué te ha pasado? Pensaba que tú también estabas harto de que Hart acaparara toda la atención y fuera contándole a todo el mundo que es gay.

Me muerdo el labio ante la pregunta de Bergerson, maldiciéndome a mí mismo.

Tiene razón; yo también decía eso. Creía que no importaba.

Que no debía importarme . Pero estas últimas semanas me han demostrado lo equivocado que estaba.

Joder, este mismo momento es la prueba de que sí importa.

Quizá algún día deje de ser un problema y los jugadores sean juzgados únicamente por su talento y por lo que hacen sobre el hielo.

Pero, hasta que llegue ese día, no podemos limitarnos a escuchar conversaciones como esta en el vestuario sin decir nada, ni mirar hacia otro lado cuando aparecen comentarios así en las redes sociales.

—Estaba equivocado. No está intentando acaparar la atención; está intentando que prestemos atención a un problema mucho más importante —digo. Mi voz suena tranquila, pero las manos me tiemblan dentro de los guantes y siento un mareo que me revuelve el estómago.

—Sí, claro, un problema mucho más importante —resopla Elrod—. ¿Y cuál se supone que es ese problema?

—Pues, para empezar —respondo, clavando la mirada en él—, que los vestuarios siguen llenos de homófobos como tú.

Estalla un coro de voces, varios compañeros hablan al mismo tiempo, indignados, burlones, despectivos.

Elrod, en cambio, se limita a bufar.

—Ten cuidado con esas acusaciones tan graves, Hoff —dice con sorna.

No deseo otra cosa que partirle la cara de un puñetazo, pero al mismo tiempo siento que voy a echar la pota de los nervios.

—Vale, ya está bien. ¡Todo el mundo a callar! —brama Zollweg—. Esto es lo que vamos a hacer: respirad hondo y tranquilizaos. En cuanto el árbitro decida que se puede reanudar el partido, saldremos ahí fuera y ganaremos esta mierda. El resto de esta discusión puede esperar a mañana.

Abro la boca para protestar, pero él me corta levantando una mano y, como el idiota que soy, me callo.

—Y si tanto te molesta, Nicko, hasta estrecharé la mano de Hart y le curaré sus heridas emocionales a base de besos. Pero no soy un puto homófobo y no deberías usar esa palabra tan a la ligera. Es una acusación que puede arruinarle la carrera a cualquiera...

—¡LO HAS LLAMADO MARICÓN! —bramo. Esta vez soy yo quien pierde los papeles.

Ya no puedo contenerme, la rabia y la frustración me estallan dentro como lava hirviendo.

No soporto seguir escuchando una sola palabra más salir de su boca con ese tono condescendiente.

Lo empujo con todas mis fuerzas. el golpe en el pecho basta para tirarlo de espaldas al suelo, pero antes de que pueda lanzarme sobre él, Kristiansson me agarra del brazo.

—No merece la pena, Nicko —murmura—. Hay gente que es así de imbécil.

Parpadeo, desconcertado. Durante toda la discusión nadie había dado un paso al frente para apoyarme, pero cuando me vuelvo hacia mi compañero de línea, veo el asco con el que está mirando a nuestro capitán.

—Eso es —asiente Katz—. Y no pienso seguir formando parte de un equipo con tipos como él. Yo no vuelvo a salir ahí fuera.

Dicho esto, él y Becker, su compañero de línea, se dejan caer al mismo tiempo en el banco y empiezan a desatarse los patines.

—¡¿Os habéis vuelto locos?! ¡Menudos dramas montáis!

A lo mejor sí le he llamado «maricón», ya ni me acuerdo.

Solo quería tocarle las narices con lo más evidente, ¿vale?

Si fuera feo, le habría llamado «feo», pero se pasa el día hablando en redes de lo mucho que le gusta chupar pollas, así que le he llamado mari...

Nunca había visto a uno de mis compañeros moverse tan deprisa.

Un instante antes, Aldridge estaba sentado en el banco con la cara entre las manos, y al siguiente, ya se ha lanzado sobre Zollweg.

El chasquido seco del impacto resuena por todo el vestuario cuando su puño se estrella contra la nariz de Zollweg.

Un reguero de sangre salpica la pared impoluta; las gotas rojas sobre el blanco tienen un aire casi artístico.

Durante un segundo, el silencio es absoluto. Y entonces estalla el caos.

Zollweg grita. Aldridge grita. Todo el mundo grita.

Unas manos intentan separarlos mientras otras empujan a quien tienen delante. Los cuerpos chocan contra las taquillas y los bancos en un amasijo de golpes, empujones y voces.

—¡Todo esto es culpa tuya! —me espeta Elrod. Kristiansson le responde levantándole el dedo corazón.

Aldridge sigue forcejeando contra los compañeros que intentan arrancarlo de encima de Zollweg.

—¡Venga! ¡Atrévete a volver a decir esa palabra, hijo de puta! ¡Venga! —brama una y otra vez. En medio de todo el caos, nadie se da cuenta de que la puerta del vestuario acaba de abrirse de golpe. Solo cuando un agudo silbido nos atraviesa los oídos, todo se detiene de repente.

El entrenador permanece en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?