La jugada cambiada Capítulo 37
82%

Capítulo 37

Se me pone la piel de gallina mientras bajo a toda prisa los escalones de arenisca. El aire frío golpea mi piel desnuda, pero aprieto con más fuerza la toalla que llevo anudada a la cintura. Ignoro las miradas y los silbidos de los demás estudiantes cuando paso corriendo junto a ellos.

—¡Nicko, espera!

—¡Déjame en paz! —grita por encima del hombro, aunque afloja el paso y acaba deteniéndose en mitad de la explanada de césped que rodea el edificio.

—Por favor, Nicko, no...

—¡Lo sabías! ¡Lo sabías y no me dijiste nada! —Se gira bruscamente para fulminarme con la mirada.

Levanto una mano, porque necesito la otra para asegurarme de no enseñar más de la cuenta ni a él ni a cualquiera que pase por aquí.

—Lo sabía y lo siento —respondo, alargando la mano hacia su brazo y soltando un suspiro cuando se aparta antes siquiera de que llegue a tocarlo—. Solo... solo escúchame un minuto, ¿vale?

Aprieta los labios, pero al menos no echa a correr. Señalo con la cabeza hacia un rincón al doblar la esquina del edificio. Cuando veo que no se mueve, camino hasta allí yo solo, quedando fuera de su vista. Unos segundos después viene detrás de mí, y eso basta para aliviarme un poco.

Al menos no se está encerrando en sí mismo. Al menos no me está apartando.

—Sí, lo sabía —empiezo. Hago una mueca cuando la expresión de Nicko se contrae al instante y el ceño se le frunce todavía más.

Inclino la cabeza para buscar sus ojos y sostenerle la mirada, aunque en ellos se agitan la rabia y la sensación de traición—.

Nate me lo contó en enero, pero solo porque encontré un folleto de un máster a distancia.

—Dejo que haga las cuentas. Sí, fue hace un tiempo, pero no desde el otoño pasado.

—Deberías habérmelo contado —insiste, y yo emito un sonido suave y alargo la mano para acariciarle la mejilla. Mi palma se desliza sobre su piel cálida y la ligera aspereza de su mandíbula. Esta vez me permite tocarlo, pero solo durante un segundo, después vuelve a apartarse.

—Quería decírtelo. De verdad. —Me muerdo la lengua y noto cómo la culpa me revuelve el estómago al recordar aquella noche en la que estuve a punto de hacerlo y, al final, me callé—.

Pero Nate es mi mejor amigo y me hizo prometerle que no diría nada.

Y..., bueno, pensé que era algo entre vosotros y que no me correspondía a mí quitarle la oportunidad de hablar contigo.

¡Porque quería contártelo! —me apresuro a añadir, sintiendo la necesidad de defender a mi mejor amigo—.

Solo que no quería distraerte durante la temporada.

No estoy diciendo que hiciera bien, pero ya sabes cómo es.

Nicko se muerde el labio y me entran ganas de pasarle el pulgar por la boca, despacio, pero me contengo y espero a que procese lo que acabo de decir. Cada minuto que no sale corriendo y se aleja de mí ya es una pequeña victoria.

—¿Qué... qué máster a distancia? —pregunta al fin, todavía con el ceño fruncido.

—Quiere hacer un máster en Escritura Creativa.

—Así que parece que de verdad quiere escribir libros.

Suspiro y asiento.

—Sí. Y... y ya sabes cómo es él... Creo que de verdad necesita un plan B. Algo que no sea el hockey. —Me encojo de hombros—. Por si acaso. Por si no llega a la NHL. Por si no tiene tanta suerte y no consigue recuperarse de una rotura de tendón o de ligamentos.

—No necesitaría un plan B si jugara para los Pioneers —murmura Nicko, pero sus palabras ya no tienen fuerza, y ya no suenan a discusión.

Se me encoge el corazón al oír cuánto dolor esconden.

—Todos sabemos que podrían haberlo dejado en el banquillo para siempre —digo en voz baja mientras deslizo la mano hasta entrelazar los dedos con los suyos. Nicko resopla, pero me deja hacerlo.

