La jugada cambiada Capítulo 38
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Capítulo 38

El nombre de mi hermano aparece junto al primer gol, y siento una extraña mezcla de orgullo y enfado.

Nate y yo no hemos hablado en las últimas dos semanas. Sospecho que tiene algo que ver con que Xander le dijera a mi hermano que me diera espacio. No recuerdo ninguna otra etapa de mi vida en la que haya pasado tanto tiempo sin escuchar la voz de Nate.

Cuando teníamos cinco años, él cogió la varicela y yo no.

Como es lógico, nuestros padres intentaron mantenernos separados, lo que funcionó exactamente hasta que descubrí cómo trepar por la bajante que había junto a la ventana.

A la mañana siguiente, estaba cubierto de puntos rojos que me picaban por todo el cuerpo y todo volvió a la normalidad.

Un año después, se suponía que yo iba a ir a un campamento de hockey sin él.

Tuvieron que venir a buscarme en mitad de la primera noche por unos fuertes dolores de estómago.

No me los estaba inventando, pero desaparecieron milagrosamente en cuanto Nate me cogió de la mano en la sala de espera del hospital.

Dentro de cuarenta y ocho horas me enfrentaré a él sobre el hielo. Y es muy posible que sea la última vez que compartamos algo así; solo pensarlo me deja un nudo en la garganta.

Esa noche me retiro pronto a la sofocante habitación de hotel que comparto con Kristiansson.

Me escondo bajo la manta y felicito a Xander por sus dos goles, pero el mensaje se queda sin leer.

Debe de estar celebrándolo con sus compañeros de equipo o concediendo entrevistas sobre el partido, sobre sus planes de futuro, sobre la oleada de críticas que recibió en redes sociales o quizá incluso sobre mí.

En cualquier caso, no debería escribirle, y mucho menos con el partido que se cierne sobre nosotros. Tampoco debería escribirle porque cada palabra hará que el final de la temporada resulte aún más difícil.

Lo más probable es que firme con los Rebels en cuanto termine la Frozen Four, y no consigo quitarme esa idea de la cabeza. Más bien al contrario: me obsesiona hasta el punto de que mis dedos abren nuestro chat de forma automática cada vez que busco algo de consuelo.

Me pregunto si estaría dispuesto a seguir viéndome si los Rebels no me ofrecen un contrato.

¿Y si acabo fichando por un equipo europeo? Antes de darme cuenta, ya he abierto Google Maps para comprobar la distancia entre Ámsterdam y Nueva York.

Y después, solo para torturarme un poco más, entre Ámsterdam y Utica.

Esa noche tengo pesadillas a intervalos. En una de ellas, Nate hace trizas mi contrato; en otra, los Rebels se llevan a Xander esposado mientras lo alejan de mí.

Cuando Kristiansson abre las cortinas y la luz de la mañana inunda la habitación del hotel, faltan treinta y seis horas para nuestro próximo partido y me siento peor que nunca.

El entrenador dirige una breve sesión de patinaje matutina y después nos echa del hielo con una simple frase:

—Lo que no habéis aprendido en todo el año no vais a aprenderlo hoy.

No sé si pretende tranquilizarnos o insultarnos, pero el entrenamiento ligero sirve para rebajar un poco los nervios antes de que nos acomodemos para ver las repeticiones en vídeo.

He jugado contra los Bats infinidad de veces y, aun así, sigo sorprendiéndome de la resistencia de Xander cada vez que lo veo patinar en la pantalla.

Nunca me he permitido admirar de verdad sus cualidades; siempre me he centrado en criticarlo y en señalar sus defectos, ya fuera delante de él o de mi hermano.

Es un jugador extraordinario y posee una fuerza descomunal.

Siento incluso un escalofrío de compasión cuando uno de los vídeos muestra al portero de Maine lanzándose delante de una de las cargas brutales de Xander.

El pobre debió de quedarse sin respiración pese a toda la protección que llevaba encima.

—Fijaos en la rapidez con la que controla el disco al recibir el pase de Hart.

Tardo un momento en darme cuenta de que ya hemos pasado a otra jugada.

Ahora es una imagen congelada de Nate la que ocupa la pantalla y el entrenador asistente Walker señala el disco con el punto verde de su puntero láser.

Vuelve a poner en marcha la grabación y yo contengo la respiración, sorprendido.

No es Nate quien recibe el pase de Xander.

Me quedo completamente paralizado al verme a mí mismo girar sobre los patines para despistar al defensa vestido de rojo y abrirme hacia una mejor posición de tiro.

El disco entra en la portería rozando el hombro izquierdo del guardameta, y enseguida me veo rodeado de Bats que me felicitan con abrazos y palmadas.

Una sonrisa enorme se dibuja en mi cara mientras Xander me rodea el cuello con un brazo y me atrae contra su amplio pecho.

Recuerdo aquel partido. Fue el día de la fiesta de Halloween.

—No, esto no tiene importancia —interrumpe el entrenador Kovachev para comentar el análisis que Walker está haciendo de la jugada.

De mi jugada—. Fue un golpe de suerte. Hoff, el otro Hoff, no suele jugar así.

