Capítulo 40 #2
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja mientras sus tranquilos ojos grises me observan con una seriedad poco habitual bajo aquella barba. Por una vez, las arrugas de expresión no consiguen suavizar la dureza de su rostro.
Trago saliva y asiento, aunque sigo con un nudo en el estómago.
Odio esto.
Odio convertirme en el centro de atención, ser el motivo de todo este revuelo simplemente por ser quien soy.
Sé que el problema no soy yo, sino Zollweg y el hecho de que crea que puede decir ese tipo de cosas sobre el hielo sin consecuencias.
Sé que no es culpa mía que sea un imbécil, pero eso no impide que lo sienta así.
—Siéntate, chico. Todo saldrá bien —dice el entrenador, apretándome el hombro.
Vuelvo a asentir. Tengo la sensación de que, aunque quisiera decir algo, no sería capaz de encontrar la voz.
De algún modo consigo llegar al banquillo y apenas me doy cuenta de que dos cuerpos se acomodan a mi lado cuando Nate golpea su casco contra el mío.
El silbato del árbitro vuelve a sonar.
Me obligo a recomponerme y miro hacia el grupo de árbitros, que ya ha terminado de deliberar; dos de ellos se separan para hablar con los entrenadores, mientras un tercero patina hasta el centro de la pista.
—El jugador número 17 de los Bats de St. Bernard es expulsado del partido por insultar a un árbitro.
El número 48 de los Bats de St. Bernard y el número 16 de los Badgers de Bonham Tech reciben dos minutos de penalización por juego brusco.
El número 6 de los Badgers de Bonham Tech, sin sanción. Se reanuda el juego.
—¡¿Qué?! —Nate se pone en pie de un salto sobre los patines.
—¡¿Sin sanción?! —exclama Baker, igual de indignado.
Me aclaro la garganta, pero Hill, nuestro capitán, se adelanta antes de que pueda decir nada.
—¿Ni siquiera vais a valorar una expulsión por conducta antideportiva?
—No con una única acusación.
—¡Eso es una gilipollez! ¡Yo estaba allí! —Nate se acerca a Hill.
—Y tú acabas de insultar a un árbitro. Deja de protestar y vuelve al banquillo. —La segunda parte va dirigida a Hill, que niega con la cabeza, pero acaba girándose hacia nosotros. Recorre con la mirada nuestras caras una a una.
—¿Qué hacemos, chicos?
Siempre he admirado la forma tan democrática en que funcionan los Bats, pero ahora mismo lo único que desearía es que alguien me dijera cuál es la decisión correcta.
Niego con la cabeza, sin saber siquiera si alguien se da cuenta.
—¿Qué otra opción tenemos? ¿Retirarnos? —resopla Taylor, paseándose de un lado a otro con las manos sobre el casco.
—¡No! ¡La Frozen Four está a la vuelta de la esquina!
—¡No podemos abandonar ahora! —Varias voces se alzan de inmediato; otras responden con resoplidos o murmullos de desacuerdo.
—¡A Xan le caen dos minutos de castigo sin haber hecho nada y yo tengo que quedarme sentado en el puto banquillo mientras Zollweg se va de rositas!
¿Después de soltar una mierda como esa? ¡No podemos hacer como si no hubiera pasado nada!
—La rabia que tiñe la voz de Nate es tan intensa que hasta me hace daño en los oídos.
—¡Y yo paso de compartir el hielo con un imbécil como ese! —interviene Baker, cambiando de postura mientras da un paso hacia mí.
—¿Pero no puedes... ignorarlo?
No sé quién lo ha dicho, pero todo el mundo se vuelve hacia mí. El corazón me late con tanta fuerza que siento los latidos retumbándome en la cabeza.
—Yo... no. —Me aclaro la garganta para asegurarme de que se me oye.
No quiero convertirme en este tipo de persona, pero tengo que hacerlo, porque demasiada gente cree que esto es solo un pequeño contratiempo, algo que debo aguantar y superar.
