La jugada cambiada Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Tiene que ser una broma...; aunque en realidad debería estar agradecido. Con toda mi atención puesta en hacerme pasar por mi hermano otra vez, ni siquiera se me ocurrió traer nada.

Pero Xander me aprieta la rodilla.

—Es la bolsa que uso cuando me quedo a dormir en tu casa. No tenía intención de acostarme con cualquiera en Springfield.

Hasta ese momento no me doy cuenta de que nunca hemos hablado de exclusividad.

Al principio ni siquiera pensé en ello, y después, en algún momento, simplemente di por hecho que era así.

La realidad me golpea de lleno. Podría haber estado acostándose con otros hombres todo este tiempo, y solo pensarlo me provoca un escalofrío.

—Ni se te ocurra —murmuro mientras le rodeo el cuello con los brazos para atraerlo hacia otro beso. Puede que no lo tenga durante mucho tiempo, pero hasta entonces quiero que Xander sea mío.

Solo mío.

Me he pasado la vida compartiéndolo todo: la ropa, los juguetes, los amigos, los sueños, y no cambiaría eso por nada del mundo. Pero esto... Por primera vez siento la necesidad desesperada de que algo me pertenezca solo a mí.

Ese sentimiento posesivo se cuela en el beso y lo transforma en cuestión de segundos, de tierno pasa a intenso. Esta vez soy yo quien nos da la vuelta, me siento a horcajadas sobre él y atrapo su labio inferior entre los dientes. Xander deja escapar un gemido contra mi boca.

Sus caderas se elevan y su erección se frota contra mi trasero, separados únicamente por la fina barrera de su ropa interior.

La sensación, desconocida para mí, hace que mi mente se quede en blanco; mi cuerpo, el muy traidor, se estremece al contacto.

Es la intimidad del momento, la expectativa ligada a un gesto tan simple, lo que me arranca un gemido.

Dejo caer mi peso hacia abajo y apoyo las manos en el pecho de Xander.

Durante un instante, me sostiene la mirada.

—Joder, Nicko —maldice. La excitación que impregna su voz es tan evidente que me hace recrearme en su atención.

Yo le provoco esto a él. Al mismo tipo al que a veces todavía me entran ganas de estrangular antes de besarlo hasta perder el sentido. Repito el movimiento, frotando mi trasero contra su erección con más descaro.

Tengo la cara ardiendo por lo evidente que resulta mi necesidad. Los dedos fríos de Xander me rozan las mejillas.

—Qué guapo eres —susurra—. Jodidamente hermoso con el pelo revuelto y esa mirada asesina que llevas siempre.

—Solo miro así a quienes se lo merecen —murmuro, y él se ríe.

—Eres guapo hasta que abres la boca y lo estropeas todo.

Intento protestar, pero aprovecha la ocasión para volver a darme la vuelta, de modo que caigo sobre el colchón con un grito de sorpresa.

—¿Alguna vez te han hecho un beso negro? —pregunta mientras se coloca sobre mí. Tardo un segundo en procesar la pregunta porque toda mi atención está puesta en sus manos, que empiezan a bajarse la ropa interior.

—¿Qué...? —pregunto, incorporándome sobre los codos.

—Un beso negro —repite Xander. Se quita los calzoncillos y mis ojos recorren la longitud de su pene, deteniéndose en la punta brillante. Me entran ganas de inclinarme hacia delante y lamer el líquido preseminal para saborear su gusto salado.

Xander debe de confundir mi distracción con ingenuidad, porque se inclina para depositar un beso en la cara interna de mi rodilla antes de explicarse.

—Significa que te comería el culo, que te saborearía con la lengua.

—¡Sé lo que es un beso negro! —protesto. Noto cómo me arden las mejillas.

No por vergüenza ante sus palabras, sino por cómo reacciona mi pene a las imágenes que me vienen a la cabeza—. Pero no... no me lo han hecho nunca.

—¿Me dejarías hacértelo? —pregunta Xander entre los besos que va depositando con suavidad en la cara interna de mi rodilla antes de ascender lentamente por mi muslo.

Le doy vueltas a la pregunta mientras me muerdo la lengua. La idea resulta excitante, pero hay algo dentro de mí que se resiste.

