Capítulo 39 #3
Estoy a punto de girarme y ponerme boca abajo cuando me detiene sujetándome las caderas con ambas manos.
—¿Qué haces?
—Eh..., ¿no quieres...? ¿Por detrás? —Inclino la cabeza hacia él. Así fue como lo hicimos en Navidad; es la única forma en que he estado con otro chico.
—No —responde con calma mientras se inclina para agarrar la almohada y me la roba de debajo de la cabeza—. Quiero verte.
Siento un nudo en el pecho y tengo que morderme el interior de la mejilla para contener la emoción, porque resulta casi insoportable.
Maldito sea este hijo de puta por hacer que todo esto tenga tanto significado.
Maldito sea por convertirlo en algo que sé que nunca voy a olvidar.
Sobre todo porque voy a seguir viendo su cara en la televisión cada temporada de hockey.
Por un instante, casi vuelvo a odiarlo. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo estrechamente ligadas que están ciertas emociones: el odio y el...
No. Ni siquiera voy a pensarlo.
Xander ahueca la almohada con ambas manos antes de indicarme con un leve toque que levante las caderas. Lo hago por puro reflejo, pero abro mucho los ojos cuando desliza la almohada bajo mi culo.
—Luego vas a dormir sobre esa almohada... —protesto.
—Siempre puedo cambiarla por la de Nate —bromea.
Después echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada ronca al ver la expresión de horror que se me ha quedado—.
Jamás haría eso. En todo caso, espero que dejes tu olor en la mía.
—Y entonces el maldito me guiña un ojo antes de colocar su pene en mi entrada y empieza a empujar poco a poco.
Contengo la respiración mientras empieza a abrirse paso dentro de mí con la punta de su pene.
A pesar de todo el tiempo que se ha tomado para prepararme, la sensación sigue siendo extraña, una presión desconocida que va creciendo lentamente dentro de mí.
Pero, una vez más, Xander no tiene ninguna prisa, avanza despacio, centímetro a centímetro.
—¿Necesitas que pare? —pregunta entre pequeños besos.
—No. Sigue —gruño con terquedad mientras intento hacer caso a sus indicaciones y respirar hondo. Su mano encuentra la mía y la guía con suavidad hacia mi propia erección, desviando así mi atención.
Cuando por fin termina de penetrarme, nuestros pechos quedan pegados y permanecemos así unos instantes, respirando juntos, inspirando, espirando, inspirando, y espirando. Esto resulta mil veces más íntimo que cuando era yo quien tomaba la iniciativa.
Lo dejo entrar en mí. En un lugar al que nadie había llegado antes.
—¿Estás bien? —murmura junto a mi oído, y el calor de su aliento me hace estremecerme.
—Más que bien —balbuceo.
Al darme cuenta de la ventaja que me da la postura, le rodeo la cintura con las piernas y aprieto.
—Vamos, Lexi. Fóllame.
Xander vuelve a incorporarse y me coloca las piernas sobre los hombros.
Las primeras embestidas son lentas y cuidadosas, dándome tiempo para acostumbrarme a la sensación.
Yo acompaño cada movimiento con las caderas, reduciendo la distancia entre nosotros.
Solo entonces abandona el férreo control que estaba ejerciendo sobre sí mismo para penetrar más hondo y hundirse dentro de mí hasta la base de su pene.
—Dios mío... —susurro, extendiendo los brazos sobre la cama para mantener el equilibrio. La situación en sí me excita, pero creo que sigo prefiriendo estar encima, hasta que cambia ligeramente el ángulo.
La siguiente embestida desencadena una oleada de placer que me atraviesa de golpe. No encuentro palabras para describir lo que provoca en mí. Es deseo en estado puro.
Jamás en mi vida había necesitado tanto un orgasmo y, al mismo tiempo, no quiero que esto termine nunca.
—Oh, Lexi... Dios... Joder... —gimo, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Es demasiado para mí, y no sé qué hacer conmigo mismo aparte de agarrarme a las sábanas y abrir más las piernas para él.
Su voz sigue envolviéndome, tranquilizándome, animándome, pero no consigo entender nada de lo que dice, estoy demasiado perdido en esta niebla de placer y caricias. Entonces su mano rodea mi erección.
Unas pocas caricias bastan para que todos mis músculos se tensen de golpe antes de rendirse al orgasmo más intenso que he experimentado jamás.
Es como una explosión justo detrás del ombligo. Las oleadas de éxtasis recorren cada rincón de mi cuerpo, alcanzando la punta de los dedos de las manos y de los pies, hasta envolverme por completo en una explosión de placer ardiente.
Aún estoy intentando recuperar el aliento cuando Xander se queda inmóvil sobre mí.
Tiene los labios entreabiertos en un gemido silencioso mientras se abandona a su propio placer.
Los párpados me pesan, pero me obligo a mantener los ojos abiertos, quiero memorizar cada detalle de este instante: la forma en que se relajan sus facciones, cómo el pelo oscuro se le ha quedado peinado hacia atrás y el brillo del sudor sobre su pecho.
Solo cuando se desploma sobre mí permito que los ojos se me cierren, mi nariz roza su sien. Y, al inspirar, todavía percibo ese leve aroma cítrico.