La jugada cambiada Capítulo 40
90%

Capítulo 40

Corte

***

Wordle

¡Me has ganado!

Maldita sea.

Bueno, espero que no te duela demasiado ;)

¡Buena suerte!

No necesito suerte, tengo talento ;)

Nuestro breve intercambio de mensajes hace que sienta el móvil como si brillara dentro de mi bolsillo.

Tengo que contener la sonrisa boba que amenaza con dibujárseme en la cara mientras nos preparamos.

Es como si llevara alguna clase de marca encima, pero nadie dice nada.

Al contrario, mis compañeros están especialmente callados.

La última vez que nos enfrentamos a los Badgers perdimos, y hoy, en el último partido de la fase regional, hay demasiado en juego.

Quien gane pasa a la Frozen Four, así que entiendo la ansiedad generalizada. Sin embargo, aunque esa preocupación me pesa sobre los hombros, también me siento lo bastante ligero como para hacer piruetas sobre el hielo.

Sí, gran parte de eso tiene que ver con lo de anoche.

No, no me siento mal en absoluto.

Nate me mira de reojo y yo alargo la mano para darle una palmada de ánimo en los hombros caídos.

Sé que le está resultando difícil no haber tenido noticias de su hermano desde la pelea.

Incluso ayer, Nicko se aseguró de escabullirse antes de que Nate volviera del spa .

Estoy seguro de que acabará recapacitando.

Nate es su hermano y lo quiere. Solo espero que eso no sea lo que más le preocupe a mi mejor amigo esta noche.

En cuanto pisamos el hielo, queda claro que tanto nosotros como los Badgers vamos a darlo todo.

El primer periodo es tan exigente que apenas tengo tiempo para recuperar el aliento antes de que me toque volver a salir. Cuando termina, todos llevamos magulladuras como prueba del esfuerzo, aunque las dos porterías siguen imbatidas.

El partido sigue sin goles hasta el tercer periodo. Apenas llevamos unos minutos sobre el hielo cuando todo da un giro inesperado. No consigo encontrar huecos en la defensa de los Badgers. Otro intento frustrado me deja sin aliento mientras nos colocamos para el saque neutral.

—¿Estás bien? —susurra Nicko.

—Ah, ¿con él sí que hablas? —protesta Nate, a mi lado.

Nicko aprieta los labios con gesto imperturbable, sin dignarse siquiera a responder. Suspiro y niego con la cabeza.

—Chicos, venga. Solo os estáis... —«haciendo daño el uno al otro» es lo que quiero decir, pero tengo que callarme cuando se acercan más jugadores de los Badgers y el disco vuelve a ponerse en juego.

Todos queremos acabar este partido con algo de lo que sentirnos orgullosos, pero el tiempo se nos echa encima. Nate está a mi lado cuando avanzamos hacia la zona defensiva de los Badgers. Busca mi mirada antes de mandar el disco con efecto.

Giro sobre los patines y por los pelos consigo esquivar a uno de los defensas de naranja que se me viene encima, así que le devuelvo el pase de inmediato.

Nate hace lo que puede, pero el movimiento lo pilla desprevenido y el disco se le escapa.

Y, tal y como sabía que iba a pasar, Nicko está ahí para robárselo.

Después de librarme del defensa que me había acorralado contra la valla, patino de vuelta hacia la zona donde nuestra defensa ya se está cerrando.

Quiero que Taylor lo detenga, pero tampoco quiero que aplasten a Nicko.

Al final, mi preocupación resulta innecesaria: Nicko gira bruscamente justo delante de nuestros defensas y los deja atrás sin que puedan alcanzarlo.

Me impulso con todas mis fuerzas para darle caza, pero sigo demasiado lejos.

Nicko dispara a portería.

A nuestro alrededor, el estadio estalla en una explosión de júbilo, pero apenas soy capaz de oír a la grada por encima del zumbido que me retumba en los oídos.

Desde el otro lado de la portería, Nicko no deja de mirarme.

Sus labios se curvan en una sonrisa mientras patina, justo antes de que sus compañeros lo rodeen entre gritos de alegría.

Pero, en lugar de dejarse aclamar, busca nuestro rincón vestido de verde.

Se golpea varias veces el pecho, justo sobre el número 16, como si quisiera recordarles a todos quién es la estrella del momento.

Si supieran todo lo que hay detrás de ese gesto...

Nuestra afición lo recibe con una sonora pitada y una lluvia de abucheos.

—Qué capullo —se burla Taylor, deteniéndose a mi lado.

—Sí —resoplo, porque tiene razón. Y, aun así, sigo esperando que, en alguna oficina de Nueva York, alguien de los Rebels esté viendo a ese maldito capullo dejarse la piel sobre el hielo.

El público empieza a aplaudir cuando golpeo el plexiglás con el puño y hago un gesto para que el equipo vuelva a centrarse.

Choco el hombro con nuestro portero antes de patinar hasta Nate y le ofrezco el puño mientras nos colocamos para el siguiente saque.

Tiene la cara tensa bajo el casco, pero me devuelve el choque de puños sin dudar y vuelve a sujetar el palo con fuerza mientras esperamos a los Badgers.

Su capitán me dedica una sonrisa burlona mientras aguardamos a que el árbitro deje caer el disco.