Parece algo muy íntimo. Demasiado íntimo. Si cedo ahora, me dejará completamente vulnerable. Y no sé cómo podría seguir adelante después, con todas mis emociones a flor de piel, cuando él esté jugando para los Rebels y Nate en Utica.

—Nunca lo he hecho... Quiero decir, no puedo... —balbuceo mientras intento encontrar una explicación que no revele el verdadero motivo. Respiro hondo y alargo una mano hacia él—. La próxima vez.

Una sombra de tristeza atraviesa la sonrisa de Xander cuando asiente. Como si hubiera detectado la mentira y hubiera decidido hacer la vista gorda.

—La próxima vez —repite. A continuación, destapa el pequeño bote de lubricante.

El chasquido de la tapa me pone la piel de gallina y lo observo con atención mientras deposita una pequeña cantidad en la palma de la mano.

Tiene unos dedos elegantes, largos y finos, como si hubiera nacido para tocar el piano o para convertirse en neurocirujano.

La primera vez que me fijé en ellos fue cuando me examinó la rodilla después de aquella caída.

—Tus dedos... —empiezo a decir, pero entonces me agarra por el culo y las palabras se evaporan.

—Estás tenso.

—¡No estoy tenso!

Xander se ríe entre dientes y me da una palmada en el trasero antes de separarme las nalgas para que su dedo lubricado pueda deslizarse dentro de mí: por supuesto que estoy tenso, me siento vulnerable, expuesto y completamente desnudo.

—Podemos parar cuando quieras —murmura Xander. Justo cuando empiezo a preguntarme si no habré sobreestimado mi propia valentía. Su dedo sigue moviéndose despacio, extendiendo el lubricante con paciencia.

Trago saliva con dificultad mientras mis ojos buscan los suyos. El azul intenso de sus iris me deja sin respiración.

—No —le digo. A pesar de todas mis dudas, quiero esto. Lo quiero ahora, porque bien podría ser nuestra última oportunidad. Y prefiero hacerlo aquí y ahora a no hacerlo nunca.

Sus ojos recorren mi rostro en busca de cualquier señal de vacilación.

—Dime si necesitas que pare, Nicko. Lo digo en serio. No quiero que te arrepientas de... esto.

—Te lo diré —prometo, pero mi mente se queda atrapada en esa breve pausa, en la forma en que no parece estar hablando solo de este momento, sino de nosotros. De él.

Me concede un segundo más y luego introduce el dedo índice con lentitud y cuidado.

Durante los minutos siguientes pierdo por completo la noción del tiempo y del lugar, me retuerzo bajo las manos de Xander mientras me prepara con una paciencia desesperante, ignorando todas mis súplicas para que se dé prisa.

Cuando ya tiene cuatro dedos dentro de mí, siento que voy a perder la cabeza de pura frustración, deseo y necesidad.

Mi pene deja pequeños rastros de líquido sobre el vientre y, cada vez que me toca ese punto sensible en mi interior, estoy convencido de que voy a correrme incluso antes de que hayamos empezado de verdad.

—¡Alexander Hart, joder! —exclamo cuando vuelve a hacerlo. Tengo un brazo sobre los ojos y, aun así, veo destellos tras los párpados, y los dedos de los pies se me encogen contra las sábanas impecablemente estiradas.

Oigo una risa grave sobre mí, y un instante después retira la mano.

Me arrepiento de inmediato de haberme quejado.

La sensación de vacío regresa al instante, igual que aquella primera vez que me penetró con los dedos.

Aprieto los glúteos por puro reflejo, pero la pérdida que siento va mucho más allá de lo físico; nace en algún lugar de mi interior.

—Silencio —murmura. Debe de haber leído todas mis emociones en la cara.

Ya está desenvolviendo el preservativo. El crujido del envoltorio me parece ensordecedor, como si todos mis sentidos estuvieran agudizados.

No puedo apartar la vista de su pene completamente erecto mientras se coloca el condón.

Durante una fracción de segundo me pregunto cómo sería sin esa barrera entre nosotros, pero enseguida aparto el pensamiento.