La jugada cambiada Capítulo 39
86%

Capítulo 39

—¿Qué has dicho?

Bueno, desde luego no es la reacción entusiasta que esperaba.

—Necesito que me folles —repito, orgulloso de lo fácil que me resulta decirlo esta vez. A pesar de la evidente sorpresa, Xander deja escapar un gemido, y me resulta extrañamente satisfactorio lo necesitado que suena.

—Vas a acabar conmigo, Nicko —se queja, cubriéndose los ojos con ambas manos—. No puedo follarte.

—¿Qué? ¿Por qué no?

¡Me ha llevado semanas mentalizarme para esto!

No es que la idea me incomodara antes, pero nunca había estado con un chico el tiempo suficiente como para desarrollar ese nivel de confianza.

Pensar en ser el pasivo siempre me ha hecho sentir que cedía el control, y normalmente eso no me gusta. Menos aún con mi mayor rival.

Pero con Xander sí puedo imaginármelo. Es el tipo que se marca unos pasos de baile espantosos en una sala recreativa solo para hacerme reír.

El que me acompaña a partidos de hockey de instituto simplemente porque quiere pasar tiempo conmigo.

El que se deja mangonear por una chihuahua diminuta para divertirme.

El que sale medio desnudo al frío para asegurarse de que estoy bien.

Y también es la persona que sabe perfectamente cuándo estoy mintiendo y que, aun así, me deja conservar un poco de dignidad.

Me alegro de que aquella noche no dijera nada sobre mi engaño, pero ahora las cosas son distintas.

No consigo quitarme de la cabeza el recuerdo de sus manos sobre mí.

Cada vez que me masturbo pensando en ello, mi imaginación añade un final diferente.

Uno en el que acaba penetrándome. He mantenido ese deseo encerrado dentro de mí, negándome a reconocerlo abiertamente, hasta que se lanzó sobre mí en el ascensor.

—¡Porque mañana tenemos un partido! —exclama—. ¿No te parece un momento terrible para experimentar con nuevos deseos sexuales?

Frunzo el ceño ante su argumento.

—No se me ocurre una forma mejor de distraernos.

—Eso puede ser verdad, pero no quiero precipitar una experiencia como esta...

—Con Nate en el spa , desde luego no tienes que darte prisa, créeme.

—¡Estamos en una habitación de hotel! ¿No preferirías que fuera en un sitio que te resultara familiar?

—No. Desde luego prefiero esto a tener a mis compañeros de piso abajo.

—No tienes remedio —suspira Xander mientras se pasa una mano por el pelo, dejando los mechones aún más revueltos.

—Entonces es que no quieres —respondo. Todo el impulso que sentía hace un momento desaparece de golpe. Esperaba que ya estuviéramos en la cama, con sus manos y su boca sobre mí. Desde luego no imaginaba que fuera él quien pisara el freno de forma tan brusca.

—¡No! Nicko, no es eso... ¡Claro que quiero! —Xander me sujeta la cara con ambas manos. Aparto la cabeza en un arranque de testarudez, pero al final cedo y dejo que me levante la barbilla—. Llevo queriéndolo desde Navidad. ¡Pero no me puedo creer que saques el tema precisamente ahora!

—Lo estoy proponiendo, no sacando el tema —resoplo—. Si los dos queremos lo mismo, ¿por qué no estamos ya en la cama?

—Porque mañana tenemos un partido importante. Uno que podría influir en nuestras carreras, y si juegas mal porque te duele todo después de ser pasivo por primera vez, ¡no dejarás de echármelo en cara jamás!

Parpadeo al oírlo y, cuando termino de procesar sus palabras, me echo a reír.

No es tan gracioso, pero en cuanto desaparece la presión que sentía en el pecho, soy incapaz de parar.

—¡Lo digo en serio, Nicko! —protesta Xander. Aun así, puedo oír la sonrisa en su voz cuando aparta las manos de mi cara para rodearme con los brazos. Me abraza con paciencia mientras yo sigo riéndome contra su hombro.

—Te prometo que eso no va a pasar —le aseguro cuando por fin vuelvo a mirarlo. Me siento como si acabara de dejar atrás una mochila cargada de piedras el último día de clase antes de las vacaciones de verano. Ligero y libre—. Porque no voy a perder el partido de mañana.

—Ah, claro. Qué tonto soy —resopla, estrechándome aún más entre sus brazos.

Permanecemos así unos instantes, abrazados en silencio, tan cerca el uno del otro que puedo sentir los latidos de su corazón contra mi pecho.

Inclino la cabeza y deposito un beso suave en su cuello. Mis labios ascienden hasta detrás de su oreja y le mordisqueo el lóbulo.

La respiración de Xander se entrecorta. Sus manos empiezan a acariciarme la espalda y sus dedos encuentran el camino bajo mi camiseta.

—Nicko... —susurra. Su voz ronca hace que mi nombre suene completamente distinto—. ¿Estás seguro? Podemos hacer cualquier otra cosa y dejar esto para otro día.

—¿Otro día? —repito.

No habrá otro día. Mañana, uno de nosotros seguirá adelante y el otro verá cómo termina su temporada. Los dos acordamos que esto acabaría entonces. No hay forma de que lo nuestro, sea lo que sea, funcione si acabo jugando en otra liga. O en otro continente.

