Capítulo 36 #2
—¡Creía que los ojeadores de los Pioneers estaban yendo a tus partidos! ¡Tú me dijiste que estaban contentos con tu rendimiento!
—Bueno, estoy seguro de que habrían estado contentos con tu rendimiento, Nicky —resopla Nate, con un deje de amargura en la voz.
—¡Deja de llamarme así cuando estoy enfadado contigo!
—Sé perfectamente lo que está intentando hacer: camelarme y hacer que parezca completamente razonable que me haya mentido—.
Me dijiste que teníamos que hacernos pasar el uno por el otro porque los ojeadores de los Pioneers iban a verte jugar.
¿Y ahora resulta que para entonces ya habías decidido no ir a la NHL?
Nate se estremece ante mis gritos. Estoy demasiado furioso como para preocuparme de si alguien puede oírme, pero Xander tiene la sensatez de cerrar la puerta.
—Te dije lo que necesitabas oír.
—¡¿Perdón?!
Nate se aclara la garganta y luego endereza los hombros mientras nuestras miradas se encuentran. En sus ojos se adivina una terquedad poco habitual.
—Te dije lo que necesitabas oír —repite, esta vez con más firmeza.
—¿Lo que necesitaba oír? ¡Que te den, Nate! Lo que necesitaba oír era la verdad, no una mentira que ha puesto mi vida patas arriba y ha puesto en riesgo nuestras carreras deportivas. ¿Por qué demonios harías algo así sin ningún motivo?
—Nicko, todos te decíamos la verdad, pero no eras capaz de aceptarla.
Todos sabíamos que estabas completamente recuperado, pero te estabas dejando dominar por tus miedos y cuestionabas cada uno de tus movimientos.
Así que no me hables de poner en riesgo tu carrera.
¡Estuviste a punto de cargártela tú solo!
Es como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima. Nate nunca me había hablado así, y aunque mi cerebro sigue intentando procesarlo, mis extremidades ya tiemblan por una mezcla de sorpresa y rabia.
—No tienes ni idea... —empiezo a decir, pero esta vez Nate reacciona más rápido y su estallido ahoga mis palabras.
—No, tú eres el que no tiene ni idea, Nicko.
¡No tienes ni idea de lo que se siente al ser siempre el segundo mejor en todo!
Asistencias, goles, puntos, jugadas, habilidad, talento, ¡hasta en los estudios!
No tienes ni idea de lo que es que te elijan en la tercera ronda del draft , ni de la impotencia que supone ver a tu hermano desperdiciar sus propias oportunidades.
Me aparto de él bruscamente ante aquella bofetada verbal.
Mi espalda golpea el marco de la ventana de Xander cuando ya no me queda espacio para retroceder.
Me duele el estómago y, al mismo tiempo, la culpa ahoga todas las demás emociones, como siempre ocurre cuando alguien compara de forma tan directa mis habilidades en el hockey con las de mi hermano.
—Lo siento —le digo, porque no se me ocurre ninguna otra cosa que decir.
No hay nadie con quien quisiera compartir ese sueño o, al menos, no lo había hasta hace muy poco.
Cambiaría encantado la mitad de mis goles por las uñas mordidas de Nate, y la mitad de mis asistencias por poder aliviarle los retortijones de ansiedad antes de los partidos.
Pero también me duele que ignore los problemas que tuve el año pasado, como si todo hubiera ocurrido únicamente en mi maldita cabeza, como si no hubiera tenido que enfrentarme de verdad a la posibilidad de que mi carrera terminara antes de tiempo.
—Nunca he querido quitarte nada. Pero que te eligieran en tercera ronda no significa necesariamente que no tengas nivel para jugar en la NHL. ¡McCoy salió en tercera ronda y ahora es una leyenda!
—¡Cállate! —me grita Nate, tirándose del pelo con fuerza, como si quisiera arrancárselo—.
No todo el mundo es un puto niño prodigio como tú o McCoy.
¡Y no quiero que te avergüences de tu talento!
¿Que me gustaría jugar como tú? Claro que sí.
Pero nunca te he culpado por tener más talento.
Igual que tampoco quería que eligieras otra universidad por mi culpa.
Abro la boca para protestar, pero me lo pienso mejor y aprieto los labios con fuerza. Mi mirada fulmina a Xander, que levanta las manos de inmediato.
—¡Venga ya! —resopla Nate al darse cuenta de adónde estoy mirando—.