Aprieto la mandíbula para no fruncir el ceño.

Zollweg puede ser un intolerante de mierda, pero eso no tiene cabida sobre el hielo.

Aquí es un rival más. Y, como todos nosotros, está dispuesto a dejar su huella en este partido.

Impulsados por el gol de Nicko, los Badgers están apretando de lo lindo, y Zollweg, como líder del equipo, no deja de empujarlos hacia delante.

Ir perdiendo por un gol en un partido como este es un mazazo, sí, pero aún no se ha acabado. No pienso dejarlo pasar, por mucho que se impulse con fuerza sobre los patines o pelee por recuperar el disco que Baker acaba de perder ante nuestra defensa hace apenas un par de segundos.

Una nube de hielo salta bajo mis cuchillas cuando freno en seco y clavo los patines en la pista. Ladeo la cabeza hacia el hombro para recibir el impacto.

Zollweg viene lanzado demasiado rápido para esquivarme. Veo el destello en sus ojos al comprender que no podrá evitar el choque, apenas un instante antes de estrellarse contra mi costado.

El golpe me hace apretar los dientes. Tengo todo el lateral entumecido por el dolor, pero sigo patinando. Paso el disco a Taylor y me froto la cadera para aliviar el dolor punzante.

A mis pies, Zollweg se incorpora con una sonrisa burlona y alza la barbilla en mi dirección.

—¿Todavía sigues adolorido de tanto chuparle la polla al árbitro para llegar hasta aquí, maricón? —Escupe sobre el hielo que nos separa.

Mis pensamientos se detienen en seco. Las palabras de Zollweg me golpean como una bola de demolición. Una cosa es leer ese tipo de comentarios en redes sociales, pero jamás habría imaginado que alguien me diría algo así en mitad de un partido.

A duras penas consigo devolverle una mirada cargada de desprecio, intentando ocultar el impacto que me ha provocado el insulto. Un calor abrasador me sube a la cara y noto un peso enorme instalándose en el estómago.

—Tú... —empiezo, pero no llego a terminar el insulto, porque dos gritos llenos de indignación, uno a mi espalda y otro desde el lado de Zollweg, me interrumpen.

Nicko y Nate se abalanzan sobre ese imbécil antes de que pueda detenerlos.

—¡Retira eso! —grita Nate, con la cara desencajada por la rabia. Nicko también tiene las mejillas encendidas, cubiertas de manchas rojas. Aparta a Zollweg de mi lado agarrándolo por la espalda de la camiseta.

—¡No! ¡No merece la pena! —grito, sujetando a Nate por el pecho para apartarlo del tumulto, pero él se resiste con todas sus fuerzas.

—¡Eh, eh, eh! —interviene el árbitro, bajando el brazo entre nosotros como si fuera una guillotina. Varios árbitros se acercan a toda prisa—. Tranquilos.

—Zollweg ha llamado a Hart... Le ha llamado... —Nate deja de forcejear conmigo para intentar explicar lo ocurrido, pero se queda a medias, con la vista fija en mí.

Respiro hondo y me llevo las manos a las caderas. Al otro lado del árbitro, dos jueces de línea están separando a Nicko y a Zollweg.

—Me ha llamado «maricón» —digo en voz alta, con los dientes apretados.

El árbitro me mira, luego dirige la vista hacia Zollweg y vuelve a mirarme a mí. Sus espesas cejas se fruncen.

—Hijo, esa es una acusación muy grave.

Cierro los puños antes de sostenerle la mirada.

—Lo sé. Para mí también lo es.

—Entonces mantienes tu declaración.

A mi lado, Nate gruñe.

—¿Pero qué mierdas...? ¡Será gilipollas! ¡Claro que mante...!

—¡Nate! —lo aviso, pero ya es demasiado tarde. El árbitro hace sonar el silbato y señala la expulsión de Nate.

Y, de repente, me quedo solo, ya no sé si esta es una batalla que quiero librar, sobre todo en mitad de un partido como este.

Sé que es importante denunciar este tipo de comportamientos, pero no siempre resulta fácil ser el único que tiene que dar la cara.

No quiero ser siempre yo quien monte el escándalo.

El árbitro vuelve a mirarme durante un instante que se me hace eterno. Cuando hace sonar otra vez el silbato, esta vez con un pitido aún más agudo, doy un respingo y bajo la cabeza.

Los demás árbitros se acercan y yo sigo a Nate de vuelta a nuestro banquillo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta el entrenador mientras nos abre la puerta.

Aprieto los dientes y espero a que el resto del equipo vuelva también del hielo. Desde luego, no tengo ninguna intención de repetirlo por tercera vez.

—Zollweg me ha lanzado un insulto homófobo.

Varias cabezas se giran al instante hacia el banquillo de los Badgers que se están reuniendo.

Tengo que hacer un esfuerzo para no buscar a Nicko entre ellos, necesito asegurarme de que no se meta en un lío por mi culpa.

Y de que está bien. No quiero que tenga que enfrentarse él solo a la intolerancia de Zollweg.

—Será hijo de puta... —gruñe Baker.

Algunos compañeros empiezan a murmurar entre ellos. El entrenador sigue mirándome. Me apoya una mano pesada sobre el hombro y me aparta unos pasos.