Capítulo 35 #2
La sensación es demasiado placentera como para detenerse, pero, al fin y al cabo, todo esto persigue otro objetivo. Cuando Nicko vuelve a apoderarse de mi boca, presiono una vez más la yema del dedo contra su entrada.
Tras un instante de resistencia, se desliza dentro.
Nicko se sobresalta, pero no se aparta. Me muerdo el labio y, sin querer, también le muerdo el suyo cuando siento cómo se contrae a mi alrededor.
Me quedo quieto, permitiéndole acostumbrarse al ligero estiramiento.
Se mueve sobre mi regazo, inclinándose hacia delante para frotar su erección contra la mía, y después hacia atrás, contra mis manos.
—Oh... —exhala cuando mi dedo se hunde unos centímetros más.
—Eso es —susurro, girando la muñeca. La otra mano se desliza hacia la parte delantera de su cuerpo, acariciando lentamente su erección para distraerlo de lo que estoy haciendo detrás.
En cuanto lo toco, Nicko se inclina hacia delante y resopla cuando dejo caer la palma cerca de su pene.
Paso el pulgar por la punta y empiezo a mover despacio el resto de los dedos arriba y abajo.
Gime, primero en voz baja, luego con más intensidad cuando doblo el dedo y lo introduzco más allá del primer nudillo. Apoyando una mano en el cabecero de la cama, Nicko se echa hacia atrás.
Observo cómo se le abren los ojos de par en par, ese verde intenso enmarcado por unas pestañas larguísimas. Mi mirada baja enseguida a su boca, entreabierta y brillante, de la que no sale ni un sonido.
Nicko se deja caer hacia delante y esconde el rostro en mi cuello. Se arquea y echa las caderas hacia atrás apenas un poco, pero lo suficiente para que lo note.
Cojo el lubricante con la mano libre, sin sacar los dedos; simplemente dejo caer el gel sobre la parte superior de la raja de su culo.
Da un pequeño grito y me muerde el cuello por la sensación fría de la humedad. Sonrío y extiendo el lubricante por su piel, dejando que resbale sobre mis dedos y alrededor de su entrada. Me tomo unos instantes para tranquilizarlo y luego levanto el dedo corazón para colocarlo junto al índice.
—Oh, mierda... —jadea Nicko, balanceándose contra mí con movimientos cortos y superficiales. Poco a poco me adapto a su ritmo y empiezo a mover los dedos dentro de él.
Se retuerce en mi regazo hasta que separo aún más las piernas, mientras paso la otra mano por su cadera para guiarlo.
De vez en cuando lo sujeto para introducir los dedos más adentro y separarlos despacio.
Su erección gotea contra mi estómago. Puedo notar la humedad acumulándose en la parte delantera de mis calzoncillos, pero ahora mismo lo único que me importa es su placer.
Sus gemidos entrecortados y su respiración agitada son lo único a lo que presto atención.
Con los dedos curvados, escucho atentamente para percibir el instante exacto en que encuentro ese punto sensible.
Bastan unas pocas embestidas para que Nicko se impulse hacia arriba tan de repente que casi se golpea la cabeza contra mi barbilla.
Arquea la espalda y abre la boca en un gemido.
Retiro los dedos apenas un instante antes de volver a presionar.
—¡Oh, Dios! ¡Dios!
Todo su cuerpo se estremece. Sus piernas se cierran alrededor de las mías mientras los músculos se contraen también en torno a mis dedos. Mi erección palpita con deseo y con el arrepentimiento de no estar dentro de él. Pero, por ahora, esto es suficiente.
—Vamos, Nicko —lo animo, frotando la mejilla contra su pecho, su cuello y cualquier parte de él a la que pueda llegar mientras lo abrazo.
Lo estimulo una y otra vez, gruñendo suavemente. Tengo unas ganas terribles de verlo correrse, de verlo deshacerse por completo. Lo deseo casi tanto como correrme yo mismo.
—¡Ah...! Xan... ¡Ahhh! ¡Le-Lexi! —grita, casi gimoteando. Estiro el cuello hasta alcanzar su garganta y le rozo con suavidad los tendones tensos con los dientes.
—Quiero ver cómo te corres —gruño contra su cuello mientras vuelvo a mover los dedos dentro de él.
Se estremece entre mis brazos, echando la cabeza hacia atrás. Frunce el ceño durante un instante mientras todos sus músculos se tensan y, al momento siguiente, se abandona por completo.
Su orgasmo me salpica el pecho y el estómago, resbalando por mis abdominales, pero apenas le presto atención.
Estoy concentrado en Nicko, en cómo su pecho sube y baja cada vez más despacio hasta que recupera una respiración normal.
El rubor que le tiñe las mejillas se atenúa hasta convertirse en un suave tono rosado.
Sus pestañas revolotean cuando abre los ojos y deja al descubierto ese precioso color verde, todavía algo empañado por los restos del orgasmo.
—Joder... —susurra, y no puedo evitar soltar una risita.
Es como si me hubiera dado permiso para moverme de nuevo, aunque espero a que recupere del todo el equilibrio. Entonces retiro la mano poco a poco, haciendo una mueca al ver la expresión de desagrado que cruza su rostro.
—Lo siento. —Sé que esa parte resulta incómoda; debería habérselo advertido.