Aprieto suavemente su mano y doy un paso más hacia él.

—No digo que lo que ha hecho Nate esté bien, créeme. Yo también he estado bastante enfadado con él, pero quizá deberías pensar si estás enfadado con él y conmigo —añado, inclinando la cabeza— o si en realidad estás triste porque las cosas no van a ser como te habías imaginado.

—Yo... —empieza Nicko, pero se queda a medias. Las lágrimas brillan en las comisuras de sus ojos y su respiración se entrecorta cuando inspira—. ¿Qué es un utonagan? —pregunta con voz temblorosa. Y a mí se me hace un nudo en la garganta de pura empatía.

—Es... es una raza de perro.

—¿Qué? —Sacude la cabeza—. ¡A Nate ni siquiera le gustan los perros!

Suelto una risita, plenamente consciente de la ironía.

—Bueno, se lo tiene merecido, ¿no?

Durante unos segundos, Nicko se muerde el labio, y luego las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas. Se me rompe el corazón al verlo llorar, pero espero a que sea él quien acorte la distancia antes de rodearlo con mis brazos.

Nicko emite un sonido de protesta, y yo me limito a susurrarle palabras tranquilizadoras mientras lo estrecho un poco más contra mí. Al cabo de unos instantes, inspira hondo varias veces y apoya la cabeza en mi hombro. Hundo la nariz en su pelo y suspiro al reconocer aquel olor tan familiar.

—Es solo que... ¿Y si... y si me abandona? —Su voz es tan débil y queda tan ahogada entre los sollozos que apenas consigo entender lo que dice. Cuando por fin lo hago, niego con la cabeza de inmediato.

—Nunca te haría eso. Nate jamás te abandonaría —afirmo con total convicción. Sé que estoy hablando por mi mejor amigo, pero no tengo la menor duda: Nate nunca abandonaría a su hermano.

—Pero ¿y si...? ¿Si vosotros dos...? ¿Y yo...? —Los sollozos de Nicko se hacen notables y sus hombros empiezan a temblar. Lo abrazo con más fuerza y le acaricio la espalda con movimientos lentos hasta que se calma un poco. Después inclino la cabeza y le rozo la oreja con la nariz.

—No digas tonterías. Ni Nate ni yo vamos a abandonarte.

Tú estarás ahí, dándome una paliza cuando juguemos juntos en los Rebels; y, en cuanto Nate esté preparado, también le darás una paliza en el equipo con el que acabe fichando.

De hecho, arrasarás de tal forma que tendrán que inventarse una categoría nueva solo para ti.

A Nicko se le escapa una especie de hipo. Entre sollozos, alarga una mano y trata de taparme la boca.

—Eres ridículo, Hart —murmura, aunque ya no llora y su voz suena mucho más firme—. ¡Eso que acabas de decir ni siquiera tiene gracia!

—No, pero será verdad. —Le aparto unos mechones de pelo de la frente y le acaricio la mejilla.

Después le levanto suavemente la barbilla y deposito un beso ligero sobre sus labios.

El contacto es cálido y reconfortante. Cuando vuelvo a abrir los ojos, los suyos siguen enrojecidos, pero ya no brillan por las lágrimas contenidas.

Se acurruca contra mí; su pelo me hace cosquillas en la mejilla y luego en el cuello, y deseo con todas mis fuerzas que pudiéramos quedarnos así para siempre.

—Bueno, ya basta de sermones. Vuelve a tu habitación antes de que alguien llame a la policía porque vas medio desnudo por ahí —dice por fin Nicko, pero no se aparta de mí, así que yo tampoco me muevo.

Aun así, bajo una mano para asegurarme de que la toalla sigue bien sujeta alrededor de mis caderas.

—No sé cómo lo hago, pero parece que siempre acabo sin ropa cuando estoy contigo.

—Por lo general no me importa, pero sí cuando corres el riesgo de morir congelado.

Suelto una risita y, poco a poco, aflojo los brazos, preparándome mentalmente para dejarlo marchar. Cuanto más se acerca el final de la temporada, más difícil se me hace. Debería preocuparme por eso, pero sigo aplazándolo.