—Podría haber otro día —insiste Xander, como si me hubiera leído el pensamiento—. Eso depende de nosotros.

—Sí, depende de nosotros —repito, pero también me muerdo el interior de la mejilla para contener la esperanza que empieza a abrirse paso en mi pecho. Nunca pensamos que esto fuera a convertirse en algo duradero.

No puede ser.

No cuando él va a recorrer el país de punta a punta y yo voy a quedarme atrás.

Ya sé que no voy a dejar el hockey aunque los Rebels no me ofrezcan un contrato. No puedo. No hay ningún otro sueño que quiera perseguir.

Voy a jugar.

Y si no es aquí, encontraré otro sitio. Seguiré jugando hasta que tengan que sacarme del hielo en camilla porque algún defensa me haya destrozado la rodilla.

Sé que es una estupidez y que tampoco es precisamente sano, pero cada vez que vuelvo a la pregunta del profesor Fiore, siempre llego a la misma respuesta: el hockey.

Quiero jugar al hockey. Y quiero jugar al máximo nivel. Quiero jugar en estadios, bajo los focos. Quiero jugar ante miles de personas. Quiero los aplausos y también los abucheos. Quiero la adrenalina. Quiero la intensidad. Lo quiero todo.

El problema es que también quiero que Xander forme parte de ello. Quiero que marque goles gracias a mis asistencias y celebrarlos juntos. Quiero competir a su lado y levantar trofeos con él. Pero ¿cómo encajaría un nosotros en medio de todo eso?

—Es nuestra decisión, y quiero tomarla ahora —afirmo, y mis palabras encierran mucho más de lo que él llegará a saber jamás.

Antes de que pueda volver a cuestionarme, le rodeo el cuello con los brazos y lo beso. Esta vez soy yo quien invade su boca con avidez mientras lo acompaño de vuelta a la cama. Lo empujo y cae sobre el colchón, aunque no sin antes arrastrarme con él.

Aterrizamos enredados en un caos de brazos y piernas, con los labios pegados y las manos recorriéndonos el cuerpo.

Xander nos da la vuelta, su aliento cálido me acaricia la piel mientras me besa el cuello.

Me mordisquea la clavícula, demasiado suave para dejar marca, y de pronto me invade el deseo de que lo haga, de que deje una huella.

Algo que pueda llevarme de vuelta al hotel, un recuerdo suyo que me acompañe mañana sobre el hielo.

Pero soy demasiado orgulloso para decirlo en voz alta, así que me limito a levantar los brazos en una petición silenciosa para que me quite la ropa.

Xander arquea una ceja al verme y luego suelta una risita.

—Eres un consentido insoportable.

Aun así, me sigue el juego. Me quita la camiseta y luego se deshace de la suya, ambas prendas desaparecen por el borde de la cama.

Suspiro cuando vuelvo a tocar su piel desnuda.

Sobre su pecho pálido se dispersa una ligera constelación de pecas que me hace sonreír, porque no tiene ni una sola en la nariz.

Las sigo con la punta de los dedos como si estuviera trazando un mapa estelar.

—Te gusta esto —le digo con un guiño. Él pone los ojos en blanco, aunque no consigue ocultar la sonrisa que asoma en las comisuras de sus labios.

No se molesta en discutirlo. En lugar de eso, inclina la cabeza y deposita un beso en mi estómago, luego otro, y otro más.

Desciende lentamente por mis abdominales hasta llegar al ombligo, saca la lengua apenas un instante y yo me río, sin aliento y con un cosquilleo de nervios recorriéndome el cuerpo.

Hoy cada caricia parece deliberada, cada sensación resulta más intensa.

No se parece en nada a nuestro encuentro precipitado en el vestuario ni tampoco a aquel momento apresurado de Navidad.

Hoy Xander me está desarmando pieza a pieza, despacio, y con toda la intención del mundo.

En cuanto los dos estamos sin pantalones, estoy listo para darle la vuelta a la situación.

—¿Estás intentando torturarme para que sea yo quien tome la iniciativa?

—Estiro el cuello para verlo succionar la cara interna de mi muslo tembloroso.

Mi erección se marca con descaro bajo la ropa interior y una mancha húmeda de líquido preseminal oscurece la tela.

Intento tocarme, pero Xander me aparta la mano de un manotazo.

Me lame el muslo con ganas antes de meter los dedos por debajo de la cinturilla de mis calzoncillos y bajármelos.

—Eres impaciente hasta decir basta —se ríe, pero veo el deseo en sus ojos.

Me recorre con la mirada y noto cómo las mejillas se me calientan bajo la intensidad de esa atención.

Ninguna de mis exparejas, ni hombres ni mujeres, me había mirado nunca así.

Como si toda su atención estuviera centrada únicamente en mí.

Como si fuese alguien irrepetible, no una simple copia de otra persona.

Me doy cuenta de que tú no eres Nate. Lo siento dentro de mí.

Trago saliva con dificultad al recordar sus palabras.

—Solo un poco —murmuro. La voz se me quiebra ligeramente, cargada de emoción y de puro deseo.

—Haré que merezca la pena —promete mientras se inclina sobre el borde de la cama para agarrar su mochila.

—Mira quién venía preparado —resoplo cuando saca un pequeño tubo de lubricante y un preservativo.