La jugada cambiada Capítulo 34
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Capítulo 34

Toco el timbre y me apresuro a levantar las bolsas de patatas fritas y palomitas. Menos mal, porque Nicko abre la puerta de golpe apenas unos segundos después.

—¡Ya ha empezado el calentamiento! —me grita, antes de salir disparado hacia el interior de la casa. Tras dar dos pasos, se detiene, da media vuelta y me arranca las palomitas de las manos.

—Hola a ti también —resoplo, negando con la cabeza mientras cierro la puerta.

El resto del equipo ha decidido ver juntos el último partido de la temporada regular.

Para eso habría llegado justo a tiempo. Sin embargo, prefiero esto, incluso aunque Linden y Yardley también estén sentados en el salón.

Nicko se ha adueñado de un sofá de dos plazas junto a la ventana, con la bolsa de palomitas abierta sobre el regazo, y está completamente absorto en las entrevistas que aparecen en la pantalla.

Me dejo caer a su lado.

—Hola, Xander —saluda Linden con una sonrisa tímida, y yo le devuelvo el saludo encantado.

Desde que me he convertido en un visitante habitual del refugio, me ha perdonado mis comentarios de antes.

Sigo sacando a Lila a pasear siempre que puedo, aunque a estas alturas ya me ha presentado a otros perros.

—¿Preparado para que decidan tu destino por ti, señor Blandito? —se burla Yardley. Coge un puñado de palomitas de la bolsa de Nicko y se las mete en la boca de golpe.

Lo miro con una ceja arqueada y me como un par de patatas fritas antes de responder.

—Esto no va a decidir nada por mí. Hice todo lo que pude, ahora ya no está en mis manos...

—¡Shhh! ¡El partido está a punto de empezar! —nos interrumpe Nicko, extendiendo una mano para taparme la boca. Intento protestar, pero al final cedo cuando me mete un par de palomitas entre los dientes.

El partido es aburrido a más no poder. La Universidad de Boston presiona desde el primer minuto y marca en los diez primeros minutos.

Gruño y dejo caer la cabeza sobre el hombro de Nicko.

No esperaba otra cosa. La Universidad de Boston lleva toda la temporada pisándonos los talones, esperando el momento oportuno para adelantarnos.

Teniendo en cuenta nuestras últimas derrotas, por fin han encontrado la ocasión perfecta.

Por otro lado, los Wildcats de New Hampshire han encadenado una racha desastrosa desde que les ganamos y ocupan el último puesto de la clasificación de la conferencia.

Nada más terminar la celebración del gol, la Universidad de Boston se repliega y adopta una postura completamente defensiva.

Los Wildcats, por su parte, parecen congelados sobre el hielo.

Apenas se mueven, concentrados únicamente en impedir que nadie vuelva a atravesar su férrea defensa.

Por desgracia, eso también elimina cualquier posibilidad de que pasen al ataque.

—¿De verdad os quedáis fuera del torneo si ganan? —pregunta Linden a mitad del tercer periodo. Habla en voz baja, como si temiera herirme con la pregunta.

Giro la cabeza para mirarlo. De todas formas, no está pasando gran cosa.

Quedan menos de diez minutos y los de Boston tienen el disco bajo control; se limitan a dejar correr el reloj.

En teoría es una estrategia sólida, pero también significa que casi todo está decidido.

El partido parece sentenciado y, con él, las opciones de los Bats de llegar a la Frozen Four.

—Sí. Solo los dos primeros de cada conferencia pasan a la fase regional. Y ahora mismo —señalo la televisión con la cabeza— Boston está por delante de nosotros en la clasificación.

—Ah... Lo siento. —Linden baja la vista.

A su lado, Yardley resopla.

—Vamos, Lind. El señor Blandito ya es mayorcito, estoy seguro de que lo superará, ¿verdad?

Frunzo el ceño y miro a regañadientes al otro compañero de casa de Nicko. No tengo ni idea de por qué le cae tan bien Yardley cuando todo en él resulta irritante, especialmente su personalidad. Es algo que conozco de sobra por las reuniones de la Alianza.

—Claro que sí. Pero también puedo sentirme decepcionado, ¿no?

—Deberíais haberlo hecho mejor cuando tuvisteis la oportunidad.

—Olli, basta —interviene Linden, apoyando una mano sobre el brazo del otro.

No sirve de nada.

—¡Lo hemos intentado! ¿Qué sabes tú de hockey?

—Eh, sé que la cosita redonda esa tiene que entrar en la portería. —Yardley saca la lengua.

Niego con la cabeza.

—Eres idiota.

—¡Tú has preguntado!

—Porque tú...

—¡HAN MARCADO!

Todos damos un respingo cuando Nicko grita y se pone en pie de un salto, desparramando palomitas por todas partes.

Una punzada de decepción me atraviesa el pecho.

Estaba convencido de que la Universidad de Boston acabaría bajando el ritmo y que los Wildcats aprovecharían para empatar, hasta que me vuelvo hacia la pantalla.

La televisión muestra a la grada rugiendo de emoción. Pero tienen la cara pintada... ¿De rojo?

—¿Qué?

—¡Mira, mira! —Nicko señala la pantalla dando saltitos.

Por fin aparece la repetición. El extremo derecho de los Wildcats intercepta un pase impreciso del centro de la Universidad de Boston y sale disparado hacia delante.