—Sin duda vamos a repetirlo —dice con ligereza, bajando la mirada. Sus ojos se abren un poco más cuando vuelve a recorrerme de arriba abajo.
Yo también bajo la vista y descubro el pecho y el estómago cubiertos de su semen, un poco ha manchado incluso la parte delantera de mis calzoncillos, ya bastante tensos. Me aclaro la garganta y me encojo ligeramente de hombros.
—No pasa nada —digo. Pero Nicko arquea las cejas y desliza la mano por dentro de mi ropa interior.
El contacto basta para arrancarme un gemido.
Lo rodeo con ambos brazos y escondo el rostro contra su pecho.
Apenas hay espacio entre nosotros para que pueda mover la mano, pero necesito el calor de su piel.
Desde tan cerca puedo percibir el olor de su sudor, el aroma de su orgasmo y el leve rastro de la loción para después del afeitado con aroma a sándalo que utiliza.
Unas pocas caricias y apretones de la mano de Nicko bastan para que me corra y me vacíe sobre sus dedos.
—Dios, Nicko... —jadeo cuando noto que no se aparta, sino que me exprime hasta arrancarme la última gota de placer.
Sus dedos recorren la punta de mi polla antes de soltarme por fin.
Luego se lleva la mano a la boca y me sostiene la mirada mientras se la limpia con la lengua. Mi polla da un pequeño espasmo.
—No me copies las jugadas —le reprocho mientras me dejo caer contra el cabecero de la cama.
Nicko se ríe entre dientes y se inclina hacia la mesilla de noche para alcanzar unos pañuelos. Nos limpia a los dos antes de que yo lo rodee con un brazo y hunda la nariz en su pelo. Me permito cerrar los ojos y escuchar la respiración tranquila de Nicko.
Por suerte, el cabecero resulta demasiado incómodo como para quedarme dormido; se me clava en el hombro, así que apenas aguanto unos minutos.
Nicko emite un sonido de protesta cuando le doy un pequeño empujón y se gira para esconder la cara contra mi clavícula.
Me río por lo bajo, pero vuelvo a hacerlo.
—Vamos a recoger un poco y luego podremos dormir.
Se oyen varios gruñidos más, pero al final Nicko se desliza fuera de la cama y se pone en pie. Hace una mueca de incomodidad antes de mirarme.
—Sí, eso lo vas a notar durante un rato —admito, tendiéndole la mano.
Hace otra mueca, pero entrelaza los dedos con los míos.
—Es una sensación rara —añade después de dar unos pasos.
—¿Rara para mal o rara para bien? —pregunto mientras abro la puerta para echar un vistazo al pasillo.
Hay suficiente silencio como para asumir que podemos arriesgarnos a cruzar hasta el baño medio desnudos.
Nicko parece llegar a la misma conclusión, porque se adelanta rápidamente y me abre la puerta.
Suelto una risita mientras paso a su lado.
Cojo el cepillo de dientes que dejé aquí la última vez que vine y se lo tiendo a Nicko para que le ponga pasta.
—Es como... una sensación de vacío —responde tras unos segundos, todavía de pie con el cepillo en la mano.
—Se te pasará. Si tienes aloe vera, puedes ponerte un poco para aliviar la molestia.
Suele ayudar. —Levanto la vista después de escupir la pasta de dientes.
Los ojos de Nicko, que me estaban recorriendo de arriba abajo, se alzan de golpe.
Inclino la cabeza, pero él se limita a empezar a cepillarse los dientes mientras niega levemente con la cabeza.
Cuando volvemos a su habitación, Nicko se deja caer boca abajo sobre la cama y luego se gira de lado con un suspiro. Me río entre dientes, pero me aseguro de cerrar la puerta del dormitorio y apagar la luz antes de tumbarme a su lado.
—No te duele, ¿verdad? —murmuro en voz baja, tirando de la sábana para sacarla de debajo de él y taparnos a los dos.
—Mmm —masculla Nicko vagamente, ya medio dormido.
—¿Seguro?
—Uf, deja ya de preocuparte. —Sus ojos brillan un instante en la penumbra antes de volver a darse la vuelta—. Me dolía más después de los entrenamientos.
Con un murmullo tranquilizador, cambio de tema.
—Al final has encontrado un apodo digno de un cachorro con manchas, ¿eh?
Nicko suspira. Apenas gira la cabeza, pero al cabo de un momento se le curvan ligeramente los labios.
—Supongo que sí —bosteza, acurrucándose un poco más—. Buenas noches, Lexi.
—Buenas noches, Nicko —murmuro.
Se me forma un nudo en el pecho. He estado luchando contra esta realidad, pero ya no puedo seguir negándola: no consigo sacarme a Nicko de la cabeza.
Lo deseo mucho más de lo que debería y mucho más de lo que él está dispuesto a ofrecerme.
Quiero enseñarle cosas nuevas. Quiero ser el motivo de sus miradas de sorpresa y de sus risas.
Y, aunque me saca de quicio como nadie en el mundo, quiero que me diga que mi revés es una mierda.
Quiero perseguirlo por el hielo solo para oírle decir que siga intentándolo.
Me limito a deslizar la mano sobre su cadera y la dejo descansar allí con cuidado. Nunca había temido tanto el final de una temporada.