La jugada cambiada Capítulo 36
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Capítulo 36

Los días siguientes pasan volando y se difuminan en mi memoria.

Hace años que los Bats y los Badgers no se enfrentan en el torneo, y el campus está rebosante de emoción.

Desconocidos se me acercan para felicitarme por haber terminado en lo más alto de nuestra conferencia y por habernos clasificado para la fase regional.

La gente me ofrece el puño para chocarlo cuando paso a su lado.

Un grupo de chavales insiste en invitarme a comer.

Algunas chicas me deslizan números de teléfono en la mochila sin que me dé cuenta.

El encargado de redes sociales del equipo ya no se deja intimidar por mis malas caras y me convence para participar en un baile absurdo de TikTok.

Mamá escribe en el chat familiar para decirnos lo orgullosa que está y, en un mensaje privado, me recuerda que no fuerce demasiado la rodilla, porque mi carrera a largo plazo es más importante que ganar un campeonato.

Papá nos pregunta si queremos ir a Ámsterdam en verano y cuándo tenemos que incorporarnos a los respectivos campus de pretemporada para entrenar con nuestros futuros equipos.

Vivo todo eso como si estuviera lejos, separado del resto del mundo por una barrera invisible, como si el ruido a mi alrededor llegara amortiguado por un único pensamiento: dos victorias más y estaremos en los Frozen Four.

Dos partidos más en los que podría enfrentarme a Xander y a Nate.

A partir de ahora, cada encuentro podría marcar el final de la carrera que siempre había imaginado para mí.

Si los Rebels no me ofrecen un contrato, tendré que buscar equipo en el extranjero o averiguar cómo sacar partido a mi título universitario.

Si alguna vez hubo un mal momento para sentirme completamente agotado, es este. Necesito dar mi mejor versión, estar más concentrado que nunca; sin embargo, siento los huesos pesados como el plomo cuando me levanto del banco del vestuario y me cuelgo la bolsa al hombro.

En el pasillo, Zollweg posa junto a la vitrina de trofeos mientras el equipo de redes sociales le pide una y otra vez que repita los mismos movimientos para la cámara.

Él levanta una mano a modo de despedida silenciosa y yo le respondo con una breve inclinación de cabeza al pasar a toda prisa a su lado.

No sé qué esperaba después del revuelo que se montó en redes sociales durante el fin de semana, pero cuando entré en la pista al día siguiente, todo estaba... normal.

Zollweg no soltó ningún comentario homófobo ni ningún insulto. Ni siquiera me miró de forma extraña. De hecho, me chocó el puño, me dio una palmada en la espalda y luego se puso a animar al equipo como siempre.

Ahora me pregunto qué fue exactamente lo que vi aquel día.

Quizá el «me gusta» pertenecía a otra cuenta con un nombre de usuario parecido.

O tal vez le dio por accidente mientras deslizaba publicaciones en Instagram.

Un simple movimiento equivocado del pulgar, de esos que cualquiera puede hacer sin darse cuenta.

Seguramente le he dado más importancia de la que tiene, pero una incómoda sensación de inquietud sigue acompañándome cada vez que nuestras miradas se cruzan.

Cuando por fin llego al coche, lanzo la bolsa de deporte al maletero antes de dejarme caer en el asiento del conductor.

Cierro los ojos un instante y respiro hondo por la nariz, intentando no pensar en todas las partes del cuerpo que me duelen.

Ahora mismo no deseo nada más que la comodidad de mi cama, donde sé que todavía permanece el ligero aroma cítrico que se ha quedado impregnado en la almohada y las sábanas.

Pero antes tengo que prepararme una comida decente y completar toda una serie de ejercicios de movilidad.

Si estos van a ser mis últimos partidos de hockey antes de acabar en una liga menor, no puedo permitirme el lujo de no estar al cien por cien.

Meto la mano en el bolsillo y saco el móvil para comprobar si tengo mensajes nuevos.

Con los horarios tan apretados que llevamos, Xander y yo apenas tenemos ocasión de vernos durante la semana.

Aun así, no puedo evitar sonreír cuando veo su nombre en la pantalla.

Me muerdo el labio inferior, pero no sirve de nada; la sonrisa es tan amplia que me duelen las mejillas.

Xander me ha enviado un mensaje corto contándome que ha pensado en mí durante el entrenamiento cuando su entrenador le ha obligado a trabajar el revés.

Lo lógico sería que mi primera reacción fuera soltar algún comentario sarcástico, así que cierro el chat hasta que se me ocurra algo mínimamente burlón que responder.

Estoy a punto de guardar el teléfono cuando veo más de una docena de mensajes sin leer en el chat familiar. Lo tengo silenciado porque Nate suele contarme todo lo que se habla allí, así que normalmente recibo la misma información por partida doble.

Mi primera reacción es pensar que ha pasado algo malo, quizá Greg se ha vuelto a caer o mis abuelos no se encuentran bien.

Pero cuando abro la conversación no hay malas noticias.

En su lugar, mamá ha compartido un enlace de Twitter acompañado de varios signos de interrogación.