Pero hay niños mirando, preguntándose si esto es normal.
Si los insultos que les lanzan son algo que simplemente tienen que soportar y seguir jugando.
Esa no es la causa que quiero defender—.
No... Esto... Ya estoy harto. —Me aseguro de que mi voz no tiemble—.
No voy a volver al hielo para jugar contra alguien que cree que puede insultarme así.
Si me hubiera llamado «idiota», sería otra cosa.
Pero esto no es un simple insulto. Y yo no le pediría a nadie que aguantara algo así.
—¡Eso es discriminación, joder! —gruñe Nate.
Tras sus palabras cae un silencio espeso. Después, el banquillo cruje cuando varios compañeros más vuelven a sentarse.
Hill asiente despacio y vuelve a mirarnos a todos.
—Muy bien. Lo vamos a votar. ¿Quién está a favor de salir otra vez al hielo?
No levanto la vista. No quiero influir en la decisión de nadie.
—¿Quién está en contra?
Levanto la mano. No quiero saber si soy el único, así que sigo sin mirar.
—Pues ya está decidido —concluye Hill. Después se inclina sobre la valla para dirigirse al árbitro—. Con todos los respetos hacia su decisión, no vamos a continuar el partido en estas condiciones. —Su voz suena firme y clara.
La boca del árbitro se contrae, como si acabara de morder un limón.
—¿Estáis seguros? Eso significa que perderéis el partido. Los Badgers ganarán por abandono. —Mira al entrenador, que se limita a alzar las manos. Es nuestra decisión, y él no va a interferir. Tengo que tragar saliva para aliviar el nudo que se me ha formado en la garganta.
Mi equipo me está apoyando.
—Completamente seguros —se reafirma Hill, enderezando los hombros.
—De acuerdo. —El árbitro se aleja patinando hacia el banquillo de los Badgers.
—Yo... —La voz se me quiebra y soy incapaz de decir una sola palabra más. Nate me aprieta el hombro con fuerza.
Nuestro capitán asiente desde la barandilla.
—No podemos dejar que ese imbécil crea que puede hablar así —murmura Baker a mi lado mientras empieza a desabrocharse las correas del casco—. Es una pena por el partido.
Varios gruñen en señal de acuerdo y yo asiento despacio. De verdad, esto es una auténtica mierda.
Estoy a punto de aflojar las correas del casco y empezar a quitarme las protecciones cuando oigo voces al otro lado de la pista. Todos giramos la cabeza hacia el banquillo de los Badgers.
—¡No! —Reconozco enseguida la voz de Nicko—. ¡Esto no está bien! ¡No quiero ganar así!
—¿Qué están haciendo?
—Parece que Hoff tampoco quiere salir al hielo.
—¡¿Qué?! —Me pongo en pie de un salto y me apoyo en la barandilla junto a nuestro capitán para mirar hacia donde señala.
Y, efectivamente, solo hay dos jugadores vestidos de naranja sobre el hielo; el resto sigue sin salir del banquillo.
Uno de los que están delante niega con la cabeza con una determinación inquebrantable.
Los ojos de Nicko encuentran los míos. Lo miro fijamente, esperando que ceda, que todo esto termine.
Pero no cede. Vuelve a negar con la cabeza y se gira hacia su entrenador y sus compañeros.
No alcanzamos a oír ni una palabra de lo que se dice hasta que varios árbitros y jueces de línea se unen a la discusión.
Al final, Nicko se sienta. Durante unos segundos, el resto de los Badgers vacila, pero luego, uno tras otro, también se sientan.
Los dos jugadores que permanecen sobre el hielo levantan los brazos, gritando indignados, pero nadie se mueve.
Finalmente, el árbitro regresa al centro de la pista y anuncia:
—Debido a que el número de jugadores sobre el hielo no alcanza el mínimo reglamentario para reanudar el encuentro, el partido queda suspendido durante quince minutos.