Es una mancha escarlata sobre el hielo. Los defensas se le echan encima, pero el disco ya está en movimiento y pasa zumbando junto al atónito portero.

La realización cambia para mostrar un primer plano del disco golpeando la red, el rostro eufórico del jugador y, después, el estadio entero enloquecido.

—¡Dios mío!

—¡No me lo puedo creer! ¡Han empatado! ¡El partido se va a la prórroga!

Durante los minutos siguientes, nos quedamos hipnotizados frente al televisor, apenas atreviéndonos a respirar.

De pronto, el partido cobra vida. Los jugadores recorren el hielo de un lado a otro.

Los Wildcats abandonan su férrea defensa y pasan al ataque.

Mientras tanto, la Universidad de Boston tiene problemas para seguirles el ritmo.

—¡Vamos, vamos, VAMOOOS! —gritamos Nicko y yo al unísono cuando el centro de los Wildcats esquiva por los pelos una carga, tropieza con el palo de un defensa, pero consigue lanzar el disco antes de caer y...

—¡SÍ!

Aplaudimos a voz en grito, ahogando el rugido de la grada que llega desde la televisión.

Instantes después, suena la bocina final con un resultado que ni siquiera me había atrevido a imaginar: ¡New Hampshire acaba de derrotar a la Universidad de Boston, que cae al tercer puesto!

¡Los Bats vuelven a colocarse segundos! ¡Vamos a los regionales!

—¡VAMOS! —grito otra vez, poniéndome también en pie de un salto. Las manos de Nicko encuentran las mías y nos ponemos a brincar como si hubiéramos sido nosotros quienes acabáramos de marcar el gol de la victoria.

—¡Enhorabuena! —dice Linden, pero apenas le presto atención mientras abrazo a Nicko. Ya tendremos tiempo de preocuparnos por la posibilidad de enfrentarnos el uno al otro. Ahora mismo estoy demasiado emocionado para pensar en eso.

Nicko, por lo visto, no necesita tiempo para hacerse a la idea.

—¡Estoy deseando destrozaros a ti y a Nate! —proclama alegremente antes de dirigirse a la cocina dando saltitos.

Resoplo y niego con la cabeza. Alzo las cejas al ver que sus compañeros de casa van detrás de él. Yardley me dedica una sonrisa y Linden me saluda brevemente con la mano.

Saco el móvil, que no deja de vibrar, para no escuchar a escondidas lo que puedan estar comentando en la cocina.

Tengo un sinfín de mensajes de Nate, todos llenos de signos de exclamación, junto con una avalancha de fotos borrosas de él y del resto del equipo celebrándolo.

Sonrío y le respondo con unos cuantos emojis y GIF.

Nicko todavía no ha vuelto cuando Nate me envía otra tanda de mensajes eufóricos, así que me hago un selfi rápido con los Wildcats celebrando en la pantalla del televisor al fondo.

Me recuesto en el sofá y abro Instagram.

Sonrío al ver las publicaciones de Nate y de los demás en la parte superior de mis notificaciones. Subo la foto y escribo un texto breve.

¡Enhorabuena, @NHWildcats, por darle una paliza a Boston! ¡Los #StBBats os debemos una! ;)

Añado un sticker de un murciélago antes de publicar la foto en mi historia.

—¿Estás intentando ganar más seguidores, Xanxan? —pregunta Nicko con una sonrisa burlona al volver de la cocina. Se inclina sobre el respaldo del sofá y le enseño la publicación. Suelta una risita.

—Sí, porque no lo habríais conseguido sin tanta suerte. Y, por supuesto, tampoco sin mí.

Me río de su comentario y echo la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Querrás decir sin Nate. —Le guiño un ojo, alargo una mano para agarrarlo por la nuca y tirar de él hacia abajo. Su aliento me hace cosquillas en la garganta cuando sus labios rozan los míos.

Nuestras lenguas se encuentran mientras sus manos recorren mi pecho. Sus dedos bajan hasta mi cintura y, antes de que puedan seguir avanzando, le sujeto la muñeca. Nicko tira para soltarse, pero acaba cediendo y se echa hacia atrás lo justo para mirarme a los ojos.

—Deberíamos subir.

—Claro —respondo, aunque antes lo atraigo hacia mí para robarle otros dos besos rápidos. Al final, resopla y da un paso atrás, apartándose del sofá.

—¡Vamos!

Me levanto y lo sigo hacia las escaleras, apagando la televisión y las luces a mi paso.

—Ahora vuelvo —murmura Nicko cuando llegamos arriba, frente a la puerta de su habitación. Inclino la cabeza, pero él mira hacia el pasillo. Lo sigo con la vista unos instantes antes de entrar en su habitación y sentarme en el borde de la cama.

Tras unos minutos de espera, saco el móvil.

Cuando vuelvo a abrir Instagram, me quedo boquiabierto al ver que ya tengo decenas de notificaciones.

Me tumbo en la cama, me acomodo sobre una almohada y respiro hondo antes de abrir los mensajes directos.

Cierro los ojos un instante cuando ocurre exactamente lo que esperaba: un aluvión de mensajes de odio ahora que los Bats, y no la Universidad de Boston, serán uno de los equipos que lucharán por un puesto en los Frozen Four.