¿Verdad, Nicholas? —Se me abren los ojos de par en par cuando el entrenador se dirige a mí desde el otro extremo de la sala y un escalofrío me recorre la espalda.

Consigo emitir una especie de gruñido afirmativo y asiento con la cabeza, mientras varios de mis compañeros celebran tener al «mejor de los Hoff» en el equipo.

Walker se encoge de hombros y pasa al siguiente vídeo.

Siento la mirada del entrenador clavada en mí mientras me inclino hacia delante fingiendo que estoy completamente concentrado.

Creo que voy a desmayarme. Definitivamente no tengo suficiente aire en los pulmones. ¿Nos ha descubierto? ¿Lo sabe? ¿Lo ha sabido todo este tiempo?

No. No puede ser.

Nadie más se dio cuenta, y Nate ni siquiera jugó realmente en mi lugar, ya que yo tenía una ausencia justificada oficialmente con un certificado médico.

Me aferro a ese pensamiento durante todo el camino de vuelta a la habitación.

Algunos compañeros han salido a recorrer la ciudad para despejarse antes del partido de mañana, otros han preferido ir al gimnasio.

No me apetece perder el tiempo en un centro comercial, pero, cuando veo a Zollweg bajar en dirección al gimnasio del hotel, descarto esa opción de inmediato.

Con un suspiro, me dejo caer sobre la cama y abro Instagram.

Un círculo rojo rodea el icono de Nate, señal de que ha subido una historia.

Mi pulgar se queda suspendido sobre su foto mientras lucho contra mi curiosidad y contra las ganas de escuchar su voz.

Me muerdo el labio inferior con fuerza, pero enseguida me rindo y abro la historia de Xander.

Probablemente sea una opción aún peor, pero al menos no me quedo mirando fijamente su cara absurdamente atractiva, esa que últimamente me hace cuestionarme demasiadas cosas sobre mi futuro.

Sin embargo, lo que aparece en la pantalla es una foto de un gimnasio bastante corriente, acompañada de las palabras «día tranquilo» y las etiquetas #SBU, #SBUBats y #VamosBats en la parte inferior.

No ha etiquetado la ubicación, pero Nate compartió la dirección de su hotel en el chat familiar. Está apenas a dos manzanas de aquí.

Escribo «más te vale practicar un poco más ese revés» en la caja de mensajes mientras mi cerebro ya está elaborando un plan. Un plan muy muy malo.

Lo sensato sería bajar a nuestro gimnasio, ponerme los auriculares, subirme a una cinta de correr e ignorar esos deseos traicioneros.

Eso es lo que haría un jugador de hockey inteligente, responsable y con un futuro prometedor. Pero yo no soy Alexander Hart.

***

En cuanto cruzo la puerta de la recepción del hotel, me doy cuenta de que no he pensado esto demasiado bien. Para empezar, no sé dónde está el gimnasio. Ni siquiera sé si Xander sigue allí. O peor todavía, si está con mi hermano.

—Esta es la peor idea que he tenido en mi vida —mascullo para mis adentros mientras me bajo un poco más la gorra negra para taparme la cara. Intento dar media vuelta y salir de allí antes de hacer el ridículo, pero acabo chocando contra un pecho firme.

—¡Eh, Hoff! Pensaba que ibas a ir al spa .

El pánico me atraviesa al encontrarme frente a la sonrisa entusiasta de Baker, y mi cerebro tarda un segundo en procesar lo que acaba de decir.

—¿Al spa ?

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no echarme a reír. Es exactamente el tipo de cosa que haría Nate: regalarse una sesión de sauna, jacuzzi y masaje. Por alguna razón, esa información me devuelve parte de la confianza en mi plan disparatado.

—La verdad es que se me olvidó meter el bañador en la maleta —digo con una mueca, señalando mis pantalones cortos deportivos—. Así que igual me paso por el gimnasio en lugar de ir al spa .

—¿Otra vez? ¡Si has salido de ahí hace media hora! —exclama antes de soltar una carcajada sorprendida. Me muerdo la lengua por mi metedura de pata.

—Solo quiero correr un poco en la cinta. Algo suave para..., ya sabes, despejarme antes del partido.

Baker responde con un murmullo comprensivo mientras me da una palmada amistosa en la espalda.

—Lo entiendo, pero no te pases, colega. Necesitamos que mañana mantengas a raya a tu hermano.

No puedo evitar esbozar una sonrisa ladeada mientras le guiño un ojo al despedirme.

—No te preocupes por eso.

En el ascensor hay un cartel que indica que el gimnasio está en la última planta.

Pulso el botón correspondiente y aprovecho para echarme un vistazo en el espejo de cuerpo entero.

Me he puesto lentillas e incluso me he molestado en peinarme el pelo hacia atrás con gel, aunque la gorra lo oculte casi por completo.

Le doy la vuelta a la visera y le dedico a mi reflejo una sonrisa arrogante mientras ladeo la cabeza.

La ropa deportiva que llevo no tiene ningún logotipo de B-Tech, aunque está bastante más gastada de lo que a Nate le gustaría.

Quizá mis padres se darían cuenta, pero un desconocido desde luego que no. Y Xander tampoco.

Me siento un poco culpable por volver a engañarlo de esta manera, pero pienso compensárselo.