Mi pulgar se queda suspendido sobre la pantalla.

Ya noto cómo se me revuelve el estómago.

Es esa sensación que precede a un accidente: el instante en que sabes que algo terrible, algo capaz de cambiarte la vida, está a punto de ocurrir.

Todos mis instintos me dicen que ignore el mensaje y guarde el móvil en el bolsillo; aun así, pulso el enlace azul y la pantalla me lleva al perfil en redes sociales de un equipo de la AHL.

Frunzo el ceño cuando se abre la página de los Utonagans de Utica.

Mis ojos recorren el tuit más reciente y mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro.

Los dedos me tiemblan mientras releo el breve mensaje en el que felicitan a mi hermano gemelo por haber pasado a la siguiente fase del torneo y le desean suerte a su nuevo fichaje en los próximos partidos.

Los Utonagans.

Un equipo filial.

¿Han fichado a Nate?

—¿Qué demonios significa esto? —susurro mientras intento volver a abrir a toda prisa el chat familiar. De repente, mil preguntas sin respuesta empiezan a dar vueltas en mi cabeza.

***

—¡¿Qué MIERDA es esto?!

Entro en la habitación de Nate como un huracán. La puerta se abre de golpe con tanta fuerza que rebota contra la pared. Estoy tan enfadado que se me ha olvidado fingir que soy mi hermano cuando he pasado hecho una furia por delante de Marv.

Nate está sentado frente al portátil, en su escritorio, y alza la vista hacia mí con los ojos como platos.

Lleva el pelo húmedo, despeinado y ondulado, señal de que acaba de salir de la ducha.

También tiene puestas las gafas. No se me escapa la ironía de que, ahora mismo, probablemente nos parezcamos más que nunca.

Durante un instante ninguno de los dos dice nada. Nate es el primero en reaccionar cuando comprende por qué estoy allí. Se levanta despacio y avanza hacia mí con cautela, levantando ambas manos como si intentara tranquilizar a alguien que le está apuntando con un arma.

—Nicky, déjame explicártelo...

Sus palabras quedan ahogadas por una carcajada aguda que se me escapa.

Suena casi histérica incluso para mis propios oídos, un reflejo perfecto del pánico que me retuerce por dentro.

—¿Explicármelo? ¿¡Explicármelo!? ¡Claro que vas a explicármelo! ¡Joder!

—¿Nicko? ¿Eres tú? —La voz de Xander llega desde detrás de mí.

Me giro de forma automática y lo veo salir del baño con una toalla anudada a la cintura, y el pelo mojado le gotea sobre los hombros desnudos.

Tiene una sonrisa en los labios que desaparece en cuanto percibe la furia y el dolor que debo de llevar escritos en la cara—.

Eh... —dice tan suavemente que me dan ganas de taparle los oídos a Nate para fingir que solo me habla así a mí—. ¿Qué ha pasado?

Lo tengo en la punta de la lengua, apenas puedo contenerlo. Toda la confusión, el miedo y la rabia que me han invadido al comprender (comprender de verdad) ese maldito tuit, con todas sus implicaciones y consecuencias: Nate no va a jugar en los Pioneers de Nueva Jersey la próxima temporada.

No va a llegar a la NHL. No volveremos a encontrarnos sobre el hielo. En lugar de eso, estará a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia. Y quizá ningún Van der Hoff vuelva a jugar jamás en la NHL. Hay tantas posibilidades horribles que no consigo decidir cuál detesto más.

Pero entonces algo cambia en la expresión de Xander. Sus ojos se desvían rápidamente hacia Nate y en ellos reluce una mezcla de comprensión y culpa.

Todas esas palabras vuelven a quedarse atascadas cuando la rabia se apodera de mí.

—¡¿Lo sabías?! —le grito. Xander se encoge ligeramente, y de repente parece más pequeño. Me arrepiento al instante del tono que he utilizado, pero, igual que una excavadora en marcha, mis emociones desbordadas no son fáciles de detener.

—Yo... —empieza a decir, pero ya estoy negando con la cabeza.

—Qué pregunta más estúpida. ¡Claro que lo sabías!

—Solo... cálmate un segundo y escucha, ¿vale? —Nate ha dado otro paso hacia mí, con las manos todavía levantadas.

—¡No me digas que me calme, joder, Nate! —esputo mientras retrocedo hacia el lado de la habitación de Xander para no tener que estar cerca de ninguno de los dos—. ¿Cuándo negociaste con los malditos Utonagans? ¿Por qué no me lo contaste? ¿Qué ha pasado con los Pioneers?

Nate deja escapar un largo suspiro y se aprieta las palmas de las manos contra los ojos.

—No te va a gustar, pero hablamos del contrato en otoño y...

Me quedo boquiabierto y rezo por haber oído mal.

—¿¡En otoño!? ¿Hace medio año?

En lugar de corregirse y decirme que no lleva meses ocultándome algo así, Nate hace una mueca mientras se pasa las manos por el pelo.

—¡Pensaba decírtelo, Nicky! Simplemente... todavía no. No antes de que terminara la temporada. No sabía que iban a publicar ese tuit y ahora...