¿De verdad crees que no sabía por qué, de repente, te morías de ganas de ir a B-Tech después de que mamá no dejara de repetirme que tenía que salir de tu sombra?
No soy idiota, Nicko. Elegiste un equipo mediocre para darme una oportunidad.
Me avergüenza muchísimo cuando lo plantea de esa forma.
—No somos mediocres —protesto con obstinación.
Aunque tiene razón. Los Badgers no pisan una Frozen Four desde la época dorada de McCoy.
El año pasado estuvimos cerca, pero nos eliminaron en la primera ronda de los regionales.
Aun así, me gustaba la idea de formar parte de un equipo infravalorado, aunque nunca haya terminado de encajar en él—.
Pensé que era lo que querías. ¡La NHL! Era...
una inversión para alcanzar nuestro sueño.
Nate resopla y cruza los brazos sobre el pecho.
—A lo mejor deberías habérmelo preguntado antes, ¿no te parece? ¡Habría preferido jugar contigo en la misma línea durante los últimos cuatro años antes que verte atrapado en un equipo que ni siquiera te gusta!
—¿Ah, sí? ¿Igual que cuando me consultaste lo del cambio de roles? Ah, no, espera, que no lo hiciste. ¡Hasta me mentiste porque pensabas que...! ¡Ni siquiera sé qué demonios pensabas, Nate! —Golpeo el escritorio de Xander con el puño y varios lápices caen al suelo.
—Eso era diferente. ¡Estabas completamente bloqueado! Sabía que lo único que necesitabas era librarte de la maldita presión que te estabas imponiendo a ti mismo, y tenía razón. ¡En cuanto pensaste que me estabas haciendo un favor, volviste a rendir al máximo sobre el hielo!
Me quedo mirando a Nate, atónito ante su lógica retorcida. Por mucho que la rabia me hierva en el estómago, sé que jamás haría nada para hacerme daño a propósito. Pero eso no significa que tuviera derecho a decidir por mí.
—¿Así que ahora el fin justifica los medios? ¿Y si alguien se hubiera enterado?
—Les habría contado la verdad: que fue idea mía y que te convencí para que aceptaras. No te habría pasado nada. —No hay el menor rastro de arrepentimiento en el rostro de Nate mientras me sostiene la mirada, completamente convencido de que hizo lo correcto.
Los brazos se me quedan colgando a ambos lados del cuerpo cuando me doy cuenta de algo, por primera vez en toda nuestra vida, mi hermano gemelo no me entiende.
Un silencio denso y asfixiante se instala entre nosotros. Los ojos de Xander van de Nate a mí una y otra vez mientras yo sigo pegado a la ventana, con el marco clavándoseme en la espalda.
Intento imaginar a Nate con la camiseta de los Utonagans y siento que el estómago se me retuerce. ¿A cuánta distancia está exactamente Utica de Nueva York?
¿Nos veremos siquiera durante la temporada? No solo vamos a jugar en equipos distintos, sino también en ligas diferentes. ¿Querrá verme siquiera o esta es su manera de escapar de mi supuesta sombra?
Quizá simplemente me deje atrás y se dedique a escribir su libro. Quizá quiera averiguar quién es Nate sin Nicko.
—No es para siempre, Nicko. Yo... solo necesito más tiempo para intentar que esto funcione. Y, si no funciona, tampoco será el fin del mundo —explica Nate, leyendo mis pensamientos con la misma facilidad con la que pasa las páginas de un libro.
Pero sus palabras no me aportan ningún consuelo, ningún alivio.
De repente, siento la camiseta demasiado ajustada sobre el pecho y la habitación se vuelve demasiado pequeña para los tres.
Necesito aire. Necesito aclararme las ideas. Necesito salir de aquí.
—¡Nicko! —La voz de Xander suena alarmada y entonces me doy cuenta de que estoy respirando a trompicones. Me siento como después de una sesión interminable de ejercicios ofensivos, cuando necesito encontrar un cubo antes de vomitar.
—Tengo que irme —balbuceo. Las manos de Xander intentan alcanzarme mientras me tambaleo hacia la puerta, pero me las sacudo de encima y echo a correr.
Soy vagamente consciente de que alguien me llama, pero sigo corriendo.
Bajo las escaleras a toda velocidad, saltando los peldaños de dos en dos, atravieso el pasillo y no paro hasta que el aire frío de la noche me llena por fin los pulmones.