Mientras siga habiendo un «hasta luego», quiero aprovecharlo al máximo.

No puedo evitar preguntar:

—Hablarás con él, ¿verdad?

—Sí —responde Nicko con la voz aún algo entrecortada mientras se seca la cara con la manga—. Pero... todavía no —añade tras un instante, lanzándome una mirada fugaz antes de apartar la vista otra vez.

Asiento, aunque la idea de tener que soportar unos días más la guerra fría entre los gemelos me pone los nervios de punta. Sé que les duele a los dos, pero también sé que es algo que solo ellos pueden resolver.

—Lo entiendo —murmuro. Le beso la frente y vuelvo a hundir la nariz en su pelo. Nicko se inclina hacia mí y suspira mientras parte de la tensión abandona poco a poco sus hombros. Su aliento me hace cosquillas en el cuello y siento que el corazón me da un vuelco.

Dios, no me canso de él.

—Nicko, yo... —Me aclaro la garganta cuando la voz me sale áspera y ronca, rompiendo el hechizo que casi me ha hecho sentirme más desnudo de lo que ya estoy—.

¿Me mandarás un mensaje cuando llegues a casa?

—termino preguntando, de una forma bastante torpe.

Una ráfaga de aire me hace estremecerme.

Nicko me acaricia los brazos y el pecho desnudo, y de pronto tomo conciencia de lo cálidas que están sus manos y de lo mucho que yo me estoy congelando.

—Sí, claro. Ahora lárgate de una vez. —Hace un gesto para que me marche, aunque veo cómo su mirada recorre mi pecho, baja hasta mis caderas y continúa por mis piernas. Después me empuja suavemente en dirección a la entrada del edificio.

Sin él protegiéndome del viento, el frío resulta insoportable y estoy deseando volver a entrar. Antes de abrir la puerta, miro por encima del hombro.

Nicko retrocede por el césped, levantando una mano a modo de despedida antes de subirse la capucha.

Cuando llego arriba, me apresuro a ponerme unos pantalones de chándal y unos calcetines limpios, temblando mientras me visto.

—¿Dónde está Nicko? —La voz de Nate me llega amortiguada por la camiseta que me estoy poniendo.

—Se ha ido a casa —respondo en cuanto consigo sacar la cabeza por el cuello.

Nate me mira fijamente, con mucha más rabia de la que esperaba. También tiene los ojos algo hinchados y sospecho que él también ha llorado después de que saliera corriendo detrás de su hermano.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué no lo has traído de vuelta?

—Necesita tiempo para...

—¡Es mi hermano! Lo conozco mucho mejor que tú, aunque estéis fo... ¡Uf! —Se interrumpe a sí mismo, pero mis cejas se arquean hasta casi desaparecer bajo el pelo. Nate se muerde el labio—. Es mi hermano —repite entre dientes. Está enfadado y no está pensando con claridad, así que lo dejo pasar.

—Lo sé —replico, frotándome las manos heladas—. Y precisamente porque lo conoces mejor que nadie, sabes que ahora mismo necesita tiempo. Pero no estás pensando con claridad.

Abre la boca para responder, pero lo sujeto por los hombros.

—No estoy intentando interponerme entre vosotros. Y tampoco voy a explicarte cómo es tu propio hermano, tío. Tú lo conoces. Lo que pasa es que estás enfadado por la forma en que se ha enterado de todo.

Nate sigue fulminándome con la mirada durante unos segundos, pero al final se relaja y deja caer los hombros. Se frota los ojos con gesto frustrado y yo emito un sonido conciliador antes de atraerlo hacia mí para darle un abrazo. Al cabo de un instante, noto cómo uno de sus brazos rodea mi cintura.

—¿No vas a decirme «te lo dije»? —pregunta cuando volvemos a separarnos.

Niego con la cabeza; por una vez, los Van der Hoff no necesitan otra lección por mi parte.

—Pidamos algo para cenar, ¿vale? —La noche ha sido lo bastante agotadora para los dos, y ambos nos hemos ganado un descanso.